miércoles, 27 de enero de 2010

AMULETOS, KARMA Y SUPERSTICIONES VARIAS

Hace la tira de años, allá por principios de los 90, y a raíz de nuestra primera escapada al Salón del Cómic de Barcelona, Josema y yo descubrimos que había un Salón del Cómic en Charleroi, ciudad de Bélgica poco conocida a nivel turístico que ahora se ha hecho famosa por ser donde te dejan los aviones de la Ryan Air, pero que por aquel entonces sólo conseguía rivalizar con sus hermosas hermanas por el Salón que intentaba promocionar (hoy en día aún se vende a sí misma como capital belga del cómic). Como yo entonces me apuntaba a un bombardeo, y con la excusa del concurso internacional de cómic que organizaban y en el que participé dos o tres veces con tristes resultados – para qué negarlo (al menos Josema llego a ganar como guionista con su talentoso amigo Oscar Royo, aunque lo único que consiguieran fuese la publicación de un álbum con el primer capítulo de un proyecto que no llegó a terminarse nunca), en dos de sus ediciones me lié la manta a la cabeza y me fui, petate en mano, 20 y pocos años y mucha libertad y ganas de ver mundo, yo solita en tren a pasar el fin de semana en Charleroi codeándome con grandes del cómic como De Groot, quien me “adoptó” en una de las ediciones intentando animarme a seguir adelante y a llegar a publicar mis tristes proyectos.

Ambos años, en la efervescencia del comienzo del noviazgo con Josema, lo que más me dolió fue el irme sin él (no tanto como el ir sola) y no tenerle a mi lado, cosa que él suplió con cartas para que las leyese por el camino y hasta cintas de cassete que me grababa para que las escuchase en el tren.

El primer año, además, me regaló un caballito de plástico negro, pequeñísimo, que no sé de dónde lo sacó, pero que me dijo con todo cariño: “Te traerá suerte”. Yo llevaba el caballito en el bolsillo como la casi niña que era, aferrada a él como si me hubiera dado un anillo de diamantes.

Ese primer año yo estaba obsesionada con conocer a mi dibujante favorito belga de todos los tiempos, Peyo, el creador de “Los Pitufos”. Irracionalmente pensaba que si él era belga, y el salón era en Bélgica, él tenía que estar allí por narices, aunque obviamente no tenía por que ser así. Pero yo, cabezota, no hacía más que preguntar en el stand de la semidesconocida editorial que ahora tenía la licencia para publicar los pitufos, y ellos me daban largas con un “no lo sabemos, pero igual viene mañana”…

Al final, quizás a uno de los chicos le di pena, o le caí bien, o simplemente estaba hasta los mismísimos de mi, porque me dijo confidencialmente que esa tarde Peyo iba a estar en la “mediatheque”, un local donde había una exposición de originales suyos. La verdad es que ahora lo pienso y tuve una suerte loca, porque ni siquiera sabía que existía esa exposición, y probablemente si no hubiera existido, Peyo ni se hubiera pasado por ahí. Pero una combinación de conjunciones astrales, mi buena estrella habitual, un extraño sexto sentido y mucha, mucha potra se aliaron a mi favor para que Peyo estuviera en el mismo Salón del Cómic que yo.

Lo demás fue pan comido. Me planté allí una hora antes, la única fan histérica, curiosamente, que estaba allí (quizás nadie más lo sabía, quizás a nadie más le importaba). Cuando vino Peyo, me mezclé entre los periodistas, me presenté, le dije que era fan de Johan y Pirluit (a lo que él me dijo que quizás debía hablar con su esposa, allí presente) y conseguí que me dibujase una cabecita de Pirluit que atesoro como oro en paño. PhotobucketMe dio la mano (sí, me la he vuelto a lavar desde entonces, que conste…) y se metió en la exposición. Ahora creo sinceramente que cuando me señaló a su mujer me estaba diciendo claramente que mientras a él le estaban distrayendo los periodistas, me acercase yo a hablar con ella, pero en ese momento solo pensé “¡Tengo un dibujo de Peyo!”, y ante las sonrisas de los empleados de la Mediateca que siguieron mi odisea, me fui flotando en mi nube. Siempre he sido muy estúpida para esas cosas, como cuando la esposa de Moebius se interesó por las BJDs y nos dio su tarjeta, o cuando Neil Gaiman contestó a mi primer correo electrónico y yo ya no supe que más preguntarle. Tampoco soy avariciosa. Tuve mi pequeño momento de gloria, ya no necesitaba más.

