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viernes, 15 de noviembre de 2013

TODO ME RECUERDA A TI



Que soy una persona acumuladora y coleccionista, todo el que me conoce lo sabe. Mi casa se acerca peligrosamente a la de un enfermo de Síndrome de Diógenes y a veces me pregunto si no sufriré yo misma esa patología. Cierto es que con la edad (y la necesidad) me resulta un poco menos difícil deshacerme de según qué cosas que cuando era adolescente, pero todavía me cuesta.

Y me he dado cuenta de que no es por su valor económico.

Es por su valor sentimental.

Estamos hechos de recuerdos, leí en algún sitio, y lo creo firmemente. Somos nuestras experiencias, nuestra memoria, y por ello enfermedades como el Alzheimer, que te las roban, me dan tantísimo terror. Por eso los finales de historias en los que el protagonista pierde la memoria me parecen mucho más dramáticos que la muerte (¿La cuarta Temporada de Doctor Who, por ejemplo? ¿Ese videojuego del que hablaba en mi entrada anterior?). Por eso siempre lloro cuando veo “50 primeras citas” y me doy cuenta de que el protagonista reconstruye a su amada TODOS los días cuando le ayuda a recordar… Cuando perdemos nuestros recuerdos, dejamos de ser quienes somos, perdemos lo que nos hace ser así.

Escribir me ayuda a no perder esos recuerdos, pero aún así me doy cuenta de que poco a poco se van diluyendo, se pierden, y me duele. De hecho, me estaba planteando hacer el Desafío rolero que muchos amigos están haciendo en sus blogs, y hay algunas preguntas que realmente no sé cómo contestar: hace más de 20 años que juego a rol… y los detalles, los personajes memorables… se van yendo… ¿Cómo decían en Blade Runner? Cómo lágrimas en lalluvia…



Entonces es cuando comprendo porqué muchos objetos tienen tanto valor para mí.

Sin ir más lejos, y mirando a mi alrededor, aquí en el despacho dónde estoy robando tiempo de mi trabajo
para escribir esta entrada… La botella de agua que reciclo y traigo conmigo todos los días en mi infructuoso intento de perder algo del peso ganado todos estos años vino desde Hong Kong hace tres años. Cada vez que la miro, recuerdo la última mañana de aquel viaje, recorriendo las callejuelas de esa ciudad, los puestos de comida, las numerosas tiendas, la gente… el calor que hacía que tuvieramos que comprar agua en todas partes. Sí, es una botella práctica, con tape en forma de vaso, y por eso la guardé. El recuerdo es un valor añadido.

Otra mirada a mi alrededor, y veo la neverita USB que me regalaron mis antiguos compañeros del Royo Villanova. Ya no funciona bien, y por eso no la utilizo, pero me vienen a la cabeza las personas maravillosas con las que compartí tantos momentos, y me trae una sonrisa, haciéndome más agradable la mañana. Sonia, Ana, Arancha, Carlos y los demás vuelven por un momento a estar conmigo, y eso no tiene precio, como dirían en aquel anuncio.

Miro otra vez, y veo la bolsa de tela en la que suelo traer la botella de agua y otros trastos. La compré en Vietnam, en el viaje que hicimos para conocer a una de las personas que ahora mismo más quiero en este mundo, aparte de mi familia. Fue una compra casi impuesta, en un pueblecito turístico al que llamamos cariñosamente “El pueblo de las mujeres zombie psicópatas”, ya que desde el momento en que bajabas del autobús te acompañaban como una masa, con sus trajes coloristas tradicionales, y no te dejaban hasta que no les comprabas alguna pieza de artesanía. Fue una experiencia agridulce, porque me hizo preguntarme si esas mujeres, que estaban como en un zoo (eran una etnia protegida), no tendrían otra aspiración en la vida que vivir en un pueblo atascado en la edad media solo para servir de atracción turística, y sobre todo me preguntaba si los niños que veía ahí tendrían alguna oportunidad de hacer algo diferente. Mi amiga Trinh me dijo un día que la actriz que interpreta al personaje de London Tipton en la Serie Hotel Dulce Hotel pertenece a esa etnia, pero el caso es completamente distinto.

Compré ese bolso, sin mucho interés, pero ahora ya veis cuantas cosas me pasan por la cabeza cada vez que lo veo. Incluyendo una sonrisa recordando los días que estuve en persona con una de mis mejores amigas. Quizás nunca más vuelva a verla, pero gracias a ese trozo de tela, atesoro su recuerdo.

Podría seguir: el pequeño estuche donde guardo los pendrives, regalo de nuestros amigos Mabel y Damián. El trofeo del concurso de fotografía del Royo Villanova. El broche de muñequita de fieltro que llevo en la bata, regalo de mi cuñada. Los cuatro anillos que siempre llevo puestos, cada uno un momento de mi relación con José Manuel…

Y esto es solo lo que tengo aquí, conmigo, en el pequeño despacho dónde trabajo…

Os podeis imaginar como es el resto de mi casa.

jueves, 7 de noviembre de 2013

BIEN ESTÁ LO QUE BIEN ACABA...

...dicen que dijo Shakespeare…

En cualquier caso, es cierto que a mi siempre me han gustado los finales felices, y que un final amargo (sobre todo si no aporta nada) me puede estropear una buena historia. Por eso le he cogido manía a películas como “Un puente hacia Terabithia”. Pero también reconozco que un buen final es un buen final, y a veces para conseguir eso, no puede ser tan feliz.

La cosa es que conseguir un buen final no siempre es fácil, y eso lo veo mucho últimamente en los videojuegos. Bueno, y en las historias, y hasta en las entradas de este blog, que nunca sé como acabarlas, pero esta entrada es sobre videojuegos.

Ya habéis visto que en este blog se habla a menudo de ellos, y es que para mi los videojuegos son una forma más de contar historias, con el aliciente de que las vives casi en primera persona. El caso es que, igual que algunos juegos como el muy recomendable Bioshock Infinite tienen finales estupendos y sorprendentes, me ha pasado varias veces que un videojuego que estaba disfrutando enormemente me deje como al del chiste del pingüino con un final brusco, mal pensado, o que simplemente no termina de cuadrar con la historia.Ya me pasó con el Tomb Raider Underworld, que se suponía que explicaba muchas de las interesantes cuestiones que se plantean en Legend, o con otros juegos que tras una buena historia terminan en plan “Chis-pun” y dices “¿Y ahora qué?”.

Curiosamente, uno de los finales de videojuego que más polémica han llevado, el de la saga de Mass Effect, no me ha afectado tanto como otros. Quizás es que desde el momento en que oí que el tercer juego iba a ser el último yo ya me había hecho a la idea de que el protagonista tenía que morir (tampoco es que fuera un drama. Ya muere al principio del segundo juego, y lo “resucitan”, en una maniobra un tanto extraña e innecesaria para el argumento), o quizás es que mi familia y yo somos más listos que la media, ya que las principales quejas eran que las decisiones no contaban (qué poco debe haber jugado esa gente a la desafortunada segunda parte de la saga Dragon Age, porque ahí sí que se pasan todas tus decisiones por donde yo te diga), y que el final era difícil de entender, cosa que nosotros entendimos desde el principio. De hecho, Leo no tuvo el menor interés en jugar la versión “ampliada” del final que Bioware desarrolló a raíz de la gran cantidad de quejas porque para él (y para nosotros, todo sea dicho) no aportaba nada que no hubiésemos entendido la primera vez que lo jugamos. Aunque personalmente, y por lo que veo en los foros que frecuento (principalmente Deviantart y ese agujero de fanáticos que es Tumblr), creo que la principal queja venía de las fangirls (si, desgraciadamente en su mayoría mujeres, aunque quizás sea porque mujeres son las principales personas que sigo en esos foros) que se quejaban de que si su Shepard moría, no podría ser feliz forever and ever con su amorcito.

