martes, 29 de octubre de 2013
MI PEQUEÑA DESTRUCTORA
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Etiquetas: Cuchipandi, gatos, preocupaciones
miércoles, 23 de septiembre de 2009
COMO PERROS Y GATOS

Toda mi vida he sido más de perros que de gatos. Me creía a pies juntillas la leyenda de que los gatos son “mala gente” y “no son de fiar”, que son independientes, que antes cambian de amos que de casa y que solo puedes hacerles carantoñas cuando ellos quieren. Mientras que los perros eran fieles, cariñosos, y que darían la vida por sus amos si se terciaba. Así que los gatos, aunque hermosos en la distancia, y adorables cuando se dejaban tocar (normalmente los gatitos pequeños que veía en casa de mi tía Araceli; cuando de adulta empecé a frecuentar otra gente con gatos adultos, veía que pasaban olímpicamente de las visitas y que no aceptaban carantoñas más que de sus dueños) nunca entraron en mi lista de las mascotas que algún dia iba a tener.
Como he comentado muchas veces, la cosa cambio cuando Jonsey se autorregaló como regalo de cumpleaños cuando Leo cumplió 4 años.
Durante ese tiempo he llegado a algunas conclusiones, y sé que algunas son disparatadas, pero me da igual.
La primera es que los gatos son marcianos.
Llegué a esa conclusión aquella vez que Jonsey se “emporró” comiendo alguna planta alucinógena indeterminada. Se pegaba el rato tumbado con ese tercer párpado que tienen (sí, como las serpientes) y las pupilas contraidas en un hilillo, también como las serpientes, con una cara de alienígena que daba miedo. Cuando lo llevé al veterinario para consultarle y que le pusiera tratamiento, resultó que la mayoría de los medicamentos humanos
que les damos a los perros (como la aspirina) son venenosos para los gatos porque no pueden metabolizarlos. Vamos. Que su metabolismo no tiene nada que ver con el de otros mamíferos de pro, y no es que los perros y los humanos estemos emparentados, la verdad.
La segunda, que engrana con la primera, es que nos vigilan. Particularmente a los coleccionistas de muñecas.
Atad cabos. Jonsey apareció por nuestra vida cuando empecé a coleccionar muñecas Nancy, y TODAS las coleccionistas de Nancy con las que me relacionaban tenían gato. En el foro de BJDs en el que estoy, no creo que me pase mucho si digo que el 90% de los participantes también tienen gato. Tiene que haber alguna relación. Entre otros grupos la presencia de estos animales no tiene ni de lejos tanta intensidad.
La tercera es que la mitad de las leyendas sobre los perros y los gatos son mentiras... o verdades a medias.
Los gatos no son más inteligentes que los perros. Ni de coña. Que requieran menos cuidados, puede, y eso de que hagan pipí en su bandeja de arena y no haya que sacarlos a la calle (cosa que me consta que se puede enseñar también a los perros pequeños), o de que no haya que bañarlos porque se lavan solos, es de lo más práctico, pero poco más. O eso, o a nosotros nos ha tocado el único gato tonto. Porque Jonsey es estúpido. No aprende. Si algo le reporta un daño, el que sea, le da igual. Lo vuelve a hacer las veces que haga falta. Un buen ejemplo son esos estúpidos gatos paracaidistas que se tiran de un séptimo piso. No les da para más.
Otra es que son independientes. Y una m. Jonsey no aguanta quedarse solo, y está siempre en la misma habitación que nosotros. Y cuando quiere mimos, está más tiempo encima de nosotros que cualquier perro. Ninguno de nuestros perros (ni siquiera la excepcional Kira) se tumbaba encima nuestro mientras veias la tele o ibas al baño. Jonsey sí. Y creo que aún no nos ha perdonado que le dejásemos solo en casa cuando nos fuimos a Japón de vacaciones, pese a que dicen que un gato prefiere quedarse solo en casa a pasar unos días en casa de algún desconocido. Desde luego, el nuestro prefiere estar con alguien. Es un p... cobarde.
