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jueves, 7 de noviembre de 2013

ANGUSTIAS DE MADRE



El pasado martes Leo salió muy tarde del colegio.

De hecho, a los 10 minutos de la hora de salida, recibí una llamada de su padre, que había ido a buscarle, y estaba nervioso por motivos de trabajo, preguntándome si yo sabía algo de ese retraso. Obviamente yo no tenía ni idea, y me dejó preocupada. Aún así le dije “Pregunta en el colegio, ellos te dirán si ha pasado algo”

A la media hora y visto que no volvían ni padre ni hijo, les llamé por teléfono. Lo cogió Leo, con lo cual ya me quedé más tranquila. Estaban juntos.

A la vuelta, bastante más tarde que de costumbre, se aclaró el enigma: la taquilla de María, una de las mejores amigas de Leo (a veces nos preguntamos si algo más) se había estropeado, y él, como buen caballero de brillante armadura, se había quedado a ayudarla. Como consecuencia, María había perdido el autobús, así que Josema la llevó también a su casa. Y eso lo explicaba todo.

Pero esos momentos de incertidumbre debieron hacer mella en mí… porque esta noche he soñado que nunca salió del colegio.

Que habíamos ido a esperarle y ahí no estaba.

Y que había pasado un día y seguíamos sin saber nada de él.

Y ese segundo día me daba cuenta de la magnitud del problema y empezaba a asustarme y a angustiarme.

Hasta que de pronto he abierto los ojos, y me he dado cuenta de que Leo estaba durmiendo plácidamente en su cama… y he respirado de alivio… y me he vuelto a dormir.

Pero j*d*r, qué mal rato!!!!

lunes, 19 de abril de 2010

LA VIDA ES JUEGO

Siempre he sido un poco reticente a dejar que según qué novedades tecnológicas entren en casa, y no tanto porque dude de su utilidad o porque no me gusten, sino porque sé que me van a complicar la vida. Cuando salieron los teléfonos móviles me resistí como una cosaca ya que, sí bastante odio le tengo al teléfono fijo y a que la gente se meta en mi vida de un timbrazo cuando estoy en mi casa, aún peor llevar ese incordio a cuestas fuera de casa y tener que estar constantemente localizada. Por supuesto, caímos en cuanto Josema tuvo que irse a trabajar a Madrid y ahora ya hay tres en casa (el mío particular, el suyo particular, y el suyo del trabajo). Y por supuesto, como imaginaba (no había que ser muy listo para hacerlo de todos modos), nos ha complicado más la vida, la gente se enfada si no lo llevas conectado o te lo has dejado en casa, y por supuesto, siempre suena en los momentos más inoportunos. Pero admito que las ventajas que tiene, sobre todo en los viajes (se acabó buscar una cabina cada vez que llegas a destino y que encima ésta esté ocupada o no funcione) superan a las desventajas…

Luego estuvo internet, que en este caso me parece uno de los mejores inventos del siglo (en realidad, tanto internet como los teléfonos móviles me parecen las dos grandes revoluciones del siglo XXI, las que han cambiado el mundo, y no el viaje espacial como soñaban nuestros abuelos), y que me encanta, pero que durante mucho tiempo intenté restringir al ámbito del trabajo porque sabía perfectamente que me iba a robar todo el tiempo libre disponible en cuanto la instalase en casa. Como así ha sido. O las cámaras digitales, que para mí, sólo han conseguido desbancar a las cámaras tradicionales en la comodidad de uso (eso de poder hacer mil fotos en una tarjeta, y verlas una vez hechas), pero que pienso que dificilmente mejorarán la calidad de las fotos sobre papel, y que además te fuerzan a verlas en un dispositivo o a gastar tinta de la impresora para imprimirlas (aún no he conseguido entender que ventaja tiene una reflex digital con una digital normal, si en ambas ves exactamente lo que fotografías).

Pero quizás el artilugio al que más tiempo me resistí, fueron las consolas de videojuegos. En primer lugar, nunca he sido de jugar a juegos de ordenador. Me pongo muy nerviosa, sobre todo con los juegos en los que o matas, o te matan, y me hago un lío con los mandos, así que no me gusta nada jugar. La única excepción son los juegos de puzzles o diálogos en los que puedo pensar la respuesta el tiempo que quiera (y tienen pocos mandos), como Hotel Dusk, el único juego que me he pasado yo enterito y sin ayuda. Sin embargo, siempre he sido, soy y sere una friki de ver jugar. Recuerdo viejos tiempos en los que nos quedabamos hasta las tantas en casa de nuestro amigo Miguel Ángel viéndole pasarse enteros juegos como el Full Throttle de Lucas Arts, o la noche que él mismo se pasó entero en mi viejo Mac el clásico Dragon’s Lair (con dibujos de Don Bluth). Era (es) como ver una película interactiva.

De nuevo la cosa cambió cuando Leo estuvo enfermo, y sus abuelos le compraron la PS2 para hacerle más llevadera su larga estancia en el hospital. A pesar del tiempo que me pegué dándole largas, al final la consola entró en casa. Que fue hija única durante un año largo, hasta que a la vuelta de Japón, tras recorrernos todos los centros Pokémon del itinerario, cayó una Nintendo DS. Y para la comunión, aunque yo no le veía ninguna mejora sobre lo que ya teníamos, la Wii. Josema se apuntó al carro y no recuerdo si en un aniversario o un cumpleaños le regalé la PSP amarilla de los Simpson. Así que finalmente, las navidades pasadas, Leo consiguió la mejorada PS3 (ahora lo que necesitamos es una tele en la que sacarle partido, porque la verdad es que en nuestra vieja Sony de la lista de bodas – hey, hoy hace 13 años!! – apenas se leen las letras), y a estas alturas ya solo nos falta la Xbox (eso sin contar un par más de DSs y otra PSP para que Leo juegue al Invizimals con sus compañeros de clase). A la que Josema ya le tiene echado el ojo, por cierto. Está visto que con estas cosas, cuando haces pop!, ya no hay stop…

PhotobucketTengo que admitir que no me arrepiento de que hayan entrado en casa. En general no nos han robado mucho tiempo, y me han permitido vivir, junto con Josema y Leo, aventuras como las de Lara Croft (a quien ya le he dedicado un par de entradas) o el último Principe de Persia, que me gustó tanto visualmente que ya tiene versión en resina en casa. A veces, hasta me fastidia que una historia, como el Assassin's Creed, se quede a medias por falta de interés del jugador, porque es como si me dejasen la película a medias. Cuando me dicen que van a jugar a uno de esos juegos, corro al sofá y me quedo mirando la tele como no han conseguido películas ni series (con honrosas y escasas excepciones como Mujeres Desesperadas).

Lo que no esperaba era acabar enganchada, como nos hemos enganchado últimamente, a un nuevo videojuego, en este caso de rol, el Dragon age: Origins. Que fue un juego que Leo le regaló a su padre para el 19 de Marzo (qué graciosos estábamos, los dos en la FNAC con el videojuego escondido para que no nos lo viese a la hora de pagar, que si nos llega a ver algún dependiente se cree que lo estamos robando, para que a la larga en la caja se descubra el pastel y el pobre Josema se vea azorado y sin saber que decir ante la iniciativa de su hijo). Que todos teníamos nuestras reticencias: Josema llevaba bastante tiempo dedicando una tarde a la semana, en uno de los PCs de mis padres (en casa usamos Mac) a jugar al juego aleman Drakensang, de temática similar, y temíamos que este no le llegase a la suela del zapato. Que además, ya en la portada, anunciaba una orgía de sangre para mayores de 18 años.

