Llevo escribiendo un diario desde los 11 años. Una de las cosas que más me gusta escribir en él son mis sueños, así que casi desde el principio me dije que lo titularía "Vivir para Soñar".
No es que me vaya a ceñir sólo a mi mundo onírico. Mi idea es, simplemente, cambiar de formato. Del papel al informático. Contaré de todo... sueños, anécdotas, pensamientos, incluso desahogos... No obligo a nadie a leerme... probablemente acabeis, si no soñando, al menos casi seguro, dormidos...
Que soy una persona acumuladora y coleccionista, todo el que
me conoce lo sabe. Mi casa se acerca peligrosamente a la de un enfermo de Síndrome de Diógenes y a veces me pregunto si no sufriré yo misma esa patología. Cierto
es que con la edad (y la necesidad) me resulta un poco menos difícil deshacerme
de según qué cosas que cuando era adolescente, pero todavía me cuesta.
Y me he dado cuenta de que no es por su valor económico.
Es por su valor sentimental.
Estamos hechos de recuerdos, leí en algún sitio, y lo creo
firmemente. Somos nuestras experiencias, nuestra memoria, y por ello
enfermedades como el Alzheimer, que te las roban, me dan tantísimo terror. Por
eso los finales de historias en los que el protagonista pierde la memoria me
parecen mucho más dramáticos que la muerte (¿La cuarta Temporada de Doctor Who,
por ejemplo? ¿Ese videojuego del que hablaba en mi entrada anterior?). Por eso
siempre lloro cuando veo “50 primeras citas” y me doy cuenta de que el
protagonista reconstruye a su amada TODOS los días cuando le ayuda a recordar…
Cuando perdemos nuestros recuerdos, dejamos de ser quienes somos, perdemos lo
que nos hace ser así.
Escribir me ayuda a no perder esos recuerdos, pero aún así
me doy cuenta de que poco a poco se van diluyendo, se pierden, y me duele. De
hecho, me estaba planteando hacer el Desafío rolero que muchos amigos están
haciendo en sus blogs, y hay algunas preguntas que realmente no sé cómo
contestar: hace más de 20 años que juego a rol… y los detalles, los personajes
memorables… se van yendo… ¿Cómo decían en Blade Runner? Cómo lágrimas en lalluvia…
Entonces es cuando comprendo porqué muchos objetos tienen
tanto valor para mí.
Sin ir más lejos, y mirando a mi alrededor, aquí en el
despacho dónde estoy robando tiempo de mi trabajo
para escribir esta entrada…
La botella de agua que reciclo y traigo conmigo todos los días en mi
infructuoso intento de perder algo del peso ganado todos estos años vino desde
Hong Kong hace tres años. Cada vez que la miro, recuerdo la última mañana de
aquel viaje, recorriendo las callejuelas de esa ciudad, los puestos de comida,
las numerosas tiendas, la gente… el calor que hacía que tuvieramos que comprar
agua en todas partes. Sí, es una botella práctica, con tape en forma de vaso, y
por eso la guardé. El recuerdo es un valor añadido.
Otra mirada a mi alrededor, y veo la neverita USB que me
regalaron mis antiguos compañeros del Royo Villanova. Ya no funciona bien, y
por eso no la utilizo, pero me vienen a la cabeza las personas maravillosas con
las que compartí tantos momentos, y me trae una sonrisa, haciéndome más
agradable la mañana. Sonia, Ana, Arancha, Carlos y los demás vuelven por un
momento a estar conmigo, y eso no tiene precio, como dirían en aquel anuncio.
Miro otra vez, y veo la bolsa de tela en la que suelo traer la
botella de agua y otros trastos. La compré en Vietnam, en el viaje que hicimos
para conocer a una de las personas que ahora mismo más quiero en este mundo,
aparte de mi familia. Fue una compra casi impuesta, en un pueblecito turístico
al que llamamos cariñosamente “El pueblo de las mujeres zombie psicópatas”, ya
que desde el momento en que bajabas del autobús te acompañaban como una masa,
con sus trajes coloristas tradicionales, y no te dejaban hasta que no les
comprabas alguna pieza de artesanía. Fue una experiencia agridulce, porque me
hizo preguntarme si esas mujeres, que estaban como en un zoo (eran una etnia
protegida), no tendrían otra aspiración en la vida que vivir en un pueblo atascado
en la edad media solo para servir de atracción turística, y sobre todo me
preguntaba si los niños que veía ahí tendrían alguna oportunidad de hacer algo
diferente. Mi amiga Trinh me dijo un día que la actriz que interpreta al
personaje de London Tipton en la Serie Hotel
Dulce Hotel pertenece a esa etnia, pero el caso es completamente distinto.
Compré ese bolso, sin mucho interés, pero ahora ya veis
cuantas cosas me pasan por la cabeza cada vez que lo veo. Incluyendo una
sonrisa recordando los días que estuve en persona con una de mis mejores
amigas. Quizás nunca más vuelva a verla, pero gracias a ese trozo de tela,
atesoro su recuerdo.
Podría seguir: el pequeño estuche donde guardo los
pendrives, regalo de nuestros amigos Mabel y Damián. El trofeo del concurso de
fotografía del Royo Villanova. El broche de muñequita de fieltro que llevo en
la bata, regalo de mi cuñada. Los cuatro anillos que siempre llevo puestos,
cada uno un momento de mi relación con José Manuel…
Y esto es solo lo que tengo aquí, conmigo, en el pequeño
despacho dónde trabajo…
En cualquier caso, es cierto que a mi siempre me han gustado
los finales felices, y que un final amargo (sobre todo si no aporta nada) me puede estropear una buena historia.
Por eso le he cogido manía a películas como “Un puente hacia Terabithia”. Pero también reconozco que un buen final es un
buen final, y a veces para conseguir eso, no puede ser tan feliz.
La cosa es que conseguir un buen final no siempre es fácil,
y eso lo veo mucho últimamente en los videojuegos. Bueno, y en las historias, y
hasta en las entradas de este blog, que nunca sé como acabarlas, pero esta
entrada es sobre videojuegos.
Ya habéis visto que en este blog se habla a menudo de ellos,
y es que para mi los videojuegos son una forma más de contar historias, con el
aliciente de que las vives casi en primera persona. El caso es que, igual que
algunos juegos como el muy recomendable Bioshock Infinite tienen finales estupendos
y sorprendentes, me ha pasado varias veces que un videojuego que estaba
disfrutando enormemente me deje como al del chiste del pingüino con un final
brusco, mal pensado, o que simplemente no termina de cuadrar con la historia.Ya me pasó con el Tomb Raider Underworld, que se suponía que explicaba muchas
de las interesantes cuestiones que se plantean en Legend, o con otros juegos
que tras una buena historia terminan en plan “Chis-pun” y dices “¿Y ahora
qué?”.
Curiosamente, uno de los finales de videojuego que más
polémica han llevado, el de la saga de Mass Effect, no me ha afectado tanto
como otros. Quizás es que desde el momento en que oí que el tercer juego iba a
ser el último yo ya me había hecho a la idea de que el protagonista tenía que
morir (tampoco es que fuera un drama. Ya muere al principio del segundo juego,
y lo “resucitan”, en una maniobra un tanto extraña e innecesaria para el
argumento), o quizás es que mi familia y yo somos más listos que la media, ya
que las principales quejas eran que las decisiones no contaban (qué poco debe
haber jugado esa gente a la desafortunada segunda parte de la saga Dragon Age,
porque ahí sí que se pasan todas tus decisiones por donde yo te diga), y que el
final era difícil de entender, cosa que nosotros entendimos desde el principio.
