lunes 19 de abril de 2010

LA VIDA ES JUEGO

Siempre he sido un poco reticente a dejar que según qué novedades tecnológicas entren en casa, y no tanto porque dude de su utilidad o porque no me gusten, sino porque sé que me van a complicar la vida. Cuando salieron los teléfonos móviles me resistí como una cosaca ya que, sí bastante odio le tengo al teléfono fijo y a que la gente se meta en mi vida de un timbrazo cuando estoy en mi casa, aún peor llevar ese incordio a cuestas fuera de casa y tener que estar constantemente localizada. Por supuesto, caímos en cuanto Josema tuvo que irse a trabajar a Madrid y ahora ya hay tres en casa (el mío particular, el suyo particular, y el suyo del trabajo). Y por supuesto, como imaginaba (no había que ser muy listo para hacerlo de todos modos), nos ha complicado más la vida, la gente se enfada si no lo llevas conectado o te lo has dejado en casa, y por supuesto, siempre suena en los momentos más inoportunos. Pero admito que las ventajas que tiene, sobre todo en los viajes (se acabó buscar una cabina cada vez que llegas a destino y que encima ésta esté ocupada o no funcione) superan a las desventajas…

Luego estuvo internet, que en este caso me parece uno de los mejores inventos del siglo (en realidad, tanto internet como los teléfonos móviles me parecen las dos grandes revoluciones del siglo XXI, las que han cambiado el mundo, y no el viaje espacial como soñaban nuestros abuelos), y que me encanta, pero que durante mucho tiempo intenté restringir al ámbito del trabajo porque sabía perfectamente que me iba a robar todo el tiempo libre disponible en cuanto la instalase en casa. Como así ha sido. O las cámaras digitales, que para mí, sólo han conseguido desbancar a las cámaras tradicionales en la comodidad de uso (eso de poder hacer mil fotos en una tarjeta, y verlas una vez hechas), pero que pienso que dificilmente mejorarán la calidad de las fotos sobre papel, y que además te fuerzan a verlas en un dispositivo o a gastar tinta de la impresora para imprimirlas (aún no he conseguido entender que ventaja tiene una reflex digital con una digital normal, si en ambas ves exactamente lo que fotografías).

Pero quizás el artilugio al que más tiempo me resistí, fueron las consolas de videojuegos. En primer lugar, nunca he sido de jugar a juegos de ordenador. Me pongo muy nerviosa, sobre todo con los juegos en los que o matas, o te matan, y me hago un lío con los mandos, así que no me gusta nada jugar. La única excepción son los juegos de puzzles o diálogos en los que puedo pensar la respuesta el tiempo que quiera (y tienen pocos mandos), como Hotel Dusk, el único juego que me he pasado yo enterito y sin ayuda. Sin embargo, siempre he sido, soy y sere una friki de ver jugar. Recuerdo viejos tiempos en los que nos quedabamos hasta las tantas en casa de nuestro amigo Miguel Ángel viéndole pasarse enteros juegos como el Full Throttle de Lucas Arts, o la noche que él mismo se pasó entero en mi viejo Mac el clásico Dragon’s Lair (con dibujos de Don Bluth). Era (es) como ver una película interactiva.

De nuevo la cosa cambió cuando Leo estuvo enfermo, y sus abuelos le compraron la PS2 para hacerle más llevadera su larga estancia en el hospital. A pesar del tiempo que me pegué dándole largas, al final la consola entró en casa. Que fue hija única durante un año largo, hasta que a la vuelta de Japón, tras recorrernos todos los centros Pokémon del itinerario, cayó una Nintendo DS. Y para la comunión, aunque yo no le veía ninguna mejora sobre lo que ya teníamos, la Wii. Josema se apuntó al carro y no recuerdo si en un aniversario o un cumpleaños le regalé la PSP amarilla de los Simpson. Así que finalmente, las navidades pasadas, Leo consiguió la mejorada PS3 (ahora lo que necesitamos es una tele en la que sacarle partido, porque la verdad es que en nuestra vieja Sony de la lista de bodas – hey, hoy hace 13 años!! – apenas se leen las letras), y a estas alturas ya solo nos falta la Xbox (eso sin contar un par más de DSs y otra PSP para que Leo juegue al Invizimals con sus compañeros de clase). A la que Josema ya le tiene echado el ojo, por cierto. Está visto que con estas cosas, cuando haces pop!, ya no hay stop…

