Hace algún tiempo comenté la frase del genial Doctor Beik “Prefiero que mis amigos me den envidia a que me den pena”… y estos días ha habido un par de ocasiones que me han hecho volver a reflexionar sobre la envidia.
Yo soy muy envidiosa, no lo voy a negar. Pero quiero creer que mi forma de envidiar es lo que comunmente se llama “envidia sana”. Esto es, cuando alguien tiene algo que a mí me gustaría tener, no le deseo ningún mal a esa persona, sino que me busco la vida para conseguir yo lo mismo o algo parecido. Y si no puedo, pues mira, ajo y agua. Demasiadas preocupaciones hay en la vida para encima darse mal por algo que tiene otra persona.
El caso es que hace un par de días me encontré de refilón, en mi nuevo trabajo, con una compañera del colegio, de cuando yo tenía la edad que ahora tiene Leo. Ella venía acompañar a su madre a una prueba diagnóstica, y yo iba volada porque llegaba tarde a una de mis numerosas reuniones, así que apenas pude cruzar con ella un “¡Hola, ¿qué tal va todo?!” cuando me reconoció. Curiosamente, la reconocí a la primera, apenas había cambiado a pesar de tener 30 años más que entonces, y supongo que si ella también me reconoció, yo también habré cambiado poco. Y la verdad, aunque no era la mejor amiga que he tenido, estuvimos muchos años juntas (desde parvulario hasta los 13 años, en que ella se fue a un instituto público, y yo me quedé en el colegio privado al que íbamos), y eso no se olvida.
A pesar de lo poco que hablamos, luego me sorprendí dándole vueltas a muchos recuerdos comunes. Como vivíamos muy cerca la una de la otra, muchas veces iba a su casa a hacer trabajos del colegio, o incluso a jugar. Y recuerdo que, a pesar de que mi abuela solía decir que ella me tenía envidia a mí y que no era realmente mi amiga, yo le envidiaba tres cosas. Sólo tres cosas, pero que fueron mi espinita hasta que las conseguí: una, el comic de “Invasores del Cuerpo Humano” del que no sé si hablé hace unas entradas. Otra, una casita de muñecas que ella tenía, que a mi me parecía enorme, con la que pasábamos las horas jugando, y que creo que fue, también, la culpable de que no haya parado hasta tener una. Y la tercera, la Enciclopedia de El Mundo de los Niños, que nos ayudó en muchos trabajos escolares, que me fascinaba por sus portadas que, juntas, formaban un arco iris, y que al final, también conseguí en un rastrillo benéfico.
Nunca le guardé rencor por haber tenido esas cosas antes que yo, es más, siempre agradecí haber aprendido que existían gracias a ella. Eso sí, la envidiaba, claro que sí. Yo también las quería. No tengo muy claro si eso es realmente malo.
Curiosamente esa tarde, cuando fui a buscar a Leo por la tarde, nos embarcamos en un tema similar. El pobre Leo anda teniendo problemas en clase. Sus compañeros se meten con él y creo que, como me pasaba a mí a su edad, no tiene amigos de verdad. Me sorprendí a mi misma diciéndole lo que mis padres me decían a mí y yo nunca me creía: eso es que te tienen envidia. Y lo gracioso es que ahora sí que me lo creo. Porque lo he visto. Y porque me consta que muchas cosas de la vida de Leo son envidiables… sus viajes, las cosas que comparte con nosotros, la información que recibe de la tele (debe ser el único niño que cuando se aburre de los dibujos animados solicita que le pongan Discovery Channel o el Canal Historia), su relación con algunos profesores… incluso el hecho, cada vez más raro en nuestros días, de que sus padres no nos hayamos separado…
Y él, en su inocencia, como me pasaba a mí con mi amiga de la infancia, va y me confiesa que él envidia a su amigo Pedro, porque tiene algunos de los juguetes de Lego que él no tiene… y yo me sonrío, porque sé que su envidia, como la mía, no es de la mala, sino que conlleva un mensaje subliminal: “Jo, mamá, comprámelos a mí también”
viernes, 5 de febrero de 2010
SI LA ENVIDIA FUERA TIÑA...
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Etiquetas: Leo, libros, Pensamientos profundos, Recuerdos
lunes, 1 de febrero de 2010
QUIEN TUVO, RETUVO
La verdad es que ya me vale. Las pasadas navidades pedí expresamente como uno de mis regalos el nuevo disco de Spandau Ballet, Once More. Y conforme lo recibí, me lo eché al bolso con la intención de ponerlo algún día en el coche, pero lo fui dejando, lo fui dejando, básicamente porque, como todos los temas excepto dos eran los clásicos de siempre, no tenía ninguna prisa en oirlo.