De hecho, Leo no tuvo el menor interés en jugar la versión “ampliada” del final
que Bioware desarrolló a raíz de la gran cantidad de quejas porque para él (y
para nosotros, todo sea dicho) no aportaba nada que no hubiésemos entendido la
primera vez que lo jugamos. Aunque personalmente, y por lo que veo en los foros
que frecuento (principalmente Deviantart y ese agujero de fanáticos que es Tumblr),
creo que la principal queja venía de las fangirls (si, desgraciadamente en su
mayoría mujeres, aunque quizás sea porque mujeres son las principales personas
que sigo en esos foros) que se quejaban de que si su Shepard moría, no podría
ser feliz forever and ever con su amorcito.
A ver. Estás leyendo a la persona que se “construyó”, a
base de walkthroughs, el que para ella era el mejor final posible para su
personaje en su juego favorito, Dragon Age Origins. La que se hizo su propio PJ
después de que Josema sacrificara a la que habíamos jugado entre los tres,
porque esa escena le partió el corazón y quería un final más feliz para la
suya. Pero ese es MI final, el que yo elegí, y jamás me atrevería a decirle a
nadie que el mío es mejor que el suyo.
Pero con Mass Effect no pasaba eso. De las tres opciones
finales en el juego, solo en una el protagonista tenía una posibilidad de que,
en una escena final, apareciera una imagen de su pecho respirando.
Las fangirls se aferraron a eso: Su Shepard sobreviviría.
Sobreviviría aunque eso significase elegir la opción que condenaba a dos razas
a la destrucción total y a todas las demás a un retraso tecnológico del que les
costaría siglos salir, si no milenios.
Y claro, como se sentían culpables, empezó a correr por ahí
una “teoría de la adoctrinación” según la cual si elegías cualquier otro de
los finales, que suponían la muerte física del cuerpo del protagonista, era
porque los malos de la historia te habían lavado el cerebro.
Y eso es lo que me parece indignante. Que quieran imponer su
versión de la historia.
A mi me encantan los finales felices. Me encantaría que el
protagonista de esta historia se quedase por siempre jamás con su amorcito.
Pero a veces, el protagonista tiene que sacrificarse por el bien de los demás.
Y eso es correcto. Tan correcto como ser egoísta por una vez. Quizás más.
Y nunca entendí porqué tanta angustia, porqué tanta
polémica, por qué tanto odio y tanta presión. Bioware había hecho cosas mucho
peores que el final de Mass Effect 3 *coughDragonAge2cough*. Ningún final era perfecto, por supuesto. Pero esa era la gracia. No podía haber un final mejor que otro, porque entonces, todos cogerían el mismo. Todos tenían que tener pros y contras.
Al final la empresa cedió a la presión. Creó un final extendido, intentando explicar las cosas. En su honor diré que no se vendieron a las quejas del todo.
Demostraron que los otros dos finales no eran malos (explicando lo que algunos
ya habíamos entendido desde el principio), pero no los cambiaron, ni dieron la
razón a los que hablaban de lavados de cerebro. Y con el tiempo, la polémica,
como tantas, se ha ido diluyendo.
Pero me voy del tema. Toda esta larga charla sobre finales,
en realidad, era para hablar de otro juego.
Al poco tiempo de esta polémica, cayó en mis manos “Las Cadenas de Satinav”, de la saga alemana “Schwarzen Auge” (conocida como TheDark Eye en el ámbito anglosajón).
Voy a alargarme más, porque quiero hablar de esta saga. Los
roleros de pro quizás conozcan el juego original. Yo desde luego lo conozco a
través de mi marido, a quien dudo que alguien supere en la cantidad de juegos
de rol de todos los paises, culturas y hasta idiomas que colecciona. Se trata
de un entorno de fantasía que en Alemania ha superado en ventas al clásico
D&D desde siempre y que sigue sacando suplementos a un ritmo imparable. Me
ha sacado de muchos apuros a la hora de regalarle cosas a mi marido en
cumpleaños y aniversarios y eso que él no sabe alemán (y en inglés solo existe
el libro básico y poco más). Así que imaginaros si es un mundo rico e interesante.
A pesar de los libros, cuando yo empecé a encariñarme de ese
mundo fue cuando Josema se hizo con un juego de rol de ordenador llamado
Drakensang y del que creo que ya he hablado alguna vez. Era la primera vez que
yo veía un juego así de verdad (yo solo solía seguir los de aventura tipo Tomb
Raider) y poder crear tu propio personaje (aunque fuera con limitaciones) y
vivir la historia tú mismo era toda una experiencia. Con ese juego cogí la
costumbre de compartir con él las decisiones de su personaje (una elfa
pelirroja), y para mi cada vez que dedicaba un rato por las tardes del fin de
semana a jugar en casa de mis padres, que era donde teníamos un PC para jugarlo
(no había versión de Mac) era un acontecimiento. De hecho, cuando Dragon Age lo
desbancó, al principio para mí fue un drama.
Me encariñé mucho de los personajes, sobre todo esa amazona
Tulamida, Rhulana, que acabé customizando como muñeca de resina, la encantadora
ladrona pelirroja Gladys o el enano adorable y cascarrabias Forgrimm. O quizás
esos tres son los que más recuerdo porque llevándolos en el grupo nos
deleitaron con el mejor combo de comentarios (cada vez que seleccionabas a uno
de ellos para el combate soltaban una frase al azar) que he visto en mi vida:
-Rhulanna: “Por Rondra!” (La diosa de las
amazonas)
-Forgrimm: “Por Ardo!” (el amigo muerto cuyo
asesinato estamos investigando)
-Gladys (con su voz cantarina y adorable): “Por
supuesto!”
Así que cuando me recomendaron este nuevo juego, aunque el
estilo de juego no era de rol y el diseño era completamente distinto, supe que
tenía que jugarlo (o, en mi caso, ver a alguien jugarlo, que, como de costumbre,
fue Leo).
Se trataba de un juego de “Point and click” (o sea, de
señalar con el ratón y seleccionar), al estilo de maravillas como el clásico
“Monkey Island”. Un tipo de aventura que me encanta, porque no suele haber
combates y nunca tienes que actuar contra reloj, por lo que no me estresan
nada. Si a eso le añadimos una banda sonora bellísima, y que el diseño y los dibujos, completamente hechos a
mano, eran de una belleza y una inocencia de cuento de hadas impresionante, la
verdad es que me enamoró desde el principio. Es cierto que tiene algunas
animaciones cutres (como la escena del beso), y que es un estilo de juego que
puede que no guste a muchos… pero al poco rato la historia ya me tenía
enganchada y los personajes ya me habían enamorado a pesar de (o quizás
precisamente por) sus muchos defectos.
Por lo que el final me dejó devastada.
A pesar de que me lo veía venir desde el principio, y de que
en realidad, era la única forma de que la historia acabase “bien”, el final me
destrozó. Me tuvo toda el fin de semana ansiosa e incluso me hizo soltar alguna
lágrima cuando pensaba que nadie me veía, recordándolo.
Y es que me había encariñado tanto de la pareja protagonista
y de su historia de amor que lo que les ocurre al final, me rompió el corazón
en pedazos.
(Aun así, masoquista que es una, el regalo de Navidad de ese
año que le pedi a Josema fue la edición coleccionista del juego. Para tener una
copia física y todos los dibujos y los extras posibles del juego, aunque estuviera en alemán. Decisión
reforzada cuando descubrí que una de las artistas de Deviantart con las que
mejor me llevaba esos días había participado, aunque solo fuera un poco, en el
desarrollo del mismo).