Y fue estrenarlo y vernos, los tres, enganchados a la pantalla del televisor, viviendo con Josema (a los mandos) las aventuras de su elfa Lyna (claro caso de desdoblamiento pejotil), disfrutando sobre todo de las conversaciones, en general ingeniosas, y las interrelaciones con unos personajes sorprendentemente bien creados. Bromeando incluso con ligarnos a alguno de ellos… hasta que hacia el final del juego descubres que puedes hacerlo… Sintiéndonos incluso abrumados cuando de pronto nos vemos abocados a elegir, entre el apuesto, un poco tímido, y heroico guerrero humano (quien tiene hasta club de fans y todo), o el amoral, morboso, atractivo irredento Don Juan (¡si incluso tiene acento español, aunque el juego esté integramente hablado en inglés!) del asesino elfo…*

En fin, que de pronto me veo que un juego, un simple videojuego, que ni siquiera tiene una gran animación ni una historia superoriginal, está empezando a remover mis emociones como en su día hacían las buenas partidas de rol (no os podeis imaginar lo nerviosa que me fui a la cama la noche en que llegamos al punto en que uno de los dos PNJs se declaró a nuestro personaje…), y hasta nos hemos lanzado, tanto Leo como yo, a crearnos nuestros propios personajes para poder explorar otras opciones de la historia (entre otras, en el caso de Leo, la de llevar un personaje masculino).

Algo especial tiene que tener, de todos modos, cuando me encuentro con las voces del inefable Tim Curry y Claudia Black (de la fabulosa e imprescindible serie de TV Farscape) en el reparto. Y más aún cuando termino mi parte de introducción y resulta que tengo en mi equipo un traje de novia (ni que me hubieran diseñado la partida a medida, la verdad), aunque sea un traje feo, que no tiene nada que ver con los que a mí me gustan (el diseñador de trajes femeninos de ese videojuego no entiende precisamente del tema, no)…Y me acuerdo de aquel viejo anuncio de la PlayStation, aquel fantástico slogan que siempre relacioné, más que con los videojuegos, con los juegos de rol de toda la vida:

Al verme, jamás pensarías que he dirigido ejércitos, y conquistado mundos. Y aunque para lograrlo he dejado a un lado la moralidad, no me arrepiento. Porque aunque he llevado una doble vida al menos puedo decir…
… que he vivido.




* En este punto acabé forzándole a elegir al humano, y es que siempre he sido de las que se quedan con el buenazo inocente, por mucho morbo que digan que a las chicas nos dan los canallas amorales. Siempre fui de las que prefieren a Luke Skywalker antes que a Han Solo. Y por lo que veo, no soy la única.

Nota 2: Las imágenes de los maromos de torso desnudo, para las viciosillas que ya os estáis preguntando de dónde han salido, no son del videojuego (los gráficos no tienen ni de lejos esa calidad), pero sí representan a esos personajes, el humano, Alistair, a la izquierda, y el elfo, Zevran a la derecha, y están sacados de este magnífico Deviantart.

viernes, 5 de febrero de 2010

SI LA ENVIDIA FUERA TIÑA...

Hace algún tiempo comenté la frase del genial Doctor Beik “Prefiero que mis amigos me den envidia a que me den pena”… y estos días ha habido un par de ocasiones que me han hecho volver a reflexionar sobre la envidia.

Yo soy muy envidiosa, no lo voy a negar. Pero quiero creer que mi forma de envidiar es lo que comunmente se llama “envidia sana”. Esto es, cuando alguien tiene algo que a mí me gustaría tener, no le deseo ningún mal a esa persona, sino que me busco la vida para conseguir yo lo mismo o algo parecido. Y si no puedo, pues mira, ajo y agua. Demasiadas preocupaciones hay en la vida para encima darse mal por algo que tiene otra persona.

El caso es que hace un par de días me encontré de refilón, en mi nuevo trabajo, con una compañera del colegio, de cuando yo tenía la edad que ahora tiene Leo. Ella venía acompañar a su madre a una prueba diagnóstica, y yo iba volada porque llegaba tarde a una de mis numerosas reuniones, así que apenas pude cruzar con ella un “¡Hola, ¿qué tal va todo?!” cuando me reconoció. Curiosamente, la reconocí a la primera, apenas había cambiado a pesar de tener 30 años más que entonces, y supongo que si ella también me reconoció, yo también habré cambiado poco. Y la verdad, aunque no era la mejor amiga que he tenido, estuvimos muchos años juntas (desde parvulario hasta los 13 años, en que ella se fue a un instituto público, y yo me quedé en el colegio privado al que íbamos), y eso no se olvida.

A pesar de lo poco que hablamos, luego me sorprendí dándole vueltas a muchos recuerdos comunes. Como vivíamos muy cerca la una de la otra, muchas veces iba a su casa a hacer trabajos del colegio, o incluso a jugar. Y recuerdo que, a pesar de que mi abuela solía decir que ella me tenía envidia a mí y que no era realmente mi amiga, yo le envidiaba tres cosas. Sólo tres cosas, pero que fueron mi espinita hasta que las conseguí: una, el comic de “Invasores del Cuerpo Humano” del que no sé si hablé hace unas entradas. Otra, una casita de muñecas que ella tenía, que a mi me parecía enorme, con la que pasábamos las horas jugando, y que creo que fue, también, la culpable de que no haya parado hasta tener una. Y la tercera, la Enciclopedia de El Mundo de los Niños, que nos ayudó en muchos trabajos escolares, que me fascinaba por sus portadas que, juntas, formaban un arco iris, y que al final, también conseguí en un rastrillo benéfico.

Nunca le guardé rencor por haber tenido esas cosas antes que yo, es más, siempre agradecí haber aprendido que existían gracias a ella. Eso sí, la envidiaba, claro que sí. Yo también las quería. No tengo muy claro si eso es realmente malo.

Curiosamente esa tarde, cuando fui a buscar a Leo por la tarde, nos embarcamos en un tema similar. El pobre Leo anda teniendo problemas en clase. Sus compañeros se meten con él y creo que, como me pasaba a mí a su edad, no tiene amigos de verdad. Me sorprendí a mi misma diciéndole lo que mis padres me decían a mí y yo nunca me creía: eso es que te tienen envidia. Y lo gracioso es que ahora sí que me lo creo. Porque lo he visto. Y porque me consta que muchas cosas de la vida de Leo son envidiables… sus viajes, las cosas que comparte con nosotros, la información que recibe de la tele (debe ser el único niño que cuando se aburre de los dibujos animados solicita que le pongan Discovery Channel o el Canal Historia), su relación con algunos profesores… incluso el hecho, cada vez más raro en nuestros días, de que sus padres no nos hayamos separado…

Y él, en su inocencia, como me pasaba a mí con mi amiga de la infancia, va y me confiesa que él envidia a su amigo Pedro, porque tiene algunos de los juguetes de Lego que él no tiene… y yo me sonrío, porque sé que su envidia, como la mía, no es de la mala, sino que conlleva un mensaje subliminal: “Jo, mamá, comprámelos a mí también”

lunes, 1 de febrero de 2010

CAZADORES DE MITOS

El pasado salón del Cómic de Zaragoza, mientras esperábamos a que el también Zaragozano Álvaro Ortiz nos hiciese un dibujo en nuestro Hall of Fame particular (y de paso, abrumado por la petición y encantador como tantos dibujantes a los que aún no ha pervertido el precio de la fama, nos hacia complejos dibujos también en los dos álbumes de su obra que compramos), se le acercó otro chico de rasgos asiáticos que también parecía ser artista de cómic (resultó ser Ken Niimura), y entabló conversación con él. Entre los dos nos informaron de las fechas del Salón del Comic de Angouleme, y nos cantaron maravillas del mismo. Como las fechas coincidían con el 29 de enero, festivo en Zaragoza capital (San Valero, patrón de la ciudad), decidimos un poco a última hora hacer una escapada y ver si era tan maravilloso como lo pintaban.

Para empezar, lo organizamos tarde, así que no hubo forma de encontrar un hotel decente más que a 25 kms. de distancia, en la ciudad de Mansle. No nos ocasionaba demasiado problema porque íbamos a ir con nuestro propio coche, pero no dejaba de ser una pequeña faena. Para colmo, Angouleme no está precisamente al lado de casa, así que tras darle un par de vueltas (una pequeña vocecilla en mi interior no tenía la menor gana de ir), le comenté a Josema que si queríamos que nos cundiese un poco el tiempo, teníamos que salir el jueves por la tarde y hacer noche de camino, porque si no el primer día llegaríamos a la hora de cierre del salón y encima ya de noche, así que no podríamos ver ni salón ni ciudad. Fue una buena decisión, aunque como siempre, trajo consigo nervios y discusiones porque hubo que preparar las maletas el jueves por la tarde, dejar al gato en casa de mis padres, recoger a Leo del cole y salir directamente desde allí rumbo a Bayona, donde hicimos la primera escala. Si además le sumamos que el GPS (al que hemos acabado bautizando “El Tontorron”, muy a pesar de mi padre, su legítimo propietario) decidió no funcionar en todo el camino y que en Bayona debía haber habido fútbol o algún otro acontecimiento mediático agilipollador de multitudes y no se podía ni circular, al final encontramos el hotel tras muchas vueltas casi a las 12 de la noche, y los nervios que hicimos no se los deseo a nadie.