Si es cierto que no son de fiar. No traicioneros, porque para ser traicionero hay que ser inteligente, y os aseguro que se les ve venir de lejos. Pero eso de que esté ronroneando y demandando caricias y a los cinco minutos y sin mediar ningún tipo de estímulo para ese cambio de actitud te salte al brazo e intente desgarrarlo con furia devoradora no acaba de parecerme muy normal. No sé si es signo de estupidez supina o un intento alienígena fallido de dominar el mundo. Mientras que un perro dará la vida por su amo. De eso estoy segura, he tenido varios.
Y el caso es que quiero a ese estúpido psicoputa de gato que tengo. Me encanta achucharle como al peluche que es y mirarle a sus preciosos ojos azules. Pero sigo pensando que dónde esté un perro, que se quiten todos esos pedantes orgullosos alienígenas felinos altaneros.
Como decían en Babe, el cerdito valiente: Guárdate del felino sibilino...
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lunes, 21 de septiembre de 2009
GANO EL WARRO CON LOS HERMANOS WARRO
Parafraseando al genial Ford Farlaine - película que probablemente habría pasado desapercibida si no fuera por la insuperable labor de doblaje friki (como pasó con “Como perros y gatos”, doblada por Gomaespuma) a cargo nada menos que de Pablo Carbonell y plagada de guiños a la cultura de los 80 -, aprovecho para compartir un descubrimiento que hice ayer, gracias a los ya famosos gatos parlantes (gracias, Juan Pablo, por hacérmelos conocer): los fabulosos Warro Brothers, que toman hábilmente el testigo que dejó Florentino Fernández y su equipo con “El Informal” y nos deleitan con hilarantes re-doblajes de algunas escenas del cine, la TV o, como en el caso de estos gatos parlantes, la red:
Parodia de “El Último Superviviente”:
“Batman Dark Knight” (gloriosa)
“300” (parodiable hasta la saciedad, todos los sabemos, pero ¡hay omá, que ricos!)
Y la última, y para mí, la mejor de todas: “El Ataque de los Clones” (también altamente parodiables, o si no, que se lo digan a JMV):
Si quereis ver más videos de esta gente, buscad en Youtube el usuario RAYXNUM1. No creo que os arrepintáis.
jueves, 26 de febrero de 2009
SUEÑOS ACUÁTICOS
Como dicen por ahí, esto es o la gran seca, o la gran remojá. O no recuerdo ninguno de mis sueños, o los recuerdo todas las noches. Al menos en estos, no, apenas hay referencias a mi dieta...
Ayer ya se me quedaron un par de escenas. Era un sueño extraño, de esos en el que eres a la vez protagonista y espectadora, y me veía con pinta de cabaretera rubia cantando el Fever con un micrófono de pega del que me tenía que deshacer disimuladamente, cosa que hacía dejándolo sobre una mesita al acabar la canción y marchándome despacio... hasta que salía de la habitación. Entonces tocaba correr, y el ambiente era como medieval. Huía a caballo con alguien, no sé si hombre o mujer, ni que relación tenía con esa persona, ni de qué huía (quizás en el sueño lo sabía, pero ya no me acuerdo). Pero para escapar de lo que fuese, sólo había una manera. Llegábamos a una gruta en la que había un río subterráneo. Sabíamos que había una corriente que te succionaba y te llevaba al otro lado de una pared,
sólo había que aguantar la respiración, zambullirse y dejarse llevar. El problema era que no podíamos dejar a los caballos en la gruta, porque entonces sabrían dónde buscar, y llevarlos era complicado. Mi compañero/a decía de zambullirnos sujetándoles de las riendas, y la corriente nos arrastraría a ambos, caballo y jinete, pero yo me preguntaba, ¿y si el caballo oponía resistencia, y entonces no daba tiempo a llegar al otro lado con vida? Sabía que se pasaba en un momento, que apenas había que aguantar la respiración, pero con un morlaco tirando de ti en dirección contraria (curiosamente no nos preocupaba que se atascase, supongo que sabíamos que el agujero bajo el agua era lo suficientemente grande), me daba miedo que se nos acabase el tiempo.