Así que cuando hace escasamente una semana me dijeron que
había salido una segunda parte, "Memoria" en la que parte de la trama consistía
precisamente en la aventura que los protagonistas vivían para arreglar ese
amargo final… bueno, había que verla.
Malditos desarrolladores de Daedalic, en su amor por los
finales agridulces, de nuevo el final no era perfecto. Encima en este caso, a
pesar de ser un juego muy lineal, teníamos dos opciones: conseguir su meta, o renunciar a ella y no reparar nada… opción que a lo largo del juego (e intentando no
hacer spoilers) tenía cierto sentido. Porque conseguir su meta no dejaba las
cosas como estaban antes de que ocurriera su desgracia.
Tenían que empezar de nuevo.
Y bueno, eso restauró un poquito mi corazón. Con superglue,
y viéndose las grietas, pero al menos… he podido elegir.
Y ahora entiendo… un poquito, solo un poquito, a las
fangirls de Mass Effect y su forma de llevar el drama. Sigo sin entender esa
presión para cambiar el final…
Pero entiendo la angustia y el dolor que algunas sentían.
Porque sí,estos malditos videojuegos…estas malditas historias…
Siempre he sido un poco reticente a dejar que según qué novedades tecnológicas entren en casa, y no tanto porque dude de su utilidad o porque no me gusten, sino porque sé que me van a complicar la vida. Cuando salieron los teléfonos móviles me resistí como una cosaca ya que, sí bastante odio le tengo al teléfono fijo y a que la gente se meta en mi vida de un timbrazo cuando estoy en mi casa, aún peor llevar ese incordio a cuestas fuera de casa y tener que estar constantemente localizada. Por supuesto, caímos en cuanto Josema tuvo que irse a trabajar a Madrid y ahora ya hay tres en casa (el mío particular, el suyo particular, y el suyo del trabajo). Y por supuesto, como imaginaba (no había que ser muy listo para hacerlo de todos modos), nos ha complicado más la vida, la gente se enfada si no lo llevas conectado o te lo has dejado en casa, y por supuesto, siempre suena en los momentos más inoportunos. Pero admito que las ventajas que tiene, sobre todo en los viajes (se acabó buscar una cabina cada vez que llegas a destino y que encima ésta esté ocupada o no funcione) superan a las desventajas…
Luego estuvo internet, que en este caso me parece uno de los mejores inventos del siglo (en realidad, tanto internet como los teléfonos móviles me parecen las dos grandes revoluciones del siglo XXI, las que han cambiado el mundo, y no el viaje espacial como soñaban nuestros abuelos), y que me encanta, pero que durante mucho tiempo intenté restringir al ámbito del trabajo porque sabía perfectamente que me iba a robar todo el tiempo libre disponible en cuanto la instalase en casa. Como así ha sido. O las cámaras digitales, que para mí, sólo han conseguido desbancar a las cámaras tradicionales en la comodidad de uso (eso de poder hacer mil fotos en una tarjeta, y verlas una vez hechas), pero que pienso que dificilmente mejorarán la calidad de las fotos sobre papel, y que además te fuerzan a verlas en un dispositivo o a gastar tinta de la impresora para imprimirlas (aún no he conseguido entender que ventaja tiene una reflex digital con una digital normal, si en ambas ves exactamente lo que fotografías).
Pero quizás el artilugio al que más tiempo me resistí, fueron las consolas de videojuegos. En primer lugar, nunca he sido de jugar a juegos de ordenador. Me pongo muy nerviosa, sobre todo con los juegos en los que o matas, o te matan, y me hago un lío con los mandos, así que no me gusta nada jugar. La única excepción son los juegos de puzzles o diálogos en los que puedo pensar la respuesta el tiempo que quiera (y tienen pocos mandos), como Hotel Dusk, el único juego que me he pasado yo enterito y sin ayuda. Sin embargo, siempre he sido, soy y sere una friki de ver jugar. Recuerdo viejos tiempos en los que nos quedabamos hasta las tantas en casa de nuestro amigo Miguel Ángel viéndole pasarse enteros juegos como el Full Throttle de Lucas Arts, o la noche que él mismo se pasó entero en mi viejo Mac el clásico Dragon’s Lair (con dibujos de Don Bluth). Era (es) como ver una película interactiva.
De nuevo la cosa cambió cuando Leo estuvo enfermo, y sus abuelos le compraron la PS2 para hacerle más llevadera su larga estancia en el hospital. A pesar del tiempo que me pegué dándole largas, al final la consola entró en casa. Que fue hija única durante un año largo, hasta que a la vuelta de Japón, tras recorrernos todos los centros Pokémon del itinerario, cayó una Nintendo DS. Y para la comunión, aunque yo no le veía ninguna mejora sobre lo que ya teníamos, la Wii. Josema se apuntó al carro y no recuerdo si en un aniversario o un cumpleaños le regalé la PSP amarilla de los Simpson. Así que finalmente, las navidades pasadas, Leo consiguió la mejorada PS3 (ahora lo que necesitamos es una tele en la que sacarle partido, porque la verdad es que en nuestra vieja Sony de la lista de bodas – hey, hoy hace 13 años!! – apenas se leen las letras), y a estas alturas ya solo nos falta la Xbox (eso sin contar un par más de DSs y otra PSP para que Leo juegue al Invizimals con sus compañeros de clase). A la que Josema ya le tiene echado el ojo, por cierto. Está visto que con estas cosas, cuando haces pop!, ya no hay stop…
Tengo que admitir que no me arrepiento de que hayan entrado en casa. En general no nos han robado mucho tiempo, y me han permitido vivir, junto con Josema y Leo, aventuras como las de Lara Croft (a quien ya le he dedicado un par de entradas) o el último Principe de Persia, que me gustó tanto visualmente que ya tiene versión en resina en casa. A veces, hasta me fastidia que una historia, como el Assassin's Creed, se quede a medias por falta de interés del jugador, porque es como si me dejasen la película a medias. Cuando me dicen que van a jugar a uno de esos juegos, corro al sofá y me quedo mirando la tele como no han conseguido películas ni series (con honrosas y escasas excepciones como Mujeres Desesperadas).
Lo que no esperaba era acabar enganchada, como nos hemos enganchado últimamente, a un nuevo videojuego, en este caso de rol, el Dragon age: Origins. Que fue un juego que Leo le regaló a su padre para el 19 de Marzo (qué graciosos estábamos, los dos en la FNAC con el videojuego escondido para que no nos lo viese a la hora de pagar, que si nos llega a ver algún dependiente se cree que lo estamos robando, para que a la larga en la caja se descubra el pastel y el pobre Josema se vea azorado y sin saber que decir ante la iniciativa de su hijo). Que todos teníamos nuestras reticencias: Josema llevaba bastante tiempo dedicando una tarde a la semana, en uno de los PCs de mis padres (en casa usamos Mac) a jugar al juego aleman Drakensang, de temática similar, y temíamos que este no le llegase a la suela del zapato. Que además, ya en la portada, anunciaba una orgía de sangre para mayores de 18 años.