Cuando salí de la Mediateca me eché la mano al bolsillo y vi que el caballito de plástico se había perdido. Me puse muy triste, y cuando esa noche hablé por teléfono con Josema, entre todas las emociones del día se lo conté apesadumbrada. Él intentó animarme con un “no tiene importancia, no tenía valor”… pero luego añadió “Mira, era un caballo-demonio de la suerte cargado con una sola carga. Una vez la ha gastado, ha desaparecido. Es normal”.

Llamadme supersticiosa, pero me quedé con esa respuesta. De hecho, a veces, estoy convencida de que el destino, el karma, o como quiera que le llamen, va por ahí. Como comenté la otra vez, mi nuevo puesto de trabajo me ha costado varios amuletos… Me refiero con ello a que tengo comprobado que cuando pierdo algún pequeño objeto al que le tengo cariño (como los angelitos de cristal que se me rompieron para Navidad, o mi amuleto japonés que se me ha perdido ya tres veces, y que la tercera, esta semana, ha sido la definitiva – a cambio de conseguir un muñeco de colección que daba por imposible), o cuando tengo que pagar un dinero inesperado como una multa o un paquete de aduanas que me retienen y no hay forma de justificar por un valor inferior, o me roban la cartera como este verano pasado… Cuando me pasa una de esas cosas, es porque va a pasar algo bueno a cambio: se soluciona un problema del trabajo, consigo algo que hace tiempo que quería conseguir, o simplemente volvemos sanos y salvos de un viaje o, como cuando Josema aprobó su proyecto de Fin de Carrera (ese mismo día me clavaron una multa por ir a 70 por la recién inaugurada prolongación de la calle Gómez Laguna, diseñada para correr pero con limite de 50), salvamos un escollo que parecía imposible de salvar…

Hasta cuando Leo, hace unas semanas, dio por perdido su escarabajo de la suerte de la Expo, ese que le regalaron en el Pabellón de Egipto por reconocer a Anubis entre todas las figuritas que allí vendían, y que llevaba al cuello como un pequeño tesoro, utilicé ese argumento para animarle. Por supuesto, no le ayudó mucho. Para él ese escarabajo era especial y que su “carga” de suerte se hubiera gastado no le servía de mucho, y cuando al final lo encontró enredado en el pantalón, la verdad es que decidió dejar de llevarlo “por si acaso”.

Quizás sea una superstición, o un consuelo, o un simple “estaban verdes”, pero al menos me consuela pensar que todo lo malo, por poco malo que sea (aunque emocionalmente me ponga triste), va a conllevar algo infinitamente mejor a cambio. Lo mejor es que, normalmente, ocurre.

lunes, 25 de enero de 2010

AL SEÑOR ALEMÁN ME LO CARGO SÍ O SÍ


En algún momento del verano pasado, quizás durante el concierto que vimos en Viena, se nos ocurrió a mi marido y a mí (tanto monta, monta tanto) que, dado que la ilusión de la vida de mi madre era ver algún día en directo el concierto de Año Nuevo en Viena, podíamos regalarle las entradas y el viaje un año de estos por aquello de que hoy es hoy y de que a pesar de todas nuestras diferencias (sobre todo respecto a la limpieza y mantenimento de la casa), la queremos. Así que a la vuelta del viaje, todavía más animados cuando, al contarles el conciertEnlaceo que habíamos visto, mi padre comentó “¿Quizás tu madre se conformaría con esto?”, me dediqué a informarme sobre precios, horarios, y, sobre todo, como conseguir las entradas para dicho concierto.