Pero como fuera quien fuera quien nos perseguía, se iba acercando, no nos quedaba opción. Me metía en el agua. Aguantaba la respiración una primera vez, pero me asustaba y no llegaba a zambullirme. La otra persona me animaba – volvía a intentarlo, esta vez me zambullía y...
...me desperté.
El sueño de hoy lo recuerdo algo mejor. Entre otras cosas, porque esta noche ha sido muy divertida y cierto gato se ha dedicado a correr en plan “hora matrix” hasta que ha conseguido meterse en mis sueños (bueno, también me ha despertado varias veces). Todo empezaba cuando descubría como teletransportarme a mi trabajo, cosa de lo más atractiva porque trabajo al otro lado de la ciudad y encima, basta que hagan una obra o cualquier cosa, para que nos incomuniquen, porque el hospital está en un barrio con muy pocos accesos. Pero claro, tampoco podía hacerlo a la vista de todo el mundo, así que tenía que buscar un sitio discretito en el que aparecer. Para ello, le pedía los planos del centro a la ingeniera, y encontraba una serie de grutas anexas, como si hubiera sido edificado sobre los cimientos de un castillo medieval o algo así, que me iban a ir al pelo, porque por ahí no se perdía nadie.
Así que tras mi primera aparición por extraños subterráneos, me metía en mi despacho y de pronto subía un hombre joven, como de treinta y pocos años, moreno, más o menos atractivo (aunque no me atraía especialmente, pero feo no era, no), a preguntarme por una historia del archivo. El muchacho en cuestión me era desconocido, aunque me sonaba un poco su cara, pero al hablar con él caía en la cuenta de que lo habían contratado para coordinar la calidad del archivo en sustitución de un hombre más mayor que también me sonaba levemente, pero con quien no tenía mucho contacto.
Yo miraba la historia en el ordenador, me sonaba pero no sabía de qué. Él me decía que era la única historia en un sobre triangular, y entonces me acordaba. Era una historia que venía directamente de un centro de Salud, en el sobre que (según mi sueño, porque lo de los sobres triangulares no es muy común que digamos) usaban en Atención Primaria, y elucubrábamos un poco sobre como podía haber llegado esa historia al hospital, para finalmente decidir que se le cambiaba el sobre por uno de los nuestros y listo.
Después decidía salir a dar una vuelta con la antigua secretaria de Dirección, no sé por qué precisamente con ella si no es que tengamos mucha relación, pero en cualquier caso decidíamos salir del hospital un momento. Pasábamos por un puesto de pinchitos de hamburguesa que olía que alimentaba, pero aunque ella me invitaba a uno yo no aceptaba (estoy a dieta, ya sabeis...). Entonces me daba cuenta de que estábamos en la playa y todo el mundo miraba hacia el mar. Había un pequeño peñasco a pocos metros de la costa, y en el peñasco se habían quedado aisladas con la subida de la marea dos personas (un hombre anciano y una mujer joven) y un gato. Una lancha de la policía estaba dando vueltas alrededor intentando acercarse, pero el oleaje era impresionante, había olas que incluso saltaban por encima del peñasco, y no podían. La gente del hospital se arremolinaba en la playa para ver lo que pasaba y recuerdo haber ido haciendo sitio poco a poco a mis compañeras de admisión para que pudieran ver mejor.
Al final, el hombre se desesperaba y se lanzaba al agua, y como si ese fuera el detonante, la lancha de la policía por fin dejaba de dar vueltas y se acercaba al peñasco. Recogía al hombre del agua y a la mujer y al gato de la piedra. Pero el gato al acercarse a la playa saltaba a la arena y corría hasta detenerse en medio del semicírculo que todos los mirones habíamos formado. Entonces me daba cuenta de que conocía a ese gato, ¡era MI gato!. Y le llamaba.