Aún así, entre que llegamos a Angouleme y encontramos un parking con plazas libres, se nos hicieron casi las 3 de la tarde, así que había pocas opciones para comer. Vimos una hamburguesería Quick en la plaza del ayuntamiento y no nos lo pensamos dos veces (aunque nuestra idea inicial era pasarnos por la Oficina de Información y Turismo, para que nos dieran un plano de la ciudad. Oficina que, por cierto, en dos días fuimos completamente incapaces de encontrar)… Y allí fue donde empezamos a encontrarnos españoles: comiendo en las mesas (al pasar solté un “Buenos días” y no me hicieron ni caso, pero bueno…), al ir a pagar… pero la rematadera fue cuando fuimos a coger mesa.

El burguer estaba petado, pero al fondo se veía una mesa libre. Sin embargo, para cuando llegamos ahí sorteando gente, yo ya ví que dos chicas, abrigadas hasta las orejas, con gafas de sol, y con una bolsa porta-bjds (que por cierto, hablaban español entre ellas) estaban a punto de cogerla, así que me di media vuelta, pero entonces ellas al vernos empezaron a hacernos gestos de que nos sentaramos con ellas, que la mesa era grande, y a chapurrear en inglés. Me hizo gracia y les contesté en español que muchas gracias y que ya veía que ellas también eran españolas, y entre risas y tal nos fuimos acomodando. De pronto una de ellas se me queda mirando fijamente y dice: “¿Luna?”. Desconcierto total. En el mundillo de las BJDs hace años que dejé de ser “Luna” para volver a ser simplemente “Sonia”. Y desde luego, las chicas que yo tenía delante, con gorro de lana hasta las orejas y gafas de sol, me resultaban irreconocibles… así que asentí y les pedí que se quitasen las gafas porque si no no tenía ni idea. Resultaron ser Chyna y Thalassa, dos chicas de la época en la que aun compartíamos el difunto foro Soul of Doll y con las que ahora apenas teníamos contacto por estar en distintos foros (y por otros temas que no vienen al caso). La cosa es que alguien nos había dicho que iban a estar por ahí pero… ¡ya es casualidad, que sean las primeras personas con las que nos encontramos!

La verdad es que aparte de la sorpresa y el embarazo inicial, la comida fue agradable, casi no paramos de hablar y las diferencias que pudimos tener en su momento quedaron olvidadas (o al menos aparcadas). Y es que encontrarte con gente conocida en tierra extraña siempre une.

Tras varios intentos de cortar la conversación, al final terminamos de comer y nos fuimos a ver el Salón, que es a lo que habíamos venido, aunque he de decir que su experiencia previa (ellas ya llevaban un día allí) nos fue muy útil. Y es que Angouleme es una ciudad rarísima. Viven del cómic, está llena de referencias al comic, tienen murales pintados en las paredes dedicados al cómic (copiados de viñetas que van desde Little Nemo a Yslaire, pasando por Lucky Luke), una calle dedicada a Hergé y una a Goscinny... y no tienen una miserable FNAC y apenas un par de tiendas de comic (estan locos, estos angoulemenses...)

En cuando al Salón del Cómic es otro mundo. En cierto modo, toda la ciudad ES el salón. Cada plaza tiene una nave montada sobre un tema, para una exposición, para la prensa…. Hay megafonía por toda la calle y cuando llegamos estaba sonando Gorillaz. Hasta en los escaparates de las tiendas ponen cosas referentes al comic. En los bares y los restaurantes hay pequeñas exposiciones de autores noveles, y de hecho en la pizzería dónde comimos el segundo día, justo cuando nos íbamos, nos cruzamos con el autor que exponía allí, alias Monsieur Puzzle. Como a Leo le gustaron sus dibujos (sobre un gatito), le pedimos un autógrafo, y como pasa siempre con los autores noveles, el chico se emocionó y se esmeró como no se esmeran algunos de esos profesionales que se suben a la parra del “Yo soy Dios y todos me adoran”. En las iglesias y hasta en la Catedral hay exposiciones, no necesariamente de comic religioso (la de la Catedral era “Japón y Europa en el comic”), aunque luego sí que tienen una selección a la venta de comic religioso y cultural (me sorprendió descubrir que el irreverente Robert Crumb ha hecho una versión del Genesis, casi más que saber que existe un Manga sobre la vida de Jesucristo), e incluso sesiones de firmas propias.

Y ya que hablamos de las firmas, quizás ese fue el sector que más me decepcionó del Salón. Porque reconozco que, de un tiempo a esta parte, con la facilidad que hay para encontrar cualquier cosa por internet, mi interés por los Salones y otros eventos no es tanto el conseguir cómics o enterarme de las últimas novedades, sino (aparte de reencontrar a amigos comunes que puedan ir por ahí, como en el Salón de Barcelona) el ver en persona a los creadores y conseguir que me hagan un dibujo o una pequeña firma. La prueba, en cualquier caso, de que ellos existen y de que yo les he visto en persona. Compartir por unos instantes el mismo tiempo y lugar, para reafirmar mi pequeña existencia anónima. Así que sólo por eso soy capaz de tragarme filas eternas, de saltarme la comida como hice con Mignola, madrugar para ponerme la primera en la fila… en fin, todas esas cosas que no puedes hacer cuando vas acompañada, porque cuesta arrastrar a otra gente, porque te sientes culpable por hacerles perder la tarde en una fila, porque sabes que acabarán hechos polvo porque simplemente, no les hace tanta ilusión como a ti. Sólo por eso a veces me planteo el ir sola a estos eventos, para ir a mi ritmo, no imponérselo a los demás, y por un lado no sentirme mal por haber perdido una oportunidad y por otro no sentirme culpable por hacer pasar mala tarde a mis seres queridos. Huelga decir, por supuesto, que en este viaje no lo conseguí.

La organización del sistema de firmas en el Salón del Cómic de Angouleme es un auténtico caos. Supongo que la gente que lleva varios años yendo ya se lo conocerá y sabrá organizarse, pero para alguien que llega por primera vez, es una pesadilla. El listado de autores y horario de firmas lo pone en cada stand, hasta ahí bien. Pero es que en algunos, la firma va por sorteo (esto es, compras el álbum, avisas de que quieres que te firmen, y te apuntan a un sorteo, y si sales puedes ponerte en la fila). Vamos, que si no te lo dicen al comprar el álbum, luego quedas como un gilipollas en la firma, porque además, ni es en todos los stands, ni son todos los autores del mismo stand. Así se quedó Josema sin la firma del dibujante de Okko. En otros, cogen los cómics y ya pasarás a recogerlos, o te dan día y hora (¿qué pasa si ese día no estás?), a pesar de que el autor esté ahí de brazos cruzados mirándote con cara de gilipollas. En otros utilizan el sistema tradicional: haces fila, y mira, como dicen los angloparlantes, first come, first serve, aunque en algunos casos sólo les hacen dibujo a los X primeros (igual que en Barcelona), y, si la fila se alarga y no va a dar tiempo a llegar al final antes de la hora en que se supone que termina el periodo de firmas, te dan un número y al que no le toca, ya se puede ir yendo. Mira, ese sistema me parece el más justo, y así funcionaban en el stand de Soleil, dónde había overbooking de grandes artistas… El problema es cuando dicho gran artista es un gilipollas subnormal redomado e integral y decide no respetar el horario y largarse antes de hora dejando a todo el mundo con un palmo de narices y en algún caso sin avisar: por ejemplo, Olivier Vatine (no compréis su obra, bajárosla gratis de internet. Que no vea un duro por cabrón), que nos lo hizo no una, sino dos veces, y la segunda tuvo delito porque estábamos en la fila (Leo guardaba el sitio como un campeón) desde antes incluso de la hora a la que él tenía que venir. Y vino tarde y se fue pronto, las dos veces. Joder, yo hago eso en mi trabajo y me despiden!