Pero en el camino de vuelta desde Angouleme, 6 horas de coche, daba tiempo a escuchar mucha música, así que al final me decidí y los pusimos. Y me quedé muda de la sorpresa.
El caso es que en el disco ya ponía que eran “nuevas versiones”, pero yo ni lo había leído (hay que leer más!)… Y sí, eran nuevas versiones, más suaves, más intimistas. Temas como With The Pride acompañado solamente con una guitarra española ponían los pelos de punta, y los temas antiguos como To Cut A Long Story Short y Chant Nº 1 tomaban una nueva dimensión y ganaban, al menos para mi gusto, calidad y belleza a raudales.
La verdad es que me sentí tonta por no haberlo escuchado antes, pero lo disfruté como pocas cosas. Volví a recordar porqué habían sido mi grupo favorito durante tanto tiempo, y recuperé la ilusión por el concierto del próximo 12 de Marzo. Como bien dicen, quien tuvo, retuvo.
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Etiquetas: Conociéndome, Recuerdos, viajes
CAZADORES DE MITOS
El pasado salón del Cómic de Zaragoza, mientras esperábamos a que el también Zaragozano Álvaro Ortiz nos hiciese un dibujo en nuestro Hall of Fame particular (y de paso, abrumado por la petición y encantador como tantos dibujantes a los que aún no ha pervertido el precio de la fama, nos hacia complejos dibujos también en los dos álbumes de su obra que compramos), se le acercó otro chico de rasgos asiáticos que también parecía ser artista de cómic (resultó ser Ken Niimura), y entabló conversación con él. Entre los dos nos informaron de las fechas del Salón del Comic de Angouleme, y nos cantaron maravillas del mismo. Como las fechas coincidían con el 29 de enero, festivo en Zaragoza capital (San Valero, patrón de la ciudad), decidimos un poco a última hora hacer una escapada y ver si era tan maravilloso como lo pintaban.
Para empezar, lo organizamos tarde, así que no hubo forma de encontrar un hotel decente más que a 25 kms. de distancia, en la ciudad de Mansle. No nos ocasionaba demasiado problema porque íbamos a ir con nuestro propio coche, pero no dejaba de ser una pequeña faena. Para colmo, Angouleme no está precisamente al lado de casa, así que tras darle un par de vueltas (una pequeña vocecilla en mi interior no tenía la menor gana de ir), le comenté a Josema que si queríamos que nos cundiese un poco el tiempo, teníamos que salir el jueves por la tarde y hacer noche de camino, porque si no el primer día llegaríamos a la hora de cierre del salón y encima ya de noche, así que no podríamos ver ni salón ni ciudad. Fue una buena decisión, aunque como siempre, trajo consigo nervios y discusiones porque hubo que preparar las maletas el jueves por la tarde, dejar al gato en casa de mis padres, recoger a Leo del cole y salir directamente desde allí rumbo a Bayona, donde hicimos la primera escala. Si además le sumamos que el GPS (al que hemos acabado bautizando “El Tontorron”, muy a pesar de mi padre, su legítimo propietario) decidió no funcionar en todo el camino y que en Bayona debía haber habido fútbol o algún otro acontecimiento mediático agilipollador de multitudes y no se podía ni circular, al final encontramos el hotel tras muchas vueltas casi a las 12 de la noche, y los nervios que hicimos no se los deseo a nadie.
Aún así, entre que llegamos a Angouleme y encontramos un parking con plazas libres, se nos hicieron casi las 3 de la tarde, así que había pocas opciones para comer. Vimos una hamburguesería Quick en la plaza del ayuntamiento y no nos lo pensamos dos veces (aunque nuestra idea inicial era pasarnos por la Oficina de Información y Turismo, para que nos dieran un plano de la ciudad. Oficina que, por cierto, en dos días fuimos completamente incapaces de encontrar)… Y allí fue donde empezamos a encontrarnos españoles: comiendo en las mesas (al pasar solté un “Buenos días” y no me hicieron ni caso, pero bueno…), al ir a pagar… pero la rematadera fue cuando fuimos a coger mesa.El burguer estaba petado, pero al fondo se veía una mesa libre. Sin embargo, para cuando llegamos ahí sorteando gente, yo ya ví que dos chicas, abrigadas hasta las orejas, con gafas de sol, y con una bolsa porta-bjds (que por cierto, hablaban español entre ellas) estaban a punto de cogerla, así que me di media vuelta, pero entonces ellas al vernos empezaron a hacernos gestos de que nos sentaramos con ellas, que la mesa era grande, y a chapurrear en inglés. Me hizo gracia y les contesté en español que muchas gracias y que ya veía que ellas también eran españolas, y entre risas y tal nos fuimos acomodando. De pronto una de ellas se me queda mirando fijamente y dice: “¿Luna?”. Desconcierto total. En el mundillo de las BJDs hace años que dejé de ser “Luna” para volver a ser simplemente “Sonia”. Y desde luego, las chicas que yo tenía delante, con gorro de lana hasta las orejas y gafas de sol, me resultaban irreconocibles… así que asentí y les pedí que se quitasen las gafas porque si no no tenía ni idea. Resultaron ser Chyna y Thalassa, dos chicas de la época en la que aun compartíamos el difunto foro Soul of Doll y con las que ahora apenas teníamos contacto por estar en distintos foros (y por otros temas que no vienen al caso). La cosa es que alguien nos había dicho que iban a estar por ahí pero… ¡ya es casualidad, que sean las primeras personas con las que nos encontramos!
