lunes, 25 de febrero de 2008

¿SUBES PARA ARRIBA?

“No, bajo para abajo”, ha sido mi respuesta al bonito diálogo de besugos. Lo mejor de todo es que era verdad.

MADRUGONES (OTRA VEZ)

Otra vez lunes. Otra vez a levantarme a las 7 de la mañana (eso si Monsieur le Chat no decide morderme el trasero a las 6,30) y maldecir en todos los idiomas del mundo porque yo me quedaría muy a gusto en la cama. No puedo evitarlo, y no puedo entenderlo. Ese momento es tan terriblemente horrible que, como ya recuerdo haber dicho, ni siquiera los dos días de no madrugar lo compensan.

He comprobado que si me despierto 5 minutos antes y no me vuelvo a dormir, no se me hace tan duro. Curiosamente, me niego a levantarme 5 minutos antes (aunque a veces me levanto 2 minutos antes, como he hecho hoy), prefiero mantenerme despierta en la cama… no volverme a dormir… por lo que no se justifica uno de esos despertadores demoniacos que suenan cada 5 minutos (Dios no lo permita!!! Son inventos del demonio!)

De todos modos hoy ha sido una noche extraña. Más aún la de Josema, por lo que me he enterado a posteriori. Sé que ha habido un momento que me ha despertado el gato, y le he oido decir “Como despiertes a la dueña, te mato”, y me ha sorprendido tanta vehemencia, porque normalmente no le suele dar importancia. También me ha llamado la atención que aunque hoy se ha levantado temprano (se iba de viaje a Vitoria), ha sido especialmente sigiloso y no me he dado ni cuenta de que estaba por ahí hasta la hora de levantarme.

Cuando me ha llamado hoy por el camino para decirme que estaba bien, me ha contado por qué se ha comportado así. Parece ser que su asma le ha dado una noche infernal, y encima se le había agotado el ventolín. Al final ha tenido que levantarse y buscar una farmacia de guardia. Todo ello sin que yo me enterase.

Momentos como este me reconcilian con él. Aunque su mala leche siga activa, lleva una temporada que a) reconoce que es un refunfuñón y b) Hace esfuerzos por evitarlo (aunque no siempre lo consiga). Tiene una breve entrada al respecto en su blog y el achaca su estado de felicidad actual a un videojuego de la PSP llamado Patapon. Bueno. Podría ser peor. Reconozco que es un poco triste que la felicidad de la persona que amas no se deba a tu amor y esfuerzo, sino a un juego por ingenioso que sea, pero si el resultado es que él es feliz, y, por ende, yo también lo soy un poco más, alabado sea el juego y sus creadores.

Al menos tengo el honor de haber sido yo quien le regaló la PSP (tras mucho tiempo por su parte de dudas e indecisiones con respecto a qué consola comprarse). La amarilla, además. La de los Simpson (¡¡¡lo que nos costó encontrarla, por Dios!!!)

CICLISTAS Y DOMINGUEROS

Ayer Leo tenía un cumpleaños en el GranCasa, así que la ruta dominical fue la opuesta a la de la mayoría de los domingos, y en vez de ir dirección Santa Fe, cogimos más o menos la misma ruta que llevo yo todos los días para ir al trabajo.

Justo a la altura de Pedro Cerbuna, calle estrechada perversamente por un enorme carril bici junto a la acera izquierda, Josema se vio apurado al tener que adelantar a un ciclista que circulaba por la derecha, dándonos de nuevo a los dos pie a esa indignación que nos produce ver la mitad del aparcamiento del barrio desechado para la construcción de esos inútiles carriles bici, que los ciclistas apenas utilizan… y que encima cuando ves un ciclista, éste circula por cualquier sitio menos por el carril bici. No lo digo como algo inusual. No es la primera vez que lo veo y a veces el caso es tan flagrante como que el ciclista circula por la acera o la calzada a medio metro escaso del carril bici, como si éste estuviera compuesto por arenas movedizas o simplemente tuviera un cartel de “No pisar”. En esos momentos te dan ganas de sacar la mano por la ventanilla y dar una colleja (por decir algo suave, a veces les harías algo peor) al susodicho ciclista.