Otro colmo de la desorganización, descubrir de pronto que el autor tiene hora de firma en otro stand a pesar de que se supone que debería estar firmando en el que has hecho la fila. Y entonces coge el autor (en este caso era Dany, veterano y encantador) y da número a todos los que están esperando, sale a la calle y como un guía turístico, nos hace seguirle al otro stand (que además estaba en otra nave) y nos pasa por delante de todos los que estaban esperando allí. Que dada la hora que era, me pregunto si realmente les dio tiempo a recibir algún dibujo, lo cual maldita la gracia que les haría. ¿Quién ha confeccionado semejante agenda?

Gracias a Dios algunas cosas compensaban. Por ejemplo, el también veterano y más que clásico Loisel, a quien pillamos cuando ya “no podía hacer dibujos”, pero sí firmas, se portó de forma encantadora, hizo un enorme recuadro en mi album detallando que “no podía hacer un dibujo” (lo cual era un dibujo en sí mismo XD), y al pedirle la dedicatoria me contó que su hijo también se llama Leo. Estuvimos de acuerdo en que es un gran nombre para un hijo. Me hizo también una pequeña firma para mi amiga Concha, y le hizo mucha gracia que yo tuviera una amiga en Sevilla con ese nombre.

Otro grandísimo fue Arleston (el guionista de Lanfeust de Troy, serie que os teneis que leer YA si no la conocéis). A diferencia de su compañero de mesa, el ya nombrado Vatine, estuvo firmando durante más tiempo del que tenía asignado, y a pesar de ser sólo guionista, se entretuvo haciéndole a Josema un dibujo con un pequeño chiste que decía “No hay que abusar de las historietas, o acabareis convirtiéndoos en guionistas, como yo”. Que más quisiéramos. Sentí no haber estado presente, pero nos habíamos dividido en tres filas, porque aquello si no era imposible e improductivo…

Me quedé con las ganas de una Skydoll, con purpurina y todo, de Barbucci, y de una Rubia de Dzack, y seguro que me dejé algún otro famoso en el tintero. Sé que estuvo De Groot, y me hubiera gustado verle, y preguntarle si se acordaba de aquella novata de 20 y pocos años a la que invitó a una cerveza en Charleroi. Uno de mis grandes favoritos, Luguy (Perceván), tenía previsto venir, pero no vino. Sin embargo, habían publicado un libro de dibujos suyos y el chico del stand cuando me lo vendió me regaló láminas y todo... debí ser la única que lo había comprado. Al lado estaba firmando Nacho Fernández (Dragonfall), que tiene más éxito allí que en España, ya que la fila que tenía era impresionante... En cuanto nos oyó hablar español nos dió palique, tan encantador como siempre. Y descubrí de refilón, porque también vendían revistas especializadas en cómic, que acaba de fallecer Tibet, otro de mis favoritos de siempre. Que pena me dio pensar, como cuando falleció Isaac Asimov, que ya nunca podré conseguir un autógrafo suyo, o un dibujito de Chick Bill o de Ric Hochet, que fueron dos de mis amores comiqueriles de la infancia... Ah, y que si gritas "Es un grandísimo hijo de la gran puta" (sí, hablaba de Vatine) en español, los franceses lo entienden. Al menos, los que conocí, y con los que casi hice amistad (las filas siempre hermanan) en la fila de autógrafos de Dany.

En fin, una de esas experiencias para recordar, no sé si para repetir, pero que produjo
una pequeña nueva montaña de cómic que recoger, que me hizo saltarme la dieta una vez más, y que disfrutamos como enanos.

Por cierto, me di cuenta que tras un fin de semana llevando la misma ropa, embutidos en jerseys (porque hacía un frío que pelaba) y acumulando humores, pese a ducharnos todos los días, volvimos oliendo igual que la tienda friki por excelencia de Zaragoza, Freakland. Acabo de darme cuenta de que puede que ese sea, por desgracia, el más puro olor a friki. Y que quizás por eso esa tienda se llama como se llama (ejem)…

miércoles, 27 de enero de 2010

AMULETOS, KARMA Y SUPERSTICIONES VARIAS

Hace la tira de años, allá por principios de los 90, y a raíz de nuestra primera escapada al Salón del Cómic de Barcelona, Josema y yo descubrimos que había un Salón del Cómic en Charleroi, ciudad de Bélgica poco conocida a nivel turístico que ahora se ha hecho famosa por ser donde te dejan los aviones de la Ryan Air, pero que por aquel entonces sólo conseguía rivalizar con sus hermosas hermanas por el Salón que intentaba promocionar (hoy en día aún se vende a sí misma como capital belga del cómic). Como yo entonces me apuntaba a un bombardeo, y con la excusa del concurso internacional de cómic que organizaban y en el que participé dos o tres veces con tristes resultados – para qué negarlo (al menos Josema llego a ganar como guionista con su talentoso amigo Oscar Royo, aunque lo único que consiguieran fuese la publicación de un álbum con el primer capítulo de un proyecto que no llegó a terminarse nunca), en dos de sus ediciones me lié la manta a la cabeza y me fui, petate en mano, 20 y pocos años y mucha libertad y ganas de ver mundo, yo solita en tren a pasar el fin de semana en Charleroi codeándome con grandes del cómic como De Groot, quien me “adoptó” en una de las ediciones intentando animarme a seguir adelante y a llegar a publicar mis tristes proyectos.

Ambos años, en la efervescencia del comienzo del noviazgo con Josema, lo que más me dolió fue el irme sin él (no tanto como el ir sola) y no tenerle a mi lado, cosa que él suplió con cartas para que las leyese por el camino y hasta cintas de cassete que me grababa para que las escuchase en el tren.

El primer año, además, me regaló un caballito de plástico negro, pequeñísimo, que no sé de dónde lo sacó, pero que me dijo con todo cariño: “Te traerá suerte”. Yo llevaba el caballito en el bolsillo como la casi niña que era, aferrada a él como si me hubiera dado un anillo de diamantes.

Ese primer año yo estaba obsesionada con conocer a mi dibujante favorito belga de todos los tiempos, Peyo, el creador de “Los Pitufos”. Irracionalmente pensaba que si él era belga, y el salón era en Bélgica, él tenía que estar allí por narices, aunque obviamente no tenía por que ser así. Pero yo, cabezota, no hacía más que preguntar en el stand de la semidesconocida editorial que ahora tenía la licencia para publicar los pitufos, y ellos me daban largas con un “no lo sabemos, pero igual viene mañana”…

Al final, quizás a uno de los chicos le di pena, o le caí bien, o simplemente estaba hasta los mismísimos de mi, porque me dijo confidencialmente que esa tarde Peyo iba a estar en la “mediatheque”, un local donde había una exposición de originales suyos. La verdad es que ahora lo pienso y tuve una suerte loca, porque ni siquiera sabía que existía esa exposición, y probablemente si no hubiera existido, Peyo ni se hubiera pasado por ahí. Pero una combinación de conjunciones astrales, mi buena estrella habitual, un extraño sexto sentido y mucha, mucha potra se aliaron a mi favor para que Peyo estuviera en el mismo Salón del Cómic que yo.

Lo demás fue pan comido. Me planté allí una hora antes, la única fan histérica, curiosamente, que estaba allí (quizás nadie más lo sabía, quizás a nadie más le importaba). Cuando vino Peyo, me mezclé entre los periodistas, me presenté, le dije que era fan de Johan y Pirluit (a lo que él me dijo que quizás debía hablar con su esposa, allí presente) y conseguí que me dibujase una cabecita de Pirluit que atesoro como oro en paño. PhotobucketMe dio la mano (sí, me la he vuelto a lavar desde entonces, que conste…) y se metió en la exposición. Ahora creo sinceramente que cuando me señaló a su mujer me estaba diciendo claramente que mientras a él le estaban distrayendo los periodistas, me acercase yo a hablar con ella, pero en ese momento solo pensé “¡Tengo un dibujo de Peyo!”, y ante las sonrisas de los empleados de la Mediateca que siguieron mi odisea, me fui flotando en mi nube. Siempre he sido muy estúpida para esas cosas, como cuando la esposa de Moebius se interesó por las BJDs y nos dio su tarjeta, o cuando Neil Gaiman contestó a mi primer correo electrónico y yo ya no supe que más preguntarle. Tampoco soy avariciosa. Tuve mi pequeño momento de gloria, ya no necesitaba más.