Jonsey me miraba y empezaba a encaminarse hacia mí, pero de pronto otra persona le llamaba desde el extremo de la derecha y el gato se paraba, dubitativo. La persona que le había llamado era ni más ni menos que Darth Vader. Genial. ¿Cómo podía yo competir con él? ¡¡¡Ese cabrón se iba a quedar a mi gato!!! Yo le volvía a llamar. Jonsey parecía clavado en medio. Y entonces alguien se ponía a mi lado y me ayudaba a neutralizar la llamada del Lado Oscuro... ¡Era Luke!
En realidad era como si hubieran cogido a otro actor para hacer de Luke. Un chico muy parecido a él, pero obviamente no de la edad de Mark Hamill. De esas cosas que sólo pasan en los sueños. Pero me alegraba mucho de contar con su ayuda, y me acordaba de que era porque había estudiado en mi colegio, unos cursos por debajo del mío.
En ese punto el verdadero Jonsey usó mi tripa de pista de aterrizaje y me desperté, pero me lo estaba pasando bomba, la verdad. Aún dormí 10 minutillos más, en los que descubría que las antiguas Geishas tenían la costumbre de disfrazar de chica a sus novios, pero no pude adentrarme mucho en esos misterios del milenario Japón... sonó el despertador, y ya no tenía excusa para quedarme en la cama...
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domingo, 23 de noviembre de 2008
EL GATO QUE ESTÁ...
Vaya racha de sueños. Con éste van tres. Aunque este es breve de contar.
Jonsey estaba triste. Le oía maullar a su estilo lastimero y llorón, y le llamaba. Entonces él se asomaba de debajo de la cama y me miraba, y sus ojazos azules estaban llenos de lágrimas. Se me quedó grabada la imagen.
Entonces el propio Jonsey, tremendamente mimoso, como si realmente hubiera estado triste y necesitado de cariño, me despertó ronroneando apretándose contra mi cara.
Quizás fue un sueño premonitorio, porque esta mañana le he pisado el rabo sin querer y pocas veces creo haberle hecho tanto daño...
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jueves, 10 de julio de 2008
VIDA DE PERROS
En este preciso instante Jonsey está repantigado en el sillón. En una postura imposible, tripa arriba, y con una cara de felicidad fácilmente confundible con la de estupidez total. No hace otra cosa.
Esta mañana cuando he ido a hacer nuestra cama, había un bulto bajo las sábanas que se ha movido ligeramente al acercarme. Me he acercado y al levantar un poco la ropa le he visto tripa arriba también, completamente dormido. Llevaba así desde que me he levantado esta mañana.
Y que queréis que os diga, me ha dado mucha envidia. Hablarán de la “vida de perros”, pero yo, como decía mi amigo Santi, quiero reencarnarme en mi mascota. Ojo, no en un perro o un gato cualquiera, sino en uno que tenga la suerte de vivir en una casa donde se le trate como a uno más de la familia. Porque sus únicas responsabilidades son comer, dormir, jugar, y eso sí, ser limpios y no romper cosas. Con comida, bebida, techo y una cama donde dormir a cambio de dejarse hacer mimos de vez en cuando. Sin preocupaciones, sin remordimientos, poder estar repantigado sin pensar “Dios, yo aquí haciendo el vago, con todo lo que tengo que hacer”.
Eso es vida.
Y no cuento otras vidas “de perros” como la que llevó Kira, de la que ya he hablado. Kira, que estaba convencida de ser persona y no hablaba no porque no supiera, sino porque no tenía cuerdas vocales con las que articular palabras (que intentarlo, ya lo intentaba), vivió sólo 11 años, pero fueron 11 años que más de un humano envidiaría. Entre otras cosas, se recorrió media Europa con nosotros, y hasta entró en castillos y museos, con la excusa de que era tan pequeñita que podía entrar en brazos.
Lo dicho. Vida de perros. ¡Ja!.
Quien la viviera.