Por supuesto el “ocupa” de la calzada nos dio tema de conversación durante una buena parte del camino. Sobre todo cuando, tal y como Josema profetizó, vimos que no sólo no utilizaba el carril bici cuando lo tenía disponible, sino que además no respetaba ninguna norma de circulación. Se pasaba todos los semáforos en rojo, incluso en el cruce con la Avenida Goya, que es, debo decir, un cruce bastante peligroso. Así que el siguiente comentario, como es obvio, fue entristecernos al pensar en que para colmo, si este elemento (que insisto, no es la excepción al comportamiento de muchos ciclistas) tenía un accidente y resultaba herido o incluso muerto, encima las consecuencias las pagaría el conductor del coche involucrado, aun cuando la culpa no fuese suya. Me recordó un caso que ha sido tristemente famoso en la prensa últimamente. Conductor en un Audi que atropella a un ciclista, el muchacho muere, y el conductor del Audi reclama daños y perjuicios por las abolladoras en su coche a la familia del difunto.

Y entonces piensas “Me gustaría saber más al respecto”. Porque a mí, en esa historia, se me juntan dos fuertes prejuicios que tengo. Por un lado, mi opinión de que los conductores de coches como Audis, BMWs o Mercedes son unos prepotentes que no valoran la vida humana ni respetan las normas de circulación. Por otro, la de que los ciclistas van por la vida sin respetar las normas de circulación como si no corrieran ningún riesgo. Así que a primera vista, sin saber las circunstancias del accidente, no puedo evitar preguntarme: ¿Y si fue por culpa del ciclista? Es duro, pero el dueño del Audi estaría en su derecho a reclamar daños y perjuicios. Parece ser, tras indagar un poco en el caso, que no fue así, que en este caso pesó más la prepotencia del conductor del coche “de privilegiados”, del que va por la vida pensando que los demás no valen una mierda porque no pueden permitirse un coche como el suyo. Pero después de ver (por enésima vez) como se comportan los ciclistas, gente que va en un vehículo en el que la carrocería es su propio cuerpo y el motor, su propia fuerza, como desprecian toda medida de seguridad y toda prudencia en la creencia de que nosotros ya les esquivaremos, no puedo evitar pensar “¿Y si lo hubiera matado yo? ¿Qué habría pasado?”

Pues habría sufrido la injusticia, porque es injusto, de que la policía, como me dijeron a mí al ponerme una multa en el colegio de Leo, protege siempre al débil. ¿Incluso aunque sea el débil el que incumple las normas de circulación y se pone en peligro a sí mismo y a los demás? ¿Por qué no multan al peatón que se cruza un semáforo en rojo? ¿Por qué, cuando el hermano de un compañero de trabajo de José Manuel tuvo un accidente porque a la salida de su garaje le embistió un motero que iba en dirección contraria y sin luces en noche cerrada, causándose la muerte, el pobre conductor de coche encima tuvo que soportar que le retirasen A ÉL el carnét de conducir, si no había cometido ninguna infracción?.

Como digo, es terriblemente injusto. Me enerva y me enfurece. Una vez un compañero del clínico tuvo la desfachatez de decirme que se saltaban los semáforos en rojo porque “alguna ventaja tenían que tener”… Pero ¿qué ventaja, alma de Dios? ¿La de llegar al Cielo antes que los demás?

No lo entiendo, de verdad.

jueves, 21 de febrero de 2008

RECUERDOS DE LA INFANCIA

En el foro de BJDoll.net, que ya creo haber nombrado, Skydoll ha abierto un tema sobre comics. Cada uno ha posteado allí sus comics favoritos, y yo por desmarcarme, entre los muchos que he nombrado, he recuperado a una auténtica pasión de la infancia, Johan y Pirluit. Para acompañar el post y que la gente supiera de que hablo (hasta que conocí a Josema, nunca me había cruzado con nadie que hubiera leído nada de estos personajes, si exceptuamos “La flauta de los Pitufos”, y siempre pensando que ellos eran los secundarios de los Pitufos en vez de viceversa, como era en realidad), busqué en internet. Me llevé una gran sorpresa, porque no sólo había varios artículos en español reivindicando la figura de estos adorables personajes (sí, estuve muy enamorada de Johan a mis 12-13 años y ayer descubrí que aún me da un vuelco al corazón tener noticias nuevas suyas) sino que además existía un foro, llamado laTIA.com Cuartel General en el que había abierto un post de ¡9 páginas! Dedicado exclusivamente a ellos. No solo eso, eran incluso más frikis que yo!!!! Me pegué una gran parte de la tarde leyéndolo y recordando viejos tiempos… Me han dado muchas ganas de releerme esos comics, y mucha nostalgia, de la que te hace suspirar…

Ains, creo que ya no sueño despierta como entonces…

ROL EN VIVO EN EL PARKING CERRADO

Otro sueño curioso.

