martes, 14 de octubre de 2008

OFRENDAS Y PEQUEÑOS DETALLES (o P’AL PILAR, SALE LO MEJOR)

Acaban de terminar las Fiestas del Pilar, que este año con boda por medio hemos celebrado de forma extraña y un tanto a trompicones, y estaba pensando en las tradiciones y pequeños detalles que todo esto conlleva.

Aunque no soy muy religiosa, ni muy dada a fiestas y celebraciones, hay una serie de cosas que no dejo pasar en estas fechas. La primera y principal es mi cachirulo. Desde el día del pregón lo saco, y lo llevo siempre conmigo – atado al bolso si voy al trabajo (es más discreto), al cuello cuando salgo por ahí, aunque sea a comer a casa de la familia. Mi cachirulo es morado, por dos motivos. El primero es que nunca me ha gustado el color rojo, mientras que el morado es uno de mis favoritos. El segundo es algo que me dijeron cuando me regalaron dicho pañuelo: el cachirulo rojo representa a todo Aragón, el morado es el de Zaragoza capital.

Me parece oir voces clamando que el cachirulo morado es el de Teruel (aunque otras fuentes dicen que es del Alto Aragón, a ver si se ponen de acuerdo). Eso es lo que dice mucha gente, y como tantas cosas, de tanto oirlas, se convierten en medioverdades. Bueno. A mí mi cachirulo me lo regaló mi tío Ponciano (poco dado a regalar cosas, todo sea dicho), precisamente porque me vió con uno rojo, y fue quien me informó de la procedencia de dicho color. No voy a decir que lo que diga mi tío (que regentaba en aquella época quizás la más importante tienda textil del pueblo, Alagón, y que para el Pilar vendía cachirulos y banderas, así que supongo que algo sabía del tema) vaya a misa, pero voy a exponer dos argumentos más que apoyan mi afirmación.

El primero, si el cachirulo morado es el de Teruel, ¿por qué se vende en las tiendas de Zaragoza, junto con el rojo, y ningun color más? ¿Estamos discriminando a Huesca? Con esa duda fui un día a “La Flor de Aragón”; una de las tiendas de ropa regional con más solera de Zaragoza, y me dijeron... “No, no... los cachirulos en realidad no tienen acepción de color. En Zaragoza se usan el rojo y el morado indistintamente, es cuestión de gustos. Pero el morado no es el de Teruel, por mucho que digan”. Bueno. Ya teníamos otra versión, dada creo por gente especializada en el tema, que apoya mis argumentos.

El segundo, un cartel de las fiestas. El de 1985. Si se fijan en él, los tres chavales llevan cachirulo morado. Puesto que son las fiestas del Pilar de Zaragoza (cartel oficial, que además ganó el concurso por medio del que lo eligen), ¿no creen que lo lógico es pensar que esos tres muchachos son Zaragozanos de pro y no turistas turolenses?

En fin, cada uno que piense lo que quiera. Sé que mientras lleve mi cada vez más desteñido cachirulo morado, tendré que contestar siempre a la pregunta “¿Por qué llevas el cachirulo de Teruel?” repetidas veces. Si eso sirve para culturizar a la población, pasaremos la prueba.

Otra de mis tradiciones es colgar las banderas de Aragón y de España (si, las dos juntitas, que piensen lo que piensen los nacionalistas, no son incompatibles) en el balcón y la ventana que dan a la fachada de mi casa, respectivamente. Llueva, truene, haga viento o sol, todos los años las pongo el día del pregón, y las descuelgo al día siguiente de la traca de fin de fiestas. Es una tontada, y más ahora que ya no se hacen eventos de las fiestas en mi barrio, pero igual que engalano la casa para Navidad, pues me gusta hacer eso, qué se le va a hacer.

Y la tercera tradición que nunca, nunca espero dejar de cumplir, es ir a la Ofrenda de Flores. Llevo yendo a la Ofrenda desde que nací, o, mejor dicho, desde que cumplí mi primer año (en 1967 era todavía muy pequeña y mis padres no se atrevieron). Al principio me llevaba mi madre, que era la única de la familia, conmigo, que se vestía de baturra, y con el tiempo voy yo a cualquier precio. Este año, por cierto, ha sido el primero que mi madre ha fallado, por problemas de su artritis. Yo espero no fallar nunca, excepto por causa de fuerza mayor. Incluso en 1999, a 10 días de salir de cuentas, pasé, embarazadísima. Uno, por cierto, de los dos únicos días, en estos 40 años que llevo pasando, en los que recuerdo que haya llovido el día del Pilar.

Que, por cierto, otra de las cosas de las que presumo, es de que nunca me ha llovido al pasar por la Ofrenda. Vale, ha habido, como digo, dos años en que ha llovido durante el acto. Uno fue en 1999, y otro este año que parece que el tiempo se ha vuelto loco y llueve a cántaros casi todo el año. Pero A MI no me ha llovido. Lo que quiero decir es que ambos años me dio tiempo a entregar las flores antes de que cayera la lluvia. Sé que no significa nada, pero me gusta presumir de ello.