La verdad es que aparte de la sorpresa y el embarazo inicial, la comida fue agradable, casi no paramos de hablar y las diferencias que pudimos tener en su momento quedaron olvidadas (o al menos aparcadas). Y es que encontrarte con gente conocida en tierra extraña siempre une.
Tras varios intentos de cortar la conversación, al final terminamos de comer y nos fuimos a ver el Salón, que es a lo que habíamos venido, aunque he de decir que su experiencia previa (ellas ya llevaban un día allí) nos fue muy útil. Y es que Angouleme es una ciudad rarísima. Viven del cómic, está llena de referencias al comic, tienen murales pintados en las paredes dedicados al cómic (copiados de viñetas que van desde Little Nemo a Yslaire, pasando por Lucky Luke), una calle dedicada a Hergé y una a Goscinny... y no tienen una miserable FNAC y apenas un par de tiendas de comic (estan locos, estos angoulemenses...)En cuando al Salón del Cómic es otro mundo. En cierto modo, toda la ciudad ES el salón. Cada plaza tiene una nave montada sobre un tema, para una exposición, para la prensa…. Hay megafonía por toda la calle y cuando llegamos estaba sonando Gorillaz. Hasta en los escaparates de las tiendas ponen cosas referentes al comic. En los bares y los restaurantes hay pequeñas exposiciones de autores noveles, y de hecho en la pizzería dónde comimos el segundo día, justo cuando nos íbamos, nos cruzamos con el autor que exponía allí, alias Monsieur Puzzle. Como a Leo le gustaron sus dibujos (sobre un gatito), le pedimos un autógrafo, y como pasa siempre con los autores noveles, el chico se emocionó y se esmeró como no se esmeran algunos de esos profesionales que se suben a la parra del “Yo soy Dios y todos me adoran”. En las iglesias y hasta en la Catedral hay exposiciones, no necesariamente de comic religioso (la de la Catedral era “Japón y Europa en el comic”), aunque luego sí que tienen una selección a la venta de comic religioso y cultural (me sorprendió descubrir que el irreverente Robert Crumb ha hecho una versión del Genesis, casi más que saber que existe un Manga sobre la vida de Jesucristo), e incluso sesiones de firmas propias.
Y ya que hablamos de las firmas, quizás ese fue el sector que más me decepcionó del Salón. Porque reconozco que, de un tiempo a esta parte, con la facilidad que hay para encontrar cualquier cosa por internet, mi interés por los Salones y otros eventos no es tanto el conseguir cómics o enterarme de las últimas novedades, sino (aparte de reencontrar a amigos comunes que puedan ir por ahí, como en el Salón de Barcelona) el ver en persona a los creadores y conseguir que me hagan un dibujo o una pequeña firma. La prueba, en cualquier caso, de que ellos existen y de que yo les he visto en persona. Compartir por unos instantes el mismo tiempo y lugar, para reafirmar mi pequeña existencia anónima. Así que sólo por eso soy capaz de tragarme filas eternas, de saltarme la comida como hice con Mignola, madrugar para ponerme la primera en la fila… en fin, todas esas cosas que no puedes hacer cuando vas acompañada, porque cuesta arrastrar a otra gente, porque te sientes culpable por hacerles perder la tarde en una fila, porque sabes que acabarán hechos polvo porque simplemente, no les hace tanta ilusión como a ti. Sólo por eso a veces me planteo el ir sola a estos eventos, para ir a mi ritmo, no imponérselo a los demás, y por un lado no sentirme mal por haber perdido una oportunidad y por otro no sentirme culpable por hacer pasar mala tarde a mis seres queridos. Huelga decir, por supuesto, que en este viaje no lo conseguí.
