domingo, 29 de agosto de 2010

LA CULPA FUE DE JACKIE CHAN





Dije en una entrada anterior que siento especial cariño (dentro del cariño que se puede sentir por alguien a quien en realidad no conoces de nada) por el actor chino Jackie Chan. Sin ser fan acérrima de sus peliculas, no puedo evitar sentarme ante la tele cuando empieza una de ellas, y a menudo me engancha más que otras películas de mayor categoría, sobre todo las de su época más auténtica, cuando filmaba con pocos medios y muchos porrazos en su ciudad de origen, Hong Kong.

Una de sus últimas películas de esa época, no sé si antes de su éxito en Hollywood, pero desde luego todavía rodada en Hong Kong y a la vieja usanza, es “El Supercop”. Con ese título, quizás no se pueda esperar una gran obra del séptimo arte, pero por algún motivo esa película se quedó grabada en mi cabeza. Sobre todo unas escenas al final de la misma, con una pelea en el tejado del Centro de Convenciones de dicha ciudad, desde donde se veía todo el paisaje de la misma, plagado de hermosos rascacielos que no tenían nada que envidiar a la mismísima Nueva York. Fue viendo esas escenas cuando me prometí a mi misma que si algún día viajaba a China, una de mis metas sería Hong Kong.

Como digo a menudo, soy afortunada, porque la he cumplido. Estas vacaciones, de forma un tanto precipitada, nos hemos embarcado en un viaje que hacía años que queríamos hacer. Un viaje que empezó siendo de bajo presupuesto y que casi duplicó su precio cuando decidimos añadir un par de días extra en Shanghai y la extensión a la ciudad de Hong Kong, de lo que no me arrepentiré en la vida porque fueron las dos experiencias más fascinantes de un viaje ya fascinante de por sí.

Y durante todo el tiempo que recorrimos la ciudad de Hong Kong, una amalgama de culturas con la fascinación de oriente y el progreso de occidente, que podría perfectamente haber estado sacada de la película Blade Runner, mientras buscábamos la tienda de Lego que destrozaban en la pelicula “El Supercop”, nos admirabamos de la inmensidad de los rascacielos o del interior del Centro de Convenciones, sentíamos perdernos el espectáculo de luces de la bahía que anularon como señal de duelo por el atentado en Manila, veíamos pasar esos estrechos tranvías de dos pisos que a duras penas caben por debajo de los enormes carteles luminosos que cruzan de un lado a otro de las calles en la zona comercial de Kowloon, pero sobre todo, cuando vimos su nombre en el paseo de las Estrellas (un paseo lleno de huellas de manos de actores y directores chinos, al más puro estilo Hollywood), no pude evitar tararear, al ritmo de los ya casi olvidados Gabinete Caligari, “La culpa fue de Jackie Chan”…

viernes, 30 de julio de 2010

TIEMPOS DE CAMBIO



Ya es oficial. Tras unos días de papeleos y hasta un viaje a Calatayud a tomar posesión de mi plaza, por fin tengo un puesto de trabajo fijo, mío y sólo mío, aunque sea a 80 kilómetros de Zaragoza, y lo que es mejor, a pesar de mis dudas y de mi inseguridad sobre mi situación en el Hospital Miguel Servet, me han vuelto a dar la Comisión de Servicios reafirmándome en este hospital-jungla que al menos, está a cinco minutos andando desde mi casa. Por los pelos, no se crean, porque la convocatoria ha salido publicada en el BOA hace escasamente 15 días y ha habido que hacer todos los papeleos rápidamente para tenerlo todo en orden antes de las vacaciones. Pero ahora, y después de unos días de vacaciones en los que he somatizado todos mis nervios previos, empiezo a sentir que pertenezco a este sitio. Ojalá dure. No soy de las que se dan por vencida fácilmente, pero en estos seis primeros meses juro que ha habido veces en las que he estado a punto de tirar la toalla. Ahora, aunque todavía sé que me falta mucho camino por recorrer, me veo con fuerzas renovadas para aprenderme los entresijos de un centro sanitario compuesto de cinco edificios, más dos centros médicos de especialidades, en el que parece ser que la única forma de que se note que trabajas sea poniéndote histérico cada vez que hay un problema, en vez de buscar una solución. Quizás hasta pueda cambiar eso, porque nunca ha ido con mi estilo.

Y para redondear las cosas, nos embarcamos en la compra de un piso. Añadiría “nuevo” pero mentiría estrepitosamente. Ni es nuevo ni conlleva el cambio de domicilio. Hemos conseguido por fin que el vecino del piso inmediatamente superior al nuestro se decida (llevaba un par de años entre dos aguas) y venda su vivienda, y si todo sale bien y nos conceden la hipoteca que hemos solicitado, pasaremos a engrosar las listas de la gente endeudada a final de mes durante 30 años, pero tendremos (tras las correspondientes reformas y permisos, eso sí) un maravilloso dúplex el doble de grande que lo que tenemos ahora. Solo espero que no lo llenemos tan rápidamente.

Todo esto a solo una semana y poco de las vacaciones. Y aun se sorprende la gente de que no tenga tiempo y tenga abandonado el blog. Ains.

sábado, 10 de julio de 2010

FAME



Lo sé. Estoy desaparecida. Y gran, grandisima parte de la culpa la tiene mi nuevo trabajo, pero no es la única. Desde la entrada del 19 de abril, la que estais cansados de ver en mi blog desde hace varios meses, me he vuelto adicta. Y no a los videojuegos, ni a cierto videojuego en concreto, aunque también éste sea otro culpable a señalar, pero no por el tiempo que pueda pasar jugando (que es, creedme, más bien poco), sino adicta a Deviantart.

Deviantart es una página para que los artistas muestren sus trabajos en cualquier campo. Allí puedes encontrar desde el típico niño de 14 años que postea los garabatos que hace en clase hasta artistas consagrados como Adam Hughes. Mi marido lleva años navegándola, y descargándose maravillosos dibujos que luego utiliza como fondo de escritorio, o simplemente como referencia para sus partidas de rol o para cualquier otra cosa que imagine. Nunca se creó una cuenta en la misma, pero como conté hace casi dos años, las navidades en las que me regaló la tableta gráfica decidió añadir a su regalo una cuenta de Deviantart para mí, para que yo subiera a la misma mis dibujos.

Pero en todo ese tiempo yo apenas le hice caso a dicha cuenta. Y es que aunque toda mi vida me ha gustado dibujar, los diversos “tozolones” que he recibido me hicieron perder el interés. Luego, como dicen, la vida tuvo otros planes, y al final abandoné casi completamente el dibujar a favor de otros hobbies como los juegos de rol, los muñecos o, simplemente, relacionarme con otras personas a través de los foros de internet.

Supongo que todo influye. Cuando yo era niña, me podía pasar horas muertas dibujando. Dibujaba sobre todo en clase, porque si hay algo que no he dejado de hacer, es abocetar etereas damiselas mientras escucho hablar a otras personas, siempre que tenga un boli y un papel a mano. Es algo que sale de mi interior sin poder evitarlo, ni siquiera pienso lo que dibujo (es más, si intento pensarlo, entonces no me sale), y lleno las hojas de caritas de mujer, algunas mejor hechas que otras, mientras juego a rol o mientras estoy en reuniones de trabajo. En ese sentido, creo que moriré con el lápiz en la mano.

En el colegio esa era una de las cosas que te hacían popular. A los profesores, los que me conocían bien, no les molestaba, porque sabían que yo atendía igual en clase (mis notas lo demostraban), y alguno incluso llegó a ofrecerme algún proyecto, como el comic sobre la historia de la Filosofía que nunca se materializó. A los compañeros, sobre todo los más pequeños, les volvía locos. Me pegaba todo el viaje de vuelta a casa en el autobús haciéndoles dibujos sobre los personajes de las series de moda (a veces me tocaba comprarme un sobre de cromos de tal o cual serie como referencia porque no los conocía), y al mediodia solía ir media hora antes sólo para sentarme en uno de los bancos de la entrada y hacer dibujos a los niños que se quedaban a comer, que hacían fila para conseguir uno de mis garabatos como ahora hago yo fila para conseguir uno de Mike Mignola.

Aquellos eran buenos tiempos.

Con el tiempo, y a pesar de que los adultos insistían en que dedicarse al dibujo no tenía futuro, tuve bastante claro que quería dedicarme a dibujar mis propios comics. Y cuando empecé la universidad empecé también a moverme en círculos más cercanos a mis hobbies, empezando por pequeños concursos organizados por organizaciones de jóvenes como el Cipaj y luego uniéndome a grupos de dibujantes en mi misma situación para publicar nuestras obras en aquellos modestos fanzines que hacíamos a base de fotocopias.

De aquellos fanzines surgió gente que acabó consiguiendo publicar en serio, pero yo no fui uno de ellos.

Desgraciadamente, nunca conseguí el nivel mínimo de calidad que exigían los editores.