Ayer por la tarde Elena (DeVice) me sacó de una profunda siesta para decirme que se venían de compras a Zaragoza. Como pasa siempre que la noticia es buena, se me pasó enseguida el cabreo por la siesta interrumpida y en cuanto vino José Manuel (que vino a las 16:30, cuando el contaba haber estado en casa desde las 11 – pero esa es otra historia que contaré a pié de página*) y se lo dije, él también se animó a quedar. Es curioso, y hago otro inciso, hasta que punto queremos a estos amigos, que lo dejamos todo por quedar con ellos, y Josema que es tan reacio a quedar y a los compromisos entre semana, enseguida dijo que “le iría bien desconectar un poco”. En cualquier caso, recogimos a Leo del cole y nos bajamos directos al centro, dónde nos esperaban Miguel, Elena y Damián. En cierto modo, relevamos a este último, ya que aprovechó que nosotros llegábamos para irse él a buscar a Mabel al trabajo. Yo me quedé con las ganas de visitar el Pequeño Japón en el Centro Independencia, pero me quedé con la satisfacción de ver que Elena había conseguido gracias a mi oportuno aviso una de las Living Dead Dolls que colecciona, y que otra estaba en su lista de futuras candidatas.

Con ellos nos acercamos a la Librería Futuro y a Imaginarium, y luego nos fuimos hasta el Toys’r’us para alegría de Leo, que además de un libro de StarWars en la librería, se llevó dos Bionicles por el precio de uno en la juguetería. Tras lo cual nos reunimos con Mabel y Damián en el Continente para cenar en el Wok.

Como de costumbre lo pasamos pipa, y fue dificil desconectar y marcharnos cada uno a su casa antes de las 12 de la noche…. Pobre Leo, yo sufría por él y por su falta de sueño. Muchas veces en estas quedadas se aburre porque no hacemos más que hablar y hablar y el pobre se queda fuera… Pero aguanta como un jabato… es lo más dulce que puede haber en este planeta.

Y toda esta intro para comentar que a raiz de todo aquello, esta noche he vuelto a soñar con la Cuchipandi. Supongo que los echaba de menos.

Elena había organizado una partida de rol en vivo, y para ello nos había citado en un edificio de parkings (de estos que aparcas hacia arriba, no en subterráneo) que cerraba por las noches. Eso significaba que a partir de cierta hora se tenía que quedar vacío, y nuestra intención era quedarnos dentro y, cuando estuviera cerrado y no hubiera nadie, explayarnos a gusto y hacer la partida. La idea pintaba muy muy bien, pero por algún motivo era casi imposible quedarse dentro. Nos iban “pastoreando” hacia la salida y no encontrábamos excusa para volver a entrar, de forma que al final, de pronto, nos encontrábamos todos fuera mirando como iban echando unas enormes verjas cuadriculadas en todas las entradas al parking. Por un momento valorábamos la idea de escalarlas y entrar, pero había vigilantes y entre otros, Leo era demasiado lento para esquivarlos, así que al final desistíamos…

Recuerdo el final del sueño recorriéndonos las calles de Huesca en busca de otro lugar donde escondernos, con más bien poco interés, y más en nuestra habitual diversión. Uno de los lugares que considerábamos era una pequeña iglesia camuflada entre otras casas de la calle y de la que sólo se reconocía un pórtico con gárgolas en la entrada. Pero al final el gato y el despertador arruinaron lo que quedaba del sueño… y me quedé con ganas de más.

*Y MAS DE PARKINGS

Pues eso, que como digo a pié de página desgloso lo ocurrido con Josema.