Y fue estrenarlo y vernos, los tres, enganchados a la pantalla del televisor, viviendo con Josema (a los mandos) las aventuras de su elfa Lyna (claro caso de desdoblamiento pejotil), disfrutando sobre todo de las conversaciones, en general ingeniosas, y las interrelaciones con unos personajes sorprendentemente bien creados. Bromeando incluso con ligarnos a alguno de ellos… hasta que hacia el final del juego descubres que puedes hacerlo… Sintiéndonos incluso abrumados cuando de pronto nos vemos abocados a elegir, entre el apuesto, un poco tímido, y heroico guerrero humano (quien tiene hasta club de fans y todo), o el amoral, morboso, atractivo irredento Don Juan (¡si incluso tiene acento español, aunque el juego esté integramente hablado en inglés!) del asesino elfo…*
En fin, que de pronto me veo que un juego, un simple videojuego, que ni siquiera tiene una gran animación ni una historia superoriginal, está empezando a remover mis emociones como en su día hacían las buenas partidas de rol (no os podeis imaginar lo nerviosa que me fui a la cama la noche en que llegamos al punto en que uno de los dos PNJs se declaró a nuestro personaje…), y hasta nos hemos lanzado, tanto Leo como yo, a crearnos nuestros propios personajes para poder explorar otras opciones de la historia (entre otras, en el caso de Leo, la de llevar un personaje masculino).
Algo especial tiene que tener, de todos modos, cuando me encuentro con las voces del inefable Tim Curry y Claudia Black (de la fabulosa e imprescindible serie de TV Farscape) en el reparto. Y más aún cuando termino mi parte de introducción y resulta que tengo en mi equipo un traje de novia (ni que me hubieran diseñado la partida a medida, la verdad), aunque sea un traje feo, que no tiene nada que ver con los que a mí me gustan (el diseñador de trajes femeninos de ese videojuego no entiende precisamente del tema, no)…Y me acuerdo de aquel viejo anuncio de la PlayStation, aquel fantástico slogan que siempre relacioné, más que con los videojuegos, con los juegos de rol de toda la vida:
Al verme, jamás pensarías que he dirigido ejércitos, y conquistado mundos. Y aunque para lograrlo he dejado a un lado la moralidad, no me arrepiento. Porque aunque he llevado una doble vida al menos puedo decir… … que he vivido.
* En este punto acabé forzándole a elegir al humano, y es que siempre he sido de las que se quedan con el buenazo inocente, por mucho morbo que digan que a las chicas nos dan los canallas amorales. Siempre fui de las que prefieren a Luke Skywalker antes que a Han Solo. Y por lo que veo, no soy la única.
Nota 2: Las imágenes de los maromos de torso desnudo, para las viciosillas que ya os estáis preguntando de dónde han salido, no son del videojuego (los gráficos no tienen ni de lejos esa calidad), pero sí representan a esos personajes, el humano, Alistair, a la izquierda, y el elfo, Zevran a la derecha, y están sacados de este magnífico Deviantart.
Al hilo de la tan renombrada saga vampírica de Crepúsculo he leído (y oído) comentarios despectivos diciendo que la protagonista, Bella, era una “Mary Sue”. Dentro de mi ignorancia sobre según que temas, la verdad es que la definición, pensé, le venía como anillo al dedo. Y es que a mi me dicen “Mary Sue” y pienso en la típica niña bien de historia (norte)americana con moralina, ya saben, al hilo de “Peggy Sue se casó”… hasta físicamente me viene a la cabeza una damisela con pelo rubio y falda con cancan al estilo finales de los 50/principios de los 60, y una moralidad muy al estilo de la fantástica, preciosa película, “Pleasantville”. Sinceramente, pensé que la descripción le iba al pelo a Bella, y dentro del contexto en que lo leí, a los otros personajes a los que aplicaban dicho epíteto, como las inocentonas historias de Mercedes Lackey (que por cierto, son bastante más agradables de leer) o las acarameladas heroínas (siempre bellas, siempre inocentes, siempre con complejo de inferioridad) de las novelas románticas de toda la vida (las baratas, o las de Highlanders que tanta hilaridad sana nos han deparado en este hilo de mi foro favorito). Todo concordaba perfectamente.
Y de pronto, en ese foro en el que lurkeo pero nunca admitiré que visito, me encuentro información ampliada sobre las Mary Sues y me demuestran mediante diversos comentarios y enlaces que mi idea original está completamente equivocada. Porque resulta que una Mary Sue no es, como yo pensaba, el tipo de personaje que todas creamos en nuestras historias hiperhormonadas de adolescentes porque se trata de la chica inexperta, que es bonita pero no lo sabe (y no se lo cree, pero tiene que ser bonita para que sea creíble que el maravilloso protagonista se enamore de ella), que no tiene nada de especial pero que al final saca lo mejor de sí misma para conseguir salvar la historia, que al final da grima de lo acaramelada que es… en fin, una Bella de Crepúsculo cualquiera. Vamos, que a mi me ponen este dibujo de Deviantart (enlace proporcionado por dicho foro):
Y mientras yo creo sinceramente que la Mary Sue es la primera, resulta que no, que la Mary Sue es la segunda, la que parece Sailor Moon o cualquier otro personaje del Anime de toda la vida (que si, que no por ello es menos ridículo, pero es que ¡es tan frecuente!).
Y es que ahora resulta que las Mary Sues son personajes hiperinflados, con superpoderes, superfantásticos, que destacan por encima de todos los demás y que hacen que todos los demás personajes de la historia caigan a sus pies. Vamos, lo que los franceses daban en llamar, en los círculos de los juegos de rol y a raíz de cierto personaje que acabó teniendo su propio comic, un Wismerhill. Y me cortocircuito toda porque… entonces, ¿por qué la gente dice despreciarlos tanto?
Mirad este test que proponen en uno de estos foros, y ahora pasádselo, no al personaje de vuestra invención, ese que jugais en vuestra partida de rol particular, ese que habeis personificado en una BJD de resina, ese que inventasteis en vuestra adolescencia para enamorar a vuestro héroe de turno… sino a personajes populares, incluso clásicos, como Superman, Flash Gordon, Tarzán, Scaramouche, cualquiera de los superhéroes modernos, Thorgal en el comic europeo, personajes del cine de actualidad como Neo de Matrix, personajes de videojuegos como Lara Croft o el Príncipe de Persia… y a ver que os sale (lo que más me joroba es que si esos personajes son hombres y los crean hombres, entonces está bien. Pero si son mujeres y los crean mujeres, entonces es que vivimos en el fantástico mundo de la piruleta o estamos hiperhormonadas)…
Yo he llegado a la conclusión de que Conan es una Mary Sue…
Hace algún tiempo comenté la frase del genial Doctor Beik “Prefiero que mis amigos me den envidia a que me den pena”… y estos días ha habido un par de ocasiones que me han hecho volver a reflexionar sobre la envidia.
Yo soy muy envidiosa, no lo voy a negar. Pero quiero creer que mi forma de envidiar es lo que comunmente se llama “envidia sana”. Esto es, cuando alguien tiene algo que a mí me gustaría tener, no le deseo ningún mal a esa persona, sino que me busco la vida para conseguir yo lo mismo o algo parecido. Y si no puedo, pues mira, ajo y agua. Demasiadas preocupaciones hay en la vida para encima darse mal por algo que tiene otra persona.
El caso es que hace un par de días me encontré de refilón, en mi nuevo trabajo, con una compañera del colegio, de cuando yo tenía la edad que ahora tiene Leo. Ella venía acompañar a su madre a una prueba diagnóstica, y yo iba volada porque llegaba tarde a una de mis numerosas reuniones, así que apenas pude cruzar con ella un “¡Hola, ¿qué tal va todo?!” cuando me reconoció. Curiosamente, la reconocí a la primera, apenas había cambiado a pesar de tener 30 años más que entonces, y supongo que si ella también me reconoció, yo también habré cambiado poco. Y la verdad, aunque no era la mejor amiga que he tenido, estuvimos muchos años juntas (desde parvulario hasta los 13 años, en que ella se fue a un instituto público, y yo me quedé en el colegio privado al que íbamos), y eso no se olvida.