Me recorrí salones del comic y editoriales, en España y en Europa, y la respuesta era siempre un “Sigue intentándolo”. Participaba en concursos y a veces incluso me llevaba la alegre sorpresa de llegar a la final, pero nunca ganaba ningún premio.

Con esos pobres incentivos al final mi interés se fue apagando. Mis estudios “serios” (esos que no me gustaban pero hacía “por si acaso”) y mis siguientes trabajos en ese campo; mi relación de noviazgo y luego matrimonio, el nacimiento de mi hijo, me hicieron ir perdiendo el interés, y al final la cosa se quedó en un “fue bonito mientras duró”.

Y a pesar de los muchos intentos de mi marido por incentivarme a coger los lápices de nuevo, ver que estos cada vez me obedecían menos, y solo seguían saliendo las damiselas que dibujaba sin pensar, me terminaron de desmotivar.

Quizás me haya pegado más de 10 años sin dibujar en serio.

Y entonces vino Dragonage y su fandom en Deviantart.

Y es que en la comunidad de artistas de Deviantart, muchos dibujantes aprovechan para subir sus dibujos sobre peliculas, novelas, y, por supuesto, videojuegos… Y en mi adicción por el mismo, y en mi búsqueda de más información, de pronto me encontré con montones de personas que hacían hermosos dibujos y más aún, divertidas historietas, inspiradas en sus experiencias con dicho juego. Y de pronto se me ocurrió una a mí. Y decidí dibujarla. De forma sencilla, sin complicarme la vida. Lo iba a hacer sólo para divertirme, para compartir con gente que iba a entenderla, a reirse conmigo. Y la subí a Deviantart.



El éxito que esa pequeña tontería tuvo me sorprendió enormemente. Recibía montones de mensajes, comentarios, y gente que simplemente, la añadía a sus favoritos. Y pedían más. Y a mi se me ocurrían más. Y las fui dibujando. De nuevo, apenas sin esfuerzo. Si no se me da bien hacer fondos, no hago fondos. Si una postura no me sale, hago otra o la oculto. Solo quiero transmitir mis ideas. Al fin y al cabo, no cobro por ello, me puedo permitir el lujo de trabajar lo mínimo que me de la gana.

Y, como cuando era niña, ahora hay gente a quienes les gusta, comparten su afición conmigo, y más aún, se han compartido en grandes amigos. De pronto me he dado cuenta de que eso es lo que quiero hacer. Disfrutar de algo que me gusta, sin la presión de hacerlo por obligación. ¡Qué suerte la mía!

lunes, 19 de abril de 2010

LA VIDA ES JUEGO

Siempre he sido un poco reticente a dejar que según qué novedades tecnológicas entren en casa, y no tanto porque dude de su utilidad o porque no me gusten, sino porque sé que me van a complicar la vida. Cuando salieron los teléfonos móviles me resistí como una cosaca ya que, sí bastante odio le tengo al teléfono fijo y a que la gente se meta en mi vida de un timbrazo cuando estoy en mi casa, aún peor llevar ese incordio a cuestas fuera de casa y tener que estar constantemente localizada. Por supuesto, caímos en cuanto Josema tuvo que irse a trabajar a Madrid y ahora ya hay tres en casa (el mío particular, el suyo particular, y el suyo del trabajo). Y por supuesto, como imaginaba (no había que ser muy listo para hacerlo de todos modos), nos ha complicado más la vida, la gente se enfada si no lo llevas conectado o te lo has dejado en casa, y por supuesto, siempre suena en los momentos más inoportunos. Pero admito que las ventajas que tiene, sobre todo en los viajes (se acabó buscar una cabina cada vez que llegas a destino y que encima ésta esté ocupada o no funcione) superan a las desventajas…

Luego estuvo internet, que en este caso me parece uno de los mejores inventos del siglo (en realidad, tanto internet como los teléfonos móviles me parecen las dos grandes revoluciones del siglo XXI, las que han cambiado el mundo, y no el viaje espacial como soñaban nuestros abuelos), y que me encanta, pero que durante mucho tiempo intenté restringir al ámbito del trabajo porque sabía perfectamente que me iba a robar todo el tiempo libre disponible en cuanto la instalase en casa. Como así ha sido. O las cámaras digitales, que para mí, sólo han conseguido desbancar a las cámaras tradicionales en la comodidad de uso (eso de poder hacer mil fotos en una tarjeta, y verlas una vez hechas), pero que pienso que dificilmente mejorarán la calidad de las fotos sobre papel, y que además te fuerzan a verlas en un dispositivo o a gastar tinta de la impresora para imprimirlas (aún no he conseguido entender que ventaja tiene una reflex digital con una digital normal, si en ambas ves exactamente lo que fotografías).

Pero quizás el artilugio al que más tiempo me resistí, fueron las consolas de videojuegos. En primer lugar, nunca he sido de jugar a juegos de ordenador. Me pongo muy nerviosa, sobre todo con los juegos en los que o matas, o te matan, y me hago un lío con los mandos, así que no me gusta nada jugar. La única excepción son los juegos de puzzles o diálogos en los que puedo pensar la respuesta el tiempo que quiera (y tienen pocos mandos), como Hotel Dusk, el único juego que me he pasado yo enterito y sin ayuda. Sin embargo, siempre he sido, soy y sere una friki de ver jugar. Recuerdo viejos tiempos en los que nos quedabamos hasta las tantas en casa de nuestro amigo Miguel Ángel viéndole pasarse enteros juegos como el Full Throttle de Lucas Arts, o la noche que él mismo se pasó entero en mi viejo Mac el clásico Dragon’s Lair (con dibujos de Don Bluth). Era (es) como ver una película interactiva.

De nuevo la cosa cambió cuando Leo estuvo enfermo, y sus abuelos le compraron la PS2 para hacerle más llevadera su larga estancia en el hospital. A pesar del tiempo que me pegué dándole largas, al final la consola entró en casa. Que fue hija única durante un año largo, hasta que a la vuelta de Japón, tras recorrernos todos los centros Pokémon del itinerario, cayó una Nintendo DS. Y para la comunión, aunque yo no le veía ninguna mejora sobre lo que ya teníamos, la Wii. Josema se apuntó al carro y no recuerdo si en un aniversario o un cumpleaños le regalé la PSP amarilla de los Simpson. Así que finalmente, las navidades pasadas, Leo consiguió la mejorada PS3 (ahora lo que necesitamos es una tele en la que sacarle partido, porque la verdad es que en nuestra vieja Sony de la lista de bodas – hey, hoy hace 13 años!! – apenas se leen las letras), y a estas alturas ya solo nos falta la Xbox (eso sin contar un par más de DSs y otra PSP para que Leo juegue al Invizimals con sus compañeros de clase). A la que Josema ya le tiene echado el ojo, por cierto. Está visto que con estas cosas, cuando haces pop!, ya no hay stop…

PhotobucketTengo que admitir que no me arrepiento de que hayan entrado en casa. En general no nos han robado mucho tiempo, y me han permitido vivir, junto con Josema y Leo, aventuras como las de Lara Croft (a quien ya le he dedicado un par de entradas) o el último Principe de Persia, que me gustó tanto visualmente que ya tiene versión en resina en casa. A veces, hasta me fastidia que una historia, como el Assassin's Creed, se quede a medias por falta de interés del jugador, porque es como si me dejasen la película a medias. Cuando me dicen que van a jugar a uno de esos juegos, corro al sofá y me quedo mirando la tele como no han conseguido películas ni series (con honrosas y escasas excepciones como Mujeres Desesperadas).

Lo que no esperaba era acabar enganchada, como nos hemos enganchado últimamente, a un nuevo videojuego, en este caso de rol, el Dragon age: Origins. Que fue un juego que Leo le regaló a su padre para el 19 de Marzo (qué graciosos estábamos, los dos en la FNAC con el videojuego escondido para que no nos lo viese a la hora de pagar, que si nos llega a ver algún dependiente se cree que lo estamos robando, para que a la larga en la caja se descubra el pastel y el pobre Josema se vea azorado y sin saber que decir ante la iniciativa de su hijo). Que todos teníamos nuestras reticencias: Josema llevaba bastante tiempo dedicando una tarde a la semana, en uno de los PCs de mis padres (en casa usamos Mac) a jugar al juego aleman Drakensang, de temática similar, y temíamos que este no le llegase a la suela del zapato. Que además, ya en la portada, anunciaba una orgía de sangre para mayores de 18 años.