La organización del sistema de firmas en el Salón del Cómic de Angouleme es un auténtico caos. Supongo que la gente que lleva varios años yendo ya se lo conocerá y sabrá organizarse, pero para alguien que llega por primera vez, es una pesadilla. El listado de autores y horario de firmas lo pone en cada stand, hasta ahí bien. Pero es que en algunos, la firma va por sorteo (esto es, compras el álbum, avisas de que quieres que te firmen, y te apuntan a un sorteo, y si sales puedes ponerte en la fila). Vamos, que si no te lo dicen al comprar el álbum, luego quedas como un gilipollas en la firma, porque además, ni es en todos los stands, ni son todos los autores del mismo stand. Así se quedó Josema sin la firma del dibujante de Okko. En otros, cogen los cómics y ya pasarás a recogerlos, o te dan día y hora (¿qué pasa si ese día no estás?), a pesar de que el autor esté ahí de brazos cruzados mirándote con cara de gilipollas. En otros utilizan el sistema tradicional: haces fila, y mira, como dicen los angloparlantes, first come, first serve, aunque en algunos casos sólo les hacen dibujo a los X primeros (igual que en Barcelona), y, si la fila se alarga y no va a dar tiempo a llegar al final antes de la hora en que se supone que termina el periodo de firmas, te dan un número y al que no le toca, ya se puede ir yendo. Mira, ese sistema me parece el más justo, y así funcionaban en el stand de Soleil, dónde había overbooking de grandes artistas… El problema es cuando dicho gran artista es un gilipollas subnormal redomado e integral y decide no respetar el horario y largarse antes de hora dejando a todo el mundo con un palmo de narices y en algún caso sin avisar: por ejemplo, Olivier Vatine (no compréis su obra, bajárosla gratis de internet. Que no vea un duro por cabrón), que nos lo hizo no una, sino dos veces, y la segunda tuvo delito porque estábamos en la fila (Leo guardaba el sitio como un campeón) desde antes incluso de la hora a la que él tenía que venir. Y vino tarde y se fue pronto, las dos veces. Joder, yo hago eso en mi trabajo y me despiden!
Otro colmo de la desorganización, descubrir de pronto que el autor tiene hora de firma en otro stand a pesar de que se supone que debería estar firmando en el que has hecho la fila. Y entonces coge el autor (en este caso era Dany, veterano y encantador) y da número a todos los que están esperando, sale a la calle y como un guía turístico, nos hace seguirle al otro stand (que además estaba en otra nave) y nos pasa por delante de todos los que estaban esperando allí. Que dada la hora que era, me pregunto si realmente les dio tiempo a recibir algún dibujo, lo cual maldita la gracia que les haría. ¿Quién ha confeccionado semejante agenda?Gracias a Dios algunas cosas compensaban. Por ejemplo, el también veterano y más que clásico Loisel, a quien pillamos cuando ya “no podía hacer dibujos”, pero sí firmas, se portó de forma encantadora, hizo un enorme recuadro en mi album detallando que “no podía hacer un dibujo” (lo cual era un dibujo en sí mismo XD), y al pedirle la dedicatoria me contó que su hijo también se llama Leo. Estuvimos de acuerdo en que es un gran nombre para un hijo. Me hizo también una pequeña firma para mi amiga Concha, y le hizo mucha gracia que yo tuviera una amiga en Sevilla con ese nombre.
Otro grandísimo fue Arleston (el guionista de Lanfeust de Troy, serie que os teneis que leer YA si no la conocéis). A diferencia de su compañero de mesa, el ya nombrado Vatine, estuvo firmando durante más tiempo del que tenía asignado, y a pesar de ser sólo guionista, se entretuvo haciéndole a Josema un dibujo con un pequeño chiste que decía “No hay que abusar de las historietas, o acabareis convirtiéndoos en guionistas, como yo”. Que más quisiéramos. Sentí no haber estado presente, pero nos habíamos dividido en tres filas, porque aquello si no era imposible e improductivo…
Me quedé con las ganas de una Skydoll, con purpurina y todo, de Barbucci, y de una Rubia de Dzack, y seguro que me dejé algún otro famoso en el tintero. Sé que estuvo De Groot, y me hubiera gustado verle, y preguntarle si se acordaba de aquella novata de 20 y pocos años a la que invitó a una cerveza en Charleroi. Uno de mis grandes favoritos, Luguy (Perceván), tenía previsto venir, pero no vino. Sin embargo, habían publicado un libro de dibujos suyos y el chico del stand cuando me lo vendió me regaló láminas y todo... debí ser la única que lo había comprado. Al lado estaba firmando Nacho Fernández (Dragonfall), que tiene más éxito allí que en España, ya que la fila que tenía era impresionante... En cuanto nos oyó hablar español nos dió palique, tan encantador como siempre. Y descubrí de refilón, porque también vendían revistas especializadas en cómic, que acaba de fallecer Tibet, otro de mis favoritos de siempre. Que pena me dio pensar, como cuando falleció Isaac Asimov, que ya nunca podré conseguir un autógrafo suyo, o un dibujito de Chick Bill o de Ric Hochet, que fueron dos de mis amores comiqueriles de la infancia... Ah, y que si gritas "Es un grandísimo hijo de la gran puta" (sí, hablaba de Vatine) en español, los franceses lo entienden. Al menos, los que conocí, y con los que casi hice amistad (las filas siempre hermanan) en la fila de autógrafos de Dany.