A pesar de lo poco que hablamos, luego me sorprendí dándole vueltas a muchos recuerdos comunes. Como vivíamos muy cerca la una de la otra, muchas veces iba a su casa a hacer trabajos del colegio, o incluso a jugar. Y recuerdo que, a pesar de que mi abuela solía decir que ella me tenía envidia a mí y que no era realmente mi amiga, yo le envidiaba tres cosas. Sólo tres cosas, pero que fueron mi espinita hasta que las conseguí: una, el comic de “Invasores del Cuerpo Humano” del que no sé si hablé hace unas entradas. Otra, una casita de muñecas que ella tenía, que a mi me parecía enorme, con la que pasábamos las horas jugando, y que creo que fue, también, la culpable de que no haya parado hasta tener una. Y la tercera, la Enciclopedia de El Mundo de los Niños, que nos ayudó en muchos trabajos escolares, que me fascinaba por sus portadas que, juntas, formaban un arco iris, y que al final, también conseguí en un rastrillo benéfico.
Nunca le guardé rencor por haber tenido esas cosas antes que yo, es más, siempre agradecí haber aprendido que existían gracias a ella. Eso sí, la envidiaba, claro que sí. Yo también las quería. No tengo muy claro si eso es realmente malo.
Curiosamente esa tarde, cuando fui a buscar a Leo por la tarde, nos embarcamos en un tema similar. El pobre Leo anda teniendo problemas en clase. Sus compañeros se meten con él y creo que, como me pasaba a mí a su edad, no tiene amigos de verdad. Me sorprendí a mi misma diciéndole lo que mis padres me decían a mí y yo nunca me creía: eso es que te tienen envidia. Y lo gracioso es que ahora sí que me lo creo. Porque lo he visto. Y porque me consta que muchas cosas de la vida de Leo son envidiables… sus viajes, las cosas que comparte con nosotros, la información que recibe de la tele (debe ser el único niño que cuando se aburre de los dibujos animados solicita que le pongan Discovery Channel o el Canal Historia), su relación con algunos profesores… incluso el hecho, cada vez más raro en nuestros días, de que sus padres no nos hayamos separado…
Y él, en su inocencia, como me pasaba a mí con mi amiga de la infancia, va y me confiesa que él envidia a su amigo Pedro, porque tiene algunos de los juguetes de Lego que él no tiene… y yo me sonrío, porque sé que su envidia, como la mía, no es de la mala, sino que conlleva un mensaje subliminal: “Jo, mamá, comprámelos a mí también”
Hay un falso mito por ahí que dice que los funcionarios trabajan poco. Supongo que como todos los mitos tendrá su pequeña parte de verdad, al menos las personas que lo han difundido se habrán encontrado con funcionarios que, acomodados en su trabajo seguro y en su horario fijo, nunca están disponibles o no hacen todo lo que deberían o con la eficiencia que deberían. O no dan palo al agua, que gente así hay en todos los trabajos y no sólo los funcionarios.
Yo no soy exactamente funcionaria, sino estatutaria, que es como nos denominan a los trabajadores de lo que antes de las transferencias se llamaba INSALUD. Pero para el caso, es lo mismo. Las plazas de estatutario, como las de funcionario, se consiguen por oposición, para entrar como sustituto, con contadas excepciones (los médicos son una de ellas, pero los médicos son caso aparte para muchas cosas), tienes que estar en una bolsa de trabajo, y en general, son plazas codiciadas por la seguridad que ofrecen a pesar de la dificultad para acceder a ellas (y más aún en tu ciudad de residencia).
Así que creo que puedo hablar por lo que veo en mis compañeros de trabajo, y decir que el mito, al menos en mi experiencia, no solo es falso sino que también es insultante.
Ya cuando estaba en el hospital Royo Villanova veía a mis compañeros administrativos llegar antes que yo, marcharse (a menudo) más tarde que yo, y no parar de trabajar incluso cuando no daban abasto. Que a veces salías a poner un fax, y te distraías echándote unas risas con ellos, pues sí, oigan, son humanos y hay que desconectar de vez en cuando. Que la hora del almuerzo (para la que se turnaban, dejando siempre a alguien al cargo) era sagrada, pues también. Que uno de ellos está mas tiempo fuera fumando que en su despacho, pues sí, pero esa misma persona siempre se iba por las tardes más allá de las 4 o las 5, y siempre, siempre, dejaba el trabajo terminado. Así que, sí, de nuevo con contadas excepciones, daría un brazo por ellos.
Ahora me encuentro en un ambiente nuevo, otra vez rodeada de administrativos, y mi asombro ha ido en aumento. Mi trabajo en este momento es el mismo en un centro 6 veces más grande que el que estaba. El trabajo es 6 veces mayor en volumen, y probablemente 20 veces más complicado, porque en estos casos el aumento es exponencial. Y descubro que los compañeros hacen guardias, vienen los fines de semana, y, de nuevo, están aquí antes de la hora oficial de llegada y se van más tarde.
Y entonces alguien te cuenta un chiste sobre funcionarios y te paras a pensar… ¿qué funcionarios ha conocido? ¿Tendrá la suerte de un amigo nuestro que siempre se encuentra con el único funcionario borde? ¿Simplemente se deja llevar por los tópicos? ¿O quizás están confundidos los papeles, ya que aquí, en los hospitales, los únicos que vienen tarde y se marchan antes de hora son, a menudo, los laureados médicos (de nuevo no todos, que no hay que generalizar)?
Este año he tardado mucho en poner los adornos navideños. Con el tema de las estanterías nuevas, y luego la aldea inforrolera, hasta ayer día 10 no he podido ponerme a ella. Y qué mal lo he llevado. Ansiosa, nerviosa, triste, deprimida... Para colmo de males, al coger una cinta de espumillón se me cayó una cajita que contenía 6 angeles de cristal que compré por un precio irrisorio hace unos años en Galerías Primero y que no he vuelto a ver nunca a la venta en ningún sitio. Un ángel de cada color, pequeñitos, como de 4 cms. de altura, que brillaban entre las luces del árbol de Navidad como las criaturas celestiales a las que representan. Tal como cayó la caja, los 6 ángeles quedaron desintegrados. Más allá de cualquier reparación posible. Casi me echo a llorar.
Encima, la crisis ha afectado a la ciudad. Apenas han puesto luces, ni siquiera por el centro. Todos esos arbolitos llenos de pequeñas bombillitas que hacía que parecieran poblados por las hadas este año no están ahí para subirme el ánimo cuando salgo de casa, a las 7,30 de la mañana, con frío intenso y noche cerrada. Solo tengo mi pequeño pueblito de Navidad, ese que me regaló Josema, y mi árbol personal con sus lucecitas blancas, que apago antes de irme porque me da miedo que se queden encendidos en mi ausencia. Luego la ciudad está triste, vacía.
Siempre he dicho que las luces de Navidad tienen una razón de ser. Que probablemente ya en la Edad de Piedra los hombres de Cromagnon se arremolinaban asustados por la terrible oscuridad, y encendían hogueras para combatirla. Es más que probable que con el tiempo descubrieran que los pequeños adornos metálicos multiplicaban las luces y eso diera origen a las bolas de cristal, las campanillas doradas, el espumillón y tantas otras cosas con las que la gente barroca como yo inundamos nuestra casa. ¡Si hasta los judíos celebran Hannukah encendiendo velas!
Me comentó mi madre que en un colegio público, ante la controversia de celebrar la Navidad con los muchos alumnos que ya tenían de otras religiones, le cambiaron el nombre por el de Fiesta de las Luces (nombre que comparte con la propia Hannukah, con la Fiesta de las Luces de Lyon o con el Diwali Hindú). Me parece tan adecuado, tan ingenioso, tan necesario...