Por cierto que en todo este tiempo nunca me habían sacado en la tele, hasta este año, en que me hicieron hasta una entrevista cuando estaba a punto de dejar las flores. Por supuesto, ni la he visto ni sé de nadie que lo haya hecho así que igual ni la han emitido, pero yo, feliz.

Y este año, no sé que está pasando, pero la gente protesta por todo. El otro día leí en el periódico varias declaraciones en contra de las fiestas (que sí eran de pueblo y esto es una gran ciudad, que tal y que cual), pero la que más me llegó al alma fue un señor que decía que le avergonzaba la ofrenda de flores, que era un desperdicio y que sería mejor que los ciudadanos donásemos ese dinero a los pobres...

Pues yo le contesto a ese señor desde aquí... Para mí la Ofrenda es un acto en el que participo por diversión. Me gusta, muestro mis sentimientos, y me gasto un dinero en las flores, porque quiero que sea en flores. Como el que me gastaría en ir al cine, al teatro o a un concierto. Entonces, ¿qué pasa, que mejor que irme al cine, dono también el dinero a los pobres? Pues mira, no. Si lo quiero dar a los pobres, será por que yo quiera, y no porque tenga que hacerlo en lugar de otra cosa que quiera, y pueda, permitirme... (jo, suena fatal, pero es como lo veo).

Normalmente, como digo, mis tradiciones ineludibles eran esas (bueno, y comerme un algodón de azúcar en las ferias, pero aún no hemos ido este año y como ferias hay en más sitios eso no cuenta). Pero desde hace unos pocos años, se ha añadido una más: La Ofrenda de Frutos. Como el marido de mi prima Silvia tiene un puesto en el Mercado Central, un año nos ofreció unirnos al grupo de la Ofrenda de Frutos, porque no había bastante gente. Cualquier ocasión para vestirnos de baturros (hacer “cosplay” maño, le llamo ahora) siempre es bien recibida y nos apuntamos, llegando a hacer algún año, como aquel en que me vestí en la consulta y salí con el tiempo justo ya vestida de baturra para asombro y regocijo de los pacientes que esperaban fuera, a hacer auténticos malabarismos para llegar. Así que este año, en que mi madre volvió a fallar, pese al aluvión de gente por ser fiesta, Silvia volvió a dejarnos los mejores puestos. Tan buenos, que hasta salí en portada del ADN...

Ambas ofrendas son un atentado para mi dieta. En la de Flores, tenemos la (mala) costumbre de juntarnos con toda la familia de mi padre (a algunos ni los conozco) tras pasar por la Virgen y almorzar. Y cuando digo almorzar, lo digo con mayúsculas. Jamón serrano, chorizo, jamón, salchichón, jamón, queso, jamón... Todo riquísimo, y entra que ni te enteras. Y luego a comer, claro. Y en la de frutos, siempre traen galletas, moscatel... Este año trajeron barquillos, montones de bolsas de barquillos, y era un placer ver a mi primo Javier repartiendo barquillos, durante el desfile en sí, a todos los niños del público. Él no paraba de ir de aquí para allá, y a los pequeños se les iluminaba la cara. Momentos como ese me hacen recordar por qué me gusta este mundo (y cuando mi prima dice que cambiaría a su marido por Tom Cruise, me entran ganas de abofetearla por tonta, que seguro que Tom Cruise no haría eso, y entre nosotros, ni siquiera es tan guapo como Javier, que es un chico guapo, buena persona, trabajador y que la quiere horrores).

Por lo demás, este ha sido un Pilar raro. Josema anduvo aquejado de alergia, y si los primeros días le daba algo de pereza salir, al final no fuimos a ningún sitio exceptuando lo ya dicho. Ni a ver tenderetes, ni nada, que los dos últimos días ya estuvo de lo más pachucho. En realidad, ni siquiera celebramos el aniversario de nuestro noviazgo (una noche del Pilar, hace ya 18 años). Solo me dio tiempo a darle mi regalo, un libro sobre caligrafía china, y poco más. No es que me importe mucho, no soy muy de salir, pero como digo, se me ha hecho raro...

DE BODA

El sábado 11 de octubre (víspera del Pilar, vaya fechas!) fue por fin la boda de mi prima Ana. Me pegué desvelada desde las 6 de la mañana, convencida de que después de la faena con el traje que me puse para la boda de Carlos en Madrid, el traje que me había comprado para esta boda también me iba a ir pequeño. Llevo varios días (por no decir años) que me quita el sueño el tema del peso, pero lo de esta vez fue exagerado. E innecesario, porque al final me iba bien, incluso algo ancho. Menos mal.

Llevo una temporada rara, que espero cosas que normalmente me encantarían, con poca ilusión. Por suerte luego las disfruto como siempre y este ha sido el caso. Iba con pereza, pero luego acabé hasta emocionada. El incidente del coche de alquiler tuvo algo que ver, no hay duda. No sé si lo comenté el otro día, pero cuando le acompañé a la prueba final del traje de novia, le ofrecí a mi prima regalarle el alquiler de un coche de lujo para la ceremonia. Es algo de lo que me quedé con las ganas en mi propia boda (a mi tío, al parecer, le hacía mucha ilusión llevarnos él en su recién estrenado Córdoba, así que me tuve que aguantar porque fui tan idiota que no me puse firme con aquello de que era MI día y no el suyo... ), así que me hizo mucha ilusión regalárselo a Ana.