En fin, una de esas experiencias para recordar, no sé si para repetir, pero que produjo
una pequeña nueva montaña de cómic que recoger, que me hizo saltarme la dieta una vez más, y que disfrutamos como enanos.
Por cierto, me di cuenta que tras un fin de semana llevando la misma ropa, embutidos en jerseys (porque hacía un frío que pelaba) y acumulando humores, pese a ducharnos todos los días, volvimos oliendo igual que la tienda friki por excelencia de Zaragoza, Freakland. Acabo de darme cuenta de que puede que ese sea, por desgracia, el más puro olor a friki. Y que quizás por eso esa tienda se llama como se llama (ejem)…
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Etiquetas: anécdotas, comic, Leo, Momentos de gloria, viajes
jueves, 28 de enero de 2010
FALSOS MITOS SOBRE FUNCIONARIOS

Hay un falso mito por ahí que dice que los funcionarios trabajan poco. Supongo que como todos los mitos tendrá su pequeña parte de verdad, al menos las personas que lo han difundido se habrán encontrado con funcionarios que, acomodados en su trabajo seguro y en su horario fijo, nunca están disponibles o no hacen todo lo que deberían o con la eficiencia que deberían. O no dan palo al agua, que gente así hay en todos los trabajos y no sólo los funcionarios.
Yo no soy exactamente funcionaria, sino estatutaria, que es como nos denominan a los trabajadores de lo que antes de las transferencias se llamaba INSALUD. Pero para el caso, es lo mismo. Las plazas de estatutario, como las de funcionario, se consiguen por oposición, para entrar como sustituto, con contadas excepciones (los médicos son una de ellas, pero los médicos son caso aparte para muchas cosas), tienes que estar en una bolsa de trabajo, y en general, son plazas codiciadas por la seguridad que ofrecen a pesar de la dificultad para acceder a ellas (y más aún en tu ciudad de residencia).
Así que creo que puedo hablar por lo que veo en mis compañeros de trabajo, y decir que el mito, al menos en mi experiencia, no solo es falso sino que también es insultante.
Ya cuando estaba en el hospital Royo Villanova veía a mis compañeros administrativos llegar antes que yo, marcharse (a menudo) más tarde que yo, y no parar de trabajar incluso cuando no daban abasto. Que a veces salías a poner un fax, y te distraías echándote unas risas con ellos, pues sí, oigan, son humanos y hay que desconectar de vez en cuando. Que la hora del almuerzo (para la que se turnaban, dejando siempre a alguien al cargo) era sagrada, pues también. Que uno de ellos está mas tiempo fuera fumando que en su despacho, pues sí, pero esa misma persona siempre se iba por las tardes más allá de las 4 o las 5, y siempre, siempre, dejaba el trabajo terminado. Así que, sí, de nuevo con contadas excepciones, daría un brazo por ellos.
Ahora me encuentro en un ambiente nuevo, otra vez rodeada de administrativos, y mi asombro ha ido en aumento. Mi trabajo en este momento es el mismo en un centro 6 veces más grande que el que estaba. El trabajo es 6 veces mayor en volumen, y probablemente 20 veces más complicado, porque en estos casos el aumento es exponencial. Y descubro que los compañeros hacen guardias, vienen los fines de semana, y, de nuevo, están aquí antes de la hora oficial de llegada y se van más tarde.
Y entonces alguien te cuenta un chiste sobre funcionarios y te paras a pensar… ¿qué funcionarios ha conocido? ¿Tendrá la suerte de un amigo nuestro que siempre se encuentra con el único funcionario borde? ¿Simplemente se deja llevar por los tópicos? ¿O quizás están confundidos los papeles, ya que aquí, en los hospitales, los únicos que vienen tarde y se marchan antes de hora son, a menudo, los laureados médicos (de nuevo no todos, que no hay que generalizar)?
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Etiquetas: Pensamientos profundos, Trabajo
miércoles, 27 de enero de 2010
AMULETOS, KARMA Y SUPERSTICIONES VARIAS
Hace la tira de años, allá por principios de los 90, y a raíz de nuestra primera escapada al Salón del Cómic de Barcelona, Josema y yo descubrimos que había un Salón del Cómic en Charleroi, ciudad de Bélgica poco conocida a nivel turístico que ahora se ha hecho famosa por ser donde te dejan los aviones de la Ryan Air, pero que por aquel entonces sólo conseguía rivalizar con sus hermosas hermanas por el Salón que intentaba promocionar (hoy en día aún se vende a sí misma como capital belga del cómic). Como yo entonces me apuntaba a un bombardeo, y con la excusa del concurso internacional de cómic que organizaban y en el que participé dos o tres veces con tristes resultados – para qué negarlo (al menos Josema llego a ganar como guionista con su talentoso amigo Oscar Royo, aunque lo único que consiguieran fuese la publicación de un álbum con el primer capítulo de un proyecto que no llegó a terminarse nunca), en dos de sus ediciones me lié la manta a la cabeza y me fui, petate en mano, 20 y pocos años y mucha libertad y ganas de ver mundo, yo solita en tren a pasar el fin de semana en Charleroi codeándome con grandes del cómic como De Groot, quien me “adoptó” en una de las ediciones intentando animarme a seguir adelante y a llegar a publicar mis tristes proyectos.