A ver. Estás leyendo a la persona que se “construyó”, a base de walkthroughs, el que para ella era el mejor final posible para su personaje en su juego favorito, Dragon Age Origins. La que se hizo su propio PJ después de que Josema sacrificara a la que habíamos jugado entre los tres, porque esa escena le partió el corazón y quería un final más feliz para la suya. Pero ese es MI final, el que yo elegí, y jamás me atrevería a decirle a nadie que el mío es mejor que el suyo.

Pero con Mass Effect no pasaba eso. De las tres opciones finales en el juego, solo en una el protagonista tenía una posibilidad de que, en una escena final, apareciera una imagen de su pecho respirando.


Las fangirls se aferraron a eso: Su Shepard sobreviviría. Sobreviviría aunque eso significase elegir la opción que condenaba a dos razas a la destrucción total y a todas las demás a un retraso tecnológico del que les costaría siglos salir, si no milenios.

Y claro, como se sentían culpables, empezó a correr por ahí una “teoría de la adoctrinación” según la cual si elegías cualquier otro de los finales, que suponían la muerte física del cuerpo del protagonista, era porque los malos de la historia te habían lavado el cerebro.

Y eso es lo que me parece indignante. Que quieran imponer su versión de la historia.

A mi me encantan los finales felices. Me encantaría que el protagonista de esta historia se quedase por siempre jamás con su amorcito. Pero a veces, el protagonista tiene que sacrificarse por el bien de los demás. Y eso es correcto. Tan correcto como ser egoísta por una vez. Quizás más.

Y nunca entendí porqué tanta angustia, porqué tanta polémica, por qué tanto odio y tanta presión. Bioware había hecho cosas mucho peores que el final de Mass Effect 3 *coughDragonAge2cough*. Ningún final era perfecto, por supuesto. Pero esa era la gracia. No podía haber un final mejor que otro, porque entonces, todos cogerían el mismo. Todos tenían que tener pros y contras.

Al final la empresa cedió a la presión. Creó un final extendido, intentando explicar las cosas. En su honor diré que no se vendieron a las quejas del todo. Demostraron que los otros dos finales no eran malos (explicando lo que algunos ya habíamos entendido desde el principio), pero no los cambiaron, ni dieron la razón a los que hablaban de lavados de cerebro. Y con el tiempo, la polémica, como tantas, se ha ido diluyendo.

Pero me voy del tema. Toda esta larga charla sobre finales, en realidad, era para hablar de otro juego.

Al poco tiempo de esta polémica, cayó en mis manos “Las Cadenas de Satinav”, de la saga alemana “Schwarzen Auge” (conocida como TheDark Eye en el ámbito anglosajón).

Voy a alargarme más, porque quiero hablar de esta saga. Los roleros de pro quizás conozcan el juego original. Yo desde luego lo conozco a través de mi marido, a quien dudo que alguien supere en la cantidad de juegos de rol de todos los paises, culturas y hasta idiomas que colecciona. Se trata de un entorno de fantasía que en Alemania ha superado en ventas al clásico D&D desde siempre y que sigue sacando suplementos a un ritmo imparable. Me ha sacado de muchos apuros a la hora de regalarle cosas a mi marido en cumpleaños y aniversarios y eso que él no sabe alemán (y en inglés solo existe el libro básico y poco más). Así que imaginaros si es un mundo rico e interesante.

A pesar de los libros, cuando yo empecé a encariñarme de ese mundo fue cuando Josema se hizo con un juego de rol de ordenador llamado Drakensang y del que creo que ya he hablado alguna vez. Era la primera vez que yo veía un juego así de verdad (yo solo solía seguir los de aventura tipo Tomb Raider) y poder crear tu propio personaje (aunque fuera con limitaciones) y vivir la historia tú mismo era toda una experiencia. Con ese juego cogí la costumbre de compartir con él las decisiones de su personaje (una elfa pelirroja), y para mi cada vez que dedicaba un rato por las tardes del fin de semana a jugar en casa de mis padres, que era donde teníamos un PC para jugarlo (no había versión de Mac) era un acontecimiento. De hecho, cuando Dragon Age lo desbancó, al principio para mí fue un drama.

Me encariñé mucho de los personajes, sobre todo esa amazona Tulamida, Rhulana, que acabé customizando como muñeca de resina, la encantadora ladrona pelirroja Gladys o el enano adorable y cascarrabias Forgrimm. O quizás esos tres son los que más recuerdo porque llevándolos en el grupo nos deleitaron con el mejor combo de comentarios (cada vez que seleccionabas a uno de ellos para el combate soltaban una frase al azar) que he visto en mi vida:

-         Rhulanna: “Por Rondra!” (La diosa de las amazonas)
-         Forgrimm: “Por Ardo!” (el amigo muerto cuyo asesinato estamos investigando)
-         Gladys (con su voz cantarina y adorable): “Por supuesto!”

Así que cuando me recomendaron este nuevo juego, aunque el estilo de juego no era de rol y el diseño era completamente distinto, supe que tenía que jugarlo (o, en mi caso, ver a alguien jugarlo, que, como de costumbre, fue Leo).

Se trataba de un juego de “Point and click” (o sea, de señalar con el ratón y seleccionar), al estilo de maravillas como el clásico “Monkey Island”. Un tipo de aventura que me encanta, porque no suele haber combates y nunca tienes que actuar contra reloj, por lo que no me estresan nada. Si a eso le añadimos una banda sonora bellísima, y que el diseño y los dibujos, completamente hechos a mano, eran de una belleza y una inocencia de cuento de hadas impresionante, la verdad es que me enamoró desde el principio. Es cierto que tiene algunas animaciones cutres (como la escena del beso), y que es un estilo de juego que puede que no guste a muchos… pero al poco rato la historia ya me tenía enganchada y los personajes ya me habían enamorado a pesar de (o quizás precisamente por) sus muchos defectos.

Por lo que el final me dejó devastada.

A pesar de que me lo veía venir desde el principio, y de que en realidad, era la única forma de que la historia acabase “bien”, el final me destrozó. Me tuvo toda el fin de semana ansiosa e incluso me hizo soltar alguna lágrima cuando pensaba que nadie me veía, recordándolo.


Y es que me había encariñado tanto de la pareja protagonista y de su historia de amor que lo que les ocurre al final, me rompió el corazón en pedazos.

(Aun así, masoquista que es una, el regalo de Navidad de ese año que le pedi a Josema fue la edición coleccionista del juego. Para tener una copia física y todos los dibujos y los extras posibles del juego, aunque estuviera en alemán. Decisión reforzada cuando descubrí que una de las artistas de Deviantart con las que mejor me llevaba esos días había participado, aunque solo fuera un poco, en el desarrollo del mismo).

Así que cuando hace escasamente una semana me dijeron que había salido una segunda parte, "Memoria" en la que parte de la trama consistía precisamente en la aventura que los protagonistas vivían para arreglar ese amargo final… bueno, había que verla.

Malditos desarrolladores de Daedalic, en su amor por los finales agridulces, de nuevo el final no era perfecto. Encima en este caso, a pesar de ser un juego muy lineal, teníamos dos opciones: conseguir su meta, o renunciar a ella y no reparar nada… opción que a lo largo del juego (e intentando no hacer spoilers) tenía cierto sentido. Porque conseguir su meta no dejaba las cosas como estaban antes de que ocurriera su desgracia.

Tenían que empezar de nuevo.

Y bueno, eso restauró un poquito mi corazón. Con superglue, y viéndose las grietas, pero al menos… he podido elegir.