Y fue estrenarlo y vernos, los tres, enganchados a la pantalla del televisor, viviendo con Josema (a los mandos) las aventuras de su elfa Lyna (claro caso de desdoblamiento pejotil), disfrutando sobre todo de las conversaciones, en general ingeniosas, y las interrelaciones con unos personajes sorprendentemente bien creados. Bromeando incluso con ligarnos a alguno de ellos… hasta que hacia el final del juego descubres que puedes hacerlo… Sintiéndonos incluso abrumados cuando de pronto nos vemos abocados a elegir, entre el apuesto, un poco tímido, y heroico guerrero humano (quien tiene hasta club de fans y todo), o el amoral, morboso, atractivo irredento Don Juan (¡si incluso tiene acento español, aunque el juego esté integramente hablado en inglés!) del asesino elfo…*

En fin, que de pronto me veo que un juego, un simple videojuego, que ni siquiera tiene una gran animación ni una historia superoriginal, está empezando a remover mis emociones como en su día hacían las buenas partidas de rol (no os podeis imaginar lo nerviosa que me fui a la cama la noche en que llegamos al punto en que uno de los dos PNJs se declaró a nuestro personaje…), y hasta nos hemos lanzado, tanto Leo como yo, a crearnos nuestros propios personajes para poder explorar otras opciones de la historia (entre otras, en el caso de Leo, la de llevar un personaje masculino).

Algo especial tiene que tener, de todos modos, cuando me encuentro con las voces del inefable Tim Curry y Claudia Black (de la fabulosa e imprescindible serie de TV Farscape) en el reparto. Y más aún cuando termino mi parte de introducción y resulta que tengo en mi equipo un traje de novia (ni que me hubieran diseñado la partida a medida, la verdad), aunque sea un traje feo, que no tiene nada que ver con los que a mí me gustan (el diseñador de trajes femeninos de ese videojuego no entiende precisamente del tema, no)…Y me acuerdo de aquel viejo anuncio de la PlayStation, aquel fantástico slogan que siempre relacioné, más que con los videojuegos, con los juegos de rol de toda la vida:

Al verme, jamás pensarías que he dirigido ejércitos, y conquistado mundos. Y aunque para lograrlo he dejado a un lado la moralidad, no me arrepiento. Porque aunque he llevado una doble vida al menos puedo decir…
… que he vivido.




* En este punto acabé forzándole a elegir al humano, y es que siempre he sido de las que se quedan con el buenazo inocente, por mucho morbo que digan que a las chicas nos dan los canallas amorales. Siempre fui de las que prefieren a Luke Skywalker antes que a Han Solo. Y por lo que veo, no soy la única.

Nota 2: Las imágenes de los maromos de torso desnudo, para las viciosillas que ya os estáis preguntando de dónde han salido, no son del videojuego (los gráficos no tienen ni de lejos esa calidad), pero sí representan a esos personajes, el humano, Alistair, a la izquierda, y el elfo, Zevran a la derecha, y están sacados de este magnífico Deviantart.

miércoles, 14 de abril de 2010

CONAN ES UNA MARY SUE


Al hilo de la tan renombrada saga vampírica de Crepúsculo he leído (y oído) comentarios despectivos diciendo que la protagonista, Bella, era una “Mary Sue”. Dentro de mi ignorancia sobre según que temas, la verdad es que la definición, pensé, le venía como anillo al dedo. Y es que a mi me dicen “Mary Sue” y pienso en la típica niña bien de historia (norte)americana con moralina, ya saben, al hilo de “Peggy Sue se casó”… hasta físicamente me viene a la cabeza una damisela con pelo rubio y falda con cancan al estilo finales de los 50/principios de los 60, y una moralidad muy al estilo de la fantástica, preciosa película, “Pleasantville”. Sinceramente, pensé que la descripción le iba al pelo a Bella, y dentro del contexto en que lo leí, a los otros personajes a los que aplicaban dicho epíteto, como las inocentonas historias de Mercedes Lackey (que por cierto, son bastante más agradables de leer) o las acarameladas heroínas (siempre bellas, siempre inocentes, siempre con complejo de inferioridad) de las novelas románticas de toda la vida (las baratas, o las de Highlanders que tanta hilaridad sana nos han deparado en este hilo de mi foro favorito). Todo concordaba perfectamente.

Y de pronto, en ese foro en el que lurkeo pero nunca admitiré que visito, me encuentro información ampliada sobre las Mary Sues y me demuestran mediante diversos comentarios y enlaces que mi idea original está completamente equivocada. Porque resulta que una Mary Sue no es, como yo pensaba, el tipo de personaje que todas creamos en nuestras historias hiperhormonadas de adolescentes porque se trata de la chica inexperta, que es bonita pero no lo sabe (y no se lo cree, pero tiene que ser bonita para que sea creíble que el maravilloso protagonista se enamore de ella), que no tiene nada de especial pero que al final saca lo mejor de sí misma para conseguir salvar la historia, que al final da grima de lo acaramelada que es… en fin, una Bella de Crepúsculo cualquiera. Vamos, que a mi me ponen este dibujo de Deviantart (enlace proporcionado por dicho foro):

Y mientras yo creo sinceramente que la Mary Sue es la primera, resulta que no, que la Mary Sue es la segunda, la que parece Sailor Moon o cualquier otro personaje del Anime de toda la vida (que si, que no por ello es menos ridículo, pero es que ¡es tan frecuente!).

Y es que ahora resulta que las Mary Sues son personajes hiperinflados, con superpoderes, superfantásticos, que destacan por encima de todos los demás y que hacen que todos los demás personajes de la historia caigan a sus pies. Vamos, lo que los franceses daban en llamar, en los círculos de los juegos de rol y a raíz de cierto personaje que acabó teniendo su propio comic, un Wismerhill. Y me cortocircuito toda porque… entonces, ¿por qué la gente dice despreciarlos tanto?

Mirad este test que proponen en uno de estos foros, y ahora pasádselo, no al personaje de vuestra invención, ese que jugais en vuestra partida de rol particular, ese que habeis personificado en una BJD de resina, ese que inventasteis en vuestra adolescencia para enamorar a vuestro héroe de turno… sino a personajes populares, incluso clásicos, como Superman, Flash Gordon, Tarzán, Scaramouche, cualquiera de los superhéroes modernos, Thorgal en el comic europeo, personajes del cine de actualidad como Neo de Matrix, personajes de videojuegos como Lara Croft o el Príncipe de Persia… y a ver que os sale (lo que más me joroba es que si esos personajes son hombres y los crean hombres, entonces está bien. Pero si son mujeres y los crean mujeres, entonces es que vivimos en el fantástico mundo de la piruleta o estamos hiperhormonadas)…

Yo he llegado a la conclusión de que Conan es una Mary Sue…

domingo, 11 de abril de 2010

CABALGANDO DRAGONES


Hace muchos años, cuando estrenaron la versión cinematográfica de “La Historia Interminable”, me pegué mucho tiempo enchochada con esa película. Puede que ostente el record de la película que más veces he visto en cine (creo que llegaron a ser unas 11 veces, contando una que vez que me invitaron a una sesión matinal sorpresa y resultó ser esa misma película), llené la habitación de pósters, me suscribí a revistas alemanas para tener fotografías (que eran escasas en la prensa española), y ante los comentarios de que la película era mala, sobre todo en comparación con el libro, yo la defendía diciendo que sí, que era muy diferente al libro, pero aún así, me gustaba tanto como el mismo (que en su día también me había encantado)… y creo que fue por Fujur y las escenas en las que Atreyu volaba en él.

Durante meses soñaba con cabalgar en un dragón de la suerte. Y es gracioso, porque soy una persona con miedo a las alturas y a la velocidad. Y sin embargo, iba al parque de atraciones, me subía al Twister, cerraba los ojos y pensaba “Voy cabalgando en un dragón de la suerte”. Y era feliz. Todavía lo hago, en realidad.

Fujur sigue siendo parte de mi iconografía adolescente. Fui feliz como una niña pequeña cuando con unos 20 añazos me lo encontré al natural (o al menos la maqueta que usaron en la película) en los Estudios Bavaria de Munich, y cuando este año 2009 hemos vuelto a verlo ha sido como reencontrarme con un viejo amigo. Por supuesto, su versión en peluche se vino a casa en cuanto pasé por la tienda (a veces lo confundo con mi gato, porque tienen exactamente el mismo color).

Así que si aquella vez, viendo una película de los años 80, con efectos especiales tirando a cutres, me sentí así… os podeis imaginar como me sentí el pasado 26 de Marzo, viendo “Como entrenar a tu dragón”, animación por ordenador en 3D de primerísima calidad, paisajes que parecían reales y un dragón con la carita de Stitch y comportamiento felino del que te enamoras cada vez que fija sus enormes ojos verdes en la cámara. La película, como en el caso anterior, apenas es fiel al libro en los nombres de los personajes y ciertas cosas de la linea argumental, pero como el libro no es tan famoso (aunque tiene el honor de haber sido el primer libro “gordo” que se leyó Leo, a la edad de 6 años), quizás el tema no trascienda tanto. A mi, en cualquier caso, no me afecta demasiado. Tengo asumido que el libro y la película son cosas diferentes, y si la película me aporta cosas nuevas, no me importa que cambien el argumento (es curioso, llevo peor que cambien a los personajes que el argumento en sí). De hecho, debo ser la única persona a la que la adaptación de El Señor de los Anillos le dejó fría… Sí, maravillosa, espectacular pero… no me aportaba nada que no hubiera visto ya en mi imaginación cuando leí el libro…

Volviendo a “Como entrenar a tu dragón”, quizás lo mejor de esa película no es tanto lo que cuentan (la historia de siempre del chico diferente que luego demuestra que eso no le hace peor que los demás) sino cómo lo cuentan. Aparte de los medios técnicos, innegablemente soberbios, está un guión ágil, unos personajes carismáticos y creíbles, al menos dentro de la historia de fantasía que cuentan, reacciones que el propio espectador podría tener, gags graciosos, paisajes impresionantes… y un dragón que cualquiera querría tener como mascota.