PhotobucketTengo que admitir que no me arrepiento de que hayan entrado en casa. En general no nos han robado mucho tiempo, y me han permitido vivir, junto con Josema y Leo, aventuras como las de Lara Croft (a quien ya le he dedicado un par de entradas) o el último Principe de Persia, que me gustó tanto visualmente que ya tiene versión en resina en casa. A veces, hasta me fastidia que una historia, como el Assassin's Creed, se quede a medias por falta de interés del jugador, porque es como si me dejasen la película a medias. Cuando me dicen que van a jugar a uno de esos juegos, corro al sofá y me quedo mirando la tele como no han conseguido películas ni series (con honrosas y escasas excepciones como Mujeres Desesperadas).

Lo que no esperaba era acabar enganchada, como nos hemos enganchado últimamente, a un nuevo videojuego, en este caso de rol, el Dragon age: Origins. Que fue un juego que Leo le regaló a su padre para el 19 de Marzo (qué graciosos estábamos, los dos en la FNAC con el videojuego escondido para que no nos lo viese a la hora de pagar, que si nos llega a ver algún dependiente se cree que lo estamos robando, para que a la larga en la caja se descubra el pastel y el pobre Josema se vea azorado y sin saber que decir ante la iniciativa de su hijo). Que todos teníamos nuestras reticencias: Josema llevaba bastante tiempo dedicando una tarde a la semana, en uno de los PCs de mis padres (en casa usamos Mac) a jugar al juego aleman Drakensang, de temática similar, y temíamos que este no le llegase a la suela del zapato. Que además, ya en la portada, anunciaba una orgía de sangre para mayores de 18 años.

Y fue estrenarlo y vernos, los tres, enganchados a la pantalla del televisor, viviendo con Josema (a los mandos) las aventuras de su elfa Lyna (claro caso de desdoblamiento pejotil), disfrutando sobre todo de las conversaciones, en general ingeniosas, y las interrelaciones con unos personajes sorprendentemente bien creados. Bromeando incluso con ligarnos a alguno de ellos… hasta que hacia el final del juego descubres que puedes hacerlo… Sintiéndonos incluso abrumados cuando de pronto nos vemos abocados a elegir, entre el apuesto, un poco tímido, y heroico guerrero humano (quien tiene hasta club de fans y todo), o el amoral, morboso, atractivo irredento Don Juan (¡si incluso tiene acento español, aunque el juego esté integramente hablado en inglés!) del asesino elfo…*

En fin, que de pronto me veo que un juego, un simple videojuego, que ni siquiera tiene una gran animación ni una historia superoriginal, está empezando a remover mis emociones como en su día hacían las buenas partidas de rol (no os podeis imaginar lo nerviosa que me fui a la cama la noche en que llegamos al punto en que uno de los dos PNJs se declaró a nuestro personaje…), y hasta nos hemos lanzado, tanto Leo como yo, a crearnos nuestros propios personajes para poder explorar otras opciones de la historia (entre otras, en el caso de Leo, la de llevar un personaje masculino).

Algo especial tiene que tener, de todos modos, cuando me encuentro con las voces del inefable Tim Curry y Claudia Black (de la fabulosa e imprescindible serie de TV Farscape) en el reparto. Y más aún cuando termino mi parte de introducción y resulta que tengo en mi equipo un traje de novia (ni que me hubieran diseñado la partida a medida, la verdad), aunque sea un traje feo, que no tiene nada que ver con los que a mí me gustan (el diseñador de trajes femeninos de ese videojuego no entiende precisamente del tema, no)…Y me acuerdo de aquel viejo anuncio de la PlayStation, aquel fantástico slogan que siempre relacioné, más que con los videojuegos, con los juegos de rol de toda la vida:

Al verme, jamás pensarías que he dirigido ejércitos, y conquistado mundos. Y aunque para lograrlo he dejado a un lado la moralidad, no me arrepiento. Porque aunque he llevado una doble vida al menos puedo decir…
… que he vivido.




* En este punto acabé forzándole a elegir al humano, y es que siempre he sido de las que se quedan con el buenazo inocente, por mucho morbo que digan que a las chicas nos dan los canallas amorales. Siempre fui de las que prefieren a Luke Skywalker antes que a Han Solo. Y por lo que veo, no soy la única.