Y ahora entiendo… un poquito, solo un poquito, a las fangirls de Mass Effect y su forma de llevar el drama. Sigo sin entender esa presión para cambiar el final…

Pero entiendo la angustia y el dolor que algunas sentían. Porque sí,estos malditos videojuegos…estas malditas historias…

…te parten el alma.

domingo, 29 de agosto de 2010

LA CULPA FUE DE JACKIE CHAN





Dije en una entrada anterior que siento especial cariño (dentro del cariño que se puede sentir por alguien a quien en realidad no conoces de nada) por el actor chino Jackie Chan. Sin ser fan acérrima de sus peliculas, no puedo evitar sentarme ante la tele cuando empieza una de ellas, y a menudo me engancha más que otras películas de mayor categoría, sobre todo las de su época más auténtica, cuando filmaba con pocos medios y muchos porrazos en su ciudad de origen, Hong Kong.

Una de sus últimas películas de esa época, no sé si antes de su éxito en Hollywood, pero desde luego todavía rodada en Hong Kong y a la vieja usanza, es “El Supercop”. Con ese título, quizás no se pueda esperar una gran obra del séptimo arte, pero por algún motivo esa película se quedó grabada en mi cabeza. Sobre todo unas escenas al final de la misma, con una pelea en el tejado del Centro de Convenciones de dicha ciudad, desde donde se veía todo el paisaje de la misma, plagado de hermosos rascacielos que no tenían nada que envidiar a la mismísima Nueva York. Fue viendo esas escenas cuando me prometí a mi misma que si algún día viajaba a China, una de mis metas sería Hong Kong.

Como digo a menudo, soy afortunada, porque la he cumplido. Estas vacaciones, de forma un tanto precipitada, nos hemos embarcado en un viaje que hacía años que queríamos hacer. Un viaje que empezó siendo de bajo presupuesto y que casi duplicó su precio cuando decidimos añadir un par de días extra en Shanghai y la extensión a la ciudad de Hong Kong, de lo que no me arrepentiré en la vida porque fueron las dos experiencias más fascinantes de un viaje ya fascinante de por sí.

Y durante todo el tiempo que recorrimos la ciudad de Hong Kong, una amalgama de culturas con la fascinación de oriente y el progreso de occidente, que podría perfectamente haber estado sacada de la película Blade Runner, mientras buscábamos la tienda de Lego que destrozaban en la pelicula “El Supercop”, nos admirabamos de la inmensidad de los rascacielos o del interior del Centro de Convenciones, sentíamos perdernos el espectáculo de luces de la bahía que anularon como señal de duelo por el atentado en Manila, veíamos pasar esos estrechos tranvías de dos pisos que a duras penas caben por debajo de los enormes carteles luminosos que cruzan de un lado a otro de las calles en la zona comercial de Kowloon, pero sobre todo, cuando vimos su nombre en el paseo de las Estrellas (un paseo lleno de huellas de manos de actores y directores chinos, al más puro estilo Hollywood), no pude evitar tararear, al ritmo de los ya casi olvidados Gabinete Caligari, “La culpa fue de Jackie Chan”…

sábado, 10 de julio de 2010

FAME



Lo sé. Estoy desaparecida. Y gran, grandisima parte de la culpa la tiene mi nuevo trabajo, pero no es la única. Desde la entrada del 19 de abril, la que estais cansados de ver en mi blog desde hace varios meses, me he vuelto adicta. Y no a los videojuegos, ni a cierto videojuego en concreto, aunque también éste sea otro culpable a señalar, pero no por el tiempo que pueda pasar jugando (que es, creedme, más bien poco), sino adicta a Deviantart.

Deviantart es una página para que los artistas muestren sus trabajos en cualquier campo. Allí puedes encontrar desde el típico niño de 14 años que postea los garabatos que hace en clase hasta artistas consagrados como Adam Hughes. Mi marido lleva años navegándola, y descargándose maravillosos dibujos que luego utiliza como fondo de escritorio, o simplemente como referencia para sus partidas de rol o para cualquier otra cosa que imagine. Nunca se creó una cuenta en la misma, pero como conté hace casi dos años, las navidades en las que me regaló la tableta gráfica decidió añadir a su regalo una cuenta de Deviantart para mí, para que yo subiera a la misma mis dibujos.

Pero en todo ese tiempo yo apenas le hice caso a dicha cuenta. Y es que aunque toda mi vida me ha gustado dibujar, los diversos “tozolones” que he recibido me hicieron perder el interés. Luego, como dicen, la vida tuvo otros planes, y al final abandoné casi completamente el dibujar a favor de otros hobbies como los juegos de rol, los muñecos o, simplemente, relacionarme con otras personas a través de los foros de internet.

Supongo que todo influye. Cuando yo era niña, me podía pasar horas muertas dibujando. Dibujaba sobre todo en clase, porque si hay algo que no he dejado de hacer, es abocetar etereas damiselas mientras escucho hablar a otras personas, siempre que tenga un boli y un papel a mano. Es algo que sale de mi interior sin poder evitarlo, ni siquiera pienso lo que dibujo (es más, si intento pensarlo, entonces no me sale), y lleno las hojas de caritas de mujer, algunas mejor hechas que otras, mientras juego a rol o mientras estoy en reuniones de trabajo. En ese sentido, creo que moriré con el lápiz en la mano.

En el colegio esa era una de las cosas que te hacían popular. A los profesores, los que me conocían bien, no les molestaba, porque sabían que yo atendía igual en clase (mis notas lo demostraban), y alguno incluso llegó a ofrecerme algún proyecto, como el comic sobre la historia de la Filosofía que nunca se materializó. A los compañeros, sobre todo los más pequeños, les volvía locos. Me pegaba todo el viaje de vuelta a casa en el autobús haciéndoles dibujos sobre los personajes de las series de moda (a veces me tocaba comprarme un sobre de cromos de tal o cual serie como referencia porque no los conocía), y al mediodia solía ir media hora antes sólo para sentarme en uno de los bancos de la entrada y hacer dibujos a los niños que se quedaban a comer, que hacían fila para conseguir uno de mis garabatos como ahora hago yo fila para conseguir uno de Mike Mignola.

Aquellos eran buenos tiempos.

Con el tiempo, y a pesar de que los adultos insistían en que dedicarse al dibujo no tenía futuro, tuve bastante claro que quería dedicarme a dibujar mis propios comics. Y cuando empecé la universidad empecé también a moverme en círculos más cercanos a mis hobbies, empezando por pequeños concursos organizados por organizaciones de jóvenes como el Cipaj y luego uniéndome a grupos de dibujantes en mi misma situación para publicar nuestras obras en aquellos modestos fanzines que hacíamos a base de fotocopias.

De aquellos fanzines surgió gente que acabó consiguiendo publicar en serio, pero yo no fui uno de ellos.

Desgraciadamente, nunca conseguí el nivel mínimo de calidad que exigían los editores.

Me recorrí salones del comic y editoriales, en España y en Europa, y la respuesta era siempre un “Sigue intentándolo”. Participaba en concursos y a veces incluso me llevaba la alegre sorpresa de llegar a la final, pero nunca ganaba ningún premio.

Con esos pobres incentivos al final mi interés se fue apagando. Mis estudios “serios” (esos que no me gustaban pero hacía “por si acaso”) y mis siguientes trabajos en ese campo; mi relación de noviazgo y luego matrimonio, el nacimiento de mi hijo, me hicieron ir perdiendo el interés, y al final la cosa se quedó en un “fue bonito mientras duró”.

Y a pesar de los muchos intentos de mi marido por incentivarme a coger los lápices de nuevo, ver que estos cada vez me obedecían menos, y solo seguían saliendo las damiselas que dibujaba sin pensar, me terminaron de desmotivar.

Quizás me haya pegado más de 10 años sin dibujar en serio.

Y entonces vino Dragonage y su fandom en Deviantart.