Así que Desdentao pronto se coló en mi corazón. Hasta el punto que ya hemos ido a ver la película al cine dos veces y no me importaría repetir, si no fuera por esos malditos horarios infantiles. Pero, como en “La Historia Interminable”, cuando realmente decidí que tenía que dedicarle una entrada, fue cuando Hipo cabalga en él por los cielos, con el espectador acomodado en la grupa a su lado. Me dejé llevar, volé, subí y bajé, y me sentí de nuevo como la adolescente que viajaba en Fujur, con esa sensación en el corazón que solo he visto descrita una vez, en aquella escena de Amelie en la que ella acompaña al mendigo ciego hasta la estación de metro, y entonces el corazón de él se ilumina y vuela de la emoción. Yo sentí lo mismo.

Y sé que cuando vuelva a subir en una de esas atracciones moderadas que a mí me gustan, cerraré los ojos, sentiré el viento en la cara, y esta vez, tendré dos cabalgaduras imaginarias para elegir… ¿seguiré fiel al anciano, perruno y sabio Fujur, o me dejaré llevar por el felino, juguetón y expresivo Desdentao?

Elija a quien elija, volveré a ser feliz, porque gracias a la magia del cine y al milagro de la imaginación, me podré permitir el lujo de volver a cabalgar dragones…




Nota: Si echais unas entradas hacia atrás, veréis que, de propina, he actualizado con un par de entradas antiguas. Por si me echabais de menos...

miércoles, 24 de febrero de 2010

PARADO POR REFORMAS

Habréis visto que este pobre blog se ha quedado en blanco durante bastante tiempo. Como comenté en la entrada del 23 de diciembre (recién posteada, por otro lado), el pasado 19 de enero cambié de hospital. Las semanas que han rodeado al cambio han sido moviditas, de trabajo y de despedidas, y ahora que estoy trabajando en el hospital más grande de Aragón, todavía me queda mucho que aprender y mucho en lo que asentarme.

Lo peor de todo es que, como creo haber dicho algún día, las entradas se me siguen ocurriendo, así que conforme tengo un rato las esbozo, con su fecha correspondiente, en un archivo de Word. Luego, cuando las termino, cuelgo 3 ó 4 de golpe, maquetadas, bonitas, con enlaces y alguna foto, así que las actualizaciones son, lo reconozco, bastante desconcertantes... no me lo tengáis en cuenta. Mi intención es buscar un ratito cada día e ir actualizando poco a poco, pero seguiré con mi ritmo anárquico... avisados quedáis: probablemente en estos días os encontréis un buen montón de entradas anteriores a ésta que no habréis leído aún. De todos modos, si seguís vigilando este blog es que o sois muy fieles, u os aburrís mucho, o... reconocedlo, tenéis un puntito masoquista...

lunes, 22 de febrero de 2010

OREGON YE NAZION

Hace algún tiempo me pasaron en uno de esos correos electrónicos en los que la gente comparte contigo cadenas en pps, chistes en formato word y enlaces de las más diversas índoles un enlace a un video sobre un grupo reivindicativo llamado “Comando Almogávar”. Pinché el enlace y de inmediato me aficioné a las andanzas de este grupo en Youtube, porque sabían reirse de los nacionalismos extremistas, daban un buen repaso a la historia de nuestra región y denunciaban situaciones de actualidad con un sentido del humor sano e imaginativo. Se trataba de escenas cortas de un programa de humor de Aragón TV, llamado “Oregón TV”, y ya entonces la cosa prometía ser interesante.

Así que cuando pocos meses después me llego otro email con una serie de enlaces para aprender “Oregonés en 14 lecciones” y vi que era de la misma gente, aparte de empaparme con dichas lecciones y de reirme como una descosida al verme identificada con ellas la mayoría de las veces, me apresuré a reenviar el mensaje y publicitarlo entre todos mis amigos de internet, para que nos conocieran un poco más a los Oregoneses/Aragoneses…

Ahora Oregón TV vuelve a saltar a la actualidad a raíz de un video musical. Y es que en otra de las secciones de su programa, que por cierto no suelo seguir en antena, sino a través de los videos que ellos mismos cuelgan en Youtube, hacen versiones de canciones de todos los tiempos con temas que nos tocan de cerca, desde los trajines inmobiliarios en la localidad de La Muela y su a pesar de todo popular alcaldesa (Hija de la Muela) hasta las obras del tranvía (la parodia del Smells like teen spirit de Nirvana).



Pero la que ha saltado a todos los medios, por las reacciones que ha ocasionado en la región vecina, ha sido la versión de la Ranchera de Rocío Durcal “Me gustas mucho”, en la que se mete sin tapujos con la manía de ciertos sectores catalanistas de pretender cambiar la historia, de negarnos a los aragoneses nuestra identidad histórica y de barrer para casa diciendo por un lado que la Corona de Aragón de toda la vida ahora resulta que era Catalanoaragonesa y por otro, traduciendo los nombres de nuestros Reyes e incluso cambiando su numeración. Y es que, como bien dice el estribillo de la canción y yo he dicho muchas veces, les jode mucho que los que tuvieramos el título de Reino, los que salimos en los libros de historia que todavía no han conseguido cambiar (entre ellos los Archivos de la Corona de Aragón que ellos conservan en Barcelona, o toda la bibliografía que se conserva sin ir más lejos en el Sur de Francia), seamos los aragoneses… porque Barcelona, por importante que fuera comercialmente, por mucho que le interesase a Ramiro I el monje aliarse con ellos y por mucho que fuese nuestra salida al mar, nunca dejó de ser un condado…

Que triste es el complejo de inferioridad…

lunes, 15 de febrero de 2010

JUZGAR UN LIBRO POR LA PORTADA

En diciembre vi un libro en la Fnac, y como dice con cierto humor un buen amigo, “se me quedó pegado a la mano”. Vamos, que tuve que comprarlo y llevármelo a casa porque algo en la portada me susurraba al oido y me seducía enormemente. El libro era “La mecánica del corazón”, y la portada mostraba un dibujo delicioso y ofrecía un argumento tierno, original y con cierto aire Tim Burton/Neil Gaimanesco que me hizo caer en la tentación.

Al final resulta que me equivoqué. O quizás no, con muy contadas excepciones (particularmente los libros que me parecen panfletos propagandísticos de ideas con las que no comulgo), nunca he considerado un error comprar un libro. Pero he de reconocer que este me decepcionó. La historia era tierna y no estaba mal contada, pero me quedé con la sensación de que podría haber sido algo más, podría haber estado mejor trabajada… podría haber sido un libro más maduro, y no el cuento infantil que al final resultó ser, a pesar de que, mira por donde, y contradiciendo lo que comentaba en esta entrada, lo vendían más para adultos que para adolescentes. Misterios de la publicidad, en cualquier caso.

En resumen, juzgué a un libro por su portada, a pesar de que el dicho recomienda con insistencia que no lo hagamos, y me llevé lo que me merecía, un libro con una portada preciosa, y poco más.

El caso es que hace unos días (somos reincidentes, sí), volvimos a pasar por la Fnac, y esta vez mis ojos se fueron de cabeza a un libro de ilustraciones, Genealogía de una bruja. Era una bonita oferta: cuento ilustrado, libro de ilustraciones y bolsa de regalo, todo en el mismo pack. Y de nuevo la portada me llamaba con canto de sirena. Aunque esta vez iba sobre seguro: la portada de un libro de ilustraciones es más fiel al interior del mismo que si solo vas a encontrar texto. Así que puse ojitos, y al final se vino con nosotros como futuro regalo de San Valentín.

Mi ajetreada vida estos días me permitió ser muy formal y no abrir el libro hasta la fecha señalada, ayer domingo… Y esta vez, no me defraudó. El cuentecito ilustrado no deja de ser un cuento sencillo, una simple excusa para engranar las deliciosas ilustraciones. El libro de ilustración es simplemente maravilloso. Y el estilo… ese estilo me recuerda algo… Miro el folleto de publicidad que venía con el libro… Quizás los otros libros que anuncian son del mismo autor? Benjamin Lacombe… pues no, no coincide con ninguno de los otros, que además no me han flechado como este… Entonces, ¿dónde he visto ese estilo, esos ojos enormes, ese colorido con riqueza de rojos y negros que me recuerda en algunas cosas al también francés Yslaire?...

