lunes, 17 de noviembre de 2008

CONFLICTOS GENERACIONALES

Desde el miércoles Leo ha estado pachuchete. Empezó al mediodía, con vómitos insistentes, y mi madre me llamó desesperada justo cuando estaba yo hablando con el Director de Planificación del Salud, así que le tuve que cortar la llamada y llamarla después, en horario de pago caro de mi móvil, a ver que pasaba. Empezó bien, me contó lo que había y me pareció razonable, pero cuando empezó a enrollarse y contarme ya las anécdotas del cole le tuve que cortar: tengo tarifa ocio y hasta las 4 de la tarde me cobran un euro y pico por minuto, lo cual sinceramente, sólo estoy dispuesta a gastarme en emergencias. Parece que le supo malo y todo.

Por la tarde la tuve en fase histérica. El pobre Leo vomitaba cada poco tiempo, como suele ocurrir con las gastroenteritis (yo misma había pasado una justo la semana anterior, así que sé como se sentía, aunque curiosamente mi madre no mostró la menor preocupación al respecto: sabe que sé cuidarme sola). Me llamó preguntándome qué podía hacer, como pasa siempre que Leo está enfermo, y si tenemos en cuenta que casi todo lo que sé ella también lo sabe, me preocupa sobremanera que siempre que Leo caiga enfermo (y siempre de enfermedades comunes y repetitivas, que ya ha pasado cien veces), me llame como si yo tuviera algún remedio secreto escondido que no quiero compartir con ella por oscuros motivos, pero que haría que Leo se curase milagrosamente. Después de varios años ejerciendo la pediatría de primaria y bregando con madres con actitudes similares, la actitud de la mía me sigue sorprendiendo. Ella sabe que una gastroenteritis sólo puede curarse manteniendo hidratado al enfermo, y que en un par de días no hay el menor motivo de alarma. Pues a las pocas horas ya estaba toda preocupada reclamándome algún medicamento milagroso que debía haber aparecido desde la última vez que Leo tuvo gastroenteritis y que yo conocía y ella no, y no asumiendo que no, que en seis meses aún no se había descubierto otra cosa que mantenerle hidratado con suero fisiológico (o bebidas isotónicas) a sorbitos...

Encima, había que ir a por la mochila de Leo, que se había quedado en clase, y me lo dijeron justo cuando Josema acababa de salir para algo del trabajo. Iba a volver pronto, pero no a tiempo para ir los dos a por la mochila, por lo que le pedí a mi padre que fuese él, y cuando Josema volviera subiríamos nosotros a estar con Leo y a ayudarles a cuidarle. El hecho de que esperásemos a las 7,30 para subir me valió posteriormente el comentario de que “dabamos la sensación de no preocuparnos”, y, sinceramente, eso duele.

Durante el tiempo que estuvimos allí, además, mi madre no hacía más que revolotear alrededor de Leo. Cada vez que el pobre soltaba un “ay”, ya estaba ella “Ay pobrecico, ay qué mal lo está pasando, ay, ¿y no le podemos dar nada?”. A ver, mamá. No se recomiendan los jarabes, entre otras cosas por que los va a vomitar... Al final recordé, y lo recordé entonces, vamos, que no era información secreta clasificada que no hubiera querido decirle antes, que en casos muy muy rebeldes en los que no dejaban de vomitar, una forma de cortar los vómitos eran los supositorios de Sulmetín Papaverina, y se lo dije. Entonces se fue a buscarlos y dijo que los únicos que tenía habían caducado el mes pasado y al final mi pobre padre se fue a buscar una farmacia de guardia para comprar más.

Desde la farmacia nos llamó para decirnos que habían retirado dichos supositorios del mercado y que las únicas opciones eran los jarabes. Así que vino con un jarabe que entonces no ibamos a poder darle.

Mientras tanto yo entré en el cuarto del botiquín desesperada por encontrar algo (aunque no sabía si para Leo o para mi madre) y me veo, encima de todo, una caja de Sulmetín Papaverina. La cojo, pensando que es la caducada que ha visto mi madre, y me veo que caducan el año que viene... ¡Estaba tan histérica que ni los había visto! Así que decidimos ponerle uno.

Se lo pone mi madre, y al cabo de un rato de tener a Leo tranquilo y quieto y protestando porque decía que él no se notaba el supositorio dentro, lo miramos... y lo llevaba entre las nalgas!

Por Dios, ¿tan nerviosa está mi madre que no es capaz de poner un supositorio, cuando ella, enfermera y matrona jubilada, ha puesto miles a lo largo de su vida?