Ambos años, en la efervescencia del comienzo del noviazgo con Josema, lo que más me dolió fue el irme sin él (no tanto como el ir sola) y no tenerle a mi lado, cosa que él suplió con cartas para que las leyese por el camino y hasta cintas de cassete que me grababa para que las escuchase en el tren.
El primer año, además, me regaló un caballito de plástico negro, pequeñísimo, que no sé de dónde lo sacó, pero que me dijo con todo cariño: “Te traerá suerte”. Yo llevaba el caballito en el bolsillo como la casi niña que era, aferrada a él como si me hubiera dado un anillo de diamantes.
Ese primer año yo estaba obsesionada con conocer a mi dibujante favorito belga de todos los tiempos, Peyo, el creador de “Los Pitufos”. Irracionalmente pensaba que si él era belga, y el salón era en Bélgica, él tenía que estar allí por narices, aunque obviamente no tenía por que ser así. Pero yo, cabezota, no hacía más que preguntar en el stand de la semidesconocida editorial que ahora tenía la licencia para publicar los pitufos, y ellos me daban largas con un “no lo sabemos, pero igual viene mañana”…
Al final, quizás a uno de los chicos le di pena, o le caí bien, o simplemente estaba hasta los mismísimos de mi, porque me dijo confidencialmente que esa tarde Peyo iba a estar en la “mediatheque”, un local donde había una exposición de originales suyos. La verdad es que ahora lo pienso y tuve una suerte loca, porque ni siquiera sabía que existía esa exposición, y probablemente si no hubiera existido, Peyo ni se hubiera pasado por ahí. Pero una combinación de conjunciones astrales, mi buena estrella habitual, un extraño sexto sentido y mucha, mucha potra se aliaron a mi favor para que Peyo estuviera en el mismo Salón del Cómic que yo.
Lo demás fue pan comido. Me planté allí una hora antes, la única fan histérica, curiosamente, que estaba allí (quizás nadie más lo sabía, quizás a nadie más le importaba). Cuando vino Peyo, me mezclé entre los periodistas, me presenté, le dije que era fan de Johan y Pirluit (a lo que él me dijo que quizás debía hablar con su esposa, allí presente) y conseguí que me dibujase una cabecita de Pirluit que atesoro como oro en paño.
Me dio la mano (sí, me la he vuelto a lavar desde entonces, que conste…) y se metió en la exposición. Ahora creo sinceramente que cuando me señaló a su mujer me estaba diciendo claramente que mientras a él le estaban distrayendo los periodistas, me acercase yo a hablar con ella, pero en ese momento solo pensé “¡Tengo un dibujo de Peyo!”, y ante las sonrisas de los empleados de la Mediateca que siguieron mi odisea, me fui flotando en mi nube. Siempre he sido muy estúpida para esas cosas, como cuando la esposa de Moebius se interesó por las BJDs y nos dio su tarjeta, o cuando Neil Gaiman contestó a mi primer correo electrónico y yo ya no supe que más preguntarle. Tampoco soy avariciosa. Tuve mi pequeño momento de gloria, ya no necesitaba más.
Cuando salí de la Mediateca me eché la mano al bolsillo y vi que el caballito de plástico se había perdido. Me puse muy triste, y cuando esa noche hablé por teléfono con Josema, entre todas las emociones del día se lo conté apesadumbrada. Él intentó animarme con un “no tiene importancia, no tenía valor”… pero luego añadió “Mira, era un caballo-demonio de la suerte cargado con una sola carga. Una vez la ha gastado, ha desaparecido. Es normal”.
