Lo sé. Estoy desaparecida. Y gran, grandisima parte de la
culpa la tiene mi nuevo trabajo, pero no es la única. Desde la entrada del 19 de abril, la que estais cansados de ver en mi blog desde hace varios meses, me
he vuelto adicta. Y no a los videojuegos, ni a cierto videojuego en concreto,
aunque también éste sea otro culpable a señalar, pero no por el tiempo que
pueda pasar jugando (que es, creedme, más bien poco), sino adicta a Deviantart.
Deviantart es una página para que los artistas muestren sus
trabajos en cualquier campo. Allí puedes encontrar desde el típico niño de 14
años que postea los garabatos que hace en clase hasta artistas consagrados como
Adam Hughes. Mi marido lleva años navegándola, y descargándose maravillosos
dibujos que luego utiliza como fondo de escritorio, o simplemente como
referencia para sus partidas de rol o para cualquier otra cosa que imagine.
Nunca se creó una cuenta en la misma, pero como conté hace casi dos años, las
navidades en las que me regaló la tableta gráfica decidió añadir a su regalo
una cuenta de Deviantart para mí, para que yo subiera a la misma mis dibujos.
Pero en todo ese tiempo yo apenas le hice caso a dicha
cuenta. Y es que aunque toda mi vida me ha gustado dibujar, los diversos
“tozolones” que he recibido me hicieron perder el interés. Luego, como dicen,
la vida tuvo otros planes, y al final abandoné casi completamente el dibujar a
favor de otros hobbies como los juegos de rol, los muñecos o, simplemente,
relacionarme con otras personas a través de los foros de internet.
Supongo que todo influye. Cuando yo era niña, me podía pasar
horas muertas dibujando. Dibujaba sobre todo en clase, porque si hay algo que
no he dejado de hacer, es abocetar etereas damiselas mientras escucho hablar a
otras personas, siempre que tenga un boli y un papel a mano. Es algo que sale
de mi interior sin poder evitarlo, ni siquiera pienso lo que dibujo (es más, si
intento pensarlo, entonces no me sale), y lleno las hojas de caritas de mujer,
algunas mejor hechas que otras, mientras juego a rol o mientras estoy en
reuniones de trabajo. En ese sentido, creo que moriré con el lápiz en la mano.
En el colegio esa era una de las cosas que te hacían
popular. A los profesores, los que me conocían bien, no les molestaba, porque
sabían que yo atendía igual en clase (mis notas lo demostraban), y alguno
incluso llegó a ofrecerme algún proyecto, como el comic sobre la historia de la
Filosofía que nunca se materializó. A los compañeros, sobre todo los más
pequeños, les volvía locos. Me pegaba todo el viaje de vuelta a casa en el
autobús haciéndoles dibujos sobre los personajes de las series de moda (a veces
me tocaba comprarme un sobre de cromos de tal o cual serie como referencia
porque no los conocía), y al mediodia solía ir media hora antes sólo para sentarme
en uno de los bancos de la entrada y hacer dibujos a los niños que se quedaban
a comer, que hacían fila para conseguir uno de mis garabatos como ahora hago yo
fila para conseguir uno de Mike Mignola.
Aquellos eran buenos tiempos.
Con el tiempo, y a pesar de que los adultos insistían en que
dedicarse al dibujo no tenía futuro, tuve bastante claro que quería dedicarme a
dibujar mis propios comics. Y cuando empecé la universidad empecé también a
moverme en círculos más cercanos a mis hobbies, empezando por pequeños
concursos organizados por organizaciones de jóvenes como el Cipaj y luego
uniéndome a grupos de dibujantes en mi misma situación para publicar nuestras
obras en aquellos modestos fanzines que hacíamos a base de fotocopias.
De aquellos fanzines surgió gente que acabó consiguiendo
publicar en serio, pero yo no fui uno de ellos.
Desgraciadamente, nunca conseguí el nivel mínimo de calidad
que exigían los editores.
Me recorrí salones del comic y editoriales, en España y en
Europa, y la respuesta era siempre un “Sigue intentándolo”. Participaba en
concursos y a veces incluso me llevaba la alegre sorpresa de llegar a la final,
pero nunca ganaba ningún premio.
Con esos pobres incentivos al final mi interés se fue
apagando. Mis estudios “serios” (esos que no me gustaban pero hacía “por si
acaso”) y mis siguientes trabajos en ese campo; mi relación de noviazgo y luego
matrimonio, el nacimiento de mi hijo, me hicieron ir perdiendo el interés, y al
final la cosa se quedó en un “fue bonito mientras duró”.
Y a pesar de los muchos intentos de mi marido por
incentivarme a coger los lápices de nuevo, ver que estos cada vez me obedecían
menos, y solo seguían saliendo las damiselas que dibujaba sin pensar, me
terminaron de desmotivar.
Quizás me haya pegado más de 10 años sin dibujar en serio.
Y entonces vino Dragonage y su fandom en Deviantart.
Y es que en la comunidad de artistas de Deviantart, muchos
dibujantes aprovechan para subir sus dibujos sobre peliculas, novelas, y, por
supuesto, videojuegos… Y en mi adicción por el mismo, y en mi búsqueda de más
información, de pronto me encontré con montones de personas que hacían hermosos
dibujos y más aún, divertidas historietas, inspiradas en sus experiencias con
dicho juego. Y de pronto se me ocurrió una a mí. Y decidí dibujarla. De forma
sencilla, sin complicarme la vida. Lo iba a hacer sólo para divertirme, para
compartir con gente que iba a entenderla, a reirse conmigo. Y la subí a
Deviantart.
Y, como cuando era niña, ahora hay gente a quienes les
gusta, comparten su afición conmigo, y más aún, se han compartido en grandes
amigos. De pronto me he dado cuenta de que eso es lo que quiero hacer.
Disfrutar de algo que me gusta, sin la presión de hacerlo por obligación. ¡Qué
suerte la mía!
0 comentarios:
Publicar un comentario