Sinceramente, ya estaba empezando a preocuparme, y no por Leo, quien pese a los comentarios de mis padres (los dos, porque al final mi padre acaba contagiado) estaba prácticamente bien tres días después, sino por mi madre, que se comportaba de forma exagerada, exaltada, sin ayudar lo más mínimo, y encima cuando cometí el error de decírselo al día siguiente por teléfono, actuó como una niña pequeña diciendo “¡Vale, pues la próxima vez me iré de casa!”. A ver, mamá, nadie te pide que no te preocupes. Lo que te pedimos es que te controles, porque independientemente de que tengas razón o no, no ayuda a nadie, y al que menos al enfermo, que las personas a su alrededor se comporten como si el niño se fuera a morir mañana (y aún ayuda menos que trates a su madre como una desalmada que no quiere poner a su disposición los remedios que los Todopoderosos Médicos no quieren compartir con los simples mortales...).

El caso es que al final, como digo, la que me preocupa es mi madre. Empieza a comportarse en muchas cosas como mi abuelo, a ponerse nerviosa sin motivo, a enervar a los demás... y el problema es que es demasiado joven para comportarse así. Tiene sólo 67 años. A esa edad, una mujer como ella, fuerte, decidida, capaz de llevar como ha llevado una vida profesional excepcional (la van a proponer como medalla de oro a la profesión este año que viene y la verdad, ya era hora), inteligente y a la que siempre he admirado y que quizás me ha hecho sentir muchas veces que nunca le llegaré a la suela del zapato, se comporta como una auténtica abuela.

¿Será que pasa demasiado tiempo en casa? La verdad es que desde que falleció mi abuelo (que la estaba volviendo loca) y más aún desde que se le murió el perrillo que tenían, la veo cada vez mas “abuela”. Quizás necesita entretenerse. Quizás debería emboscarla y regalarle una mascota, aunque no quiere. O pagarles un viaje a algún sitio.

La verdad, de todos modos, es que los abuelos son un mundo aparte. Sin ir más lejos, ayer domingo nos pegamos la tarde intentando buscar un bar dónde tomar algo. Habíamos quedado con los amigos del mundillo de las BJDs por la zona de la Aljafería y surgió la idea de ir a una chocolatería cercana (mala idea, al final, porque Leo ya se había levantado de nuevo algo mareado y el chocolate ha acabado esta noche desperdigado por las sábanas y mi pijama... lo que ha hecho que acudiera hora y pico tarde al trabajo...). Bueno, pues cuando nos presentamos allí, estaban todas las mesas ocupadas por abuelos que no estaban consumiendo NADA. Habían ido allí simplemente a pasar la tarde. Cuando entramos, 10 personas, los de la chocolatería se frotaban las manos, pero no hubo forma de que nos consiguieran una mesa (cada vez que se acercaban a buscar una excusa para echar a los abuelos de alguna mesa, estos pedían alguna consumición, aunque fuera sólo uno de ellos, así que se quedaban sin argumentos) y nos fuimos de vacío. Pasamos a la cafetería de enfrente, una tipo “Café y Té”, y vimos que se levantaban cuatro personas de una mesa. Mientras esperábamos pacientemente a que se fueran, una abuela que estaba sola en una mesa pequeña, se levantó corriendo, dejándose hasta la bufanda, les abordó preguntándoles si se iban, y delante de nuestras narices se cambió de mesa y nos dejó con un palmo de narices, con una educación pésima y estando clarísimo que nosotros estábamos esperando (con más educación que ella) para coger esa mesa. Obviamente los 10 (que ya hubieramos estado apretados en una mesa de 4) no cabíamos en la minimesa que la abuela maleducada había dejado libre, así que hubo que buscar otro bar.

En ese momento me sentía antiabuelos, la verdad. Aunque al final la cosa fue para bien, porque acabamos en un bar en el que estuvimos solos (aunque al vernos fue entrando bastante gente), nos hicieron un chocolate espeso que seguro que era mil veces mejor que el de cualquiera de los otros dos sitios, y encima nos permitieron ir a comprar churros a la primera chocolatería y consumirlos allí, porque ellos no tenían. Y para colmo, nos salió baratísimo. ¿Podíamos pedir más?

3 comentarios:

Yago dijo...

¿Y se puede saber dónde era el sitio ese del chocolate? Es por si nos da por salir por ahí, no más.

Y con tu madre, lo único que puedo decir es: paciencia ;-)

elrincondelpercebe dijo...

jajaja... madre mía es totalmente ceirto!!! Por qué? por qué? por qué a partir de los 60 no paran de hablar y pierden cualquier indicio de educación? Son tremendos, madre mía... peor que una madre histérica, ¡una abuela histerica!
Sigo sin ver tus actualizaciones, las voy viendo de 3 en 3 arfff

Sonia dijo...

Pues creo que era Casa Yesca, un restaurante/cafetería casi casi donde se bifurcan la Avda. de Madrid y la Avda. de Navarra. Ahora me voy a que me den la comisión ;-)

En cuanto a mis actualizaciones, es culpa mía, son un desastre, las voy escribiendo en un archivo de word porque a veces no me da tiempo a acabarlas, y hasta que no tengo acabada la de una fecha concreta no pongo las de las siguientes. Por eso a veces salen 4 ó 5 actualizaciones de vez, como esta vez... Mea culpa...

 
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