Llamadme supersticiosa, pero me quedé con esa respuesta. De hecho, a veces, estoy convencida de que el destino, el karma, o como quiera que le llamen, va por ahí. Como comenté la otra vez, mi nuevo puesto de trabajo me ha costado varios amuletos… Me refiero con ello a que tengo comprobado que cuando pierdo algún pequeño objeto al que le tengo cariño (como los angelitos de cristal que se me rompieron para Navidad, o mi amuleto japonés que se me ha perdido ya tres veces, y que la tercera, esta semana, ha sido la definitiva – a cambio de conseguir un muñeco de colección que daba por imposible), o cuando tengo que pagar un dinero inesperado como una multa o un paquete de aduanas que me retienen y no hay forma de justificar por un valor inferior, o me roban la cartera como este verano pasado… Cuando me pasa una de esas cosas, es porque va a pasar algo bueno a cambio: se soluciona un problema del trabajo, consigo algo que hace tiempo que quería conseguir, o simplemente volvemos sanos y salvos de un viaje o, como cuando Josema aprobó su proyecto de Fin de Carrera (ese mismo día me clavaron una multa por ir a 70 por la recién inaugurada prolongación de la calle Gómez Laguna, diseñada para correr pero con limite de 50), salvamos un escollo que parecía imposible de salvar…
Hasta cuando Leo, hace unas semanas, dio por perdido su escarabajo de la suerte de la Expo, ese que le regalaron en el Pabellón de Egipto por reconocer a Anubis entre todas las figuritas que allí vendían, y que llevaba al cuello como un pequeño tesoro, utilicé ese argumento para animarle. Por supuesto, no le ayudó mucho. Para él ese escarabajo era especial y que su “carga” de suerte se hubiera gastado no le servía de mucho, y cuando al final lo encontró enredado en el pantalón, la verdad es que decidió dejar de llevarlo “por si acaso”.
Quizás sea una superstición, o un consuelo, o un simple “estaban verdes”, pero al menos me consuela pensar que todo lo malo, por poco malo que sea (aunque emocionalmente me ponga triste), va a conllevar algo infinitamente mejor a cambio. Lo mejor es que, normalmente, ocurre.
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Etiquetas: comic, Conociéndome, Josema, Leo, Momentos de gloria
lunes, 25 de enero de 2010
AL SEÑOR ALEMÁN ME LO CARGO SÍ O SÍ

En algún momento del verano pasado, quizás durante el concierto que vimos en Viena, se nos ocurrió a mi marido y a mí (tanto monta, monta tanto) que, dado que la ilusión de la vida de mi madre era ver algún día en directo el concierto de Año Nuevo en Viena, podíamos regalarle las entradas y el viaje un año de estos por aquello de que hoy es hoy y de que a pesar de todas nuestras diferencias (sobre todo respecto a la limpieza y mantenimento de la casa), la queremos. Así que a la vuelta del viaje, todavía más animados cuando, al contarles el conciert
o que habíamos visto, mi padre comentó “¿Quizás tu madre se conformaría con esto?”, me dediqué a informarme sobre precios, horarios, y, sobre todo, como conseguir las entradas para dicho concierto.
Aparte de los precios, que me dejaron con la mandíbula desencajada (700 euros por butaca?????), la principal dificultad estaba en que, dada la gran demanda de (ricachones) que querían comprar entradas, estas se adjudicaban por riguroso sorteo. Esto es, tenías que apuntarte en una lista de espera para ver si tenías la oportunidad de gastarte una pasta en las entradas correspondientes. El plazo se abría unos días en enero, y en Marzo te contestaban diciendo si tenías derecho a pagar el pastón o no. Y encima agradecidos, oigan.
Bueno, un año es un año, y la ilusión de la vida de una madre vale la pena, así que decidimos que este año lo intentaríamos, a ver que pasaba. Y lo apunté en algún rincón de mi cerebro y me dije “En enero lo miraré”. Sin decirle nada a mi madre, por supuesto. Queríamos que fuese una sorpresa.
Y en enero, concretamente ayer día 24, domingo, mientras mi madre me enseñaba unas fotografías de Brujas que le habían mandado por email, me acordé. ¡Mierda! ¡El sorteo del Concierto de Año Nuevo!. Con todo el sarao del cambio de trabajo y esas cosas, no me había ni acordado de mirarlo en todo el mes. Así que me cambié el anillo de dedo para que lo primero que hiciese al poner el ordenador al llegar a casa fuese mirar la página de la Filarmónica de Viena y apuntar, rápidamente, todos los correos electrónicos que me permitiese el sistema y la dirección IP para tener el máximo de oportunidades posibles.
Así que dicho y hecho, llego a casa por la noche, abro la página y leo “El plazo es del 2 de enero al 23 de enero”. Por un momento, mirando un calendario equivocado, creo tener una mínima esperanza: “Hoy estamos a 23, ¿no?” “No”, me dice Josema. “23 fue el sábado. Hoy es 24”.
Desilusión, cabreo conmigo misma y desesperación. Por más que miro y remiro la página, los muy puñeteros lo tienen bien calculado: si había algún enlace para apuntarse, ya lo han borrado. Se me ha pasado… ¡por un puñetero día!