Creo que la Navidad no me diría nada si no estuviera acompañada de toda esta decoración. De hecho, no me gustaría. Quiero mis luces. Me siento depre sin ellas...
No soy fan de Queen, pero poco a poco sus canciones se han ido metiendo en mi vida y de pronto van entrando, despacito y sin hacerse notar, en la lista de mis favoritas, y me doy cuenta de que hace 18 años se perdió un genio, una voz única, uno de los pocos famosos a quienes la muerte, en vez de convertirlo en un mito, ha reafirmado el talento que ya se le adjudicada y ha hecho, sobre todo, que le echemos MUCHO de menos. A Freddy Mercury lo descubrí relativamente tarde, gracias a mi amigo Santi, y lo perdí a los dos años de haberlo conocido. De pronto canciones como The Show Must Go On adquirían otro significado y me ponían los pelos de punta cada vez que las oía.
Y este año, otra amiga (sí, los amigos valen un mundo), al día siguiente del aniversario de su muerte, me hace llegar esto:
Y creo que el mejor homenaje que puedo hacerle al maravilloso Freddy Mercury es el del legado de otro genio, Jim Henson, el único famoso cuya también prematura muerte me hizo llorar.
Va por los dos. Espero que estéis en el mismo sitio al que vaya yo cuando me muera porque sin vuestras obras, el Paraíso no podrá llamarse Paraíso.
Hay cosas en esta vida que no dejan de sorprenderme y una de ellas es la omnipresencia de Ikea en nuestras vidas. Recuerdo los tiempos en que todavía no había una tienda de esta empresa Sueca en Zaragoza, había gente que hacía de propio excursiones a Madrid a visitar las que allí había. Y cuando por fin abrieron el Ikea de Zaragoza, en el recién inaugurado Puerto Venecia, aquello fue un acontecimiento.
Yo debo confesar que no lo he pisado más que dos veces en mi vida. También es cierto que a estas alturas, no tengo una casa que amueblar, así que no he necesitado preocuparme por muebles baratos. La primera fue al poco de la inauguración, fui a pasar el día con mis padres (Josema no estaba), comimos allí (comida extraordinariamente barata y no mala del todo) y, sí, al final, no salí de vacío: un larguísimo dragón de trapo que creo que debe tener media España, un par de utensilios de cocina y un muñeco de madera para dibujar del que se encaprichó Leo se vinieron con nosotros. Y aproveché para hacerme la tarjeta Ikea Family, que nunca está de más estar informada.
Desde entonces, no me había vuelto a preocupar. Sí, recibía el catálogo y lo ojeaba, y a veces hasta tomaba nota mental de cosas que podrían ir bien aquí o allá... Pero como digo, teniendo la casa amueblada desde 1997, y además en estilos que tiene poco o nada que ver con lo que Ikea me ofrecía, nunca sentí la necesidad de volver a pisarlo.
La cosa cambió cuando la semana pasada recibo un pequeño catálogo con motivo del aniversario de una de sus estanterías más populares (básicamente la estantería estandar que todos tenemos en casa, porque las dos que tengo en el estudio son hechas a medida y son IDÉNTICAS). En dicho catálogo ofrecen una versión limitada de dicha estantería con un divertido dibujo, que me parece original y que además me pega con las estanterías simplemente negras del estudio. Y como llevamos dos o tres años dándole vueltas a qué mueble poner en el estudio para resolver el problema de almacenaje, se las enseño a Josema y por una vez nos ponemos de acuerdo y nos gustan a los dos.
Y la cosa no pasaría de ser una anécdota si no fuera porque cada vez que comento entre amigos de los más distintos ámbitos que me han gustado esas estanterías y que me las voy a comprar (de hecho, me las he comprado, en esa segunda visita que he nombrado, y por la que le debo otra, grandísima, a mi padre, que vino en el último momento, a las 9 de la noche, a ayudarnos a llevarlas a casa porque no nos cabían en el coche), no necesito dar más explicaciones. A mi comentario de “¿Has visto las nuevas estanterías de Ikea?”, la respuesta generalizada, instantánea, es “¡Son preciosas!” “¡Yo también las quiero!” “¡Qué pasada, ¿verdad?!”.
Y me asusto al pensar que las estanterías Billy Jadder limitadas especiales 30 aniversario de Ikea son tan de dominio público (o quizás más) como el último cotilleo de las revistas del corazón, la última película exitazo de taquilla o el último acontecimiento internacional difundido por TV. Incluso más.
Y me doy cuenta de que laRepública Independiente de Tu Casa (fantástico slogan, por cierto, igual de fantástico que aquella campaña publicitaria en boca de todos del “Eso no se toca”), promovida por cierto por una empresa de un país monárquico en otro país monárquico, no deja de ser el Imperio Absolutista de Ikea. Dominando todos los hogares.
Que no digo que sea ni bueno ni malo, que conste. Solo curioso.
Debido a los cada vez más acuciantes problemas de espacio en mi hogar, poco antes de vacaciones decidí reorganizar la videoteca. Nuestra pasión por el cine se refleja en una herencia de cientos de películas en VHS que aporté de soltera, ampliada por otro tanto o más en DVD que hemos ido adquiriendo con los años, que han llegado al punto de llenar prácticamente todos los armarios del salón (sí, esos que en otras familias más convencionales están llenos de vajillas o mantelerías) y dos estanterías en el pasillo.
Desgraciadamente el VHS es un formato condenado a la desaparición, tanto por su corta vida media como por el hecho de haber sido sustituido con gran éxito por el DVD, así que de pronto me entró una obsesión (y yo puedo ser MUY obsesiva) por reponer todas esas viejas películas, muchas de ellas grabadas de la TV y no disponibles a la venta, en formatos más acordes con la época actual... ¿os acordáis de esa escena de Men In Black, donde J se lamenta de que tendrá que volverse a comprar el Submarino Amarillo de los Beatles, cuando un nuevo soporte de grabación de sonido importado por los extraterrestres sustituya al CD? Pues eso.
Y en ellas me encuentro, buscando en eBay, en Amazon, en otros países, en foros y demás, las viejas glorias que conservo de mi adolescencia, y clasificándolas mentalmente por temas, géneros y épocas para cuando por fin las tenga, tire todos esos viejos VHSs que, además, ocupan tanto espacio, y los reponga por redondos, limpos y brillantes DVDs.
Y me he sorprendido al incluir mentalmente tantísimas películas en el apartado “Películas de culto”. Películas de culto.. ¿qué es eso?
Ya comenté en otra entrada que hay una serie de pequeñas películas, la mayoría de los años 80 (que es al fin y al cabo cuando viví mi adolescencia y primera juventud y cuando más te marcan las cosas), que sin ser obras maestras ni ir a pasar a la historia del séptimo arte, te encanta ver una y otra vez. Mi favorita sin ir más lejos es La Princesa Prometida, película de la que por cierto me regalaron dos maravillosas camisetas para mi cumpleaños el pasado fin de semana (¡gracias!), y que si he de ser honesta, en realidad no soporta un visionado crítico... Quiero decir, se ve tan de serie B! Y sin embargo tiene legiones de fans (no soy la única) y hace bien poco en el grupo de Yahoo americano en el que todavía estoy y me siento tan a gusto, que una chica (o más bien señora, en ese grupo tengo la suerte de ser una de las personas más jóvenes) comentó que la película era mala y poco menos que las otras se le echaron encima, y el administrador en nuestro honor nos regaló con una selección de anécdotas sacadas de la IMDB, y me fui a casa con ganas de volver a verla.