Y es que en la comunidad de artistas de Deviantart, muchos dibujantes aprovechan para subir sus dibujos sobre peliculas, novelas, y, por supuesto, videojuegos… Y en mi adicción por el mismo, y en mi búsqueda de más información, de pronto me encontré con montones de personas que hacían hermosos dibujos y más aún, divertidas historietas, inspiradas en sus experiencias con dicho juego. Y de pronto se me ocurrió una a mí. Y decidí dibujarla. De forma sencilla, sin complicarme la vida. Lo iba a hacer sólo para divertirme, para compartir con gente que iba a entenderla, a reirse conmigo. Y la subí a Deviantart.



El éxito que esa pequeña tontería tuvo me sorprendió enormemente. Recibía montones de mensajes, comentarios, y gente que simplemente, la añadía a sus favoritos. Y pedían más. Y a mi se me ocurrían más. Y las fui dibujando. De nuevo, apenas sin esfuerzo. Si no se me da bien hacer fondos, no hago fondos. Si una postura no me sale, hago otra o la oculto. Solo quiero transmitir mis ideas. Al fin y al cabo, no cobro por ello, me puedo permitir el lujo de trabajar lo mínimo que me de la gana.

Y, como cuando era niña, ahora hay gente a quienes les gusta, comparten su afición conmigo, y más aún, se han compartido en grandes amigos. De pronto me he dado cuenta de que eso es lo que quiero hacer. Disfrutar de algo que me gusta, sin la presión de hacerlo por obligación. ¡Qué suerte la mía!

domingo, 11 de abril de 2010

CABALGANDO DRAGONES


Hace muchos años, cuando estrenaron la versión cinematográfica de “La Historia Interminable”, me pegué mucho tiempo enchochada con esa película. Puede que ostente el record de la película que más veces he visto en cine (creo que llegaron a ser unas 11 veces, contando una que vez que me invitaron a una sesión matinal sorpresa y resultó ser esa misma película), llené la habitación de pósters, me suscribí a revistas alemanas para tener fotografías (que eran escasas en la prensa española), y ante los comentarios de que la película era mala, sobre todo en comparación con el libro, yo la defendía diciendo que sí, que era muy diferente al libro, pero aún así, me gustaba tanto como el mismo (que en su día también me había encantado)… y creo que fue por Fujur y las escenas en las que Atreyu volaba en él.

Durante meses soñaba con cabalgar en un dragón de la suerte. Y es gracioso, porque soy una persona con miedo a las alturas y a la velocidad. Y sin embargo, iba al parque de atraciones, me subía al Twister, cerraba los ojos y pensaba “Voy cabalgando en un dragón de la suerte”. Y era feliz. Todavía lo hago, en realidad.

Fujur sigue siendo parte de mi iconografía adolescente. Fui feliz como una niña pequeña cuando con unos 20 añazos me lo encontré al natural (o al menos la maqueta que usaron en la película) en los Estudios Bavaria de Munich, y cuando este año 2009 hemos vuelto a verlo ha sido como reencontrarme con un viejo amigo. Por supuesto, su versión en peluche se vino a casa en cuanto pasé por la tienda (a veces lo confundo con mi gato, porque tienen exactamente el mismo color).

Así que si aquella vez, viendo una película de los años 80, con efectos especiales tirando a cutres, me sentí así… os podeis imaginar como me sentí el pasado 26 de Marzo, viendo “Como entrenar a tu dragón”, animación por ordenador en 3D de primerísima calidad, paisajes que parecían reales y un dragón con la carita de Stitch y comportamiento felino del que te enamoras cada vez que fija sus enormes ojos verdes en la cámara. La película, como en el caso anterior, apenas es fiel al libro en los nombres de los personajes y ciertas cosas de la linea argumental, pero como el libro no es tan famoso (aunque tiene el honor de haber sido el primer libro “gordo” que se leyó Leo, a la edad de 6 años), quizás el tema no trascienda tanto. A mi, en cualquier caso, no me afecta demasiado. Tengo asumido que el libro y la película son cosas diferentes, y si la película me aporta cosas nuevas, no me importa que cambien el argumento (es curioso, llevo peor que cambien a los personajes que el argumento en sí). De hecho, debo ser la única persona a la que la adaptación de El Señor de los Anillos le dejó fría… Sí, maravillosa, espectacular pero… no me aportaba nada que no hubiera visto ya en mi imaginación cuando leí el libro…

Volviendo a “Como entrenar a tu dragón”, quizás lo mejor de esa película no es tanto lo que cuentan (la historia de siempre del chico diferente que luego demuestra que eso no le hace peor que los demás) sino cómo lo cuentan. Aparte de los medios técnicos, innegablemente soberbios, está un guión ágil, unos personajes carismáticos y creíbles, al menos dentro de la historia de fantasía que cuentan, reacciones que el propio espectador podría tener, gags graciosos, paisajes impresionantes… y un dragón que cualquiera querría tener como mascota.

Así que Desdentao pronto se coló en mi corazón. Hasta el punto que ya hemos ido a ver la película al cine dos veces y no me importaría repetir, si no fuera por esos malditos horarios infantiles. Pero, como en “La Historia Interminable”, cuando realmente decidí que tenía que dedicarle una entrada, fue cuando Hipo cabalga en él por los cielos, con el espectador acomodado en la grupa a su lado. Me dejé llevar, volé, subí y bajé, y me sentí de nuevo como la adolescente que viajaba en Fujur, con esa sensación en el corazón que solo he visto descrita una vez, en aquella escena de Amelie en la que ella acompaña al mendigo ciego hasta la estación de metro, y entonces el corazón de él se ilumina y vuela de la emoción. Yo sentí lo mismo.

Y sé que cuando vuelva a subir en una de esas atracciones moderadas que a mí me gustan, cerraré los ojos, sentiré el viento en la cara, y esta vez, tendré dos cabalgaduras imaginarias para elegir… ¿seguiré fiel al anciano, perruno y sabio Fujur, o me dejaré llevar por el felino, juguetón y expresivo Desdentao?

Elija a quien elija, volveré a ser feliz, porque gracias a la magia del cine y al milagro de la imaginación, me podré permitir el lujo de volver a cabalgar dragones…




Nota: Si echais unas entradas hacia atrás, veréis que, de propina, he actualizado con un par de entradas antiguas. Por si me echabais de menos...

viernes, 5 de febrero de 2010

SI LA ENVIDIA FUERA TIÑA...

Hace algún tiempo comenté la frase del genial Doctor Beik “Prefiero que mis amigos me den envidia a que me den pena”… y estos días ha habido un par de ocasiones que me han hecho volver a reflexionar sobre la envidia.

Yo soy muy envidiosa, no lo voy a negar. Pero quiero creer que mi forma de envidiar es lo que comunmente se llama “envidia sana”. Esto es, cuando alguien tiene algo que a mí me gustaría tener, no le deseo ningún mal a esa persona, sino que me busco la vida para conseguir yo lo mismo o algo parecido. Y si no puedo, pues mira, ajo y agua. Demasiadas preocupaciones hay en la vida para encima darse mal por algo que tiene otra persona.

El caso es que hace un par de días me encontré de refilón, en mi nuevo trabajo, con una compañera del colegio, de cuando yo tenía la edad que ahora tiene Leo. Ella venía acompañar a su madre a una prueba diagnóstica, y yo iba volada porque llegaba tarde a una de mis numerosas reuniones, así que apenas pude cruzar con ella un “¡Hola, ¿qué tal va todo?!” cuando me reconoció. Curiosamente, la reconocí a la primera, apenas había cambiado a pesar de tener 30 años más que entonces, y supongo que si ella también me reconoció, yo también habré cambiado poco. Y la verdad, aunque no era la mejor amiga que he tenido, estuvimos muchos años juntas (desde parvulario hasta los 13 años, en que ella se fue a un instituto público, y yo me quedé en el colegio privado al que íbamos), y eso no se olvida.