Y se me hace la luz, y corro a coger mi ya aparcado ejemplar de “La mecánica de corazón”, y miro la hermosa, delicada portada, que parece sacada de una caja de música, y paso a los créditos y leo el nombre del autor. Benjamin Lacombe. Eso explica muchas cosas.

Este hombre va a ser un peligro. Por que no hay que juzgar un libro por su portada. Pero las portadas de este hombre son taaaan hermosas….

viernes, 5 de febrero de 2010

LIBROS DE NIÑOS NO TAN PARA NIÑOS


Hace poco he leído algo sobre el fenómeno de los libros para jóvenes que están siendo un éxito de ventas entre los adultos. Sagas como Harry Potter (y que conste que no soy una gran fan de esta saga, pero al menos ha conseguido que mucha gente joven lea) o Crepúsculo (a pesar de muchas cosas, sí) enganchan a padres e hijos por igual, y cuando ves la calidad de algunos libros “para adultos”, tampoco te sorprendes tanto. Aunque a mi lo que me sorprende es, como tantas veces, que descubran eso ahora como si no hubiera pasado nunca (y mira que conozco gente que se ha leído “El principito” de adultos).

Porque sinceramente, dada la calidad (y la amenidad) de algunos libros “para adultos”, desde que tengo uso de razón me he ido de cabeza, en la revista de Círculo de Lectores, a la sección de literatura juvenil. Y es que cuando te gusta la fantasía, muchas veces tienes que ceñirte a esa triste etiqueta (porque en el fondo, todas las eytiquetas son tristes, ya que conllevan un prejuicio), ya que en cuanto en un libro salen hadas, elfos o dragones, o es Tolkien, o es subrealista, o ya te lo engloban sin leerlo en literatura juvenil (y porque a menudo tienen demasiadas páginas para poder etiquetarlo como literatura infantil directamente) – las contadísimas excepciones lo son o bien porque las editan editoriales que saben lo que tienen entre manos (como la experimentada Gigamesh, que se hizo muy a tiempo con el filón de “Canción de Hielo y Fuego”) o porque los contenidos de violencia o sexo son tan evidentes que salta a la vista la imposibilidad de encasillarlos en el género juvenil (eh, esto también se puede aplicar a “Canción de Hielo y Fuego”).

Así que yo estos días me he leído el maravilloso “El libro del cementerio”, de mi siempre admirado Neil Gaiman, y como cuando leí Stardust, lo he cerrado con un suspiro y he sentido que se acabase, y aunque desde luego tengo la sensación de que está escrito pensando en que lo lea un niño, no he podido evitar encontrar muchos niveles en su lectura, muchos detalles que un niño no entendería, y un poco de pena porque creo que Gaiman, si no se hubiera constreñido a la idea de hacer un libro infantil, todavía podría haber sacado más partido a una gran historia, no tanto por su argumento (quizás la premisa quede un tanto coja), sino sobre todo por la pequeñas historias menores que encierra (la de la bruja es desde lejos mi favorita) y como siempre, por la forma maravillosa que tiene este hombre de contarlas. Es un libro que en cuanto lo he terminado se lo he pasado a Leo, y la pena es que con los libros de lectura del colegio, no le está dando tiempo a leerselo al ritmo que debería, pero me enorgullece ver que, por fin, un libro como Dios manda, que no sea uno de esos refritos de “El barco de Vapor” (colección que encierra perlas, no lo niego, pero también muchos despropósitos de esos que confunden la literatura para niños con literatura para tontos), y que le haga querer leer más cosas del mismo autor.

En verano también cayó en mis manos “Tamsin”. Este libro venía avalado por ser obra de un poco prolífico autor al que adoro, Peter S. Beagle, que me enamoró con “El último Unicornio”. Y de nuevo venía con la etiqueta de “juvenil”, agravada por el hecho de que según el propio libro, la historia había empezado siendo un proyecto para la compañía Disney. Pero Beagle, como siempre, va más allá. Tras un comienzo un poco flojo, efectivamente, “infantil” (adolescente con problemas de adaptación, la constante en todos los libros juveniles, aunque da igual porque para hacer el libro “adulto” solo teneis que cambiar el personaje por “escritor sin inspiración”, “periodista fracasado que intenta solucionar un enigma” o “exmarine borracho que intenta rehacer su vida”), la trama se enreda con una historia de fantasmas que te atrapa para conducirte a un final colosal, aprendiendo de paso muchos detalles sobre la mitología anglosajona. Y a pesar de tener muchos elementos en común con el Libro del Cementerio (dos libros en los que los fantasmas no te dan miedo, sino que acabas encariñándote con ellos), son completamente diferentes. Y que no me pongan en duda su calidad literaria, por favor.

El otro libro “juvenil” que leí, justo a continuación de éste, ha sido “Graceling”, y aunque no lo pondría en mi lista de los 10 mejores libros de la historia, de nuevo me ha sorprendido verme atrapada en una historia ágil, bien escrita, atractiva y con tintes inesperados. No me atrevo a ponderar su originalidad, pero desde luego, el argumento al final ha tenido poco que ver con la idea preconcebida que me había forjado al leer la contraportada y eso me ha sorprendido varias veces, lo cual siempre es de agradecer, porque con eso ves que no te están contando la historia de siempre (o al menos, la han disfrazado mucho mejor que en otros casos). Aún no sé exactamente por qué ese libro venía como literatura juvenil, a menos que sea porque los protagonistas son jóvenes (pero no adolescentes), y no aparece sexo ni violencia explícitos… ah, claro. Será por eso. (Porque violencia sí que hay - y sexo, pues también se sugiere, oigan)

En resumen, lo llamen como lo llamen, nos digan lo que nos digan, yo no tengo reparos en buscar en las estanterías de literatura juvenil mi próximo libro de fantasía, porque sé que muchos pequeños grandes momentos se esconden entre esas hojas. Aunque no descarte otros géneros, otras edades, otros autores. Hay muchos mundos que visitar. Y los libros, todos, son una puerta maravillosa para acceder a ellos.

SI LA ENVIDIA FUERA TIÑA...

Hace algún tiempo comenté la frase del genial Doctor Beik “Prefiero que mis amigos me den envidia a que me den pena”… y estos días ha habido un par de ocasiones que me han hecho volver a reflexionar sobre la envidia.

Yo soy muy envidiosa, no lo voy a negar. Pero quiero creer que mi forma de envidiar es lo que comunmente se llama “envidia sana”. Esto es, cuando alguien tiene algo que a mí me gustaría tener, no le deseo ningún mal a esa persona, sino que me busco la vida para conseguir yo lo mismo o algo parecido. Y si no puedo, pues mira, ajo y agua. Demasiadas preocupaciones hay en la vida para encima darse mal por algo que tiene otra persona.

El caso es que hace un par de días me encontré de refilón, en mi nuevo trabajo, con una compañera del colegio, de cuando yo tenía la edad que ahora tiene Leo. Ella venía acompañar a su madre a una prueba diagnóstica, y yo iba volada porque llegaba tarde a una de mis numerosas reuniones, así que apenas pude cruzar con ella un “¡Hola, ¿qué tal va todo?!” cuando me reconoció. Curiosamente, la reconocí a la primera, apenas había cambiado a pesar de tener 30 años más que entonces, y supongo que si ella también me reconoció, yo también habré cambiado poco. Y la verdad, aunque no era la mejor amiga que he tenido, estuvimos muchos años juntas (desde parvulario hasta los 13 años, en que ella se fue a un instituto público, y yo me quedé en el colegio privado al que íbamos), y eso no se olvida.

A pesar de lo poco que hablamos, luego me sorprendí dándole vueltas a muchos recuerdos comunes. Como vivíamos muy cerca la una de la otra, muchas veces iba a su casa a hacer trabajos del colegio, o incluso a jugar. Y recuerdo que, a pesar de que mi abuela solía decir que ella me tenía envidia a mí y que no era realmente mi amiga, yo le envidiaba tres cosas. Sólo tres cosas, pero que fueron mi espinita hasta que las conseguí: una, el comic de “Invasores del Cuerpo Humano” del que no sé si hablé hace unas entradas. Otra, una casita de muñecas que ella tenía, que a mi me parecía enorme, con la que pasábamos las horas jugando, y que creo que fue, también, la culpable de que no haya parado hasta tener una. Y la tercera, la Enciclopedia de El Mundo de los Niños, que nos ayudó en muchos trabajos escolares, que me fascinaba por sus portadas que, juntas, formaban un arco iris, y que al final, también conseguí en un rastrillo benéfico.

Nunca le guardé rencor por haber tenido esas cosas antes que yo, es más, siempre agradecí haber aprendido que existían gracias a ella. Eso sí, la envidiaba, claro que sí. Yo también las quería. No tengo muy claro si eso es realmente malo.