Pero volvamos a la pregunta... ¿qué es una película de culto? Pues si hacemos caso de mi selección de películas de culto, yo diría que son aquellas obritas menores, hechas con pocos medios y poco presupuesto, pero en general con imaginación y una buena historia, que calan de tal forma en un sector de la población que las defienden a capa y espada. En resumen: pelis cutres que cuentan mejores historias que películas de gran presupuesto.
Qué puñetas.
En resumen: Películas que nos gustan al público, aunque no les gusten a la crítica. Y punto pelota.
Una de las ventajas (o desventajas) de cumplir años en Agosto es que a menudo me pilla de vacaciones en algún sitio fuera de mi ciudad. En este caso, nos ha pillado volviendo de nuestro viaje: desayuno en Praga, carretera y manta, y pausa en Nuremberg para comer, y, de paso, visitar el casco histórico de esta preciosa y no tan conocida ciudad alemana.
En realidad para mí Nuremberg no es una completa desconocida, dado que he tenido familia allí (creo que ahora se han desperdigado por otros lugares del mundo, pero hace unos años todavía se les podía localizar en dicha ciudad). Así que años ha, aprovechando otro viaje de verano, les hicimos una visita, y ya me llevé la misma sensación que me he llevado ahora.
Nuremberg, como otras tantas ciudades europeas, fue casi destruida durante la Segunda Guerra Mundial. En su caso, y quizás por su fuerte vinculación con el partido Nazi, da la sensación de que el ejército enemigo se cebó en ella con cierta alevosía, y ya la primera vez que estuvimos nos sorpendió encontrar carteles con fotos de las ruinas del casco antiguo medieval (que ahora ha sido reconstruido magníficamente) y el texto en alemán “Nunca más”: Qué quereis que os diga, me da igual el bando en que estuvieran, se me puso un nudo en la garganta. Todavía más cuando mi tío nos llevó a ver el monumental estadio en el que Hitler daba sus discursos, ocupado en aquella época por las tropas americanas (hablo de antes de la caída del muro de Berlín, en que en el reparto de Alemania entre los vencedores Nuremberg les tocó a los Estadounidenses), que impedían el paso al mismo a los ciudadanos alemanes mientras los hijos de los soldados americanos lo utilizaban para jugar al béisbol. En ese momento, hasta me pareció natural que en Alemania estuvieran volviendo a resurgir pensamientos neonazis... No sé, ¿cómo os sentiríais vosotros si viniera gente de un país que en realidad nunca ha tenido nada que ver con las ansias de conquista (justificadas o no) de vuestros antepasados, y ocupase un monumento, como puede ser el Valle de los Caídos, por poner un ejemplo de ideología similar, y lo tuviera de patio de recreo para sus hijos, sin dejar entrar a la gente de la ciudad? A mi me parecería humillante, la verdad, y prepotente por parte de los vencedores.
Este año no llegamos a ver dicho estadio, y los carteles que digo ya no estaban, pero en la iglesia de San Sebaldo, en pleno centro de la ciudad, todavía exponían una pequeña muestra del proceso de restauración de la misma. El texto que acompañaba a las fotos, que se pueden ver en esta página web (aunque el texto es diferente), estaba en varios idiomas, entre ellos el español, y era desgarrador. Referencias a cientos de años de cultura derribados por los suelos, a inocentes que pagan las deudas de los errores cometidos por sus gobernantes, y una pregunta, una pregunta que te pone un nudo en la garganta:
¿Qué es la paz?
¿Acaso es pasear entre las ruinas sin miedo a la caída de las bombas?
Recuerdo haber sentido algo parecido (incluso más intenso) cuando visitamos Hiroshima en 2007. El parque de la Paz, hermoso, apacible, relajante, está plagado de pequeños monumentos que te ponen los pelos de punta. No sólo el de la niña Sadako, cuya historia es quizás la más conocida, sino también ese monumento a la madre en la tormenta, intentando salvar de forma imposible a sus hijos del viento nuclear. O ese monumento a las niñas de un colegio, que se encontraban precisamente allí haciendo un simulacro cuando estalló la bomba. Y no sabes qué te afecta más, si el hecho de que murieran allí todas esas vidas inocentes, o que los Estado Unidenses (sí, de nuevo ellos) prohibieran al gobierno japonés utilizar las palabras Bomba Atómica en los monumentos a sus víctmas, por lo que tuvieron que esconderla bajo la fórmula e=mc2 (formas curiosas de eludir la censura, como aquella ingeniosa conmemoración española de los “25 años de Paz y Ciencia”, auténtica, de la que existen sellos y todo).
Me parece muy bien que la historia la escribran los vencedores, y estoy de acuerdo en que durante la Segunda Guerra Mundial, la ideología Nazi era moralmente nefasta y Hitler era el malo de la película, pero de algún modo, no puedo evitar indignarme al pensar en que Nuremberg no sólo era el lugar dónde Hitler daba sus discursos. Era también una ciudad, con sus gentes, sus trabajadores que madrugaban todos los días, sus niños que iban al colegio. Gente a quien Hitler ni les iba ni les venía, simplemente les cayó encima como otro gobernante más, y que pagaron, sí, pagaron muy caro, y sobre todo, por parte de un país que se inmiscuyó en la guerra sin que le afectará lo más mínimo (y que ahora aún llora la destrucción, ínfima en comparación, aunque una sola vida humana ya sea una pérdida incalculable, de sus torres gemelas), con sus vidas, sus hogares, su historia y su cultura.
Y me entran ganas de llorar, y me avergüenzo del género humano.
Dicen que un arquitecto es alguien que no es lo suficientemente inteligente para ser ingeniero ni lo suficientemente maricón para ser decorador. Chistes descalificadores aparte, la verdad es que yo a veces pienso sí la arquitectura no será mi vocación perdida (o al menos una de ellas).
Para empezar, no estoy muy segura de si habría sido capaz de sacar dicha carrera. A pesar de lo que dice el chiste, tengo la sensación de que Arquitectura es una carrera que requiere lo que yo llamo “Ciencias duras”, esto es, mucha matemática, bastante física y probablemente una buena ración de química, en todas sus subcategorías superespecializadas. Y aunque yo soy más de ciencias que de letras, lo mío son las “ciencias light”: biología, geología, medicina, naturaleza en general… Conceptos que haya que comprender, no empollarse de forma literal como las fechas de los acontecimientos históricos, leyes, u obras literarias, pero que no requieran cálculos complejos ni fórmulas de esas que tienes que desarrollar en dos o tres hojas de papel…
Pero sí es cierto que uno de mis pasatiempos favoritos es imaginar espacios. Creo haber dicho en otra entrada que cuando estoy en un sitio público en el que hay planos con las salidas de incendios (hoteles, hospitales, etc.), me puedo pegar un buen rato recorriéndome mentalmente el edificio a través de los planos e imaginando como serán las habitaciones y rincones en las que no puedo entrar (¿quién dice que las mujeres no tenemos capacidad de pensar en 3D?). Cuando empecé a hacer planes de boda, ya tenía pensadas las reformas que hacer en mi casa, y cada vez que voy a casa de algún amigo intento imaginar como es el plano de la misma e incluso como se podría optimizar el espacio redistribuyendo tabiques (odio los pasillos, si pudiera los haría desaparecer de todas las viviendas…)
La reforma del baño de nuestro piso estas dos semanas pasadas me ha dado entretenimiento mental para un buen rato, aunque ahí poca arquitectura había, pero re-distribuir el inodoro, el lavabo y la ducha teniendo en cuenta las limitaciones de espacio y de colocación de las cañerías en el edificio principal ha tenido su puntito, la verdad.