Aunque no pudimos reservar el coche que le había gustado en un principio, le reservamos un precioso Rolls Royce blanco en Alquiler de Clásicos.com, empresa que forma parte de un grupo con cuyo dueño mi madre tiene cierta relación (organizaron un par de congresos con ellos, llevan los autocares del colegio de Leo, y nos prepararon el año pasado nuestro inolvidable viaje a Japón a través de su agencia de viajes). Así que yo no me perdía la llegada de mi prima a la iglesia en su coche de princesa.

Imaginaros mi shock cuando la vimos llegar en taxi...

Lo curioso es, el coche había llegado a la casa puntual, ya que lo habíamos visto... ¿entonces?

Pues entonces, el problema fue que el coche se paró, y al ser un coche antiguo, falló la batería y no volvió a ponerse en marcha. Me quedé de piedra, hecha polvo. Y si las bodas ya me emocionan, en esa, de pensar en el chasco que la pobre Ana se había llevado POR MI CULPA, me la pegué como una madalena. Menos mal, pensé, que como había insistido en que todo el mundo la esperásemos dentro de la iglesia, casi nadie la vio llegar.

A cambio, a la salida, el Rolls estaba ya allí, flamante, inmaculado, como si no hubiera pasado nada, y los comentarios cuando se subió (“Parece una princesa”) me compensaron del disgusto.

Es verdad.

Parecía una princesa.

(Y la empresa, que conste, se portó con total honestidad y nos devolvieron el dinero)

martes, 7 de octubre de 2008

EL PISO DE MIS SUEÑOS

Tengo un sueño recurrente, y supongo que se debe a mi necesidad de espacio. Sueño a menudo con un piso. El piso a veces pertenece a unas personas u otras, nunca es mío. Tampoco es siempre igual, pero tiene pocas variaciones. Básicamente es un piso céntrico, más o menos antiguo (entre 100 y 50 años, aproximadamente), de esos que además están formados, en realidad, de dos pisos unidos entre sí derribando un tabique. Así que el pasillo es muyyyy largo, tiene varios baños y muchas habitaciones (una de ellas con un piano de cola) más de las que yo podría llenar. Y me muero de envidia, y quiero un piso así, y me pregunto si esa persona (unas veces un tío mío, otra unos amigos de mis padres...) tarde o temprano lo venderán y podré comprármelo. Y lo exploro ilusionada, porque siempre hay alguna habitación que no he visto, y que me sorprende ver llena de objetos de colección, vitrinas con figuritas, porcelana, etc...

Hasta hoy, que en realidad no he soñado con estar físicamente en ese piso, he soñado con él. No mucho, en realidad. En mi sueño tenía que comprar un regalo para alguien, y compraba un bonito marco de fotos de plata en una tienda de objetos artísticos en la que entraba de casualidad, pero me daba cuenta de que no me lo habían envuelto para regalo y como aprovechaba para comprar algo en un Galerías Primero, le preguntaba a la cajera si me lo podría envolver. La chica, amabilísima, debía tener poco trabajo, porque lo envolvía con auténtico mimo, buscando una caja, luego envolviendo la caja con esmero, buscando una de esas bonitas bolsas de papel de regalo, y hasta incluyendo el ticket de compra de forma que no se viera pero pudiera usarlo para una devolución en caso de no gustarle el regalo. Yo me sentía muy culpable, porque no lo había comprado allí, pero a ella parecía darle igual.

Luego me reunía con mi madre en una terraza de un bar, y hablando de cosas, me decía que mi tío Paco a lo mejor vendía su piso. ESE piso, en mi sueño (pobre tío Paco, que en la vida real por un revés económico lleva varios años viviendo de alquiler...). Y yo me preguntaba si podría comprarlo.

No sé, me pregunto si algún día tendré ese piso... o tendré que seguir soñando con él...

viernes, 3 de octubre de 2008

SER BUENO (¿NO?) COMPENSA

Otra aventura de mi trabajo.

Hoy os voy a hablar de los traslados entre hospitales de diferentes comunidades autónomas y a repetirme un poco con respecto al tema del otro día, referente a los pacientes que nadie quiere que vengan a casa. ¿Os acordáis de esa entrada? Paciente que ya no se puede beneficiar de la estancia en nuestro hospital, pero que por su situación actual, no puede estar en casa con su cónyuge (a veces incluso en peor estado que el paciente) o con los hijos (por motivos de salud, laborales, de distancia, o incluso por que no les de la gana, yo qué se...). Ahora ricemos el rizo, y pongamos que además la familia del paciente en cuestión viva en otra comunidad autónoma. Que a veces ocurre, como en este caso. Y que la familia (hijos, sobrinos, lo que sean) dicen que quieren que el paciente esté cerca, pero claro, en una residencia, o en un hospital de larga estancia...

Entonces tenemos un problema, Houston.