Nota 2: Las imágenes de los maromos de torso desnudo, para las viciosillas que ya os estáis preguntando de dónde han salido, no son del videojuego (los gráficos no tienen ni de lejos esa calidad), pero sí representan a esos personajes, el humano, Alistair, a la izquierda, y el elfo, Zevran a la derecha, y están sacados de este magnífico Deviantart.

miércoles 14 de abril de 2010

CONAN ES UNA MARY SUE


Al hilo de la tan renombrada saga vampírica de Crepúsculo he leído (y oído) comentarios despectivos diciendo que la protagonista, Bella, era una “Mary Sue”. Dentro de mi ignorancia sobre según que temas, la verdad es que la definición, pensé, le venía como anillo al dedo. Y es que a mi me dicen “Mary Sue” y pienso en la típica niña bien de historia (norte)americana con moralina, ya saben, al hilo de “Peggy Sue se casó”… hasta físicamente me viene a la cabeza una damisela con pelo rubio y falda con cancan al estilo finales de los 50/principios de los 60, y una moralidad muy al estilo de la fantástica, preciosa película, “Pleasantville”. Sinceramente, pensé que la descripción le iba al pelo a Bella, y dentro del contexto en que lo leí, a los otros personajes a los que aplicaban dicho epíteto, como las inocentonas historias de Mercedes Lackey (que por cierto, son bastante más agradables de leer) o las acarameladas heroínas (siempre bellas, siempre inocentes, siempre con complejo de inferioridad) de las novelas románticas de toda la vida (las baratas, o las de Highlanders que tanta hilaridad sana nos han deparado en este hilo de mi foro favorito). Todo concordaba perfectamente.

Y de pronto, en ese foro en el que lurkeo pero nunca admitiré que visito, me encuentro información ampliada sobre las Mary Sues y me demuestran mediante diversos comentarios y enlaces que mi idea original está completamente equivocada. Porque resulta que una Mary Sue no es, como yo pensaba, el tipo de personaje que todas creamos en nuestras historias hiperhormonadas de adolescentes porque se trata de la chica inexperta, que es bonita pero no lo sabe (y no se lo cree, pero tiene que ser bonita para que sea creíble que el maravilloso protagonista se enamore de ella), que no tiene nada de especial pero que al final saca lo mejor de sí misma para conseguir salvar la historia, que al final da grima de lo acaramelada que es… en fin, una Bella de Crepúsculo cualquiera. Vamos, que a mi me ponen este dibujo de Deviantart (enlace proporcionado por dicho foro):

Y mientras yo creo sinceramente que la Mary Sue es la primera, resulta que no, que la Mary Sue es la segunda, la que parece Sailor Moon o cualquier otro personaje del Anime de toda la vida (que si, que no por ello es menos ridículo, pero es que ¡es tan frecuente!).

Y es que ahora resulta que las Mary Sues son personajes hiperinflados, con superpoderes, superfantásticos, que destacan por encima de todos los demás y que hacen que todos los demás personajes de la historia caigan a sus pies. Vamos, lo que los franceses daban en llamar, en los círculos de los juegos de rol y a raíz de cierto personaje que acabó teniendo su propio comic, un Wismerhill. Y me cortocircuito toda porque… entonces, ¿por qué la gente dice despreciarlos tanto?

Mirad este test que proponen en uno de estos foros, y ahora pasádselo, no al personaje de vuestra invención, ese que jugais en vuestra partida de rol particular, ese que habeis personificado en una BJD de resina, ese que inventasteis en vuestra adolescencia para enamorar a vuestro héroe de turno… sino a personajes populares, incluso clásicos, como Superman, Flash Gordon, Tarzán, Scaramouche, cualquiera de los superhéroes modernos, Thorgal en el comic europeo, personajes del cine de actualidad como Neo de Matrix, personajes de videojuegos como Lara Croft o el Príncipe de Persia… y a ver que os sale (lo que más me joroba es que si esos personajes son hombres y los crean hombres, entonces está bien. Pero si son mujeres y los crean mujeres, entonces es que vivimos en el fantástico mundo de la piruleta o estamos hiperhormonadas)…