Cuando salí de la Mediateca me eché la mano al bolsillo y vi que el caballito de plástico se había perdido. Me puse muy triste, y cuando esa noche hablé por teléfono con Josema, entre todas las emociones del día se lo conté apesadumbrada. Él intentó animarme con un “no tiene importancia, no tenía valor”… pero luego añadió “Mira, era un caballo-demonio de la suerte cargado con una sola carga. Una vez la ha gastado, ha desaparecido. Es normal”.

Llamadme supersticiosa, pero me quedé con esa respuesta. De hecho, a veces, estoy convencida de que el destino, el karma, o como quiera que le llamen, va por ahí. Como comenté la otra vez, mi nuevo puesto de trabajo me ha costado varios amuletos… Me refiero con ello a que tengo comprobado que cuando pierdo algún pequeño objeto al que le tengo cariño (como los angelitos de cristal que se me rompieron para Navidad, o mi amuleto japonés que se me ha perdido ya tres veces, y que la tercera, esta semana, ha sido la definitiva – a cambio de conseguir un muñeco de colección que daba por imposible), o cuando tengo que pagar un dinero inesperado como una multa o un paquete de aduanas que me retienen y no hay forma de justificar por un valor inferior, o me roban la cartera como este verano pasado… Cuando me pasa una de esas cosas, es porque va a pasar algo bueno a cambio: se soluciona un problema del trabajo, consigo algo que hace tiempo que quería conseguir, o simplemente volvemos sanos y salvos de un viaje o, como cuando Josema aprobó su proyecto de Fin de Carrera (ese mismo día me clavaron una multa por ir a 70 por la recién inaugurada prolongación de la calle Gómez Laguna, diseñada para correr pero con limite de 50), salvamos un escollo que parecía imposible de salvar…

Hasta cuando Leo, hace unas semanas, dio por perdido su escarabajo de la suerte de la Expo, ese que le regalaron en el Pabellón de Egipto por reconocer a Anubis entre todas las figuritas que allí vendían, y que llevaba al cuello como un pequeño tesoro, utilicé ese argumento para animarle. Por supuesto, no le ayudó mucho. Para él ese escarabajo era especial y que su “carga” de suerte se hubiera gastado no le servía de mucho, y cuando al final lo encontró enredado en el pantalón, la verdad es que decidió dejar de llevarlo “por si acaso”.

Quizás sea una superstición, o un consuelo, o un simple “estaban verdes”, pero al menos me consuela pensar que todo lo malo, por poco malo que sea (aunque emocionalmente me ponga triste), va a conllevar algo infinitamente mejor a cambio. Lo mejor es que, normalmente, ocurre.

lunes, 14 de diciembre de 2009

FRASES LAPIDARIAS

Leo siempre ha sido capaz de sorprenderme con una frase. Empezó muy jovencito, cuando con 2 añitos recién cumplidos, en Diciembre, en un centro comercial, me pidió que compartiera con él mi zumo de naranja repitiendo el “¡Ponme otra, amigo, me tienes seco!” que acababa de oír en la pantalla del Media Markt dónde estaban proyectando la genial “El Emperador y sus locuras”, de Disney.

Después de aquello ha tenido como mil salidas de ese estilo, y probablemente las he registrado en algún sitio, pero como mi amigo el señor Alemán está tan activo últimamente, creo que soy incapaz de recordar ninguna. Haciendo memoria me viene a la cabeza su definición de DNA, hecha cuando tenía 5 ó 6 años: “eso que tenemos en nuestro interior que hace que seamos como somos”. O cuando infirió, al mirar una tabla periódica y siguiendo el razonamiento de la película Evolution, que, si los seres humanos somos seres vivos basados en el Carbono, y nuestro veneno es el Arsénico, y los marcianos de esa película estaban basados en el Silicio y por tanto su veneno era el Selenio, Superman, cuyo veneno es la Kriptonita, tenía que ser una forma de vida basada en el Fluor (coged una tabla periódica y seguireis el razonamiento). Seguramente al final recordaré alguna más... Pero no quiero que se me olvide la de ayer, porque fue simplemente redonda...

Estábamos terminando de comer en casa de mis padres, como todos los domingos, y salió el tema de un trabajo que estaba haciendo a medias con una compañera de clase sobre la geosfera terrestre. Necesitaba imágenes, y quería que le ayudásemos a descargarlas de internet e imprimirlas. Pedía especialmente alguna imagen de la película “El Núcleo” que habíamos visto recientemente y de la que se le había quedado la errónea impresión de que una teoría decía que la tierra era hueca como una Geoda. Entonces le corregimos, ya que en esa película lo que sugerían era que había espacios huecos como geodas, efectivamente, pero no en el centro de la tierra sino repartidos por el manto terrestre, y mi marido empezó a explicarle como sería un hipotético corte de la Tierra. Empezó usando como ejemplo una naranja, pero al faltarle el núcleo pasamos rápidamente a un melocotón: “Imaginate un melocotón”, le dijo. “El hueso, ¿qué sería?” “El núcleo”, dijo Leo. Siguieeon con la carne (el manto), y la piel (la corteza terrestre). Yo, por hacer la broma, y pensando que lo relacionaría con la película ya nombrada y que diría que era la nave de los protagonistas, le pregunté “¿Y el gusano? ¿Qué sería el gusano?”.

Y el contestó sin dudarlo ni un momento y sin equivocar la pronunciación:

“¡Jörmundgander!”

Sobran los comentarios.

sábado, 12 de diciembre de 2009

SPANISH MOVIES

Hace algunos años una película cambió mi vida. Y si esperáis una película profunda o de cierta relevancia moral, estáis equivocados. La película en cuestión fue "Scary Movie 3", y si cambió mi vida fue porque algunos meses antes, Leo había visto “Señales” y había desarrollado un terror pánico hacia los extraterrestres y hacia cualquier cosa que le recordase dicha película. Es curioso como los miedos cambian de unas personas a otras, porque a mí Señales me pareció una peli más bien aburrida, pero a él, como digo, le encendió un pequeño interruptor en su interior y desde entonces no podía ver ni los tráileres de Expediente X en la televisión.

De pronto, haciendo algún tipo de zapping, nos encontramos con "Scary Movie 3", que parodiaba con gran maestría “Señales”, “The Ring” y otras películas menos aterradoras como “Matrix”. Y aunque Leo no perdió el miedo a los extraterrestres, el hechizo que hacía que sólo recordarle “Señales” le dieran escalofríos se rompió. Empezamos a dormir más tranquilos y a valorar un género que a mi al menos me pasaba desapercibido, las parodias de otras películas o, como las llaman usando un término anglosajón, “Spoof movies”. Que en realidad ha dado pocas perlas, aparte de esta Scary Movie 3, ya que incluso las primeras partes de esta parodia son mucho peores, soeces, desagradables, y con un humor menos agudo que esta tercera parte o que la cuarta, que tampoco está mal del todo (impagable la escena en la que Cindy Campbell habla en “japonés” subtitulado con el niño de “La Maldición”).



A pesar de ello, cuando descubrimos que en España habían decidido realizar una película en la misma línea, cuanto menos, la curiosidad nos pudo.



Los tráileres nos empezaron a enganchar...



Y nos faltó tiempo para ir al estreno, en los multicines Renoir, por cierto (que son los que más cerca tenemos de casa, y que por su repertorio de cine español y/o intelectual la verdad es que frecuentamos poco)...