Curiosamente esa tarde, cuando fui a buscar a Leo por la tarde, nos embarcamos en un tema similar. El pobre Leo anda teniendo problemas en clase. Sus compañeros se meten con él y creo que, como me pasaba a mí a su edad, no tiene amigos de verdad. Me sorprendí a mi misma diciéndole lo que mis padres me decían a mí y yo nunca me creía: eso es que te tienen envidia. Y lo gracioso es que ahora sí que me lo creo. Porque lo he visto. Y porque me consta que muchas cosas de la vida de Leo son envidiables… sus viajes, las cosas que comparte con nosotros, la información que recibe de la tele (debe ser el único niño que cuando se aburre de los dibujos animados solicita que le pongan Discovery Channel o el Canal Historia), su relación con algunos profesores… incluso el hecho, cada vez más raro en nuestros días, de que sus padres no nos hayamos separado…

Y él, en su inocencia, como me pasaba a mí con mi amiga de la infancia, va y me confiesa que él envidia a su amigo Pedro, porque tiene algunos de los juguetes de Lego que él no tiene… y yo me sonrío, porque sé que su envidia, como la mía, no es de la mala, sino que conlleva un mensaje subliminal: “Jo, mamá, comprámelos a mí también”

lunes, 1 de febrero de 2010

QUIEN TUVO, RETUVO

La verdad es que ya me vale. Las pasadas navidades pedí expresamente como uno de mis regalos el nuevo disco de Spandau Ballet, Once More. Y conforme lo recibí, me lo eché al bolso con la intención de ponerlo algún día en el coche, pero lo fui dejando, lo fui dejando, básicamente porque, como todos los temas excepto dos eran los clásicos de siempre, no tenía ninguna prisa en oirlo.

Pero en el camino de vuelta desde Angouleme, 6 horas de coche, daba tiempo a escuchar mucha música, así que al final me decidí y los pusimos. Y me quedé muda de la sorpresa.
El caso es que en el disco ya ponía que eran “nuevas versiones”, pero yo ni lo había leído (hay que leer más!)… Y sí, eran nuevas versiones, más suaves, más intimistas. Temas como With The Pride acompañado solamente con una guitarra española ponían los pelos de punta, y los temas antiguos como To Cut A Long Story Short y Chant Nº 1 tomaban una nueva dimensión y ganaban, al menos para mi gusto, calidad y belleza a raudales.



La verdad es que me sentí tonta por no haberlo escuchado antes, pero lo disfruté como pocas cosas. Volví a recordar porqué habían sido mi grupo favorito durante tanto tiempo, y recuperé la ilusión por el concierto del próximo 12 de Marzo. Como bien dicen, quien tuvo, retuvo.

CAZADORES DE MITOS

El pasado salón del Cómic de Zaragoza, mientras esperábamos a que el también Zaragozano Álvaro Ortiz nos hiciese un dibujo en nuestro Hall of Fame particular (y de paso, abrumado por la petición y encantador como tantos dibujantes a los que aún no ha pervertido el precio de la fama, nos hacia complejos dibujos también en los dos álbumes de su obra que compramos), se le acercó otro chico de rasgos asiáticos que también parecía ser artista de cómic (resultó ser Ken Niimura), y entabló conversación con él. Entre los dos nos informaron de las fechas del Salón del Comic de Angouleme, y nos cantaron maravillas del mismo. Como las fechas coincidían con el 29 de enero, festivo en Zaragoza capital (San Valero, patrón de la ciudad), decidimos un poco a última hora hacer una escapada y ver si era tan maravilloso como lo pintaban.

Para empezar, lo organizamos tarde, así que no hubo forma de encontrar un hotel decente más que a 25 kms. de distancia, en la ciudad de Mansle. No nos ocasionaba demasiado problema porque íbamos a ir con nuestro propio coche, pero no dejaba de ser una pequeña faena. Para colmo, Angouleme no está precisamente al lado de casa, así que tras darle un par de vueltas (una pequeña vocecilla en mi interior no tenía la menor gana de ir), le comenté a Josema que si queríamos que nos cundiese un poco el tiempo, teníamos que salir el jueves por la tarde y hacer noche de camino, porque si no el primer día llegaríamos a la hora de cierre del salón y encima ya de noche, así que no podríamos ver ni salón ni ciudad. Fue una buena decisión, aunque como siempre, trajo consigo nervios y discusiones porque hubo que preparar las maletas el jueves por la tarde, dejar al gato en casa de mis padres, recoger a Leo del cole y salir directamente desde allí rumbo a Bayona, donde hicimos la primera escala. Si además le sumamos que el GPS (al que hemos acabado bautizando “El Tontorron”, muy a pesar de mi padre, su legítimo propietario) decidió no funcionar en todo el camino y que en Bayona debía haber habido fútbol o algún otro acontecimiento mediático agilipollador de multitudes y no se podía ni circular, al final encontramos el hotel tras muchas vueltas casi a las 12 de la noche, y los nervios que hicimos no se los deseo a nadie.

Aún así, entre que llegamos a Angouleme y encontramos un parking con plazas libres, se nos hicieron casi las 3 de la tarde, así que había pocas opciones para comer. Vimos una hamburguesería Quick en la plaza del ayuntamiento y no nos lo pensamos dos veces (aunque nuestra idea inicial era pasarnos por la Oficina de Información y Turismo, para que nos dieran un plano de la ciudad. Oficina que, por cierto, en dos días fuimos completamente incapaces de encontrar)… Y allí fue donde empezamos a encontrarnos españoles: comiendo en las mesas (al pasar solté un “Buenos días” y no me hicieron ni caso, pero bueno…), al ir a pagar… pero la rematadera fue cuando fuimos a coger mesa.

El burguer estaba petado, pero al fondo se veía una mesa libre. Sin embargo, para cuando llegamos ahí sorteando gente, yo ya ví que dos chicas, abrigadas hasta las orejas, con gafas de sol, y con una bolsa porta-bjds (que por cierto, hablaban español entre ellas) estaban a punto de cogerla, así que me di media vuelta, pero entonces ellas al vernos empezaron a hacernos gestos de que nos sentaramos con ellas, que la mesa era grande, y a chapurrear en inglés. Me hizo gracia y les contesté en español que muchas gracias y que ya veía que ellas también eran españolas, y entre risas y tal nos fuimos acomodando. De pronto una de ellas se me queda mirando fijamente y dice: “¿Luna?”. Desconcierto total. En el mundillo de las BJDs hace años que dejé de ser “Luna” para volver a ser simplemente “Sonia”. Y desde luego, las chicas que yo tenía delante, con gorro de lana hasta las orejas y gafas de sol, me resultaban irreconocibles… así que asentí y les pedí que se quitasen las gafas porque si no no tenía ni idea. Resultaron ser Chyna y Thalassa, dos chicas de la época en la que aun compartíamos el difunto foro Soul of Doll y con las que ahora apenas teníamos contacto por estar en distintos foros (y por otros temas que no vienen al caso). La cosa es que alguien nos había dicho que iban a estar por ahí pero… ¡ya es casualidad, que sean las primeras personas con las que nos encontramos!

La verdad es que aparte de la sorpresa y el embarazo inicial, la comida fue agradable, casi no paramos de hablar y las diferencias que pudimos tener en su momento quedaron olvidadas (o al menos aparcadas). Y es que encontrarte con gente conocida en tierra extraña siempre une.

Tras varios intentos de cortar la conversación, al final terminamos de comer y nos fuimos a ver el Salón, que es a lo que habíamos venido, aunque he de decir que su experiencia previa (ellas ya llevaban un día allí) nos fue muy útil. Y es que Angouleme es una ciudad rarísima. Viven del cómic, está llena de referencias al comic, tienen murales pintados en las paredes dedicados al cómic (copiados de viñetas que van desde Little Nemo a Yslaire, pasando por Lucky Luke), una calle dedicada a Hergé y una a Goscinny... y no tienen una miserable FNAC y apenas un par de tiendas de comic (estan locos, estos angoulemenses...)

En cuando al Salón del Cómic es otro mundo. En cierto modo, toda la ciudad ES el salón. Cada plaza tiene una nave montada sobre un tema, para una exposición, para la prensa…. Hay megafonía por toda la calle y cuando llegamos estaba sonando Gorillaz. Hasta en los escaparates de las tiendas ponen cosas referentes al comic. En los bares y los restaurantes hay pequeñas exposiciones de autores noveles, y de hecho en la pizzería dónde comimos el segundo día, justo cuando nos íbamos, nos cruzamos con el autor que exponía allí, alias Monsieur Puzzle. Como a Leo le gustaron sus dibujos (sobre un gatito), le pedimos un autógrafo, y como pasa siempre con los autores noveles, el chico se emocionó y se esmeró como no se esmeran algunos de esos profesionales que se suben a la parra del “Yo soy Dios y todos me adoran”. En las iglesias y hasta en la Catedral hay exposiciones, no necesariamente de comic religioso (la de la Catedral era “Japón y Europa en el comic”), aunque luego sí que tienen una selección a la venta de comic religioso y cultural (me sorprendió descubrir que el irreverente Robert Crumb ha hecho una versión del Genesis, casi más que saber que existe un Manga sobre la vida de Jesucristo), e incluso sesiones de firmas propias.