Yo he llegado a la conclusión de que Conan es una Mary Sue…

domingo 11 de abril de 2010

CABALGANDO DRAGONES


Hace muchos años, cuando estrenaron la versión cinematográfica de “La Historia Interminable”, me pegué mucho tiempo enchochada con esa película. Puede que ostente el record de la película que más veces he visto en cine (creo que llegaron a ser unas 11 veces, contando una que vez que me invitaron a una sesión matinal sorpresa y resultó ser esa misma película), llené la habitación de pósters, me suscribí a revistas alemanas para tener fotografías (que eran escasas en la prensa española), y ante los comentarios de que la película era mala, sobre todo en comparación con el libro, yo la defendía diciendo que sí, que era muy diferente al libro, pero aún así, me gustaba tanto como el mismo (que en su día también me había encantado)… y creo que fue por Fujur y las escenas en las que Atreyu volaba en él.

Durante meses soñaba con cabalgar en un dragón de la suerte. Y es gracioso, porque soy una persona con miedo a las alturas y a la velocidad. Y sin embargo, iba al parque de atraciones, me subía al Twister, cerraba los ojos y pensaba “Voy cabalgando en un dragón de la suerte”. Y era feliz. Todavía lo hago, en realidad.

Fujur sigue siendo parte de mi iconografía adolescente. Fui feliz como una niña pequeña cuando con unos 20 añazos me lo encontré al natural (o al menos la maqueta que usaron en la película) en los Estudios Bavaria de Munich, y cuando este año 2009 hemos vuelto a verlo ha sido como reencontrarme con un viejo amigo. Por supuesto, su versión en peluche se vino a casa en cuanto pasé por la tienda (a veces lo confundo con mi gato, porque tienen exactamente el mismo color).

Así que si aquella vez, viendo una película de los años 80, con efectos especiales tirando a cutres, me sentí así… os podeis imaginar como me sentí el pasado 26 de Marzo, viendo “Como entrenar a tu dragón”, animación por ordenador en 3D de primerísima calidad, paisajes que parecían reales y un dragón con la carita de Stitch y comportamiento felino del que te enamoras cada vez que fija sus enormes ojos verdes en la cámara. La película, como en el caso anterior, apenas es fiel al libro en los nombres de los personajes y ciertas cosas de la linea argumental, pero como el libro no es tan famoso (aunque tiene el honor de haber sido el primer libro “gordo” que se leyó Leo, a la edad de 6 años), quizás el tema no trascienda tanto. A mi, en cualquier caso, no me afecta demasiado. Tengo asumido que el libro y la película son cosas diferentes, y si la película me aporta cosas nuevas, no me importa que cambien el argumento (es curioso, llevo peor que cambien a los personajes que el argumento en sí). De hecho, debo ser la única persona a la que la adaptación de El Señor de los Anillos le dejó fría… Sí, maravillosa, espectacular pero… no me aportaba nada que no hubiera visto ya en mi imaginación cuando leí el libro…

Volviendo a “Como entrenar a tu dragón”, quizás lo mejor de esa película no es tanto lo que cuentan (la historia de siempre del chico diferente que luego demuestra que eso no le hace peor que los demás) sino cómo lo cuentan. Aparte de los medios técnicos, innegablemente soberbios, está un guión ágil, unos personajes carismáticos y creíbles, al menos dentro de la historia de fantasía que cuentan, reacciones que el propio espectador podría tener, gags graciosos, paisajes impresionantes… y un dragón que cualquiera querría tener como mascota.

Así que Desdentao pronto se coló en mi corazón. Hasta el punto que ya hemos ido a ver la película al cine dos veces y no me importaría repetir, si no fuera por esos malditos horarios infantiles. Pero, como en “La Historia Interminable”, cuando realmente decidí que tenía que dedicarle una entrada, fue cuando Hipo cabalga en él por los cielos, con el espectador acomodado en la grupa a su lado. Me dejé llevar, volé, subí y bajé, y me sentí de nuevo como la adolescente que viajaba en Fujur, con esa sensación en el corazón que solo he visto descrita una vez, en aquella escena de Amelie en la que ella acompaña al mendigo ciego hasta la estación de metro, y entonces el corazón de él se ilumina y vuela de la emoción. Yo sentí lo mismo.

Y sé que cuando vuelva a subir en una de esas atracciones moderadas que a mí me gustan, cerraré los ojos, sentiré el viento en la cara, y esta vez, tendré dos cabalgaduras imaginarias para elegir… ¿seguiré fiel al anciano, perruno y sabio Fujur, o me dejaré llevar por el felino, juguetón y expresivo Desdentao?