Ayer tuve una reunión de trabajo a las 12,30 en Servicios Centrales, al lado del Boston, a la que acudí con el director del hospital. Como gracias a Dios y a las compañeras que hacen muy bien su trabajo, casi todos los temas eran de fácil solución, terminamos más bien pronto (a las 13,30) y tras una coca-cola a cuenta del jefe, éste me dio permiso para volvernos a casa directamente sin volver al hospital (está empezando a gustarme mucho más este director que el que teníamos antes, la verdad…). Así que yo toda ufana me volví a mi casita y metí el coche en el garaje una hora antes de lo previsto.

Como siempre, al entrar miré en dirección al lugar donde Josema aparca siempre el Altea. Vacío, así que todavía estaba trabajando. Bueno…

De pronto llego hasta donde aparco yo el León, y me encuentro un coche ocupando mi sitio. Cuando empiezo a montar en cólera pensando que alguien nos ha usurpado la plaza de garaje (cosa que no había ocurrido desde que cambiamos de portero), me fijo mejor y veo que es el coche de Josema. Genial. Claro, él no me esperaba hasta las 3,30, así que mantengamos la calma… Le llamo al móvil, y me cuelga. ¿Qué tripa se le habrá roto? ¡Hala, a malgastar una llamada en horario de tarifa cara para llamarle a casa!, ya que deduzco lógicamente que si el coche está en casa, él también. Le llamo, y, para colmo de males, me salta el contestador, así que conteniéndome MUCHO le digo “Alguien está ocupando MI plaza de garaje. Si estás en casa, baja y cambia el coche de sitio”.

Pero ahí no viene nadie, así que al final me doy por vencida y aparco en su complicado rincón.

Cuando llegué a casa me devolvió la llamada al móvil, y cuando le dije lo que pasaba, se acordó de repente “¡Se me había olvidado!”. Al parecer había aparcado allí a las 10 de la mañana, pensando que estaría solo un momento (y de paso entraba en casa a cagar, en la vida he visto persona más cagona que él, no me extraña que de novios cuando le llamaba por teléfono siempre estuviera en “el trono”, que decía su padre), se había ido al Clínico porque ahí no había dónde aparcar, y le habían enredado hasta las 4 en vez de una o dos horas como él pensaba.

Me lo tomé bastante bien para lo que soy, la verdad. Más teniendo en cuenta que él sí que llevaba toda la tarde de muy mala leche (hasta el punto que de camino al cole de Leo casi lo mando a la mierda un par de veces).

Eso sí, hasta que no volvimos esa noche del Carrefour no nos dio tiempo a intercambiar los sitios. No me dejó coger el coche a mí a pesar de que era absurdo que moviera el los dos. Quiero decir, mientras él aparcaba el suyo, yo podía ir aparcando el mío. Pero se empecinó en que no, y no quise discutir - ¿pa qué?

lunes, 18 de febrero de 2008

Y AHORA, ¿QUE ME PONGO?

Soy lo que la gente llama “grandota”. Que no es sino un eufemismo para “alta, gorda y torpona”, pero bueno. Lo he sido toda mi vida y aunque a temporadas aún me sigue acomplejando, he aprendido a vivir con ello, como con todo. A pesar de que hace 10 años conseguí adelgazar y ponerme en el que según las fotos y la talla de la ropa sería mi peso ideal (pese a que según las tablas y los canones de belleza actuales aún me habrían sobrado entre 10 y 15 kilos porque parece que midas lo que midas, si pesas más de 58 kgs, ya eres una foca), después de nacer Leo recuperé lo perdido y más, y al final, puesto que mi fuerza de voluntad brilla por su ausencia, he asumido que nunca más quedaré bien en las fotos y que tendré que conformarme con tallas superiores a la 44-46 toda mi vida. Al menos, no llego a lo que los médicos definen como “obesidad”, pobre consuelo, pero tengo claro que nadie me va a considerar grácil y esbelta en lo que me queda de vida.

Es curioso, y divago un poco más antes de tomar el tema por el que abrí este apartado, que lo que no me gusta es mi tamaño. Veo a gente más bajita que yo y más rechoncha, y en cierto modo me parecen más adorables, más, como diría yo, como las haditas de Disney. Pero parece que el “Alta y Delgada como tu madre” (que mi madre no ha sido nunca ni alta ni delgada, pero bueno) ha calado en mí y ser alta está reñido con el sobrepeso. Si eres alta, y gruesa, no queda bien. Y no consigo gustarme por ello.