Aparte de los precios, que me dejaron con la mandíbula desencajada (700 euros por butaca?????), la principal dificultad estaba en que, dada la gran demanda de (ricachones) que querían comprar entradas, estas se adjudicaban por riguroso sorteo. Esto es, tenías que apuntarte en una lista de espera para ver si tenías la oportunidad de gastarte una pasta en las entradas correspondientes. El plazo se abría unos días en enero, y en Marzo te contestaban diciendo si tenías derecho a pagar el pastón o no. Y encima agradecidos, oigan.

Bueno, un año es un año, y la ilusión de la vida de una madre vale la pena, así que decidimos que este año lo intentaríamos, a ver que pasaba. Y lo apunté en algún rincón de mi cerebro y me dije “En enero lo miraré”. Sin decirle nada a mi madre, por supuesto. Queríamos que fuese una sorpresa.

Y en enero, concretamente ayer día 24, domingo, mientras mi madre me enseñaba unas fotografías de Brujas que le habían mandado por email, me acordé. ¡Mierda! ¡El sorteo del Concierto de Año Nuevo!. Con todo el sarao del cambio de trabajo y esas cosas, no me había ni acordado de mirarlo en todo el mes. Así que me cambié el anillo de dedo para que lo primero que hiciese al poner el ordenador al llegar a casa fuese mirar la página de la Filarmónica de Viena y apuntar, rápidamente, todos los correos electrónicos que me permitiese el sistema y la dirección IP para tener el máximo de oportunidades posibles.

Así que dicho y hecho, llego a casa por la noche, abro la página y leo “El plazo es del 2 de enero al 23 de enero”. Por un momento, mirando un calendario equivocado, creo tener una mínima esperanza: “Hoy estamos a 23, ¿no?” “No”, me dice Josema. “23 fue el sábado. Hoy es 24”.

Desilusión, cabreo conmigo misma y desesperación. Por más que miro y remiro la página, los muy puñeteros lo tienen bien calculado: si había algún enlace para apuntarse, ya lo han borrado. Se me ha pasado… ¡por un puñetero día!

Y me siento estúpida, cabreada y con ganas de darme yo misma de collejas, porque ahora, hasta el año que viene, no tendremos otra oportunidad de intentarlo (ni siquiera de conseguirlo, solo de intentarlo) y todo por mi maldita cabeza despistada monotarea que sólo puede estar pendiente de una cosa a la vez: en este caso, el cambio de trabajo…

domingo, 3 de enero de 2010

FELIZ GUARRO VIEJO

Este fin de año nos hemos ido al Monasterio de Boltaña, por hacer algo diferente. Ha sido una pequeña escapada familiar, Josema, Leo y yo solicos. Cena (exquisita, y con una orquesta bastante buena) y baile (con una discomovil que nos aguó la noche porque sólo sabían poner pachanga y además de la cutre). Luego desayuno, visita al pueblo, hora en el spa (muuuuuuy pijo, los baños Japoneses y los de Budapest nos han acostumbrado a cosas más naturales) y visita nocturna al precioso pueblo de Ainsa, donde los efectos del agua a presión se hicieron notar en mis cervicales y casi se nos fastidia la fiesta.

A la vuelta, como Leo se había quedado chafado porque no nos nevó, dimos un rodeo y encontramos algo de nieve, y vimos algunas de las maravillas del Pirineo como el Collado de las Hadas o el precioso pueblo de Roda de Isábena. Pero la guinda del pastel la puso el retorno a casa: nuestros maravillosos vecinos habían celebrado su fiesta de Año Nuevo el día anterior (o quizás la de Nochevieja, a saber), habían sacado la bolsa de la basura al rellano con sus correspondientes restos de pescado y marisco que, dos días después, olían que apestaban, y por supuesto, pasaban olímpicamente del tema.

No era la primera vez que lo hacían: si algún día no había recogida de basuras por ser festivo (como este caso) y se les ocurría dejar la bolsa en la puerta, ahí se quedaba hasta que al día siguiente por la noche la recogía el portero. Unas navidades incluso dejaron TODOS los cartones de TODOS los regalos de los nietos, que no se podía ni pasar de la escalera a nuestra puerta, y pese a que les llamé la atención, ahí siguieron todo el puente. Pero al menos eran cartones: la impresión que daban (encima esa noche vinieron a cenar mis suegros y tuvieron que apartarlos todos para pasar) era pésima, pero no olían mal.