Elija a quien elija, volveré a ser feliz, porque gracias a la magia del cine y al milagro de la imaginación, me podré permitir el lujo de volver a cabalgar dragones…




Nota: Si echais unas entradas hacia atrás, veréis que, de propina, he actualizado con un par de entradas antiguas. Por si me echabais de menos...

miércoles 24 de febrero de 2010

PARADO POR REFORMAS

Habréis visto que este pobre blog se ha quedado en blanco durante bastante tiempo. Como comenté en la entrada del 23 de diciembre (recién posteada, por otro lado), el pasado 19 de enero cambié de hospital. Las semanas que han rodeado al cambio han sido moviditas, de trabajo y de despedidas, y ahora que estoy trabajando en el hospital más grande de Aragón, todavía me queda mucho que aprender y mucho en lo que asentarme.

Lo peor de todo es que, como creo haber dicho algún día, las entradas se me siguen ocurriendo, así que conforme tengo un rato las esbozo, con su fecha correspondiente, en un archivo de Word. Luego, cuando las termino, cuelgo 3 ó 4 de golpe, maquetadas, bonitas, con enlaces y alguna foto, así que las actualizaciones son, lo reconozco, bastante desconcertantes... no me lo tengáis en cuenta. Mi intención es buscar un ratito cada día e ir actualizando poco a poco, pero seguiré con mi ritmo anárquico... avisados quedáis: probablemente en estos días os encontréis un buen montón de entradas anteriores a ésta que no habréis leído aún. De todos modos, si seguís vigilando este blog es que o sois muy fieles, u os aburrís mucho, o... reconocedlo, tenéis un puntito masoquista...

viernes 5 de febrero de 2010

LIBROS DE NIÑOS NO TAN PARA NIÑOS


Hace poco he leído algo sobre el fenómeno de los libros para jóvenes que están siendo un éxito de ventas entre los adultos. Sagas como Harry Potter (y que conste que no soy una gran fan de esta saga, pero al menos ha conseguido que mucha gente joven lea) o Crepúsculo (a pesar de muchas cosas, sí) enganchan a padres e hijos por igual, y cuando ves la calidad de algunos libros “para adultos”, tampoco te sorprendes tanto. Aunque a mi lo que me sorprende es, como tantas veces, que descubran eso ahora como si no hubiera pasado nunca (y mira que conozco gente que se ha leído “El principito” de adultos).

Porque sinceramente, dada la calidad (y la amenidad) de algunos libros “para adultos”, desde que tengo uso de razón me he ido de cabeza, en la revista de Círculo de Lectores, a la sección de literatura juvenil. Y es que cuando te gusta la fantasía, muchas veces tienes que ceñirte a esa triste etiqueta (porque en el fondo, todas las eytiquetas son tristes, ya que conllevan un prejuicio), ya que en cuanto en un libro salen hadas, elfos o dragones, o es Tolkien, o es subrealista, o ya te lo engloban sin leerlo en literatura juvenil (y porque a menudo tienen demasiadas páginas para poder etiquetarlo como literatura infantil directamente) – las contadísimas excepciones lo son o bien porque las editan editoriales que saben lo que tienen entre manos (como la experimentada Gigamesh, que se hizo muy a tiempo con el filón de “Canción de Hielo y Fuego”) o porque los contenidos de violencia o sexo son tan evidentes que salta a la vista la imposibilidad de encasillarlos en el género juvenil (eh, esto también se puede aplicar a “Canción de Hielo y Fuego”).

Así que yo estos días me he leído el maravilloso “El libro del cementerio”, de mi siempre admirado Neil Gaiman, y como cuando leí Stardust, lo he cerrado con un suspiro y he sentido que se acabase, y aunque desde luego tengo la sensación de que está escrito pensando en que lo lea un niño, no he podido evitar encontrar muchos niveles en su lectura, muchos detalles que un niño no entendería, y un poco de pena porque creo que Gaiman, si no se hubiera constreñido a la idea de hacer un libro infantil, todavía podría haber sacado más partido a una gran historia, no tanto por su argumento (quizás la premisa quede un tanto coja), sino sobre todo por la pequeñas historias menores que encierra (la de la bruja es desde lejos mi favorita) y como siempre, por la forma maravillosa que tiene este hombre de contarlas. Es un libro que en cuanto lo he terminado se lo he pasado a Leo, y la pena es que con los libros de lectura del colegio, no le está dando tiempo a leerselo al ritmo que debería, pero me enorgullece ver que, por fin, un libro como Dios manda, que no sea uno de esos refritos de “El barco de Vapor” (colección que encierra perlas, no lo niego, pero también muchos despropósitos de esos que confunden la literatura para niños con literatura para tontos), y que le haga querer leer más cosas del mismo autor.