En fin, a lo que iba (ahora sí). Cuando tienes una complexión como la mía, la principal odisea es comprar ropa. Durante 17 años (lo sé porque lo he mirado en internet) encontré una maravillosa empresa de venta por catálogo (Quelle) que aunaba buenos precios, calidad más que decente, tallaje amplio, forma de los pantalones adaptada a mi enorme trasero (MUY importante, ha sido casi siempre mi espinita a la hora de comprarme ropa toda mi vida) y la enorme comodidad de poder hacer el pedido desde casa. Los adoraba.

Probé un par de empresas más. Venca (a la que es aficionada mi madre), cuya calidad me decepcionó enseguida, aparte que sus campañas publicitarias siempre me han parecido odiosas ya que siempre parece que regalan duros a cuatro pesetas (Recuerdo aquella vez que le dijeron a mi madre “¡Ha ganado Vd. un video! Sin sorteos ni engaños, haga su pedido y reclame su video”. Cuando llamó por teléfono, ya que mi madre siempre hace los pedidos por teléfono, la pregunta al reclamar su video fue: “Si, tiene Vd. para elegir entre un video de aeróbic de Cindy Crawford o la vida de la Princesa Diana de Gales”.). Y la Redoute, más cara que las anteriores, de calidad similar a Quelle – y más mentirosos aún que Venca. Tuve un enfrentamiento con ellos en mi primer pedido, ya que si comprabas más de un importe determinado en ropa de bebé anunciaban un regalo sorpresa en su catálogo, y yo con mi pedido no recibí nada. Tras muchas quejas y llamadas telefónicas en las que me decían inocentemente que yo no había indicado en el pedido que quería ese regalo (¿Dónde, por Dios? Si no había ningún recuadro ni nada donde dijera que había que hacerlo, sólo decía que si gastabas X, te mandaban un regalo), me mandaron una mierda de espejito de bolso que no sé ya ni donde está. Por principios, dada la experiencia, solicité que me dieran de baja de su empresa y cada vez que recibo publicidad de La Redoute la tiro sin leerla primero. Quizás sea una tontería, pero odio a los timadores.

Así que sólo me quedaba Quelle. Como digo, esta empresa me acertaba con las tallas, cuando te prometía un regalo o un descuento conseguías ese regalo o ese descuento, ni más ni menos, y tenía ropa que me gustaba mucho, además de algo que siempre me ha gustado mucho y me resulta casi imprescindible: pantalones de tela elástica, mucho más cómodos que los normales. Durante una temporada, por culpa sobre todo de la moda en la que los vestidos tenían que ser de falda recta y los pantalones de cintura baja, dejé de comprar tanta ropa por un tiempo, y la poca que compraba no terminaba de sentarme bien (si a eso añadimos mi negativa psicológica a mi aumento de peso, que hizo que siguiera comprando la misma talla mucho tiempo, nos encontramos con un cargamento de vaqueros que no terminan de entrarme bien… pero en fin). Pero al final las cosas volvieron a su cauce y el verano pasado pude reemplazar muchas piezas, incluidos los vaqueros.

Este invierno uno de los vaqueros se me rompió casi al día de estrenarlo por culpa de un tornillo mal situado en una silla de un bar. Otro, de los más cómodos, por algún motivo, cada vez que lo lavo retiene un desagradable olor a humedad, así que me lo pongo como último recurso (aunque más veces de lo que debería, la verdad).

Por ello, este mes decidí que ya no esperaba más tiempo. Me he vuelto perezosa y he descuidado mi aspecto, y reconozco que gasto más en ropa para mis muñecos que para mí, pero la cosa no podía seguir así, y tenía que renovar mi guardarropa. Hice de tripas corazón y limpié medio armario, incluida ropa de recién casada que guardaba para “cuando volviera a adelgazar”. No llegué a desechar el pantalón maloliente, pero si el roto aunque lo había zurcido convenientemente, y apenas lo había llevado. Ya me compraría más.