A pesar de que había luz en su casa, llamé a la puerta varias veces y nadie me respondió, así que al final les pasé una nota por debajo de la puerta. La nota decía que dejar la bolsa con pescado podrido durante tres días era antihigiénico y que por favor, la bajasen al contenedor o daría parte a Sanidad. No la firmé, es cierto. Pero al día siguiente cuando salimos de camino a casa de mis padres la bolsa seguía ahí (daba arcadas cada vez que abrías la puerta) y oí como cuchicheaban al otro lado, así que llamé al timbre. No les quedó más narices que abrirme. Cuando les comenté que si no iban a bajar la bolsa al contenedor se me pusieron como fieras diciendo que si les había mandado un anónimo, que si patatín que si patatán. Pero ¿qué tonterías dices de anónimo, si ahora estoy dando la cara, gilipollas? Y si ayer no te dio la gana abrir, no me vengas con historias. En fin, malas caras, malos modos, y por supuesto, y a pesar de que el hijo, que pudo poco, pudo mucho, me dio con la puerta en las narices, aseguró que sí, que sí, que luego la bajaba al contenedor, cuando volvimos por la tarde la bolsa seguía ahí, apestando todo el rellano. Solo desapareció cuando la recogió el portero (porque según ellos, es que ese es su trabajo y para eso le pagan, va a ser que tiene que venir el hombre después de las uvas por capricho de unos guarros que se las dan de señoritos), dentro de su horario habitual de trabajo, por supuesto. Sobre todo seriedad.

En fin, un comienzo de año de lo más prometedor. A pesar de que me quejé a la Comunidad de Vecinos, me dijeron que poco se podía hacer, excepto comunicarles la queja. Pues que se la comuniquen, porque a partir de ahora y vista su actitud, cada vez que vea una bolsa suya en el rellano lo voy a pregonar a todo el vecindario. Aunque imagino que de poco servirá – a mí se me caería la cara de vergüenza, de hecho, si algún día saco la basura un poco tarde y me la encuentro al día siguiente en la puerta cuando voy a trabajar, me pongo como un tomate y la bajo corriedno al contenedor. Pero claro, hay gente que no sabe lo que es eso de la vergüenza. Ni el respeto, ni la educación. Aunque claro, a lo mejor tampoco saben lo que es un esternocleidomastoideo o un ornitorrinco. Vamos, que su coeficiente intelectual llega a dos cifras de pura casualidad. Si no no se explica…

sábado, 26 de diciembre de 2009

AUTORREGALOS

Este año he descubierto el placer de los autorregalos navideños. No es que los regalos que he recibido de parte de otras personas estén mal, al revés. Mi marido se lo ha currado, consiguiéndome el peluche del monstruito “Brother”, del Anuncio del SEAT Altea, del que llevaba encaprichada desde que lo ví en el stand de SEAT de Port Aventura el pasado 31 de Octubre. Mis padres me han conseguido un precioso mantón de Manila para sustituir el pobre mantón sevillano de más de 30 años que todavía apuro en las últimas Ofrendas de Flores, precioso, único, original y con bordados extras hechos por mi madre, pero ya un tanto deshilachado por los años de uso. En general, no tengo quejas.

Pero tenía el capricho de desenvolver una BJD que me encontrase debajo del árbol de Navidad una Nochebuena, y, aunque oficialmente el regalo me lo hace Josema, me encargué una preciosa Ruru 21 de Elfdoll para que llegase a tiempo para dicho evento. Desgraciadamente aduanas decidió que sería demasiado hermoso para ser cierto y la retuvo, y como el 24 no hay reparto, y hoy sábado se han tomado puente, la muñeca no ha llegado ni para Navidad.