La verdad es que la película no nos ha decepcionado. Que no pasará a la historia del cine, vale. Que proporciona un buen rato riéndose sin malicia, y con bastante mejor gusto que las dos primeras Scary Movies, del cine español, es una verdad como un templo. Lo mejor de todo, que incluso aunque no hayas visto todas las películas que parodian, sólo con lo poco que se sabe de ellas como cultura popular (no parodia “el cine español” tradicional, de la pre-post-durante-Guerra Civil o de comedia romántica soez tipo Jorge-Sanz-se-quiere-f*ll*r-a-Maribel-Verdú, sino los grandes éxitos que lo han sido, precisamente, por salir de esos aburridos tópicos que Juanma Bajo Ulloa englobó tan acertadamente en aquella convención de StarWars) coges los guiños y te ríes a carcajadas.

Y entonces te vas reconciliando con el cine español, y lo apoyas, y te animas a ver “Planeta 51”, que no tiene nada que envidiar a otras películas de animación 3D que se han estrenado de otras compañías (quizás no llegue al nivel de la Pixar, pero en lo que a mi respecta lo pondría a la altura de películas como “Shrek”), o descubres de casualidad pequeñas joyas como “Nocturna”, deliciosa historia de fantasía con una animación completamente distinta a lo que estamos acostumbrados, música maravillosa, y un argumento que a mí me recordó a la vez a las poéticas historias de estrellas perdidas de Neil Gaiman y a los mundos de fantasía infantil para niños inteligentes de Michael Ende...



No os perdáis ninguna de ellas. Cada una en su género, vale la pena, y les dan mil vueltas a todo lo que nos viene del otro lado del charco.

martes, 3 de noviembre de 2009

DIOSES Y MONSTRUOS

Ya hemos vuelto del fin de semana, y Leo ya celebró su cumpleaños. Parece que los múltiplos de 5 tienen que ser especiales, cuando cumplió 5 nos lo llevamos a Disneyland Paris y ahora que ha cumplido 10, la escapada ha sido a Port Aventura. Que ambos parques tengan durante estos días temática de Halloween ayuda e incentiva.

Sé que hay quien está en contra de esta fiesta, por considerarla importada de Estados Unidos. Otros defienden que ya se celebraba en otros sitios. Ni tanto ni tan calvo: en prácticamente todas las culturas occidentales se ha celebrado de una u otra forma la noche del 31 de Octubre, como se ha celebrado la del 24 de diciembre o cualquier otro Solsticio o Equinoccio... Son fiestas relacionadas con los astros, con la cosecha, con el fin y el comienzo de las estaciones, y la única diferencia está en la forma de celebrarla. En España es una fecha triste, de luto, de ir al cementerio a acondicionar las lápidas de nuestros antepasados (alguna vez hay que hacerlo, así que está bien que haya una fecha que nos lo recuerde) y de ver Don Juan Tenorio por la noche en la TV. En México hacen fiestas coloristas que de niña me aterraban por estar llenas de esqueletos. Y en Estados Unidos disfrazan a sus niños y los mandan (en los barrios residenciales) a las casas de los vecinos a buscar chucherías bajo la amenaza de “¿Truco o trato?” Y digo yo, ¿tan malo es que a los niños españoles, hartos de ver el especial de Halloween de los Simpson en agosto, les apetezca hacer algo divertido para variar? Mientras no perdamos nuestras costumbres, yo no tengo ningún reparo en adoptar otras, siempre que aporten algo bueno y divertido a nuestras vidas. Como Papá Noel y los Reyes Magos: a mi casa, donde todo el mundo es bienvenido aunque no quepa demasiado bien, vienen los dos.

En cualquier caso, Leo no tiene la costumbre de disfrazarse para Halloween, pero para el año de Disneyland nos apuntamos a la fiesta nocturna y aunque no hubo “Truco o trato” nos disfrazamos los tres. Bueno, si a lo de Josema se le puede llamar disfraz (lo llames como lo llames, fue el que triunfó de los tres). Leo con un fantástico disfraz de Tiranosaurio que le compré en eBay para la ocasión. Yo con un disfraz de Maléfica, la mala de “La Bella Durmiente”, que mi maravillosa y ahora tristemente abandonada (en el email que no en mis pensamientos) amiga Selenita me prestó, por correo desde San Sebastián, y que aunque un poco corto, me iba como un guante. Y Josema improvisó un disfraz atándose a la capucha del anorak (la noche era pelona de narices, todos llevábamos jerseys debajo del disfraz) un “facehugger” de peluche, de la película Alien, que yo le había regalado hacía poco (y que sinceramente no sé donde para ahora mismo). Como he dicho antes, triunfó, e incluso un pasajero de la atracción de Star Wars pidió (en broma, o eso creo) bajarse de la nave al verle con un “Mademoiselle, j’ai peur!”.


El caso es que este año no había fiesta de Disfraces (en Port Aventura no la hacen), pero a Leo le dio igual. Se le ocurrió una idea genial, y encima, me sugirió una a mí que además era facilísima de poner en práctica. Así que pasamos sábado y domingo en el parque, y el mismo sábado a las 6 de la tarde o así (me parecía un poco excesivo ir todo el día disfrazados) nos salimos al parking a por los disfraces y nos disfrazamos.

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El de Leo es una pasada, ¿a que sí? Aunque, como me dijo mi tocaya y compañera de trabajo, los disfraces que elige mi hijo son para gente inteligente. Así, muchos le reconocieron, pero algun(a) gilipollas sin cerebro llegó a preguntar en voz alta si ese disfraz era de Cleopatra.

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El mío... bueno, tuvo casi más éxito que el de Leo y la verdad es que dí unos cuantos sustos a la gente. Más sencillo imposible: peluca, kimono (abrochado al revés, por supuesto) y unos guantes del todo a 100. Hasta el Frankestein que encabezaba el desfile de La Parada de los Monstruos se detuvo a darme unas palmaditas en la espalda. Y es que acojonaba lo suyo, mi disfraz...

viernes, 30 de octubre de 2009

MORNING 80

Hoy el pequeño momento de gloria ha sido para Leo, y me alegro de ello más de lo que podeis imaginar.

De mañana al trabajo siempre llevo en el coche la emisora M80. Aparte de que soy perezosa y reticente al cambio, la mayoría de los programas matinales no me gustan: a mi me gusta escuchar música y no a un tío hablando de su vida y diciendo tonterías. Además, a mí lo que me despierta de verdad es la música.

En su día escuchaba No Somos Nadie, desde su época con Pablo Motos, e incluso con él había secciones en los que cambiaba de emisora porque no soportaba tanta tontería (en concreto una sección llamada “Posturas sexuales realmente innovadoras”, o algo así, en la que ponían una voz que imagino pretendía ser erótica, pero era patética, que también es esdrújula, pero que me ponía mala. Como cuando escucho a U2 o Maná, que tengo que cambiar de emisora porque me enerva el tono llorica de su voz). Cuando pasaron a Celia Montalbán la cosa mejoró. Su equipo era mucho más divertido y sus secciones en general me entretenían todas, al menos en los breves 20 minutos en los que tardaba en llegar de casa al trabajo.

Y de pronto, a vuelta de vacaciones, me encuentro con que han vuelto a cambiar, esta vez han partido de cero, y hacen un programa nuevo (aunque exactamente en la misma línea que el anterior) llamado Morning 80.

A mí, que como digo, soy reticente al cambio, me costó acostumbrarme. Celia Montalbán me gustaba, y la veía con un equipo muy participativo y en 20 minutos contaban y hacían muchas cosas. Estos dos chicos nuevos (o al menos, nuevos para mí), Javier Penedo y Miguel Coll, se lo comían y guisaban ellos solos y qué quereis que os diga, al principio me parecían un poco perdidos. Aunque también es cierto que Celia parecía perdida al principio, así que pensé que todo sería cuestión de tiempo.

En efecto, poco a poco cogieron carrerilla. Y de pronto una mañana, hará cosa de un mes, anunciaron una nueva sección en la que llamarían por teléfono a niños más o menos pequeños para felicitarles el día de su cumpleaños.

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Montaje obra de Josema para felicitar a Leo en diversos foros

No perdí tiempo, y ese mismo día les mandé un correo electrónico con la fecha (30 de Octubre, ya que el 31, sábado, no hay programa), la mejor hora para llamarle y el móvil de su padre, por si ya iban en el coche.