Y este fin de semana desempolvé las revistas en busca del catálogo Otoño-Invierno para hacer uno de mis mega-pedidos. La verdad es que no recordaba haberlo recibido, pero siempre podía reclamarlo, o hacer un pedido por internet. El catálogo, efectivamente, no estaba en casa, y sólo me quedaban algunas cartas del verano ya que el catálogo de verano lo había tirado ya. Bueno, siempre puedo llamar o mirar en internet. Así que me voy a mi maqui y tecleo la página web: www.quelle.es.

Servidor no encontrado.

Con un terrible presentimiento, me voy a mi querido amigo Google y tecleo: Quelle.

Entre las muchas páginas, la que me temía:

QUELLE ESPAÑA CIERRA SUS PUERTAS TRAS 17 AÑOS DE ANDADURA

(Si, por eso sé que llevaba 17 años con ellos. Les he sido fiel desde que empezaron).

Se me cayó el alma a los pies. Busqué más, porque no me rindo fácilmente, y me encontré, aparte de con la precaria situación en la que habían quedado los empleados (que es una desgracia mayor que la mía, para qué vamos a engañarnos), con que Quelle.de, la página original alemana, no permitía comprar internacionalmente, que hubiera sido una buena solución. También descubrí que pertenecen al grupo de Grandes Almacenes Karstadt, mis favoritos las pocas veces que me he perdido por ese país, por lo que no me sorprende la calidad y el tallaje de las prendas. Pero es un conocimiento que de poco me sirve ahora, ya que tampoco es cosa de hacer como la pija de mi prima María Jesús e irme un fin de semana a Frankfurt de compras, por que sí… Aunque, ahora que lo pienso… ¿quizás no sería tan mala idea hacerlo dos veces al año? Aunque a ver quien va a devolver la pieza y reclamar que te devuelvan el dinero si sale de mala calidad… Se me va la pinza, lo sé….

De pronto, mi horizonte a la hora de elegir mi ropa y vestir de forma cómoda a la par que elegante se ha visto reducido a la nada. Tengo que empezar de cero, y buscar un lugar donde me vendan vaqueros elásticos, bien de precio, altos de cintura, anchos de cadera, y donde no tenga que re-ubicar mi mente de nuevo y contar con dos tallas más de las que usaba en Quelle. Va a ser difícil, más aún cuando apenas salgo de casa para esos menesteres. Y la pregunta se clava en mi córtex cerebral.

Ahora, ¿qué me pongo?

EL ABRIGO MÁGICO

Érase una vez un abrigo, comprado hace dos años largos en el rastro-mercadillo de Zaragoza. Era un abrigo anodino, de color marrón “camel”, pero cómodo y amplio, ideal para esos días de invierno en que una se pone cuatro jerseys debajo para no pasar frío, para ir de aquí a allá y no preocuparse de si se cae, se estropea, o se ensucia.

Ese abrigo era la única prenda capaz de calmar las ansias destructivas del gato psicópata de Elena y Miguel, en Huesca, Don Vito. Cuando el abrigo estaba sobre el sofá, Don Vito se acurrucaba y se dormía en él. Durante una partida de rol el abrigo cayó al suelo, y Don Vito se acurrucó y se quedó dormido en él. Los sufridores propietarios del psico-gato se asombraron “Ese abrigo le gusta”. Pero la cosa no pasó de ahí.

Algunas semanas después fue el Salón del Comic en Zaragoza. Tanto el sábado como el domingo acudí enfundada en el mismo confortable abrigo. El sábado un extraño grupito de tres personas disfrazados de Amish se convirtieron en el centro de atención, no por sus disfraces, sino por su compañía. Una pequeña, adorable ratita blanca y negra iba en el hombro de una de las chicas, como si fuera el loro de un bucanero, sin asustarse por la multitud ni que su dueña se preocupase porque el animalito se cayera o se perdiese. Cuando nos acercamos a ellos, la ratita reaccionó de nuevo ante el abrigo mágico. Cualquiera con sentido común diría “Ese abrigo tenía que oler a gato desde kilómetros de distancia”, ¿no? (si añadimos a la preferencia del mismo como colchón por parte de Don Vito el hecho de que en casa también tengamos un gato, aunque éste ignore los efluvios mágicos del abrigo o finja hacerlo con cierto éxito). Pues no.