Y me siento estúpida, cabreada y con ganas de darme yo misma de collejas, porque ahora, hasta el año que viene, no tendremos otra oportunidad de intentarlo (ni siquiera de conseguirlo, solo de intentarlo) y todo por mi maldita cabeza despistada monotarea que sólo puede estar pendiente de una cosa a la vez: en este caso, el cambio de trabajo…
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Etiquetas: desahogos, preocupaciones
domingo, 3 de enero de 2010
FELIZ GUARRO VIEJO
Este fin de año nos hemos ido al Monasterio de Boltaña, por hacer algo diferente. Ha sido una pequeña escapada familiar, Josema, Leo y yo solicos. Cena (exquisita, y con una orquesta bastante buena) y baile (con una discomovil que nos aguó la noche porque sólo sabían poner pachanga y además de la cutre). Luego desayuno, visita al pueblo, hora en el spa (muuuuuuy pijo, los baños Japoneses y los de Budapest nos han acostumbrado a cosas más naturales) y visita nocturna al precioso pueblo de Ainsa, donde los efectos del agua a presión se hicieron notar en mis cervicales y casi se nos fastidia la fiesta.
A la vuelta, como Leo se había quedado chafado porque no nos nevó, dimos un rodeo y encontramos algo de nieve, y vimos algunas de las maravillas del Pirineo como el Collado de las Hadas o el precioso pueblo de Roda de Isábena. Pero la guinda del pastel la puso el retorno a casa: nuestros maravillosos vecinos habían celebrado su fiesta de Año Nuevo el día anterior (o quizás la de Nochevieja, a saber), habían sacado la bolsa de la basura al rellano con sus correspondientes restos de pescado y marisco que, dos días después, olían que apestaban, y por supuesto, pasaban olímpicamente del tema.
No era la primera vez que lo hacían: si algún día no había recogida de basuras por ser festivo (como este caso) y se les ocurría dejar la bolsa en la puerta, ahí se quedaba hasta que al día siguiente por la noche la recogía el portero. Unas navidades incluso dejaron TODOS los cartones de TODOS los regalos de los nietos, que no se podía ni pasar de la escalera a nuestra puerta, y pese a que les llamé la atención, ahí siguieron todo el puente. Pero al menos eran cartones: la impresión que daban (encima esa noche vinieron a cenar mis suegros y tuvieron que apartarlos todos para pasar) era pésima, pero no olían mal.
A pesar de que había luz en su casa, llamé a la puerta varias veces y nadie me respondió, así que al final les pasé una nota por debajo de la puerta. La nota decía que dejar la bolsa con pescado podrido durante tres días era antihigiénico y que por favor, la bajasen al contenedor o daría parte a Sanidad. No la firmé, es cierto. Pero al día siguiente cuando salimos de camino a casa de mis padres la bolsa seguía ahí (daba arcadas cada vez que abrías la puerta) y oí como cuchicheaban al otro lado, así que llamé al timbre. No les quedó más narices que abrirme. Cuando les comenté que si no iban a bajar la bolsa al contenedor se me pusieron como fieras diciendo que si les había mandado un anónimo, que si patatín que si patatán. Pero ¿qué tonterías dices de anónimo, si ahora estoy dando la cara, gilipollas? Y si ayer no te dio la gana abrir, no me vengas con historias. En fin, malas caras, malos modos, y por supuesto, y a pesar de que el hijo, que pudo poco, pudo mucho, me dio con la puerta en las narices, aseguró que sí, que sí, que luego la bajaba al contenedor, cuando volvimos por la tarde la bolsa seguía ahí, apestando todo el rellano. Solo desapareció cuando la recogió el portero (porque según ellos, es que ese es su trabajo y para eso le pagan, va a ser que tiene que venir el hombre después de las uvas por capricho de unos guarros que se las dan de señoritos), dentro de su horario habitual de trabajo, por supuesto. Sobre todo seriedad.
En fin, un comienzo de año de lo más prometedor. A pesar de que me quejé a la Comunidad de Vecinos, me dijeron que poco se podía hacer, excepto comunicarles la queja. Pues que se la comuniquen, porque a partir de ahora y vista su actitud, cada vez que vea una bolsa suya en el rellano lo voy a pregonar a todo el vecindario. Aunque imagino que de poco servirá – a mí se me caería la cara de vergüenza, de hecho, si algún día saco la basura un poco tarde y me la encuentro al día siguiente en la puerta cuando voy a trabajar, me pongo como un tomate y la bajo corriedno al contenedor. Pero claro, hay gente que no sabe lo que es eso de la vergüenza. Ni el respeto, ni la educación. Aunque claro, a lo mejor tampoco saben lo que es un esternocleidomastoideo o un ornitorrinco. Vamos, que su coeficiente intelectual llega a dos cifras de pura casualidad. Si no no se explica…
Publicado por Sonia en 19:09 0 comentarios