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Etiquetas: gatos, Pensamientos profundos, Recuerdos
lunes, 18 de febrero de 2008
EL ABRIGO MÁGICO
Érase una vez un abrigo, comprado hace dos años largos en el rastro-mercadillo de Zaragoza. Era un abrigo anodino, de color marrón “camel”, pero cómodo y amplio, ideal para esos días de invierno en que una se pone cuatro jerseys debajo para no pasar frío, para ir de aquí a allá y no preocuparse de si se cae, se estropea, o se ensucia.
Ese abrigo era la única prenda capaz de calmar las ansias destructivas del gato psicópata de Elena y Miguel, en Huesca, Don Vito. Cuando el abrigo estaba sobre el sofá, Don Vito se acurrucaba y se dormía en él. Durante una partida de rol el abrigo cayó al suelo, y Don Vito se acurrucó y se quedó dormido en él. Los sufridores propietarios del psico-gato se asombraron “Ese abrigo le gusta”. Pero la cosa no pasó de ahí.
Algunas semanas después fue el Salón del Comic en Zaragoza. Tanto el sábado como el domingo acudí enfundada en el mismo confortable abrigo. El sábado un extraño grupito de tres personas disfrazados de Amish se convirtieron en el centro de atención, no por sus disfraces, sino por su compañía. Una pequeña, adorable ratita blanca y negra iba en el hombro de una de las chicas, como si fuera el loro de un bucanero, sin asustarse por la multitud ni que su dueña se preocupase porque el animalito se cayera o se perdiese. Cuando nos acercamos a ellos, la ratita reaccionó de nuevo ante el abrigo mágico. Cualquiera con sentido común diría “Ese abrigo tenía que oler a gato desde kilómetros de distancia”, ¿no? (si añadimos a la preferencia del mismo como colchón por parte de Don Vito el hecho de que en casa también tengamos un gato, aunque éste ignore los efluvios mágicos del abrigo o finja hacerlo con cierto éxito). Pues no.
La ratita insistía en subirse en mi hombro y perderse en los pliegues de mi abrigo, a pesar de los intentos del resto del público por tenerla ellos también en sus manos. A la única a la que acudía más que a mí era a su legítima dueña.
El rumor sobre las propiedades del abrigo empezó a forjarse allí. No era normal que una ratita insistiera en estar en un abrigo que huele a gato.
Aproximadamente un mes después, en enero, me comunican mis padres que mi tía Luisa tiene una perrita. Lo de perrita es un eufermismo, ya que el animalito es un cachorro de pastor alemán de dos meses que ya pesa cinco kilos y tiene unas patas más grandes que la palma de mi mano. Parece un osezno, y por ello tiene el apropiado nombre de Nuca.
El día que fuimos a conocerla yo llevaba el abrigo mágico.
Y el abrigo mágico fue su centro de atención a la hora de jugar y mordisquear, teniendo que escaparme de ella para que no me babease la manga.
Al final, las sospechas (al menos por mi parte) empiezan a recaer sobre el estado de higiene general del abrigo. No es que esté asquerosamente sucio, pero a algo debe de oler cuando tres animales de tres especies distintas han decidido que ese abrigo es su prenda humana favorita para frecuentar.
Así que la semana pasada el abrigo mágico acabó en la lavadora. Lavado a 40º, centrifugado y secado. El viernes volví a ponérmelo, seco y como nuevo, y el sábado nos fuimos a Teruel, a la fiesta de los Amantes. En dicha fiesta una de las atracciones fue una exhibición de cetrería. Las hermosas aves rapaces estaban atadas a unos postes en un rincón de la plaza, a la vista de todos para que pudiéramos admirarlas antes del espectáculo, y uno de los encargados del mismo se paseaba entre el público con una pitón albina enroscada en el cuello. La gente volvía a arremolinarse a su alrededor, y visto que el animal era manso y permitía que le acariciaran, allá que fuimos en tromba a disfrutar del tacto de su brillante piel.
Cuando me puse frente al muchacho de la serpiente enroscada, esta decidió que mi abrigo (recién lavado) tenía un olor muy interesante, y pese a los intentos del resto de la gente de que la serpiente les mirase a ellos, ella dirigía siempre su cabeza hacia mí. No cambió de “percha” porque el dueño no se lo permitió – pero aparte de ello, la atracción del abrigo volvía a manifestarse.