En verano también cayó en mis manos “Tamsin”. Este libro venía avalado por ser obra de un poco prolífico autor al que adoro, Peter S. Beagle, que me enamoró con “El último Unicornio”. Y de nuevo venía con la etiqueta de “juvenil”, agravada por el hecho de que según el propio libro, la historia había empezado siendo un proyecto para la compañía Disney. Pero Beagle, como siempre, va más allá. Tras un comienzo un poco flojo, efectivamente, “infantil” (adolescente con problemas de adaptación, la constante en todos los libros juveniles, aunque da igual porque para hacer el libro “adulto” solo teneis que cambiar el personaje por “escritor sin inspiración”, “periodista fracasado que intenta solucionar un enigma” o “exmarine borracho que intenta rehacer su vida”), la trama se enreda con una historia de fantasmas que te atrapa para conducirte a un final colosal, aprendiendo de paso muchos detalles sobre la mitología anglosajona. Y a pesar de tener muchos elementos en común con el Libro del Cementerio (dos libros en los que los fantasmas no te dan miedo, sino que acabas encariñándote con ellos), son completamente diferentes. Y que no me pongan en duda su calidad literaria, por favor.

El otro libro “juvenil” que leí, justo a continuación de éste, ha sido “Graceling”, y aunque no lo pondría en mi lista de los 10 mejores libros de la historia, de nuevo me ha sorprendido verme atrapada en una historia ágil, bien escrita, atractiva y con tintes inesperados. No me atrevo a ponderar su originalidad, pero desde luego, el argumento al final ha tenido poco que ver con la idea preconcebida que me había forjado al leer la contraportada y eso me ha sorprendido varias veces, lo cual siempre es de agradecer, porque con eso ves que no te están contando la historia de siempre (o al menos, la han disfrazado mucho mejor que en otros casos). Aún no sé exactamente por qué ese libro venía como literatura juvenil, a menos que sea porque los protagonistas son jóvenes (pero no adolescentes), y no aparece sexo ni violencia explícitos… ah, claro. Será por eso. (Porque violencia sí que hay - y sexo, pues también se sugiere, oigan)

En resumen, lo llamen como lo llamen, nos digan lo que nos digan, yo no tengo reparos en buscar en las estanterías de literatura juvenil mi próximo libro de fantasía, porque sé que muchos pequeños grandes momentos se esconden entre esas hojas. Aunque no descarte otros géneros, otras edades, otros autores. Hay muchos mundos que visitar. Y los libros, todos, son una puerta maravillosa para acceder a ellos.

SI LA ENVIDIA FUERA TIÑA...

Hace algún tiempo comenté la frase del genial Doctor Beik “Prefiero que mis amigos me den envidia a que me den pena”… y estos días ha habido un par de ocasiones que me han hecho volver a reflexionar sobre la envidia.

Yo soy muy envidiosa, no lo voy a negar. Pero quiero creer que mi forma de envidiar es lo que comunmente se llama “envidia sana”. Esto es, cuando alguien tiene algo que a mí me gustaría tener, no le deseo ningún mal a esa persona, sino que me busco la vida para conseguir yo lo mismo o algo parecido. Y si no puedo, pues mira, ajo y agua. Demasiadas preocupaciones hay en la vida para encima darse mal por algo que tiene otra persona.

El caso es que hace un par de días me encontré de refilón, en mi nuevo trabajo, con una compañera del colegio, de cuando yo tenía la edad que ahora tiene Leo. Ella venía acompañar a su madre a una prueba diagnóstica, y yo iba volada porque llegaba tarde a una de mis numerosas reuniones, así que apenas pude cruzar con ella un “¡Hola, ¿qué tal va todo?!” cuando me reconoció. Curiosamente, la reconocí a la primera, apenas había cambiado a pesar de tener 30 años más que entonces, y supongo que si ella también me reconoció, yo también habré cambiado poco. Y la verdad, aunque no era la mejor amiga que he tenido, estuvimos muchos años juntas (desde parvulario hasta los 13 años, en que ella se fue a un instituto público, y yo me quedé en el colegio privado al que íbamos), y eso no se olvida.