Obviamente no recibí respuesta, y a lo largo de las semanas vi viendo como desarrollaban la sección. Solían llamar sobre las 7,50, y por lo que ví, no hacían segunda tanda de llamadas. Además no llamaban a más de dos niños, aunque nombraban a los demás que hubieran recibido. Así que conforme se acercaba la fecha (o sea, la semana pasada) les mandé un correo recordatorio, les dije que podían llamar perfectamente a las 7,50, y el número personal de casa por si acaso. Quedé con Josema en que el día 30 por narices tenía que ser él quien llevase a Leo al cole (el hecho de que Leo esté a caballo entre dos casas complicaría la cosa, y si tenían que decidir a qué número llamar había bastantes posibilidades de que no le llamasen), pero a Leo no le dijimos nada porque prefería que fuese una sorpresa, y, además, no quería que se decepcionase si no le llamaban. Que Leo es un fan de M80, y su grito de guerra siempre que sube al coche es “¿Pones M80?”.

El caso es que ayer recibí un correo electrónico del programa diciendo que intentarían llamarle a las 7,50. Imaginate los nervios que se me pusieron. Hemos orquestado la mañana para que Leo estuviera despierto a esas horas, su padre con él y la radio puesta. Y yo me he ido a trabajar con M80 puesta y el alma en vilo, que me ha dado un salto cuando el primer niño al que han llamado (mayor que Leo, pero bastante sosete) no era él, y otro cuando ¡Sí!, a la segunda, han llamado a Leo, y le han hecho la pregunta “¿Qué es lo primero que haces cuando subes al coche?”.

Le han pillado fuera de onda y le ha costado reaccionar, pero luego ha dado la respuesta correcta “Pedir M80”, le han hecho cantar la sintonía del programa, y tras llamarle crack, han añadido al colgar “¡Que espabilao!”. Que sí, que al compararlo con el primer niño la verdad es que Leo les ha dejado el listón muy alto, pero en fin, a mi se me caía la baba.

Y ya no os digo cuando luego Leo me ha llamado de propio para darme las gracias por el regalo, porque “le había hecho mucha ilusión”.

No se nota nada lo mucho que le quiero, ¿verdad?

sábado, 3 de octubre de 2009

NATIONAL GEOGRAPHIC 2

Cumpleaños infantil en el parque de Atracciones de Zaragoza. Aproximadamente 20 niños acechan a su presa: la tarta de gominolas que, como otros años, me ha tocado hacer a mí, y que lleva 17 euros de gominolas de Frutos Secos El Rincón que, creedme, a peso, son unas cuantas gominolas.

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Llega el momento de quitarle el plástico y encender las velas. Me toca a mi encenderlas, y me cuesta un par de intentos porque siempre está el graciosillo de turno que sopla mientras estás con la segunda vela, o nada más encenderla. Al final se sosiegan, conseguimos que soplen todos a la vez...

Y antes de que me de tiempo a sacar la cámara y a hacerles una foto soplando, la tarta ya ha quedado en estas condiciones.

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La jauría ha caído sobre ella, y hasta ha habido que pararle los pies a un cachorro más espabilado que había arramblado con un piso entero de tarta sin dejar meter baza a los demás. Luego dirán que los niños son tontos... Salvajes puede, pero tontos, ¡ni un pelo!

domingo, 12 de julio de 2009

A TRAVÉS DE SUS OJOS

Cuando estaba embarazada, y con mi miedo perenne a la mortalidad, me preguntaba como sería tener un hijo, si sentiría algo especial, si, incluso (y eso sería rizar el rizo) de alguna forma mi consciencia se transmitiría a su cuerpo cuando el naciera. Sé que es una idea extraña, pero teniendo en cuenta las neuras que tengo sobre que pasará conmigo – con esa parte de mí que sabe que yo soy yo – una vez me muera, la idea de pasarsela a mi hijo a través del vientre materno no me parecía tan descabellada.

Por supuesto, eso no ocurrió, yo sigo encerrada en esa parte de mi cerebro que está detrás de mis ojos y Leo es, como debe ser, un ente independiente con vida, voluntad y personalidad propias que si algo se llevó consigo, a parte de la mitad de mi ADN y 9 meses de compartir sustancias a través de mi sangre, es esa conexión amorosa que digo siempre que me parece casi antinatural, hasta el punto que creo que tiene que ser algo bioquímico o algo, porque no me parece normal quererle tanto que me duela, y sentir que daría mi vida por salvar la suya.

El caso es que la otra semana Leo se fue de vacaciones con sus abuelos a Moscú y San Petersburgo. Los días previos fueron una tortura para mí, no conseguía hacerme a la idea de que durante una semana iba a estar a casi 4000 kms. de mí, aunque fuese a estar en buenas manos. Curiosamente, una vez se marchó, tras dejarles en el aeropuerto, se me pasaron todas las preocupaciones – también es cierto que me mantuve ocupada: quedada muñequil en Madrid con gente maravillosa, quedada al día siguiente en Guadalajara con la gente de la Aldea Rolera, igual de maravillosa, y luego la semana de trabajo en el hospital, y trabajo en casa preparando las cosas para la reforma del baño en la que nos embarcamos la semana que viene. Llegamos al sábado día 4 en un pis pas, y tras pasar el día en Madrid de compras (y encontrarnos sin querer en medio mismo de la manifestación del Orgullo Gay) y recoger a la familia en el aeropuerto a las intempestivas 2 de la madrugada, volvía a tener a mi no tan pequeñajo en casa y me sentía de nuevo completa.

Luego vino, por supuesto, el visionado de fotos y la narración de anécdotas, y por un momento empecé a morirme de envidia y a pensar en lo mucho que me habría gustado estar allí... Pero poco a poco empecé a tener la sensación de que realmente había estado, de que lo había visto. A reconocer Moscú en videos musicales como el de Rasputin de Boney M, que le intenté poner a Leo hablando de dicho personaje en el coche (al sonar la canción en M80). Y entonces me dí cuenta de que había estado allí. De que al fin y al cabo, hay un trocito de mí en Leo. Y ese trocito de mí había estado con él en Moscú y San Petersburgo.

Y las había visto a través de sus ojos.

lunes, 22 de junio de 2009

NATIONAL GEOGRAPHIC

La manada rodeaba a su víctima entre gritos y jadeos. La presa saltaba y cambiaba de dirección continuamente, en un intento desesperado de salvarse, de aguantar un poco más, hasta que sus verdugos se cansaran, pero era inútil. Al principio los depredadores la perseguían a ciegas, los machos con más ímpetu, las hembras más sagaces, sin importarles incluso el hacerse daño entre ellos, en el ardor de la persecución. Los primeros golpes, que los depredadores se turnaban para asestar, como si fuese un juego, no la hirieron de gravedad, pero cuando el primer macho consiguió arancarle una pata, la manada recrudeció sus avances.

El pequeño dinosaurio sólo aguantó una hora, una eterna hora de agonía al cabo de la cual, una de las veces, no saltó lo suficientemente rápido ni lo suficientemente alto, y la manada cayó sobre él al unísono, derribándolo y destripándolo con rapidez y efectividad.

Escasos minutos después, los niños volvían triunfantes con las manos llenas de golosinas e incluso con los restos destrozados de la pobre piñata.

Crónica real y veraz del juego de la Piñata durante la fiesta de Dinosaurios de Leo

viernes, 19 de junio de 2009

PEQUEÑAS MAGIAS COTIDIANAS

Ayer me harté de esperar a tener noticias de mi cartera robada, así que decidí pedir cita para renovarme el DNI y el pasaporte (ese no me lo han robado pero lo tengo caducado, y si bien no me pusieron pegas al votar o al pagar con tarjeta, en el Corte Inglés me tuvo que tocar una tocapelotas que cuando fui a recoger la tarjeta nueva casi me hace pasar por el detector de mentiras por llevar el pasaporte caducado, porque algo en su estrecho cerebro le hacía desconfiar de alguien a quien, porque le han robado la cartera con TODA la documentación, acude a recoger el duplicado de la tarjeta del Corte Inglés con el único documento que le queda, el pasaporte caducado hace escasamente un año...). Me preocupaba que la cosa se alargase demasiado, como en efecto así iba a ser (me dieron cita nada menos que para el 13 de agosto) y aunque me planteé llamar primero a Objetos Perdidos para preguntar de nuevo si habían encontrado alguno de mis documentos, la pequeña parte de mí que aún cree en la magia cotidiana que rodea todas las cosas y que hace pequeños rituales supersticiosos dijo “No llames, que entonces no lo tendrán”.