La rematadera fue cuando por fin comenzó la exhibición.
Buscamos un hueco en un lado de la escalinata de los Amantes, ya que la exhibición era en la plaza, y ya estaba atestada de gente. Desde allí se veía todo más o menos bien, y disfrutamos de los halcones y otras rapaces diurnas, hermosas como ellas solas, que volaban alto y lejos, de vez en cuando se posaban en brazos de personas del público por indicación expresa del cetrero, e incluso en alguna ocasión se posaban relativamente cerca de dónde nosotros estábamos.
Hacia el final, soltaron un hermosísimo buho real. En su primer vuelo se posó en la barandilla de la escalinata, unos metros por debajo de donde nosotros estábamos, y Leo a mi lado se puso muy nervioso. Ni de coña llegábamos a tocar al pájaro, pero estaba TAN cerca que pensé que valía la pena probar.
La segunda vez que le hicieron alzar el vuelo, levanté el brazo, enfundado, como no, en mi abrigo mágico.
Pese a que nuestra zona de la barandilla era diagonal, o sea, que no ofrecía al buho ninguna buena superficie dónde posarse, él vino directamente hacia mí. Tan directo, tan decididos se veían sus bellísimos ojos naranjas, que no pude evitar asustarme y recular un poco, por lo que al final el buho no se posó en mi brazo como parecía, sino en la barandilla justo a nuestro lado. Pudimos acariciarlo y disfrutarlo un buen rato, ya que era muy manso y obediente, aunque en ningún momento quitó los ojos de dónde estaba su amo.
Pero la leyenda del abrigo terminó de consolidarse ese día. Tengo un abrigo mágico. Jamás me desprenderé de él (y si lo hago, lo pondré a la venta en eBay para los reporteros de National Geographic, ja!)
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jueves, 27 de septiembre de 2007
SOBRE LA LEVEDAD DE LA VIDA DEL GATO
Jonsey está mimoso últimamente. El cabroncete de él, por mucho que nos muerda, destruya cosas o simplemente pase de nosotros, se ha ganado un hueco en nuestros corazones y ahora yo no sé si sabría dormir sin sentir su peso sobre mis piernas o notar su calorcito peludo pegado a mí. Anoche sin ir más lejos se metió bajo las sábanas entre nosotros, Josema y yo, cosa rara ya que o se pone entre mis piernas o se pega a su amado amo ronroneando sin parar, y se dejó hacer todas las caricias del mundo. Es como un peluche animado.
Y llevando como llevo toda la semana viendo en la cuneta el cadáver de un pobre gato blanco atropellado (ahora el pobre no es más que piel y huesos, y hoy que me he acordado de llamar al servicio de recogida de animales muertos, resulta que no me coge nadie el teléfono), pues no puedo evitar pensar en mi pequeño peluche de ojos azules. En lo mucho que lo quiero y que lo echaría de menos si le pasase algo - ¡ya ves, yo que no quería saber nada de gatos porque me parecían mucho más traicioneros que los perros! (bueno, y sigo pensando que el perro es más bueno, fiel e inteligente que el gato. Lo que pasa es que también es más complicado de cuidar…).
El caso es que para rizar el rizo y como si el bicho muerto fuera profético, Jonsey está otra vez orinando sangre. Y cuando pasa eso yo me pongo histérica. Me lo noto. Estoy nerviosa en casa, no rindo igual, me preocupo… Y no es solo el hecho (que también fastidia lo suyo) de que esta tarde vaya a tener que echar la tarde en una visita al veterinario que además va a costar una pasta gansa. Es que mi pequeñín está enfermo, joe. Y yo ya estoy en vilo, ¿y si le pasa algo? ¿Y si no se cura y se me muere?
Lo que me faltaba, con la semana de trabajo que llevo…
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Etiquetas: gatos, preocupaciones