A pesar de lo poco que hablamos, luego me sorprendí dándole vueltas a muchos recuerdos comunes. Como vivíamos muy cerca la una de la otra, muchas veces iba a su casa a hacer trabajos del colegio, o incluso a jugar. Y recuerdo que, a pesar de que mi abuela solía decir que ella me tenía envidia a mí y que no era realmente mi amiga, yo le envidiaba tres cosas. Sólo tres cosas, pero que fueron mi espinita hasta que las conseguí: una, el comic de “Invasores del Cuerpo Humano” del que no sé si hablé hace unas entradas. Otra, una casita de muñecas que ella tenía, que a mi me parecía enorme, con la que pasábamos las horas jugando, y que creo que fue, también, la culpable de que no haya parado hasta tener una. Y la tercera, la Enciclopedia de El Mundo de los Niños, que nos ayudó en muchos trabajos escolares, que me fascinaba por sus portadas que, juntas, formaban un arco iris, y que al final, también conseguí en un rastrillo benéfico.

Nunca le guardé rencor por haber tenido esas cosas antes que yo, es más, siempre agradecí haber aprendido que existían gracias a ella. Eso sí, la envidiaba, claro que sí. Yo también las quería. No tengo muy claro si eso es realmente malo.

Curiosamente esa tarde, cuando fui a buscar a Leo por la tarde, nos embarcamos en un tema similar. El pobre Leo anda teniendo problemas en clase. Sus compañeros se meten con él y creo que, como me pasaba a mí a su edad, no tiene amigos de verdad. Me sorprendí a mi misma diciéndole lo que mis padres me decían a mí y yo nunca me creía: eso es que te tienen envidia. Y lo gracioso es que ahora sí que me lo creo. Porque lo he visto. Y porque me consta que muchas cosas de la vida de Leo son envidiables… sus viajes, las cosas que comparte con nosotros, la información que recibe de la tele (debe ser el único niño que cuando se aburre de los dibujos animados solicita que le pongan Discovery Channel o el Canal Historia), su relación con algunos profesores… incluso el hecho, cada vez más raro en nuestros días, de que sus padres no nos hayamos separado…

Y él, en su inocencia, como me pasaba a mí con mi amiga de la infancia, va y me confiesa que él envidia a su amigo Pedro, porque tiene algunos de los juguetes de Lego que él no tiene… y yo me sonrío, porque sé que su envidia, como la mía, no es de la mala, sino que conlleva un mensaje subliminal: “Jo, mamá, comprámelos a mí también”

lunes, 1 de febrero de 2010

QUIEN TUVO, RETUVO

La verdad es que ya me vale. Las pasadas navidades pedí expresamente como uno de mis regalos el nuevo disco de Spandau Ballet, Once More. Y conforme lo recibí, me lo eché al bolso con la intención de ponerlo algún día en el coche, pero lo fui dejando, lo fui dejando, básicamente porque, como todos los temas excepto dos eran los clásicos de siempre, no tenía ninguna prisa en oirlo.

Pero en el camino de vuelta desde Angouleme, 6 horas de coche, daba tiempo a escuchar mucha música, así que al final me decidí y los pusimos. Y me quedé muda de la sorpresa.
El caso es que en el disco ya ponía que eran “nuevas versiones”, pero yo ni lo había leído (hay que leer más!)… Y sí, eran nuevas versiones, más suaves, más intimistas. Temas como With The Pride acompañado solamente con una guitarra española ponían los pelos de punta, y los temas antiguos como To Cut A Long Story Short y Chant Nº 1 tomaban una nueva dimensión y ganaban, al menos para mi gusto, calidad y belleza a raudales.



La verdad es que me sentí tonta por no haberlo escuchado antes, pero lo disfruté como pocas cosas. Volví a recordar porqué habían sido mi grupo favorito durante tanto tiempo, y recuperé la ilusión por el concierto del próximo 12 de Marzo. Como bien dicen, quien tuvo, retuvo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

DOS GENIOS

No soy fan de Queen, pero poco a poco sus canciones se han ido metiendo en mi vida y de pronto van entrando, despacito y sin hacerse notar, en la lista de mis favoritas, y me doy cuenta de que hace 18 años se perdió un genio, una voz única, uno de los pocos famosos a quienes la muerte, en vez de convertirlo en un mito, ha reafirmado el talento que ya se le adjudicada y ha hecho, sobre todo, que le echemos MUCHO de menos. A Freddy Mercury lo descubrí relativamente tarde, gracias a mi amigo Santi, y lo perdí a los dos años de haberlo conocido. De pronto canciones como The Show Must Go On adquirían otro significado y me ponían los pelos de punta cada vez que las oía.

Y este año, otra amiga (sí, los amigos valen un mundo), al día siguiente del aniversario de su muerte, me hace llegar esto:



Y creo que el mejor homenaje que puedo hacerle al maravilloso Freddy Mercury es el del legado de otro genio, Jim Henson, el único famoso cuya también prematura muerte me hizo llorar.

Va por los dos. Espero que estéis en el mismo sitio al que vaya yo cuando me muera porque sin vuestras obras, el Paraíso no podrá llamarse Paraíso.

martes, 3 de noviembre de 2009

DIOSES Y MONSTRUOS

Ya hemos vuelto del fin de semana, y Leo ya celebró su cumpleaños. Parece que los múltiplos de 5 tienen que ser especiales, cuando cumplió 5 nos lo llevamos a Disneyland Paris y ahora que ha cumplido 10, la escapada ha sido a Port Aventura. Que ambos parques tengan durante estos días temática de Halloween ayuda e incentiva.

Sé que hay quien está en contra de esta fiesta, por considerarla importada de Estados Unidos. Otros defienden que ya se celebraba en otros sitios. Ni tanto ni tan calvo: en prácticamente todas las culturas occidentales se ha celebrado de una u otra forma la noche del 31 de Octubre, como se ha celebrado la del 24 de diciembre o cualquier otro Solsticio o Equinoccio... Son fiestas relacionadas con los astros, con la cosecha, con el fin y el comienzo de las estaciones, y la única diferencia está en la forma de celebrarla. En España es una fecha triste, de luto, de ir al cementerio a acondicionar las lápidas de nuestros antepasados (alguna vez hay que hacerlo, así que está bien que haya una fecha que nos lo recuerde) y de ver Don Juan Tenorio por la noche en la TV. En México hacen fiestas coloristas que de niña me aterraban por estar llenas de esqueletos. Y en Estados Unidos disfrazan a sus niños y los mandan (en los barrios residenciales) a las casas de los vecinos a buscar chucherías bajo la amenaza de “¿Truco o trato?” Y digo yo, ¿tan malo es que a los niños españoles, hartos de ver el especial de Halloween de los Simpson en agosto, les apetezca hacer algo divertido para variar? Mientras no perdamos nuestras costumbres, yo no tengo ningún reparo en adoptar otras, siempre que aporten algo bueno y divertido a nuestras vidas. Como Papá Noel y los Reyes Magos: a mi casa, donde todo el mundo es bienvenido aunque no quepa demasiado bien, vienen los dos.

En cualquier caso, Leo no tiene la costumbre de disfrazarse para Halloween, pero para el año de Disneyland nos apuntamos a la fiesta nocturna y aunque no hubo “Truco o trato” nos disfrazamos los tres. Bueno, si a lo de Josema se le puede llamar disfraz (lo llames como lo llames, fue el que triunfó de los tres). Leo con un fantástico disfraz de Tiranosaurio que le compré en eBay para la ocasión. Yo con un disfraz de Maléfica, la mala de “La Bella Durmiente”, que mi maravillosa y ahora tristemente abandonada (en el email que no en mis pensamientos) amiga Selenita me prestó, por correo desde San Sebastián, y que aunque un poco corto, me iba como un guante. Y Josema improvisó un disfraz atándose a la capucha del anorak (la noche era pelona de narices, todos llevábamos jerseys debajo del disfraz) un “facehugger” de peluche, de la película Alien, que yo le había regalado hacía poco (y que sinceramente no sé donde para ahora mismo). Como he dicho antes, triunfó, e incluso un pasajero de la atracción de Star Wars pidió (en broma, o eso creo) bajarse de la nave al verle con un “Mademoiselle, j’ai peur!”.