Y ya que hablamos de las firmas, quizás ese fue el sector que más me decepcionó del Salón. Porque reconozco que, de un tiempo a esta parte, con la facilidad que hay para encontrar cualquier cosa por internet, mi interés por los Salones y otros eventos no es tanto el conseguir cómics o enterarme de las últimas novedades, sino (aparte de reencontrar a amigos comunes que puedan ir por ahí, como en el Salón de Barcelona) el ver en persona a los creadores y conseguir que me hagan un dibujo o una pequeña firma. La prueba, en cualquier caso, de que ellos existen y de que yo les he visto en persona. Compartir por unos instantes el mismo tiempo y lugar, para reafirmar mi pequeña existencia anónima. Así que sólo por eso soy capaz de tragarme filas eternas, de saltarme la comida como hice con Mignola, madrugar para ponerme la primera en la fila… en fin, todas esas cosas que no puedes hacer cuando vas acompañada, porque cuesta arrastrar a otra gente, porque te sientes culpable por hacerles perder la tarde en una fila, porque sabes que acabarán hechos polvo porque simplemente, no les hace tanta ilusión como a ti. Sólo por eso a veces me planteo el ir sola a estos eventos, para ir a mi ritmo, no imponérselo a los demás, y por un lado no sentirme mal por haber perdido una oportunidad y por otro no sentirme culpable por hacer pasar mala tarde a mis seres queridos. Huelga decir, por supuesto, que en este viaje no lo conseguí.

La organización del sistema de firmas en el Salón del Cómic de Angouleme es un auténtico caos. Supongo que la gente que lleva varios años yendo ya se lo conocerá y sabrá organizarse, pero para alguien que llega por primera vez, es una pesadilla. El listado de autores y horario de firmas lo pone en cada stand, hasta ahí bien. Pero es que en algunos, la firma va por sorteo (esto es, compras el álbum, avisas de que quieres que te firmen, y te apuntan a un sorteo, y si sales puedes ponerte en la fila). Vamos, que si no te lo dicen al comprar el álbum, luego quedas como un gilipollas en la firma, porque además, ni es en todos los stands, ni son todos los autores del mismo stand. Así se quedó Josema sin la firma del dibujante de Okko. En otros, cogen los cómics y ya pasarás a recogerlos, o te dan día y hora (¿qué pasa si ese día no estás?), a pesar de que el autor esté ahí de brazos cruzados mirándote con cara de gilipollas. En otros utilizan el sistema tradicional: haces fila, y mira, como dicen los angloparlantes, first come, first serve, aunque en algunos casos sólo les hacen dibujo a los X primeros (igual que en Barcelona), y, si la fila se alarga y no va a dar tiempo a llegar al final antes de la hora en que se supone que termina el periodo de firmas, te dan un número y al que no le toca, ya se puede ir yendo. Mira, ese sistema me parece el más justo, y así funcionaban en el stand de Soleil, dónde había overbooking de grandes artistas… El problema es cuando dicho gran artista es un gilipollas subnormal redomado e integral y decide no respetar el horario y largarse antes de hora dejando a todo el mundo con un palmo de narices y en algún caso sin avisar: por ejemplo, Olivier Vatine (no compréis su obra, bajárosla gratis de internet. Que no vea un duro por cabrón), que nos lo hizo no una, sino dos veces, y la segunda tuvo delito porque estábamos en la fila (Leo guardaba el sitio como un campeón) desde antes incluso de la hora a la que él tenía que venir. Y vino tarde y se fue pronto, las dos veces. Joder, yo hago eso en mi trabajo y me despiden!

Otro colmo de la desorganización, descubrir de pronto que el autor tiene hora de firma en otro stand a pesar de que se supone que debería estar firmando en el que has hecho la fila. Y entonces coge el autor (en este caso era Dany, veterano y encantador) y da número a todos los que están esperando, sale a la calle y como un guía turístico, nos hace seguirle al otro stand (que además estaba en otra nave) y nos pasa por delante de todos los que estaban esperando allí. Que dada la hora que era, me pregunto si realmente les dio tiempo a recibir algún dibujo, lo cual maldita la gracia que les haría. ¿Quién ha confeccionado semejante agenda?

Gracias a Dios algunas cosas compensaban. Por ejemplo, el también veterano y más que clásico Loisel, a quien pillamos cuando ya “no podía hacer dibujos”, pero sí firmas, se portó de forma encantadora, hizo un enorme recuadro en mi album detallando que “no podía hacer un dibujo” (lo cual era un dibujo en sí mismo XD), y al pedirle la dedicatoria me contó que su hijo también se llama Leo. Estuvimos de acuerdo en que es un gran nombre para un hijo. Me hizo también una pequeña firma para mi amiga Concha, y le hizo mucha gracia que yo tuviera una amiga en Sevilla con ese nombre.

Otro grandísimo fue Arleston (el guionista de Lanfeust de Troy, serie que os teneis que leer YA si no la conocéis). A diferencia de su compañero de mesa, el ya nombrado Vatine, estuvo firmando durante más tiempo del que tenía asignado, y a pesar de ser sólo guionista, se entretuvo haciéndole a Josema un dibujo con un pequeño chiste que decía “No hay que abusar de las historietas, o acabareis convirtiéndoos en guionistas, como yo”. Que más quisiéramos. Sentí no haber estado presente, pero nos habíamos dividido en tres filas, porque aquello si no era imposible e improductivo…

Me quedé con las ganas de una Skydoll, con purpurina y todo, de Barbucci, y de una Rubia de Dzack, y seguro que me dejé algún otro famoso en el tintero. Sé que estuvo De Groot, y me hubiera gustado verle, y preguntarle si se acordaba de aquella novata de 20 y pocos años a la que invitó a una cerveza en Charleroi. Uno de mis grandes favoritos, Luguy (Perceván), tenía previsto venir, pero no vino. Sin embargo, habían publicado un libro de dibujos suyos y el chico del stand cuando me lo vendió me regaló láminas y todo... debí ser la única que lo había comprado. Al lado estaba firmando Nacho Fernández (Dragonfall), que tiene más éxito allí que en España, ya que la fila que tenía era impresionante... En cuanto nos oyó hablar español nos dió palique, tan encantador como siempre. Y descubrí de refilón, porque también vendían revistas especializadas en cómic, que acaba de fallecer Tibet, otro de mis favoritos de siempre. Que pena me dio pensar, como cuando falleció Isaac Asimov, que ya nunca podré conseguir un autógrafo suyo, o un dibujito de Chick Bill o de Ric Hochet, que fueron dos de mis amores comiqueriles de la infancia... Ah, y que si gritas "Es un grandísimo hijo de la gran puta" (sí, hablaba de Vatine) en español, los franceses lo entienden. Al menos, los que conocí, y con los que casi hice amistad (las filas siempre hermanan) en la fila de autógrafos de Dany.

En fin, una de esas experiencias para recordar, no sé si para repetir, pero que produjo
una pequeña nueva montaña de cómic que recoger, que me hizo saltarme la dieta una vez más, y que disfrutamos como enanos.

Por cierto, me di cuenta que tras un fin de semana llevando la misma ropa, embutidos en jerseys (porque hacía un frío que pelaba) y acumulando humores, pese a ducharnos todos los días, volvimos oliendo igual que la tienda friki por excelencia de Zaragoza, Freakland. Acabo de darme cuenta de que puede que ese sea, por desgracia, el más puro olor a friki. Y que quizás por eso esa tienda se llama como se llama (ejem)…

jueves, 28 de enero de 2010

FALSOS MITOS SOBRE FUNCIONARIOS


Hay un falso mito por ahí que dice que los funcionarios trabajan poco. Supongo que como todos los mitos tendrá su pequeña parte de verdad, al menos las personas que lo han difundido se habrán encontrado con funcionarios que, acomodados en su trabajo seguro y en su horario fijo, nunca están disponibles o no hacen todo lo que deberían o con la eficiencia que deberían. O no dan palo al agua, que gente así hay en todos los trabajos y no sólo los funcionarios.

Yo no soy exactamente funcionaria, sino estatutaria, que es como nos denominan a los trabajadores de lo que antes de las transferencias se llamaba INSALUD. Pero para el caso, es lo mismo. Las plazas de estatutario, como las de funcionario, se consiguen por oposición, para entrar como sustituto, con contadas excepciones (los médicos son una de ellas, pero los médicos son caso aparte para muchas cosas), tienes que estar en una bolsa de trabajo, y en general, son plazas codiciadas por la seguridad que ofrecen a pesar de la dificultad para acceder a ellas (y más aún en tu ciudad de residencia).