Es un problema con el que he bregado muchas veces, y que al final se soluciona de una forma u otra, pero siempre con dificultades. Aquí cada autonomía se queda con lo suyo. Así que si el paciente está afiliado al Sistema de Salud Aragonés, este le da asistencia sanitaria, le busca un hospital de larga estancia o una residencia en Aragón, y si se pone malo, pongamos, en Almería, hasta manda una ambulancia a recogerle para trasladarle a un hospital aragonés y que esté cerca de los suyos, con cargo al propio sistema.

Pero si en casa no le espera nadie, y las únicas personas que pueden comprometerse a hacer algo por él están aunque sea en la comunidad limítrofe, se lava las manos.


Y así funcionan, más o menos, todas las comunidades autónomas. Así que cuando me llega un caso de esos, que gracias a Dios son pocos, buscas la forma de ofrecerles alguna alternativa. ¿Qué no es mi trabajo? ¿Qué deberían de hacerlo desde Atención al Paciente o desde la Asistente Social? Pues es posible, pero como se trata de tramitar un traslado, y esa es una de mis funciones, a veces me cae a mí. Y como soy una cobarde confesa (ya lo he dicho antes, ¿verdad?) pues les suavizo la noticia buscando soluciones (una de mis filosofías es que hay que buscar las soluciones antes de buscar los responsables de buscarlas, más que nada porque es más efectivo actuar de la primera forma), ofreciendo opciones, etc.

Lo primero que les digo, eso sí, es “Lo más probable es que lo denieguen, pero lo vamos a intentar”. Y mando el informe, y pregunto. Y el problema, claro, es cuando no te dan un “no” rotundo, sino un “si haces esto o lo otro...”

Una de las soluciones que suelo proponer a este tipo de pacientes es, que si la cosa va en serio, y su intención es cuidar ya del familiar el resto de su vida, cambien la afiliación del paciente al sistema de salud de la Comunidad de Destino. De esa forma, la normativa actúa en su favor: el sistema de salud receptor tiene la obligación de buscarle un centro al paciente e incluso en algunos casos de mandar la ambulancia. En el peor de los casos, tendrán que llevárselo por sus propios medios, pero ya tendrá la asistencia garantizada en el futuro.

Desgraciadamente, en este caso, la primera opción de traslado (de hospital de agudos a hospital de agudos) fue denegada, pero me dieron otras opciones, así que yo me limité a seguir el hilo.

Ya en los primeros pasos, bajó el jefe del Servicio en que estaba el paciente ingresado, a decirme que “Hacía demasiado”. Lo primero que me pasó por la cabeza es, como siempre, hasta que punto se puede hacer “demasiado” por un paciente, y lo segundo, que también me lo pregunto muchas veces, es como puede ser que un médico, un Jefe de Servicio, además, pueda decir semejante barbaridad. ¿No nos pagan por ayudarles? Entonces, ¿dónde está la línea que separa “hacer bien mi trabajo” de “hacer demasiado por el paciente”?, sobre todo si tenemos en cuenta que no hice nada que no pudiera hacer tranquilamente desde mi puesto de trabajo. De hecho, en la mayoría de los pasos yo lo único que hacía era iniciar un proceso: llamar al servicio de salud de destino para que le tramitasen una cama, llamar a nuestro servicio de salud para ver si tenía derecho a una ambulancia, etc... Supongo que llevarme al paciente a mi casa sería “hacer demasiado” por él, pero dudo que llegue a esos extremos.

En fin, que el comentario me preocupó e indignó a partes iguales, y me reafirmó en mi opinión sobre muchos de mis colegas (salvando muy honrosas excepciones). Porque otra cosa que añadió fue “Es que si lo hacemos por un paciente, hay que hacerlo por todos”. “Es que yo lo hago por todos” no pude por menos que contestar.

La cosa, luego, demostró tener una cierta justificación. De los dos parientes del paciente en cuestión que hablaron conmigo, uno de ellos es un señor francamente maleducado y con cierta tendencia a la paranoia. El tipo de persona que antes de que abras la boca ya pone verde al sistema de salud y da por hecho que no vas a hacer nada por él.

No sé si tengo mucha mano izquierda, muchas tragaderas o mucha capacidad de desconectar y pensar en las avutardas mientras me sueltan burradas así, el caso es que tras dejar desahogarse al señor en cuestión le informé de la situación y de mis pasos al respecto. Cuando en un segundo contacto, esta vez telefónico, empezó a amenazarme con poner una denuncia, le paré los pies y le dije que hasta ahora no le habíamos dado motivos, y que esperase a que le pusiéramos pegas antes de amenazar. No sé si me salió bien o no, pero cuando lo más bonito que me he oído sobre ese señor es que es “un energúmeno”, conmigo ya es amable, y va diciendo por ahí que soy la única que sabe hacer bien su trabajo. Pobre consuelo, cuando ves que las personas que realmente han hecho su trabajo, que me han ayudado a mí a hacer el mío, y que han ayudado a este señor a conseguir su propósito, están indignadas por el trato que este señor les ha prodigado y han jurado no volver a ayudarle en su vida.