El caso es que este año no había fiesta de Disfraces (en Port Aventura no la hacen), pero a Leo le dio igual. Se le ocurrió una idea genial, y encima, me sugirió una a mí que además era facilísima de poner en práctica. Así que pasamos sábado y domingo en el parque, y el mismo sábado a las 6 de la tarde o así (me parecía un poco excesivo ir todo el día disfrazados) nos salimos al parking a por los disfraces y nos disfrazamos.

Photobucket

El de Leo es una pasada, ¿a que sí? Aunque, como me dijo mi tocaya y compañera de trabajo, los disfraces que elige mi hijo son para gente inteligente. Así, muchos le reconocieron, pero algun(a) gilipollas sin cerebro llegó a preguntar en voz alta si ese disfraz era de Cleopatra.

Photobucket

El mío... bueno, tuvo casi más éxito que el de Leo y la verdad es que dí unos cuantos sustos a la gente. Más sencillo imposible: peluca, kimono (abrochado al revés, por supuesto) y unos guantes del todo a 100. Hasta el Frankestein que encabezaba el desfile de La Parada de los Monstruos se detuvo a darme unas palmaditas en la espalda. Y es que acojonaba lo suyo, mi disfraz...

jueves, 3 de septiembre de 2009

SI NO ESTÁ EN INTERNET, NO EXISTE (2)

No es la primera vez que digo eso, y a las pruebas me remito. Internet me ha permitido recuperar cosas que daba por perdidas, ver fotos de cosas que nadie creía que existían o volver a escuchar canciones o ver videos del año de la polka que pensaba que no conocía más que yo. Hasta descubrir que una serie checa, Arabela, que echaron cuando yo era cría en la TV y que pensaba que nadie recordaba, tiene montones de fans a su alrededor, y hasta un grupo en facebook clamando por su edición en DVD en otros idiomas aparte del checo (en el que ya existe una recopilación, todo sea dicho).

Pues bien, hablando de la Republica Checa, cuando estuvimos en Praga la víspera de mi cumpleaños, vimos en una tienda de marionetas a una chica haciendo bailar a un Pinocho al ritmo del Can’t Touch This de M.C. Hammer. Se formó un corro impresionante, todos aplaudimos cuando terminó, y sentí enormemente no haberme llevado una cámara de video para filmarlo. Pero no éramos los únicos viéndolo, y otra gente sí llevaba cámaras de video, o de fotos capaces de hacer video, o incluso móviles, y como Josema me dijo, seguro que no tardaban mucho en subirlo a Youtube.

Como es lógico, ese no fue el único día que la talentosa tendera hizo bailar a Pinocho, ni la única canción, así que hay como mil Pinochos de Praga bailando en Youtube. Pero el que nosotros vimos fue este:



Bueno, vale. No fue este, lo llevaba una chica y aquí es un chico. Pero por lo demás, fue lo mismo. Pero si quereis ver más, seguid los enlaces...

miércoles, 26 de agosto de 2009

FENÓMENOS MÁGICOS

A menudo me debato entre la racionalización más lógica y la fantasía más desbordante. Una parte de mí analiza todo y duda hasta de la persistencia del alma tras la muerte porque científicamente me resulta inconcebible, y otra parte de mí cree en las hadas (dicen que si dejas de creer en ellas, muere una, y no pienso tener ese cargo en mi conciencia) y tiene auténtico pavor a los fantasmas. Qué quereis que le haga, soy incongruente y bipolar, como tanta gente.

No sé si mi vida ha sido más o menos interesante que la de otras personas, pero he vivido algunos momentos que me hacen replantearme la parte racional, la parte científica y lógica a lo Mr. Spock que es él único rasgo que reconozco en mi de lo que dicen debería ser mi signo del Zodíaco, Virgo. No es que muchos de ellos no tengan explicación científica, que la tienen, pero esos momentos te hacen creer en la magia, de alguna forma.

Hace muchos años, no recuerdo exactamente la fecha, pero debió de ser a principios de los 80, me fui de campamentos con mi grupo de Guías y con mi entonces inseparable y siempre muy querida prima Marga. Aguantamos hasta la visita de los padres – cuando normalmente los campamentos eran momentos de alegría, diversión y cierta independencia de la familia, ese año no sé en que fallaron que, pese a tenernos la una a la otra, mi prima y yo decidimos que no queríamos seguir allí. Así que cuando vinieron mis padres y mis tíos con la caravana y una tienda de campaña de repuesto para pasar el fin de semana con nosotras, directamente hicimos el equipaje, abandonamos el campamento y nos fuimos a pasar la noche con ellos.

Era verano, Junio o Julio, si mal no recuerdo, y creo que llovió, incluso nevó un poco esa noche (las noches en el Pirineo siempre son frías). Al estar con nuestros padres, nos permitimos el lujo de trasnochar y ver las estrellas. Y aquella noche, de luna llena, un arco iris de color blanco cruzó el cielo y nos dejó sin habla.

Podría creer que lo he soñado, pero todos mis familiares allí presentes recuerdan aquel arco iris (técnicamente, no es iris, pero en fin) igual que yo. Y en realidad, tampoco es un fenómeno mágico, aunque nos lo pareciera, sino que parece ser que a veces, en determinadas condiciones atmosféricas, se puede dar. Nos dio igual. Para nosotros, aquello fue una especie de magia.

Recuerdo otro momento similar, en la Bretaña Francesa, en la pequeña localidad de Huelgoat. Bretaña está llena de mitos y leyendas, que por cierto los ingleses han conseguido hacer suyas (parece ser que el mito del Rey Arturo nació allí, y no en la Inglaterra romana como nos quieren hacer creer), y pasamos un verano descubriendo esa parte de la mitología y recorriendo lugares en los que podías respirar la magia de Merlín.

Se supone que en Huelgoat, zona cubierta de enormes rocas de aspecto extraño y rodeada de verdes colinas y lagos, se esconde la tumba del Rey Arturo; o mejor dicho, la gruta dónde reposa hasta que vuelva a ser necesitado y despierte a la vida de nuevo. Llegamos al atardecer, así que poco pudimos explorar, pero tras recorrer rocas y parajes en sombras durante un rato, decidimos parar a cenar una deliciosa crepe en un pequeño café a la orilla del lago. El sol se estaba poniendo, y a la luz rojiza se levantó una suave niebla del lago. La sensación era tan irreal que no nos hubiera sorprendido ver salir a la Dama del Lago de sus aguas.

Cuando recuerdo aquel momento, no puedo evitar volver a recordar esa cita de “La Historiadora” que transcribí en esta entrada. Me muero por volver a la Bretaña, pero seguro, segurísimo, que no volveré a ese mismo Huelgoat mágico.

Este año, mientras recorríamos Centro Europa, me ha venido a la cabeza un recuerdo extraño, confuso, que no sé si es cierto o si lo soñé. Una parte de mí quiere recordar que en Galicia ví el Rayo Verde. El Rayo Verde lo conocí a través de la adaptación al comic de la novela homónima de Julio Verne, y me pareció algo tan mágico y tan hermoso, pese a que según Verne era un fenómeno atmosférico con explicación científica, que lo he llevado siempre clavado de algún modo en mi corazón. Por eso me sorprende no recordar con claridad si lo vi o no. Me parece recordarme obsevando la puesta de sol en alguna de nuestras rutas, cerca de Vigo, y de pronto haber visto el destello, pero en ese caso, ¿por qué no lo recuerdo con tanta claridad como el arco iris blanco o la niebla de Huelgoat? ¿Quizás en realidad lo soñé? No lo sé, y no creáis que no me fastidia.