Así que creo que puedo hablar por lo que veo en mis compañeros de trabajo, y decir que el mito, al menos en mi experiencia, no solo es falso sino que también es insultante.

Ya cuando estaba en el hospital Royo Villanova veía a mis compañeros administrativos llegar antes que yo, marcharse (a menudo) más tarde que yo, y no parar de trabajar incluso cuando no daban abasto. Que a veces salías a poner un fax, y te distraías echándote unas risas con ellos, pues sí, oigan, son humanos y hay que desconectar de vez en cuando. Que la hora del almuerzo (para la que se turnaban, dejando siempre a alguien al cargo) era sagrada, pues también. Que uno de ellos está mas tiempo fuera fumando que en su despacho, pues sí, pero esa misma persona siempre se iba por las tardes más allá de las 4 o las 5, y siempre, siempre, dejaba el trabajo terminado. Así que, sí, de nuevo con contadas excepciones, daría un brazo por ellos.

Ahora me encuentro en un ambiente nuevo, otra vez rodeada de administrativos, y mi asombro ha ido en aumento. Mi trabajo en este momento es el mismo en un centro 6 veces más grande que el que estaba. El trabajo es 6 veces mayor en volumen, y probablemente 20 veces más complicado, porque en estos casos el aumento es exponencial. Y descubro que los compañeros hacen guardias, vienen los fines de semana, y, de nuevo, están aquí antes de la hora oficial de llegada y se van más tarde.

Y entonces alguien te cuenta un chiste sobre funcionarios y te paras a pensar… ¿qué funcionarios ha conocido? ¿Tendrá la suerte de un amigo nuestro que siempre se encuentra con el único funcionario borde? ¿Simplemente se deja llevar por los tópicos? ¿O quizás están confundidos los papeles, ya que aquí, en los hospitales, los únicos que vienen tarde y se marchan antes de hora son, a menudo, los laureados médicos (de nuevo no todos, que no hay que generalizar)?

miércoles, 27 de enero de 2010

AMULETOS, KARMA Y SUPERSTICIONES VARIAS

Hace la tira de años, allá por principios de los 90, y a raíz de nuestra primera escapada al Salón del Cómic de Barcelona, Josema y yo descubrimos que había un Salón del Cómic en Charleroi, ciudad de Bélgica poco conocida a nivel turístico que ahora se ha hecho famosa por ser donde te dejan los aviones de la Ryan Air, pero que por aquel entonces sólo conseguía rivalizar con sus hermosas hermanas por el Salón que intentaba promocionar (hoy en día aún se vende a sí misma como capital belga del cómic). Como yo entonces me apuntaba a un bombardeo, y con la excusa del concurso internacional de cómic que organizaban y en el que participé dos o tres veces con tristes resultados – para qué negarlo (al menos Josema llego a ganar como guionista con su talentoso amigo Oscar Royo, aunque lo único que consiguieran fuese la publicación de un álbum con el primer capítulo de un proyecto que no llegó a terminarse nunca), en dos de sus ediciones me lié la manta a la cabeza y me fui, petate en mano, 20 y pocos años y mucha libertad y ganas de ver mundo, yo solita en tren a pasar el fin de semana en Charleroi codeándome con grandes del cómic como De Groot, quien me “adoptó” en una de las ediciones intentando animarme a seguir adelante y a llegar a publicar mis tristes proyectos.

Ambos años, en la efervescencia del comienzo del noviazgo con Josema, lo que más me dolió fue el irme sin él (no tanto como el ir sola) y no tenerle a mi lado, cosa que él suplió con cartas para que las leyese por el camino y hasta cintas de cassete que me grababa para que las escuchase en el tren.

El primer año, además, me regaló un caballito de plástico negro, pequeñísimo, que no sé de dónde lo sacó, pero que me dijo con todo cariño: “Te traerá suerte”. Yo llevaba el caballito en el bolsillo como la casi niña que era, aferrada a él como si me hubiera dado un anillo de diamantes.

Ese primer año yo estaba obsesionada con conocer a mi dibujante favorito belga de todos los tiempos, Peyo, el creador de “Los Pitufos”. Irracionalmente pensaba que si él era belga, y el salón era en Bélgica, él tenía que estar allí por narices, aunque obviamente no tenía por que ser así. Pero yo, cabezota, no hacía más que preguntar en el stand de la semidesconocida editorial que ahora tenía la licencia para publicar los pitufos, y ellos me daban largas con un “no lo sabemos, pero igual viene mañana”…

Al final, quizás a uno de los chicos le di pena, o le caí bien, o simplemente estaba hasta los mismísimos de mi, porque me dijo confidencialmente que esa tarde Peyo iba a estar en la “mediatheque”, un local donde había una exposición de originales suyos. La verdad es que ahora lo pienso y tuve una suerte loca, porque ni siquiera sabía que existía esa exposición, y probablemente si no hubiera existido, Peyo ni se hubiera pasado por ahí. Pero una combinación de conjunciones astrales, mi buena estrella habitual, un extraño sexto sentido y mucha, mucha potra se aliaron a mi favor para que Peyo estuviera en el mismo Salón del Cómic que yo.

Lo demás fue pan comido. Me planté allí una hora antes, la única fan histérica, curiosamente, que estaba allí (quizás nadie más lo sabía, quizás a nadie más le importaba). Cuando vino Peyo, me mezclé entre los periodistas, me presenté, le dije que era fan de Johan y Pirluit (a lo que él me dijo que quizás debía hablar con su esposa, allí presente) y conseguí que me dibujase una cabecita de Pirluit que atesoro como oro en paño. PhotobucketMe dio la mano (sí, me la he vuelto a lavar desde entonces, que conste…) y se metió en la exposición. Ahora creo sinceramente que cuando me señaló a su mujer me estaba diciendo claramente que mientras a él le estaban distrayendo los periodistas, me acercase yo a hablar con ella, pero en ese momento solo pensé “¡Tengo un dibujo de Peyo!”, y ante las sonrisas de los empleados de la Mediateca que siguieron mi odisea, me fui flotando en mi nube. Siempre he sido muy estúpida para esas cosas, como cuando la esposa de Moebius se interesó por las BJDs y nos dio su tarjeta, o cuando Neil Gaiman contestó a mi primer correo electrónico y yo ya no supe que más preguntarle. Tampoco soy avariciosa. Tuve mi pequeño momento de gloria, ya no necesitaba más.

Cuando salí de la Mediateca me eché la mano al bolsillo y vi que el caballito de plástico se había perdido. Me puse muy triste, y cuando esa noche hablé por teléfono con Josema, entre todas las emociones del día se lo conté apesadumbrada. Él intentó animarme con un “no tiene importancia, no tenía valor”… pero luego añadió “Mira, era un caballo-demonio de la suerte cargado con una sola carga. Una vez la ha gastado, ha desaparecido. Es normal”.

Llamadme supersticiosa, pero me quedé con esa respuesta. De hecho, a veces, estoy convencida de que el destino, el karma, o como quiera que le llamen, va por ahí. Como comenté la otra vez, mi nuevo puesto de trabajo me ha costado varios amuletos… Me refiero con ello a que tengo comprobado que cuando pierdo algún pequeño objeto al que le tengo cariño (como los angelitos de cristal que se me rompieron para Navidad, o mi amuleto japonés que se me ha perdido ya tres veces, y que la tercera, esta semana, ha sido la definitiva – a cambio de conseguir un muñeco de colección que daba por imposible), o cuando tengo que pagar un dinero inesperado como una multa o un paquete de aduanas que me retienen y no hay forma de justificar por un valor inferior, o me roban la cartera como este verano pasado… Cuando me pasa una de esas cosas, es porque va a pasar algo bueno a cambio: se soluciona un problema del trabajo, consigo algo que hace tiempo que quería conseguir, o simplemente volvemos sanos y salvos de un viaje o, como cuando Josema aprobó su proyecto de Fin de Carrera (ese mismo día me clavaron una multa por ir a 70 por la recién inaugurada prolongación de la calle Gómez Laguna, diseñada para correr pero con limite de 50), salvamos un escollo que parecía imposible de salvar…

Hasta cuando Leo, hace unas semanas, dio por perdido su escarabajo de la suerte de la Expo, ese que le regalaron en el Pabellón de Egipto por reconocer a Anubis entre todas las figuritas que allí vendían, y que llevaba al cuello como un pequeño tesoro, utilicé ese argumento para animarle. Por supuesto, no le ayudó mucho. Para él ese escarabajo era especial y que su “carga” de suerte se hubiera gastado no le servía de mucho, y cuando al final lo encontró enredado en el pantalón, la verdad es que decidió dejar de llevarlo “por si acaso”.

Quizás sea una superstición, o un consuelo, o un simple “estaban verdes”, pero al menos me consuela pensar que todo lo malo, por poco malo que sea (aunque emocionalmente me ponga triste), va a conllevar algo infinitamente mejor a cambio. Lo mejor es que, normalmente, ocurre.

 
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