No pretendo ser una santa, pero ¿qué he hecho distinto de los demás? ¿Por qué soy la única a la que este señor trata con respeto y algo bastante cercano a la educación? Y, sobre todo, ¿por qué me estoy ganando broncas por intentar ayudar a alguien, aunque el familiar más cercano a ese alguien (no olvidemos que al que ayudo es al paciente, no a su hijo) sea un grosero y un maleducado?

Es triste que en este mundo una sea un bicho raro por ser bienintencionada.

HUIDAS VARIAS

Hace poco terminé el cuarto libro de la serie Canción de Hielo y Fuego de G.R.R. Martín. Es una serie que engancha, aunque mi sensación empieza a ser de cabreo: ya me canso de que no termine la historia ni ate cabos. Cada libro termina peor que el anterior y me harto de no saber qué va a pasar con mis personajes favoritos. Para colmo, como este último libro se le alargaba demasiado, lo dividió en dos, dejando fuera las aventuras de algunos personajes para la segunda parte del mismo. Entre ellos estaba mi favorito, Tyrion Lannister (del que si quereis saber más, leeros las novelas o la wikipedia, porque esta entrada sólo habla de él de refilón).

Como digo, me leí una novela entera sin referencias a ese personaje, y la verdad es que me supo a cuernos. Así que hoy mi subconsciente se ha puesto trabajar y me ha ofrecido un pequeño trailer sobre la huida del mismo. Así que como pasa muchas veces, yo era a la vez espectadora y participante y le veía huir (en las novelas está perseguido, con precio a su cabeza) desde una especie de palacio, entrando en una sala con aspecto de capilla. Tras mirar a su alrededor, decidía meterse en un sepulcro que era a la vez un pasadizo secreto – imaginaros una sala de mármol, y uno de esos hermosos sepulcros renacentistas o neoclásicos, aunque no había estatuas sobre él. Tenía una especie de portezuela en uno de los extremos, un pequeño rellano, otra puerta... Tyrion abría más de tres o cuatro portezuelas, que yo me preguntaba como iba a cerrar tras de él antes de que nadie se diese cuenta de que había huido por ahí, cuando de pronto se oían ruidos en la puerta de la sala y él se daba cuenta de que no iba a poder meterse a tiempo, así que abandonaba el sepulcro y huía por una ventana. Como si yo hubiera estado ahí, intangible, le veía irse por los tejados de la ciudad, muy parecidos, por cierto, a los de mi barrio... ejem.

Pausa con despertar (esta noche creo haberme despertado varias veces), y ahora la que huye soy yo, con Leo a rastras. ¿Por qué? No lo sé, pero estamos durmiendo en una habitación como de pensión u hotel barato, y de pronto sé que tenemos que salir de allí. Hay una especie de portal en la pared, que de normal no lleva a ninguna parte (dentro está la pared lisa y lasa, no hay ningún hueco), pero lo veo iluminarse, y como si hubiera una tela, detrás veo brillar el sol, y un camino reluciente que se aleja de la habitación. Leo y yo tenemos que salir por ahí rápidamente, y le digo que se de prisa. Pero él quiere llevarse un montón de piezas de lego amarillas, que según dice son un tesoro. Lo sé, en mi sueño SON un tesoro, pero no me parecen tan importantes como salir por ese camino luminoso. Al final, las vuelca sobre un paño que doblamos en modo hatillo y de ahí las volcamos a una bolsa y salimos corriendo. Otro despertar.

Y ahora estamos en la calle de detrás de casa, Josema, Leo y yo. Sabemos que hay un grupo de niños con poderes que nos protege. Son niños de unos 12 años, mayores que Leo, y en este momento sólo recuerdo que uno de ellos, con gafitas y pinta de empollón adorable, puede desdoblarse en varias personas y, por tanto, estar en varios sitios a la vez. De pronto nos avisa: vienen a por nosotros, y quieren el tesoro. Si yo muero, Leo hereda el tesoro y van a ir a por él, así que tenemos que escondernos.

Nos metemos los tres en una tienda, es como una tienda de antigüedades, pero la tienda en sí no parece antigua, más bien es como las modernas tiendas de regalos (podría ser perfectamente la Elvana de debajo de nuestra casa, excepto que esta tiene más escaparate, y nos quedamos justo al lado del mismo). Hay una mesa, y gente jugando a rol. Josema decide que unirnos a una partida puede ser una buena forma de pasar desapercibidos. No estoy muy segura, pero vale la pena intentarlo.

Y entonces...

... sonó el despertador....

(Si esperáis que mis sueños tengan sentido, siento decepcionaros, por cierto...)

martes, 30 de septiembre de 2008

VESTIDOS DE NOVIA


Creo que ya dije en la entrada sobre mí misma que una de las cosas que adoro son los trajes de novia. En realidad, me gusta prácticamente todo lo relacionado con las bodas, pero los trajes de novia en particular son una pasión. Aunque tengo especial predilección por los trajes con un puntito hortera, recargados y principescos (para eso es el día en que la novia protagoniza su cuento de hadas personal), a veces me descubro mirando con admiración hasta los de Ágata Ruiz de la Prada... Bueno, vale, quizás exagero. Pero todo traje de novia tiene su encanto, simplemente por su significado. Llamadme romántica...