Pero lo mejor ha sido cuando a raíz del ir y venir de los albañiles bajando escombros, saqué a colación con el conserje la posibilidad de comprar alguno de los pisos adyacentes al mío para ampliar mi cada vez más atestada vivienda. La verdad es que ya tengo pensado como distribuir cualquiera de las tres opciones (conseguir el piso de la izquierda, conseguir el piso de la derecha, o conseguir el piso de arriba y hacer un duplex). Parece que hay alguna posibilidad de conseguir uno de ellos, y eso ha disparado mi imaginación.
Y me lo estoy pasando bomba y me resulta una actividad intelectual apasionante… así que algo debe de haber… poco, pero algo…
Cuando estaba embarazada, y con mi miedo perenne a la mortalidad, me preguntaba como sería tener un hijo, si sentiría algo especial, si, incluso (y eso sería rizar el rizo) de alguna forma mi consciencia se transmitiría a su cuerpo cuando el naciera. Sé que es una idea extraña, pero teniendo en cuenta las neuras que tengo sobre que pasará conmigo – con esa parte de mí que sabe que yo soy yo – una vez me muera, la idea de pasarsela a mi hijo a través del vientre materno no me parecía tan descabellada.
Por supuesto, eso no ocurrió, yo sigo encerrada en esa parte de mi cerebro que está detrás de mis ojos y Leo es, como debe ser, un ente independiente con vida, voluntad y personalidad propias que si algo se llevó consigo, a parte de la mitad de mi ADN y 9 meses de compartir sustancias a través de mi sangre, es esa conexión amorosa que digo siempre que me parece casi antinatural, hasta el punto que creo que tiene que ser algo bioquímico o algo, porque no me parece normal quererle tanto que me duela, y sentir que daría mi vida por salvar la suya.
El caso es que la otra semana Leo se fue de vacaciones con sus abuelos a Moscú y San Petersburgo. Los días previos fueron una tortura para mí, no conseguía hacerme a la idea de que durante una semana iba a estar a casi 4000 kms. de mí, aunque fuese a estar en buenas manos. Curiosamente, una vez se marchó, tras dejarles en el aeropuerto, se me pasaron todas las preocupaciones – también es cierto que me mantuve ocupada: quedada muñequil en Madrid con gente maravillosa, quedada al día siguiente en Guadalajara con la gente de la Aldea Rolera, igual de maravillosa, y luego la semana de trabajo en el hospital, y trabajo en casa preparando las cosas para la reforma del baño en la que nos embarcamos la semana que viene. Llegamos al sábado día 4 en un pis pas, y tras pasar el día en Madrid de compras (y encontrarnos sin querer en medio mismo de la manifestación del Orgullo Gay) y recoger a la familia en el aeropuerto a las intempestivas 2 de la madrugada, volvía a tener a mi no tan pequeñajo en casa y me sentía de nuevo completa.
Luego vino, por supuesto, el visionado de fotos y la narración de anécdotas, y por un momento empecé a morirme de envidia y a pensar en lo mucho que me habría gustado estar allí... Pero poco a poco empecé a tener la sensación de que realmente había estado, de que lo había visto. A reconocer Moscú en videos musicales como el de Rasputin de Boney M, que le intenté poner a Leo hablando de dicho personaje en el coche (al sonar la canción en M80). Y entonces me dí cuenta de que había estado allí. De que al fin y al cabo, hay un trocito de mí en Leo. Y ese trocito de mí había estado con él en Moscú y San Petersburgo.
He llegado a la conclusión de que el ser humano inventó la religión, y los conceptos del Cielo y el Infierno (o sus equivalentes), para que cuando hagas lo correcto tengas la esperanza de que vas a ser recompensado en el otro mundo... porque en este, vas dao... Encima de quedar como un idiota, recibes la bofetada, y la persona que le echa morro al asunto y se porta como una maleducada, es la que se lleva la recompensa. Y con un poco de (mala) suerte, ni siquiera se dan cuenta de que te has portado de forma honesta y honorable.
Como decían en la Princesa Prometida, ¿quién ha dicho que la vida es justa? Sólo es un poco más justa que la muerte, nada más....
Ayer hicimos una escapada al cine para ver la última película de Hayao Miyazaki, Ponyo en el Acantilado. Después de dos fines de semana sin parar por casa, y debido a la mala costumbre de la gente que planifica los horarios de las películas, que llega a la absurda conclusión de que por ser de animación sólo van a ir a verla padres con niños al incomprensible horario de las 4 y las 6 de la tarde (ejem... ¿a esas horas los niños no tienen colegio?), para poder ir a verla, tuvimos que hacer pirola y sacar a Leo de clase una hora antes. Dada la situación y mi experiencia previa con otras películas de animación (género que, a pesar de tener ya 40 años, me sigue encantando), no me atrevía a esperar al fin de semana, ya que seguro que para entonces la quitaban. Y, qué demonios, el cine de Miyazaki hoy día es de las pocas cosas por las que vale la pena pagar una entrada de cine, así que no quería perder la oportunidad y tener que verla luego en DVD o descargada de internet... Me apetece demostrarles que esas películas también tienen apoyo del público y la única forma es pagar la entrada por verla (que la gente sólo entiende el idioma del dinero).
La película, como era de esperar, es una pocholada. Más infantil que otras de sus películas, no lo niego, pero siempre plagada de anécdotas deliciosas que hacen sonreir al adulto, de reacciones tan creíbles por parte de sus personajes que a veces te olvidas de que no están vivos, de pequeños detalles en el escenario que te reafirman en la realidad y credibilidad de la escena... Quizás no supere a obras maestras como Mi Vecino Totoro (para mí, todavía, la mejor de sus películas junto con Porco Rosso), El Viaje de Chihiro o La Princesa Mononoke, pero vale la pena pasar un rato viéndola, y, sí, pagar la entrada y verla en pantalla grande.
Lo mejor, sin embargo, es esa sensación de continuidad, de realidad incluso, que te hace pensar que Miyazaki trata a sus personajes como si fuesen actores y les hace participar en sus películas evolucionando a través de los diferentes papeles... Así, las dos niñas de Mi Vecino Tororo, Mei y Satsuki, van creciendo y convirtiéndose en las protagonistas de todas sus películas... Satsuki se convierte en una niña decidida en Niki la aprendiz de Bruja y en una bella adolescente en La Princesa Mononoke. Mei, por su parte, crece y se convierte en Chihiro. Curtis, el americano de Porco Rosso, entrado en años (y en kilos) interpreta al padre de Chihiro, junto con Gina, que hace de su madre.
Y con el paso de los años, Satsuki se hace adulta, y cambia totalmente de registro para ser la madre del niño de Ponyo en el acantilado (quien por cierto puede ser perfectamente el sobrino de Mei), mientras que (gracias Arkenaya por reconocerle) Miyazaki da una última oportunidad al galán que hizo de Howl en “El Castillo Ambulante de Howl” tras una mala experiencia con las drogas para hacer el papel del demacrado padre de Ponyo.
Quizás sea una tontería. Quizás realmente Miyazaki no tenga esa intención, y simplemente le guste repetir diseños, o sea su estilo. Pero a Josema y a mí siempre nos ha encantado reconocer a esos “actores”, y bromear siguiendo su “carrera” animada....
Soy una persona tan normal como cualquiera y tan friki como la que más, que intenta disfrutar al máximo de la vida con mi marido Josema y mi hijo Leo, compartiendo con ellos la mayor parte de mis muchos hobbies e intereses.