Por otra parte, cuando compré el regalo de mi suegra, un pijama de la caprichosa tienda Etam, añadí a la cuenta una camisola para mí, que andaba algo necesitada de reponer ropas. La consideré un autorregalo, aunque cuando la vendedora me ofreció envolverla como tal me dio vergüenza y le dije que no hacía falta. Cuando ví la encantadora caja en la que envolvieron el pijama de mi suegra me arrepentí de no haber pedido una cajita para mí, y para compensar, me envolví la figura del Pirata Roberts que me compré en la FNAC y esa sí que me la puse debajo del árbol. Porque sí, porque me quiero mucho.

El caso es que hoy nos hemos acercado a cambiar un regalo repetido a la FNAC y a que Leo se puliera su regalo en casa de sus abuelos paternos (50 euros) en los complementos que le faltaban para su juego de Lego Rock Band, que por falta de información le había llegado sin instrumentos musicales (y ha tenido la suerte de que por dichos 50 euros tenía el set completo). Y me he acordado de que en Sephora tenían unas bañeritas de plástico de adorno de las que me había encaprichado, así que tras dejar el cajón con los instrumentos en el coche nos hemos acercado a por dicha pieza. La dependienta nos ha dicho que las bañeritas las ponían a partir de 20 euros de compra en productos de la casa, así que hemos elegido geles de baño, hemos pagado, y mi sorpresa ha sido cuando he descubierto que la bañerita en cuestión era parte del envoltorio de regalo – vamos, que no había que pagar por ella como en otros sitios, así que nos hemos puesto en la fila, les he pedido la bañerita en cuestión... y para rematar la faena, nos han metido el conjunto en una preciosa bolsa de tela de purpurina azul. Todo como envoltorio de regalo. Yo, en el séptimo cielo, me encantan esas chorradas...

Y es que regalarse cosas es un placer. Creo que me voy a dejar de vergüenzas y lo voy a hacer más a menudo: “¿Lo quiere para regalo?” “Sí, por favor”.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

I BELIEVE IN ANGELS

Más de una vez he dicho que me considero una persona afortunada. No en el terreno de la suerte pura, de los juegos de azar (en ese sentido soy un auténtico desastre, por eso no me veréis comprar un décimo de lotería por voluntad propia), sino en el de las cosas importantes: salud, dinero y amor, que diría Antonio Lobo... De hecho, siempre digo que mi ángel de la guarda se lo curra muchísimo, y, si os preguntáis que hace una agnóstica como yo creyendo en el ángel de la Guarda, pues os diré que sí, que soy así de incongruente. Como en cierta canción de ABBA que solía canturrear cuando tenía 13 años, para delicia de mi abuela que debía ser la única que pensaba que yo tenía buena voz... “Creo en angelitos, que me cuidan siempre de caer...”



La cosa es que en general, siempre he creído que tenía algo o alguien que velaba por mí, porque si no no se explica que en general todas las empresas importantes de mi vida hayan salido tan bien. Vale que el esfuerzo personal influye, que a nadie le regalan nada y que si me saqué la carrera a la primera fue por que hinqué codos, y si no me ha faltado trabajo ha sido porque me he presentado a todas las oportunidades que me han interesado. Pero otros hacen lo mismo y no lo consiguen. Me presenté a una oposición pensada para consolidar el empleo de los que ya habían estado trabajando sin ninguna posibilidad de conseguir plaza por falta de experiencia, y entré – por los pelos, pero entré. No conseguí plaza fija en el Hospital de Teruel y me surgió el Reingreso Provisional en el Royo Villanova, en Zaragoza.

Ahora, como conté en su momento, y debido al baile de traslados, me iba a tocar irme a Calatayud. Que probablemente sea un sitio estupendo para trabajar, pero que ante la perspectiva de hacerme 180 kms. diarios se me ponían los pelos de punta.

Y va ayer día 22, tranquilitos, de sobremesa, a las 3 de la tarde, y suena el teléfono. Josema mira el número: termina en 00. “Creo que es de un hospital”, le comento, aunque no ubico cual. Lo cojo, con un buen presentimiento, y efectivamente... se trata nada menos que del director del Hospital Miguel Servet, para ofrecerme el puesto de Coordinadora de Admisión que se va a quedar vacante en breve al ser ascendida la actual coordinadora a Subdirectora de Servicios Centrales.

¿Qué si acepto? ¿Cuánto tiempo tengo para pensármelo? ¿Mañana? Vale, mañana estoy ahí.

