Este mes se ha cumplido el primer año desde la llegada de
una nueva inquilina a casa. El día del Pilar de 2012, nuestros amigos Mabel y
Damián, con la complicidad de Josema, por supuesto, y a raíz de mi frecuente
comentario de “Siempre pensé que si tuviera un gato sería hembra, y negra; y ya
ves, tengo un macho, y blanco”, me prepararon una pequeña emboscada y cuando
fuimos a su casa, me encontré allí una preciosa panterita en miniatura a la
que, dado que no esperaba para nada que hubiera otro gato negro allí, confundí
con su precioso Kuro, a pesar de que solo se parecían en el color del pelaje.
Como es de esperar, una vez la tuve en mis brazos no podía
consentir que se volviera a la casa de acogida de la que la habían sacado, así
que la única condición, por supuesto, fue que se llevase bien con Jonsey y no
causara problemas. Hubo un amago de alergia de Leo, pero al parecer fue un caso
de “alergia al gato nuevo”, ya que en unos días desapareció. Y Jonsey, a pesar
de su reacción a lo “grumpy cat” (que por otro lado, es como reacciona
absolutamente a todo, y más desde que se hace viejo) pronto la adoptó como a
una hermanita pequeña, a la que por cierto, ahora le tolera más de lo
tolerable.

Por supuesto, recibió el nombre apropiado a la dinastía
gatuna: Ripley. (Supongo que a esta marcha, nuestro próximo gato, si es hembra
se llamará Vazques o Newt, si es macho, Hicks XD). Y se quedó.
Ripley es tan diferente en carácter de Jonsey como lo es de
aspecto. Si Jonsey es cascarrabias, Ripley es un cascabel. Si Jonsey es un
pachorrón, Ripley es un manojo de nervios. Si Jonsey aguanta en brazos horas,
aunque gruña como un descosido, Ripley no consiente que la cojas y solo aguanta
décimas de segundo. Si Jonsey te dice “deja de acariciarme” con un mordisco,
Ripley aún no ha sacado dientes ni uñas, ni jugando. Si Jonsey apenas come, a
pesar de estar gordo como Garfield, Ripley es un palillo, pero devora como una
lima. Si Jonsey duerme en la cama conmigo desde el primer día, ignorando las
camitas especiales para gatos, Ripley se ha apropiado de la cama a la que
Jonsey nunca hizo caso y duerme en ella, junto a nuestra cama, todas las noches….
Si Jonsey jamás ha mostrado interés por el mundo exterior (excepto
algunas excursiones por la urbanización de mis padres, pero desde luego, nunca
desde nuestro piso), con Ripley hemos tenido que poner rejas en las puertas y
ventanas, después de dos paseos por las terrazas de los vecinos, uno de los
cuales terminó con Josema teniendo que saltar a la terraza de al lado para
recogerla, porque la señorita se había acomodado allí como una odalisca y sin
intención de moverse. Y menos mal que encontramos una forma cómoda y fácil de
poner rejas, porque el verano de calor espantoso que hemos pasado sin poder
abrir las ventanas por culpa de la pequeñaja no tiene nombre.
Si Jonsey jamás ha destrozado nada (excepto cuando tuvo
problemas de orina, y en ese caso tampoco se dedicaba precisamente a arañar
muebles), Ripley en una semana ha llenado de agujeros el flamante sofá nuevo
que acababan de traernos como regalo de cumpleaños de mis padres…
Alguno se preguntará como es que la aguantamos. Bien, quien
tiene mascotas sabe que eso es una responsabilidad. Ripley, como Jonsey, es ya
una de la familia. Si hace algo mal, intentaremos educarla para que no lo haga.
Si no lo conseguimos, al menos intentaremos evitarlo. Si a pesar de eso, nos
causa problemas… bien, en la balanza sigue pesando más su vida que un objeto
inanimado, por mucho que nos duela.
Y además, que quereis que os diga.
Cada vez que agarra mi dedo con su patita, vuelve a agarrar
mi corazón.
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