He tenido esta pasión desde que tengo uso de razón (valga el pareado) y supongo que los finales felices de Disney tendrán mucha culpa de ello. Ya cuando comulgué decía que quería hacerlo “con velo, como las novias”, y conseguí comulgar con lo más parecido a un traje de novia infantil que pude, teniendo en cuenta que era la época previa a los trajes de comunión tipo Sissi (me hubiera muerto de placer de haber podido llevar uno de esos... ¡ay!). Me paraba en los escaparates de trajes de novia y soñaba con el vestido de mi boda incluso antes de soñar con quien pudiera haber sido el novio.

Cuando empecé a tener edad de “festejar” y perdí un poco la vergüenza, empecé a recorrerme las tiendas de trajes de novia, primero mirando los escaparates con la nariz pegada al cristal como un niño mirando golosinas, y luego echándole más valor y entrando a pedir catálogos. Pronto aprendí que la época de los catálogos, como la de la vendimia, era a principios de octubre, y empezaba a ser una tradición: bajarme a la calle Don Jaime en vísperas del Pilar y recoger el programa oficial de fiestas, para luego recorrerme las tiendas pidiendo catálogos. En algunas, creo, acabaron reconociéndome, particularmente un chica rubia que trabajaba en Vicky Boutique, y que me miraba ya con mala cara, pero no me importaba demasiado. Aunque siempre me ha sorprendido que sean tan reacios a darte un catálogo... parece que les desangres, o algo así... ¿para que los quieren, para apilarlos y usarlos en vez de sillas? ¡Si las casas de moda se los dan para eso!

Así que cuando llego MI momento, el día en que por fin me iba a comprar un traje de novia para MI boda, estaba dispuesta a recorrerme todas las tiendas del mundo, ahora con pleno derecho, y probarme todos los vestidos que pudiera, y disfrutarlo como una enana, porque era lo que más ilusión me hacía de todos los preparativos de la boda.

Fuimos un día de septiembre, poco antes de que abrieran los catálogos, con intención de tantear el terreno, pero no comprar nada aún, y nos recorrimos varias tiendas de la calle Don Jaime, todas ellas infructuosamente. Pero, al llegar a la que siempre ha sido mi tienda favorita, Bianca Novias, tras probarme varios trajes que no terminaron de gustarme de lo poco que les quedaba, y estar a punto de marcharme de vacío a la espera de que les llegasen los nuevos catálogos, vi un traje en una foto de un desfile (un traje que de hecho había pedido que me sacaran, pero que no lo habían hecho, por lo que asumí que no lo tenían ya) y comenté “Lástima que ese no estuviera disponible”. La chica, cansada (eran casi las 8, hora de cierre), se sorprendió: ¿No te hemos sacado ese? Pues sí que lo tenemos. ¿Te lo quieres probar?. Dije que sí, y llegó el momento de la revelación, como yo lo llamo.

El momento de la revelación es cuando te pruebas el traje de novia que han creado ex profeso para ti. Cada novia tiene uno, aunque, como con las almas gemelas, es posible que deambules de tienda en tienda sin encontrarlo, o que te engañen en la primera de ellas y te compres uno que no sea ese. Pero si tienes la suficiente suerte, o perseverancia, te probarás un traje, y será como si te iluminase un foco del cielo y un coro de ángeles entonase un himno para ti. De pronto, tus acompañantes se quedarán boquiabiertos, y la dependienta, que como su trabajo es vender, ha estado diciendo que TODOS los trajes que te has probado te sientan divinamente, particularmente los más caros, se quedará por una vez sin palabras.

Si tienes esa experiencia, no lo dudes: ese es TU vestido de novia. Eso me pasó a mí, y me fui a la vez feliz y triste, porque lo que iban a ser varias tardes de disfrutar probándome todos los vestidos del mundo ya se habían acabado. Ya no tenía excusa, ya no había más que mirar. Ese era mi vestido, y ese me compré, cosa de la que nunca me arrepentiré.

Cuando vives algo con tanta ilusión como es la preparación de tu boda (sé que hay gente que no lo vive así, pero para mí fue algo maravilloso), cuando se termina todo queda una sensación de vacío muy grande. De pronto, ya se había terminado. Ya había llevado el vestido, ya había ido a la iglesia, ya había sido el baile... Todas esas energías habían llegado a su fin, pero yo había tomado mucha carrerilla y ahora no podía parar de golpe. Así que durante un tiempo acaricié varias ideas: crear mi propio negocio de organización de bodas, abrir una tienda de trajes de novia (hasta intenté conseguir los catálogos de una que cerraba y buscaba alguien para el traspaso, pero la propietaria no sé por que me tomó tirria y cuando se los pedí dos días antes del cierre me dijo que aún podía haber alguna novia que entrase a comprar un traje a su negocio. Sí, hombre. Y en dos días le consigues un traje. En fin, qué se le va a hacer...) o diseñar mis propios trajes, de los cuales tengo cuadernos llenos.