Cuelgo.

“Me ha tocado la lotería”, le digo a Josema. Ya lo creo. El gordo. No solo no me voy a tener que desplazar ya en coche (el Hospital Miguel Servet está a 5 minutos andando desde mi casa) sino que encima voy de jefaza.

Y es que mi ángel de la guarda se lo curra. Muy muy bien.

Vale, me ha costado dos amuletos de la suerte que he perdido por el camino, aparte de los angelitos de cristal que se me rompieron y la muñeca que se supone que debería llegarme para Nochebuena y que está retenida en aduanas y que no creo que llegue hasta el 28 de diciembre. Pero es el karma, qué se le va a hacer. Vale la pena el intercambio.

lunes, 21 de diciembre de 2009

¡NIEVE!


Parece que como no tenemos luces de Navidad, el tiempo ha decidido darnos ambiente navideño de otra forma, así que lo primero que me he visto al salir del garaje ha sido caer la nieve en copos blancos, blandos y suaves. Hubiera sido hermoso si no me diese tanto miedo conducir en esas condiciones. Y menos mal que he ido por zonas transitadas ten las que la nieve no había cuajado en el asfalto. Ahora a ver que pasa a la vuelta.

lunes, 14 de diciembre de 2009

FRASES LAPIDARIAS

Leo siempre ha sido capaz de sorprenderme con una frase. Empezó muy jovencito, cuando con 2 añitos recién cumplidos, en Diciembre, en un centro comercial, me pidió que compartiera con él mi zumo de naranja repitiendo el “¡Ponme otra, amigo, me tienes seco!” que acababa de oír en la pantalla del Media Markt dónde estaban proyectando la genial “El Emperador y sus locuras”, de Disney.

Después de aquello ha tenido como mil salidas de ese estilo, y probablemente las he registrado en algún sitio, pero como mi amigo el señor Alemán está tan activo últimamente, creo que soy incapaz de recordar ninguna. Haciendo memoria me viene a la cabeza su definición de DNA, hecha cuando tenía 5 ó 6 años: “eso que tenemos en nuestro interior que hace que seamos como somos”. O cuando infirió, al mirar una tabla periódica y siguiendo el razonamiento de la película Evolution, que, si los seres humanos somos seres vivos basados en el Carbono, y nuestro veneno es el Arsénico, y los marcianos de esa película estaban basados en el Silicio y por tanto su veneno era el Selenio, Superman, cuyo veneno es la Kriptonita, tenía que ser una forma de vida basada en el Fluor (coged una tabla periódica y seguireis el razonamiento). Seguramente al final recordaré alguna más... Pero no quiero que se me olvide la de ayer, porque fue simplemente redonda...

Estábamos terminando de comer en casa de mis padres, como todos los domingos, y salió el tema de un trabajo que estaba haciendo a medias con una compañera de clase sobre la geosfera terrestre. Necesitaba imágenes, y quería que le ayudásemos a descargarlas de internet e imprimirlas. Pedía especialmente alguna imagen de la película “El Núcleo” que habíamos visto recientemente y de la que se le había quedado la errónea impresión de que una teoría decía que la tierra era hueca como una Geoda. Entonces le corregimos, ya que en esa película lo que sugerían era que había espacios huecos como geodas, efectivamente, pero no en el centro de la tierra sino repartidos por el manto terrestre, y mi marido empezó a explicarle como sería un hipotético corte de la Tierra. Empezó usando como ejemplo una naranja, pero al faltarle el núcleo pasamos rápidamente a un melocotón: “Imaginate un melocotón”, le dijo. “El hueso, ¿qué sería?” “El núcleo”, dijo Leo. Siguieeon con la carne (el manto), y la piel (la corteza terrestre). Yo, por hacer la broma, y pensando que lo relacionaría con la película ya nombrada y que diría que era la nave de los protagonistas, le pregunté “¿Y el gusano? ¿Qué sería el gusano?”.

Y el contestó sin dudarlo ni un momento y sin equivocar la pronunciación:

“¡Jörmundgander!”

Sobran los comentarios.

 
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