De lo que no tengo ninguna duda es de lo que he visto hoy en Budapest. No sé lo que era, pero sé lo que he visto.

Íbamos caminando por la que quizás es la calle más turística de esta ciduad, la Vaci Utca, calle peatonal llena de tiendas y de turistas, ya casi al final, donde se cruza con la avenida que va a dar al puente de Elzebeth. De pronto oí el revolotear de un insecto, un sonido extrañamente fuerte, como de un insecto de alas muy poderosas. Mi fobia a los insectos me puso en guardia y mi curiosidad me hizo volverme, y vi un insecto (o eso me pareció al principio) bastante grande que se elevaba con cierta lentitud. Me pregunté qué insecto sería: nunca había visto uno tan grande ni tan raro. Tenía alas como de libélula, pero no volaba en posición horizontal, como una libélula normal (y NO tenía forma de libélula, para nada), sino ligeramente en diagonal, como las mariposas. Era grande, como digo, el cuerpo parecía medir unos 4 cms de largo y las alas, transparentes sobresalían otro tanto.

La curiosidad venció a mi repugnancia y me fijé un poco más mientras lo veía elevarse. El cuerpo, de color gris oscuro, era extraño. No lo pude ver con detenimento, y sólo a posteriori me di cuenta de que tenía una extraña forma humanoide. No era exactamente humana, entendedme... era más bien como el hada insectoide que aparece en “El Laberinto del Fauno”, con la parte infrerior del cuerpo muy delgada que acababa en un par de filamentos que parecían zapatitos.

Lo que quiera que fuese aquello terminó de elevarse y se perdió muy alto por encima de mi cabeza. Fue real, MUY real, y sinceramente, no sé lo que era. Mi parte mágica quiere creer que efectivamente, era un hada. Mi parte racional dice que seguramente era algún insecto que desconozco. ¿Con qué versión os quedáis vosotros?

miércoles, 17 de junio de 2009

BUSCANDO EN EL BAUL DE LOS RECUERDOS

Este mes llevamos intención de reformar completamente el baño del piso, que buena falta le hace, y el lunes nos acercamos a Electrodomésticos Europa, dónde tenemos cierta amistad con uno de los vendedores más veteranos, para mirar muebles y lavabos. Como suele ser habitual en mi agenda, la visita fue infructuosa (“Volved el lunes, que tendremos catálogos nuevos”) y perdimos un buen rato para nada, para desesperación de Leo que se aburría soberanamente.

A la salida Josema propuso dar un paseo, y nos acercamos, después de mucho tiempo (años, en realidad) sin ir, a la librería de viejo que hay cerca de la plaza San Francisco, una de las muchas sucursales de los Hermanos Vidal, especializada en este caso en libros de segunda mano y pequeñas joyas del año de la polka. Salimos de vacío, entre otras cosas porque desde que falleció el hombre que la atendía, un interesante personaje que siempre hablaba en verso, la tienda ha perdido mucho glamour, pero aún así nos demoramos en las estanterías de viejos libros de ciencia ficción, y recordé un par de viejos relatos que me gustaría encontrar.

Por desgracia, tenía pocas pistas sobre ellos. Ambos pertenecían a aquellas antiguas antologías de relatos de Ciencia Ficción que se publicaban allá por los años 60 y 70. Una compañera de mi madre, muy querida por toda la familia, se quedó viuda muy joven, y al parecer su marido era un gran aficionado a ese género, así que allá por los 80, cuando supo que a mí también me gustaba la literatura fantástica, le dijo a mi madre que me iría dejando los libros de su marido para que yo me los leyera. Y yo, que más que leer, devoraba, me leí la primera tanda en un pis pas. Entre ellos hubo dos relatos que me gustaron mucho, así que como ella me había dicho que si alguno me gustaba, me lo quedase, mi favorito se quedó en la estantería mucho tiempo, pero mi madre insistió en devolvérselo, y al final se lo llevó al trabajo. Cuando volví a hablar con la genuina propietaria de dicho libro, ella me dijo “¡Pues si ya te he dicho que si te gustaba alguno, te lo quedases! ¡Si yo no lo quiero para nada!”, y se ofreció a devolvérmelo, ya que todavía lo tenía en la taquilla del hospital.

Pero cuando se lo reclamé, dos o tres veces, a través de mi madre, al final resultó que el libro había desaparecido, y ni para mí ni para ella... me quedé sin aquel emotivo relato, del que solo recordaba el título, “El Pérrido” y una leve sinopsis del argumento, sobre una especie de cánido extraterrestre capaz de teleportarse.

Así que estaba allí, en esa librería, viendo antologías de Ciencia Ficción como aquellas que me dejaba nuestra amiga Presen, y me dije “¿Y si está aquí?”, y empecé a revisar los libros uno por uno. Pero no hubo suerte.

Entonces Josema me preguntó, y yo le hablé de ese relato, y de otro que recordaba en el que Leonardo Da Vinci descubría que la modelo de la Gioconda era una especie de alienígena, que le llevaba a visitar otros mundos y eso hacía que él visitase la luna y la retratase en la Virgen de las Rocas, pero del que no recordaba ni el título ni el autor. Entonces el me retó a mirarlo en Internet, que seguro que estaba, y así lo hice.

Estos dos días he aprovechado un par de ratos muertos para investigar, y esto es lo que he averiguado:

El primer relato, “El Pérrido”, que yo recordaba como un relato para pasar el rato, edulcorado y lacrimógeno, muy al gusto de mis ñoños 16-17 años, fue nada menos que premio Hugo en 1965, y es casi inencontrable. En español ni me lo planteo, en inglés los recopilatorios que lo contienen se ponen a más de 1000 dólares en venta por Internet. Y para descargarlo en formato electrónico las cosas no están fáciles... hay que hacerlo por medio de torrents, que es un formato en el que la verdad, no me he desenvuelto jamás. Genial.

Después decidí ampliar la búsqueda al otro... La cosa se complicaba con este... No sabía el autor, ni el título... Así que tenía que buscar por argumento. Y si das en Google “Da Vinci” y “Science Fiction” las referencias al “Código Da Vinci” eclipsan cualquier otra entrada...

Al final, buscando por “La Virgen de las Rocas”, parece hacerse la luz. Y nunca mejor dicho: “La Luz” de Poul Anderson, es el relato que andaba buscando sobre Da Vinci en la luna. Además, consigo descargarlo en formato doc.

Mi gozo en un pozo cuando descubro que he mezclado dos relatos en uno. “La luz”, en efecto, es un estupendo relato en el que unos astronautas descubren que Da Vinci visitó la luna antes que ellos... pero el relato que yo recuerdo, ese en el que la Gioconda era una especie de extraterrestre (historia de las que a mi me gustan, de romance prohibido entre Mona Lisa y Leonardo, que me tienen hasta las narices con eso de que todos los personajes históricos que no se casaron tienen que ser homosexuales por fuerza), de ese no hay pistas...

Voy procediendo por eliminación, gracias a esta estupenda página en la que reseñan todos los relatos de ficción en los que Da Vinci ha sido de alguna forma protagonista o parte importante, y tras eliminar todos los relatos posteriores a 1975 (el recopilatorio tenía que ser, por fuerza, anterior), y encontrar referencias al argumento de la mayoría de ellos que me sirven para descartarlo, sólo puede ser “Los No Humanos”, de Charles y Natalie Henneberg. Su publicación en una antología española parece coincidir...