Al final, claro está, ninguno de esos proyectos se materializó, aunque algunos no eran malas ideas, pero nunca he tenido ni vocación ni empuje empresarial, así que nunca me arriesgué. Lo más que llegué a crear fue un grupo de MSN, “Moda Nupcial”, en el que recopilé todos los datos que pude (aunque ahora el pobre esté un poco parado). Y durante años, mientras “colase” mi edad, seguí recorriéndome tiendas, recogiendo catálogos, y asistiendo a ferias de eventos nupciales, que empezaron a prodigarse justo el año anterior a mi boda.

Es innegable que el tiempo hace mella, y poco a poco perdí parte del entusiasmo inicial. Sigo aferrándome a los catálogos y revistas de trajes de novia que pasan por mis manos y me sigo parando en todos los escaparates, pero ya no me recorro las tiendas (se me empieza a ver el plumero) y tengo abandonada mi página web. Pero como el que tuvo, retuvo, aún tengo cierta fama entre mi familia de entender del tema (de hecho, entiendo, qué puñetas!), y mis primas Eva y Ana me han pedido ayuda a la hora de elegir sus respectivos trajes de novia (aunque Eva al final se fue a elegirlo por su cuenta, cosa que me dolió como una puñalada y me tuvo un día llorando, porque me había prometido ir conmigo....).

La más reciente ha sido mi prima Ana, que se casa el próximo día 11 de octubre. Ya tuvo el detalle de avisarme el día que iba a ir a elegirlo, y me fui de cabeza con ella, su hermana y sus padres a Pronovias. He de decir que Pronovias no es ni de lejos mi tienda favorita. Sé que su trabajo es vender, pero en este caso son casi como buitres y con tal de que no salgas de su tienda sin haber apalabrado un vestido (no vaya ser que vayas a otra y encuentres otro que te guste más) te avasallarán, te dirán que todo te sienta divinamente, y no serán todo lo honestas que una compra de esa envergadura requiere que seas. De hecho, sigo pensando que Ana debería haber buscado más. Se compró un vestido bellísimo, no hay duda, pero no existió ese “momento revelación” que yo digo, y la dependienta tuvo la desfachatez de decir que “no siempre había ese momento”. Y una m. Lo dices porque su momento revelación seguramente le estaba esperando en otra tienda, pero tu no la ibas a dejar escapar de sus garras. Hasta dejó apalabrado un velo de tul ilusión (forma bonita de llamar al tul cutre-que-te-cagas de los disfraces de carnaval) que para mi gusto, era el más soso de todos los que se probó, aunque es cierto que ninguno acababa de combinar bien con su precioso vestido.

Ayer tuvo la prueba final, así que conseguí que Josema se hiciera cargo de Leo y me fui (andando, a ver si conseguía sacar adelante mi dieta) hasta Pronovias para acompañarla en los retoques finales. Conseguirmos que se cambiase el velo por otro más bonito, apropiado y de mejor calidad, y la verdad, disfruté como una enana. Y me reafirmé en que quiero una camiseta como las que llevan las dependientas de Pronovias, negras con diseños de trajes de novia en blanco. Dibujo que no he conseguido encontrar ni siquiera en internet...

lunes, 29 de septiembre de 2008

LA VISIÓN MADURA DEL "HOBBY"

Ayer estuvimos de puro refilón en las Japan Trends. Parece que se ha puesto de moda celebrar en Septiembre en Zaragoza jornadas sobre temas de fandom nipon, y tras las Nippon Ku y las Jornaícas del fin de semana anterior, aún nos quedaba cuerda para ir a alparcear en estas otras. ¿El cebo? Una exposición de Blythes y Dollfies, algo que no se había conseguido en la Nippon Ku, y que teníamos curiosidad por ver como habían resuelto la organización de este otro evento.

Sin ningún animo desprestigiador, más bien al contrario, he de decir que aquí directamente no habían resuelto nada. De hecho, las únicas BJDs presentes fueron las que nosotros nos dignamos a llevar (al decir nosotros, incluyo a Gema, Mabel y Damián, que fueron los que nos movilizaron), a las que rápidamente hicieron hueco en una mesa y casi sin quererlo se convirtieron en protagonistas de la exposición.

Rondamos un rato por allí, porque lo bonito de este tipo de reuniones es que el ambiente es inmejorable. Aunque se me hacía raro ver tanta gente con look “Lolita” (que es una moda muy bonita, pero un tanto extraña si no la ves habitualmente), no nos sentimos desplazados en ningún momento. También es cierto que éramos cuatro gatos a esas horas de la mañana.

De pronto, se nos acerca Yolanda, una de las organizadoras, y nos cuenta un problema que les ha surgido: A la persona que iba a dar una charla sobre las Blythe y las BJDs, que iba a venir desde Galicia, no le han podido pagar el billete de avión, por lo que no ha venido. Y la persona que iba a suplirla en la parte de BJDs (ya que la de Blythes la asumía la propia Yolanda) estaba enferma y también les había fallado (contra su voluntad, obviamente). Así que necesitaba que alguno de nosotros, que sabíamos del tema, subiera al estrado.