La ratita insistía en subirse en mi hombro y perderse en los pliegues de mi abrigo, a pesar de los intentos del resto del público por tenerla ellos también en sus manos. A la única a la que acudía más que a mí era a su legítima dueña.

El rumor sobre las propiedades del abrigo empezó a forjarse allí. No era normal que una ratita insistiera en estar en un abrigo que huele a gato.

Aproximadamente un mes después, en enero, me comunican mis padres que mi tía Luisa tiene una perrita. Lo de perrita es un eufermismo, ya que el animalito es un cachorro de pastor alemán de dos meses que ya pesa cinco kilos y tiene unas patas más grandes que la palma de mi mano. Parece un osezno, y por ello tiene el apropiado nombre de Nuca.

El día que fuimos a conocerla yo llevaba el abrigo mágico.

Y el abrigo mágico fue su centro de atención a la hora de jugar y mordisquear, teniendo que escaparme de ella para que no me babease la manga.

Al final, las sospechas (al menos por mi parte) empiezan a recaer sobre el estado de higiene general del abrigo. No es que esté asquerosamente sucio, pero a algo debe de oler cuando tres animales de tres especies distintas han decidido que ese abrigo es su prenda humana favorita para frecuentar.

Así que la semana pasada el abrigo mágico acabó en la lavadora. Lavado a 40º, centrifugado y secado. El viernes volví a ponérmelo, seco y como nuevo, y el sábado nos fuimos a Teruel, a la fiesta de los Amantes. En dicha fiesta una de las atracciones fue una exhibición de cetrería. Las hermosas aves rapaces estaban atadas a unos postes en un rincón de la plaza, a la vista de todos para que pudiéramos admirarlas antes del espectáculo, y uno de los encargados del mismo se paseaba entre el público con una pitón albina enroscada en el cuello. La gente volvía a arremolinarse a su alrededor, y visto que el animal era manso y permitía que le acariciaran, allá que fuimos en tromba a disfrutar del tacto de su brillante piel.

Cuando me puse frente al muchacho de la serpiente enroscada, esta decidió que mi abrigo (recién lavado) tenía un olor muy interesante, y pese a los intentos del resto de la gente de que la serpiente les mirase a ellos, ella dirigía siempre su cabeza hacia mí. No cambió de “percha” porque el dueño no se lo permitió – pero aparte de ello, la atracción del abrigo volvía a manifestarse.

La rematadera fue cuando por fin comenzó la exhibición.

Buscamos un hueco en un lado de la escalinata de los Amantes, ya que la exhibición era en la plaza, y ya estaba atestada de gente. Desde allí se veía todo más o menos bien, y disfrutamos de los halcones y otras rapaces diurnas, hermosas como ellas solas, que volaban alto y lejos, de vez en cuando se posaban en brazos de personas del público por indicación expresa del cetrero, e incluso en alguna ocasión se posaban relativamente cerca de dónde nosotros estábamos.

Hacia el final, soltaron un hermosísimo buho real. En su primer vuelo se posó en la barandilla de la escalinata, unos metros por debajo de donde nosotros estábamos, y Leo a mi lado se puso muy nervioso. Ni de coña llegábamos a tocar al pájaro, pero estaba TAN cerca que pensé que valía la pena probar.

La segunda vez que le hicieron alzar el vuelo, levanté el brazo, enfundado, como no, en mi abrigo mágico.

Pese a que nuestra zona de la barandilla era diagonal, o sea, que no ofrecía al buho ninguna buena superficie dónde posarse, él vino directamente hacia mí. Tan directo, tan decididos se veían sus bellísimos ojos naranjas, que no pude evitar asustarme y recular un poco, por lo que al final el buho no se posó en mi brazo como parecía, sino en la barandilla justo a nuestro lado. Pudimos acariciarlo y disfrutarlo un buen rato, ya que era muy manso y obediente, aunque en ningún momento quitó los ojos de dónde estaba su amo.

Pero la leyenda del abrigo terminó de consolidarse ese día. Tengo un abrigo mágico. Jamás me desprenderé de él (y si lo hago, lo pondré a la venta en eBay para los reporteros de National Geographic, ja!)

 
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