Pero no tengo muchas más pistas, y descargarlo en internet, aunque sólo sea para ver si es ese, parece imposible.

Esto es desesperante.

Y encima, lo releeré, y no me gustará, ya verás...

jueves, 21 de mayo de 2009

CINE DE LOS 80


Anoche rescatamos una de mis películas favoritas del olvido: “El último Starfighter”. La verdad es que es una de esas obras menores de los 80 que reconozco quizás tenga calidad más que dudosa, pero que queréis que os diga, cuando la vi de adolescente me gustó, y sus revisionados no le han hecho perder el encanto. Lo que es mejor, Leo disfrutó con ella como yo de cría, y eso aún me hizo más ilusión...

Y la verdad, eso me hizo recordar todas esas pequeñas joyas de aquella época... Ya no hablo de películas de culto como Lady Halcón, Willow, La Historia Interminable, Golpe en la Pequeña China, Gremlins o los Goonies, ni siquiera de películas que fueron éxito en taquilla o simplemente hechas con más medios y pretensiones, aunque luego se olvidasen como Cortocirtcuito, Cocoon, Enemigo mío o Krull (todas ellas, por cierto, películas que están en mi lista de títulos entrañables). Sino de pequeñas joyas como este Starfighter, o D.A.R.Y.L., o Nuestros maravillosos aliados, o Proyecto X, o Maniquí... historias imaginativas, con la dosis justa de fantasía para poder ser realizadas de forma aceptable con los pocos medios que había entonces, pero con muchísima imaginación para que las historias, a pesar del ingrediente fantástico, fuesen creíbles. Películas optimistas, tiernas, que normalmente te dejaban buen sabor de boca y ganas, ¿por qué no?, de haber estado allí. Películas con buenos y malos muy concretos, no vamos a andar ahora con discusiones filosóficas, en la que los buenos eran siempre gente de la calle como tú y como yo abrumados por sus problemas cotidianos que de pronto se veían envueltos en una historia con componente, generalmente, de ciencia ficción (se llevaba más que la fantasía en aquella época), y que gracias a ese amigo extraterrestre o lo que fuese, vencía al malo que quería destruir el universo, echarle de su hogar o trabajo a él o a la ancianita de turno, o, simplemente, dejaba atrás una vida de rutina y aburrimiento.

No eran obras maestras del cine, pero contaban pequeñas historias que se hacían un huequito en el corazón. Es algo que con muy contadas excepciones (El reino prohibido, el último Mimzy, Noche en el Museo) he echado mucho de menos en el cine actual, en el que el abaratamiento de los efectos especiales por ordenador ha supeditado las historias a estos últimos, y acabas viendo una ensalada de tiros en la que, con mucho esfuerzo, consigues desgranar una historia que a lo sumo llenaría dos páginas de guión, sin diálogos medianamente inteligentes, sin personajes carismáticos... y sobre todo, sin la sensación de que eso que estás viendo en la pantalla te podría pasar a ti...

... que, al fin y al cabo, es la mayor, la mejor, la principal magia del cine....

martes, 5 de mayo de 2009

MÚSICA, MAESTRO


En el primer frikinvisible aldeano en el que nos hicieron elegir una canción que nos representase (y en el que, como ya comenté en esta entrada, yo elegí el Canon de Pachelbel), expresé en voz alta algo que he pensado muchas veces: antes preferiría quedarme ciega que sorda.

Y es que, por mucho que valore las maravillas que nos depara el sentido de la vista (que son muchas), para mí la música es algo único y excepcional. Pocas cosas hay que me transporten y que me llenen de emociones tanto como una hermosa melodía. Alguna vez he comentado que en la pasada Expo Zaragoza, la combinación imagen-música de los audiovisuales de varios pabellones me emocionaban hasta hacerme soltar alguna lagrimita, y a la larga, la búsqueda del elemento más evocativo de esas combinaciones se centraba en la melodía más que en la imagen (como cuando tras mucho buscar, encontramos la banda sonora del Festival of Life que organizó Japón, el disco Matsuri de Kiyoshi Yoshida – por cierto, sigo a la busca y captura de la melodía del audiovisual chino, la que no es el Amazing Grace, así que si alguien tiene alguna pista, que avise).

Así, hace unos días y con motivo de mi investigación para el regalo que Leo iba a hacer a su “frikinvisible” de la Aldea de este pasado fin de semana, descubrí (si, a estas alturas) el título y el autor del tema “Requiem for a Dream” y su versión para el trailer de “El Señor de los Anillos – Las Dos Torres” que llevaba meses buscando por haberlo oído en el trailer de la cadena infantil Jetix de la serie “Magi-nation”. Mi ignorancia y mi poca cultura televisiva hizo que, al desconocer por completo el origen de dicha música, creyese que era la BSO de esa serie y cuando se demostró que no lo era, me quedé de lo más defraudada. Es un tema que en cualquiera de sus dos versiones, me pone los pelos de punta y no me canso de oír.

O, gracias a mi emisora on-line favorita, cinemix, que me hizo descubrir bandas sonoras de Joe Hisaishi más allá de las de las películas de Hayao Miyazaki, de forma que eso me impulsó a intentar conseguir ver a toda costa la película “El Verano de Kikujiro”, y que después de verla anoche (¡gracias Miguel!), me reafirmase en que lo mejor de dicha película es la música... Me podría haber pegado horas viendo a Takeshi Kitano caminar con el niño a su lado con esa música de fondo... O mejor, cerrar los ojos, dejar que me transporte y olvidarme de todo lo demás. En este momento creo que es una de las bandas sonoras más bellas que se han escrito nunca.



Podría estar escribiendo páginas y páginas sobre este tema. Desde la también maravillosa BSO de Eduardo Manostijeras que muy acertadamente me dedicó San en el Frikinvisible hasta los temas corales que me ponen los pelos de punta (el “Duel of Fates” de “La Amenaza Fantasma”; el único e incomparable “Carmina Burana”, el aterrador “Ave Satani” de la BSO de “La Profecía”, la casi desconocida pero impresionante BSO que Kenji Kawai escribió para la película “Avalon”). Desde los comerciales musicales de Andrew Lloyd Weber a la música extraña y experimental de Gorillaz, pasando por mis también comerciales y muy añorados Spandau Ballet o el “Deceiver of Fools” de Within Temptation que en su día me descubrió Josema y que también me pone los pelos de punta. Otros grupos adoptados, como Queen o Dire Streets, o ese estilo musical tipo el Fever de Peggy Lee, que no sé si es blues, o Jazz, o que, pero que te incita a chasquear los dedos y me encanta. Clásicos desde Tchaikovski a la Sinfonía del Nuevo Mundo. De las canciones de Disney de mi infancia a Mychael Danna y sus bandas sonoras de leyendas celtas... En realidad, probablemente tarde menos en decir qué música no me gusta que la música que realmente me gusta (oh, sí, la hay. Soy un bicho raro, no soporto a U2, a Bruce Springsteen, ese rock duro que no es más que ruido, el jazz experimental sin apenas melodía, o el grupo mejicano Maná, la voz de cuyo cantante me pone literalmente de los nervios).

Una vez, de cría, llegué a la conclusión de que la música, matemáticamente, tenía que ser algo limitado. Quiero decir, se trata al fin y al cabo de combinaciones de 7 notas musicales (12 si contamos los bemoles/sostenidos), por lo que matemáticamente (y no, no fui más allá), el número de las mismas tenía que ser finito. Muy grande, pero finito, sobre todo teniendo en cuenta que no todas las combinaciones serían lo suficientemente armónicas para considerarse música.

Espero haberme equivocado, o, al menos, que tardemos muchos años en llegar al límite. Porque la música es uno de los dones más maravillosos de los que disfruta el ser humano.

 
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