Todos a una, se volvieron hacia mí. ¿Qué puedo decir? Busqué rápidamente un lugar de retirada o al menos un escondite, pero no es fácil esconder mi humanidad debajo de una silla. ¿Queréis realmente que la de yo? ¡¡¡Sí, sí, eres nuestro Sensei!!!, me dice Gema con esa capacidad de hacer ojitos solo superada por Miguel de La Ruta Hacia el Dorado. Por un momento tengo la terrible visión de un gordo oso panda intentando enseñar Wu-Fú a un par de conejitos. Pero no puedo negar que me siento halagada, así que al final (¿tenía otra opción?), acepto.

Os podeis imaginar que después de la euforia inicial me entró el miedo escénico a oleadas. ¿Qué puedo decir? La gente que hay aquí que sabe algo de BJDs, sabe tanto como yo, y a los que no saben nada, ¿les importará realmente un bledo lo que yo diga? Yolanda me dejó un par de hojas con los apuntes que le había mandado la chica que iba a dar la charla inicialmente. Sobre esos apuntes escribí algunas notas y me hice un esquema. A la hora de subir al estrado (misericordiosamente, retrasaron la charla media hora, así que tuve tiempo extra para que me temblasen las piernas) decidí llevarme conmigo un muñeco, y elegí rápidamente a Mika, la preciosa Soony de Mabel y Damián. Sin ánimo de despreciar a ningún otro de los kekos asistentes, por su tamaño, ropa y aspecto general, iba a ser la que más llamase la atención del público. Aunque Gema sentó en el estrado a Sinichi, su novio... celosete que es el chico...

Creo que la charla no fue mal del todo. Tuvo sus puntitos, como cuando Yolanda me presentó y dijo que yo iba a dar “un punto de vista más maduro del hobby”. Si eso hubiera sido un programa de estos de humor televisivo, creo que me hubiera vuelto y le hubiera dicho “¿Me estás llamando vieja?”, pero dada la falta de confianza que todavía había entre nosotras no me atreví. Sí, aunque me digo a mi misma que no me importa, me temo que sí que me importa ser siempre la más vieja del grupo...

Tampoco seguí el guión que me había escrito. Los nervios y la introducción de Yolanda me hicieron cambiarlo. Pero entre unas cosas y otras, creo que dije todo (o casi) lo que había que decir. Al menos la gente no se fue, como con la charla de la tarde... Y Mika lo hizo muy bien.

Aparte de eso, el día fue agradable y relajado. Tuvimos que hacer un inciso para subir a comer a Santa Fé, donde casi se me había olvidado que mi madre había preparado una especie de celebración íntima de mi cumpleaños (solo mis tíos y nosotros, ¡qué tranquilidad!), y dónde aprovechamos para hacer unas fotos para un concurso de Halloween en el grupo Elfdoll_Unlimited, creyendo que aún tenía dos días para postearlas (hoy he descubierto que no, que el plazo acababa ayer, y menos mal que son buena gente y me van a dejar ponerla fuera de plazo). Tras la lucha con las garrillas de alambre de Heladinda, las fotos creo que quedaron bastante bien, aunque después de ganar seguidos los concursos de San Valentín y de Verano, no creo que esta vez me den el premio de nuevo a mí.


Por la tarde volvimos al encuentro, aunque ese no era nuestro plan inicial, pero la buena compañía nos pierde... Además, habíamos comprado números para un sorteo de cosillas, y nos apetecía ver si nos había tocado algo. La llegada fue un tanto decepcionante: estaban proyectando la película en acción real de Nana, y hasta los fans de la serie decían que era mala... Mala no sé, pero aburrida un rato, así que Damián nos rescató a Josema y a mí y nos fuimos a tomar una cocacola al bar, donde ¡alegría!, descubrí que era la tercera persona más joven de los presentes.

Después hubo otra charla, sobre visual Kei, un movimiento estético japonés sospechosamente parecido a la moda punk y glam de los 80 (y es que no se inventa nada nuevo)... que desgraciadamente fue casi más aburrida que la proyección de Nana, por lo que la gente estuvimos haciendo corrillos y hablando de nuestras cosas mientras el pobre ponente intentaba infructuosamente captar nuestra atención.

Por fin, con cierto retraso, como siempre, llegamos a la entrega de premios (no, no hubo un detallito para mí por la ayuda, pero tampoco importa mucho, la verdad) y al sorteo, en el que me llevé la agradable sorpresa de recibir, ya en el primer momento, uno de los dos premios relacionados con BJDs y donados por Kam (la anterior dueña de mi pequeña Semiramis). El otro se lo llevó Gema, así que todo quedó en familia... Y menos mal. El otro sorteo, el no relacionado con muñecos, fue monopolizado casi por completo por un chico que había comprado 20 números... vale que por ley de probabilidades tenían que tocarle más cosas a él, pero ¡es que se los llevo todos menos uno! Y había unos cuantos regalos, que conste.

Cerramos la tarde/noche con un zumo en el Augusta y recogiendo a Alba de la Estación de Tren. Como de costumbre, casi no nos vamos a nuestras casas, pese a que hoy era “día de escuela”. Parece increíble lo a gusto que estamos juntos.

Nota (que debería haber puesto antes): Los créditos de las dos preciosas fotos de Mika y Sinichi y de Westley con Semiramis son de Damian (alias Predalien). Que pa eso las ha hecho él y me ha dejado usarlas.

 
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