Parece que la magia funcionó, y hoy cuando he vuelto a casa me he encontrado una carta de Objetos Perdidos diciendo que tienen a mi disposición mi DNI, mi permiso de circulación, el carné del Colegio de Médicos y algunas de las tarjetas que no han podido utilizar porque anulé convenientemente nada más detectar el robo. La verdad es que la cartita tiene su punto irónico: Objetos Perdidos de Zaragoza sólo abre de de 10 de la mañana a 1 del mediodía de lunes a viernes, y para más recochineo, solo guardarán mi documentación durante un plazo de 15 días naturales, tras lo cual la remitirán al organismo emisor correspondiente... Menos mal que permiten que alguien, debidamente acreditado (con mi DNI lo tiene difícil, puesto que lo tienen ellos) pueda ir en mi lugar a recogerlo, porque la verdad, manda narices...

En cualquier caso, a la alegría incondicional de ver que me iba a ahorrar el papeleo, las filas, la pérdida de tiempo y los 30 euros que me costaría renovarme ambos documentos desaparecidos (el pasaporte, caducado, me lo voy a renovar de todos modos, ya que tengo la cita) se añadió la pequeña y retorcida satisfacción de ver que mi pequeño “hechizo” había funcionado, de lo cual no he podido evitar vanagloriarme cuando he subido a Santa Fé a recoger a Leo de casa de mis padres.

Yo lo he llamado “magia cotidiana” y “manipular las Leyes de Murphy en tu favor”, y entonces Leo, desde detrás de la DS que acababa de darle, y demostrando que cuando quiere, está a la conversación, me ha interrumpido para apuntillar: “Eso no es magia, es un truco para jugar a Matrix


Y de nuevo me ha maravillado, porque la definición no ha podido ser más correcta. Ya veis, todavía hay gente por el mundo que no ha entendido “Matrix” y mi hijo no sólo entiende el concepto perfectamente sino que se permite el lujo de utilizarlo para hacer metáforas respecto al día a día.

¿Entendéis por qué se me cae la baba con él?

lunes, 15 de junio de 2009

ANSIEDAD

Me pasa muy de cuando en cuando, gracias a Dios, pero a veces tengo pequeñas crisis de ansiedad. Anoche tuve una de ellas, y no se las deseo a nadie.

Supongo que es una forma de canalizar los problemas como otra cualquiera. Esta semana ha sido mala, no lo puedo negar. Lo que empezó ya la semana pasada con el robo de la cartera y los muchos cambios de planes que tuve que hacer, se agravó con peleas en casa y la perspectiva de que, con el fin de curso a la vuelta de la esquina, ya no voy a estar con Leo más que los fines de semana, o si subo a comer a casa de mis padres, lo que significará no aprovechar la tarde en casa y con un poco de suerte saltarme la dieta (llevo atascada dos meses en el mismo peso y es de lo más frustrante). Puede parecer una tontería, pero me gusta estar con mi hijo, y me fastidia horrores que por temas de trabajo no pueda quedarse en casa con nosotros. A veces me cuesta entender a esas familias que en cuanto llegan las vacaciones “aparcan” al niño en unos campamentos o lo mandan al pueblo con los abuelos... Puedo entender que no puedan hacerse cargo de él, como nos pasa a nosotros, porque por la mañana se van a trabajar los dos y no pueden dejarlo solo en casa, pero de ahí a pegarse un mes entero sin verle, o sin verle más que los fines de semana... no sé, a mi se me hace muy cuesta arriba. Va en formas de ser, de todos modos.

En cualquier caso, anoche se me echó el mundo encima. No era capaz de quedarme sentada viendo la tele, a pesar de que Josema, el pobre, hacía todo lo posible por ofrecerme un muestrario de películas o programas que me pudieran gustar. No podía ponerme a hacer algo, porque pensaba que a esas horas ya no iba a poder terminarlo, pero tampoco me podía quedar quieta porque pensaba que estaba perdiendo el tiempo. Daba vueltas por la casa como un animal enjaulado y sentía mariposas en el estómago como cuando anticipas algo importante. Le daba vueltas a todo lo que tenemos que hacer esta semana (nos vamos a meter con una reforma integral del cuarto de baño, y supongo que eso puede poner nervioso al más pintado), y mi única sensación era que no nos iba a dar tiempo a nada.

Al final me fui a la cama. Gracias a Dios, mi ansiedad no es grave y no me quita el sueño. Hoy sería otro día.

Y lo es, pero las puñeteras mariposas siguen ahí.

lunes, 30 de marzo de 2009

FOTOGRAFIANDO HADAS



Hace años había un precioso anuncio de la lotería de Navidad, cuando aún los protagonizaba el famoso “Calvo de la Lotería”, rodado en la Estación de Canfranc. Aquellos anuncios eran parte de la Navidad, y aunque yo no soy dada a los juegos de azar (de hecho soy como el catalán del chiste, siempre soñando con que me toque la lotería, pero nunca compro el décimo), la verdad es que era verlos y saber que ya se acercaba esa fecha tan especial del año.

Además, ese anuncio en concreto desveló un enigma (y quizás creó otro) en la infancia más temprana de Leo, quien con poco más de dos añitos ya había soltado la lengua y no hacía más que decir que veía “apetos” por todas partes. Nadie sabíamos qué demonios era eso de los “apetos”, pero él señalaba a lugares vacíos y decía “¡Mamá, apeto!”. Así durante varias semanas...

Hasta que se acercaron las fechas navideñas y emitieron el anuncio de la lotería de ese año por primera vez, y Leo vino a buscarme muy excitado y me llevó a la tele: “¡Mamá, mamá, apetos!”, exclamaba, señalando a las preciosas haditas de la suerte del anuncio.

Así que los apetos eran las hadas... Un enigma resuelto. Y como digo, un nuevo enigma en el que pensar, porque... ¿qué veía Leo que nososotros no veíamos? ¿Realmente veía hadas por los rincones de la casa de mis padres?

Me gusta pensar que sí...

En cualquier caso, Leo ha perdido esa capacidad. Y yo, por mi parte, seguía fascinada con ese anuncio, así que cuando terminamos de comer en el Pirenarium este sábado, comenté que el cinco de marzo, en nuestra escapada fallida a la nieve (en realidad no fue fallida, vimos nieve, mucha, demasiada...), no habíamos conseguido llegar a la estación de Canfranc, y me había quedado con las ganas de verla, y mi madre propuso escaparnos un momento desde allí.

Curiosamente, aunque en Sabiñánigo no nevaba, fue ir acercándonos a Canfranc y convertirse la niebla en lluvia, la lluvia en aguanieve y el aguanieve en copos que iban cuajando y dejando un manto blanco. No llegó a los extremos del 5 de marzo, que Canfranc pueblo estaba con más de un metro de nieve, siendo imposible incluso entrar en el mismo. Esta vez, Josema se pegó el capricho y en vez de ir por la carretera principal, atravesó el pueblito.

Y al poco llegamos al nuevo pueblo que rodea la estación, y a la estación en sí.

A pesar del aspecto de cuento de hadas que tiene en el anuncio, la estación de Canfranc está semiabandonada. Aunque están trabajando en restaurarla, porque es un edificio bellísimo y sería muy triste que se perdiera, las ventanas están sin cristales, y las vallas y las señales de que ahí se está haciendo una obra no hacen más que reafirmar la sensación de soledad. Sin embargo esa misma sensación, y la nieve que caía lentamente no le hacían perder la magia, al revés. Era como estar en Navidad de nuevo, aunque fuera finales de Marzo.

No me hubiera sorprendido ver a alguna hadita volando por ahí. Quizás estaban, después de todo, camufladas entre los copos de nieve....

 
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