A pesar de lo poco que hablamos, luego me sorprendí dándole vueltas a muchos recuerdos comunes. Como vivíamos muy cerca la una de la otra, muchas veces iba a su casa a hacer trabajos del colegio, o incluso a jugar. Y recuerdo que, a pesar de que mi abuela solía decir que ella me tenía envidia a mí y que no era realmente mi amiga, yo le envidiaba tres cosas. Sólo tres cosas, pero que fueron mi espinita hasta que las conseguí: una, el comic de “Invasores del Cuerpo Humano” del que no sé si hablé hace unas entradas. Otra, una casita de muñecas que ella tenía, que a mi me parecía enorme, con la que pasábamos las horas jugando, y que creo que fue, también, la culpable de que no haya parado hasta tener una. Y la tercera, la Enciclopedia de El Mundo de los Niños, que nos ayudó en muchos trabajos escolares, que me fascinaba por sus portadas que, juntas, formaban un arco iris, y que al final, también conseguí en un rastrillo benéfico.

Nunca le guardé rencor por haber tenido esas cosas antes que yo, es más, siempre agradecí haber aprendido que existían gracias a ella. Eso sí, la envidiaba, claro que sí. Yo también las quería. No tengo muy claro si eso es realmente malo.

Curiosamente esa tarde, cuando fui a buscar a Leo por la tarde, nos embarcamos en un tema similar. El pobre Leo anda teniendo problemas en clase. Sus compañeros se meten con él y creo que, como me pasaba a mí a su edad, no tiene amigos de verdad. Me sorprendí a mi misma diciéndole lo que mis padres me decían a mí y yo nunca me creía: eso es que te tienen envidia. Y lo gracioso es que ahora sí que me lo creo. Porque lo he visto. Y porque me consta que muchas cosas de la vida de Leo son envidiables… sus viajes, las cosas que comparte con nosotros, la información que recibe de la tele (debe ser el único niño que cuando se aburre de los dibujos animados solicita que le pongan Discovery Channel o el Canal Historia), su relación con algunos profesores… incluso el hecho, cada vez más raro en nuestros días, de que sus padres no nos hayamos separado…

Y él, en su inocencia, como me pasaba a mí con mi amiga de la infancia, va y me confiesa que él envidia a su amigo Pedro, porque tiene algunos de los juguetes de Lego que él no tiene… y yo me sonrío, porque sé que su envidia, como la mía, no es de la mala, sino que conlleva un mensaje subliminal: “Jo, mamá, comprámelos a mí también”

lunes 1 de febrero de 2010

QUIEN TUVO, RETUVO

La verdad es que ya me vale. Las pasadas navidades pedí expresamente como uno de mis regalos el nuevo disco de Spandau Ballet, Once More. Y conforme lo recibí, me lo eché al bolso con la intención de ponerlo algún día en el coche, pero lo fui dejando, lo fui dejando, básicamente porque, como todos los temas excepto dos eran los clásicos de siempre, no tenía ninguna prisa en oirlo.

Pero en el camino de vuelta desde Angouleme, 6 horas de coche, daba tiempo a escuchar mucha música, así que al final me decidí y los pusimos. Y me quedé muda de la sorpresa.
El caso es que en el disco ya ponía que eran “nuevas versiones”, pero yo ni lo había leído (hay que leer más!)… Y sí, eran nuevas versiones, más suaves, más intimistas. Temas como With The Pride acompañado solamente con una guitarra española ponían los pelos de punta, y los temas antiguos como To Cut A Long Story Short y Chant Nº 1 tomaban una nueva dimensión y ganaban, al menos para mi gusto, calidad y belleza a raudales.



La verdad es que me sentí tonta por no haberlo escuchado antes, pero lo disfruté como pocas cosas. Volví a recordar porqué habían sido mi grupo favorito durante tanto tiempo, y recuperé la ilusión por el concierto del próximo 12 de Marzo. Como bien dicen, quien tuvo, retuvo.

 
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